El loco no tan loco de Pyongyang
Alvaro Vargas Llosa
Director del Center for Global Prosperity, Independent Institute. Miembro del Consejo Internacional de Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


Tenemos una tendencia, en el Occidente, a ver a Kim Jong-un, el dictador norcoreano, como un ser que está a caballo entre el lunático y el histrión, cuyas excentricidades son más divertidas que peligrosas a condición de que uno no sea un súbdito del joven miembro de la dinastía de los Kim.

No son pocas las razones que ha dado para ello, ni es de extrañar que un mundo tan hermético suscite en los de afuera toda clase de imaginativas teorías acerca del estado mental del personaje que lo gobierna como si fuese su juguete. Desde su extraña educación bajo nombre falso en colegios suizos en los que casi nada se recuerda de él hasta su predilección por la cultura popular estadounidense (el odiado capitalismo), que incluye una aparente obsesión por Mickey Mouse y Minnie Mouse, todo en él es una invitación al chascarrillo y la befa.

Pero es un error que puede costar caro no entender que al interior de ese grotesco personaje hay una cabeza política con un cierto grado de sofisticación y unos objetivos mucho más fríos que simplemente el de gobernar Corea del Norte como un personaje de cómic. La detonación de la bomba esta semana -el cuarto ensayo nuclear desde 2006 y el tercero desde que Barack Obama asumió la Presidencia de los Estados Unidos- responde a unos designios de política exterior y doméstica perfectamente estudiados y a una lógica que es cualquier cosa menos la de un loco.

Cuando todos creíamos que la “agenda” asiática estaba esencialmente monopolizada por los conflictos entre Pekín y sus vecinos en el Mar del Sur de China, la asociación comercial conocida como “Transpacific Partnership” y el debate sobre las perspectivas económicas de esa zona del mundo, Kim Jong-un nos ha recordado que el asunto número uno es él. Porque tiene armas atómicas y una capacidad creciente para hacerlas viajar hasta los diversos blancos de sus amenazas geopolíticas y, al amparo de ellas, unas pretensiones de dominio que van mucho más allá de la península coreana.

No olvidemos que en su día Corea del Norte -en este caso, el padre de Kim Jong-un- ayudó a Siria a montar una planta nuclear que Israel decidió bombardear en 2007. O que esa dictadura totalitaria lleva tiempo trabajando con Irán en el desarrollo de una tecnología de misiles balísticos. O que ha atacado ya a Corea del Sur de diversas formas, por ejemplo disparando directamente contra el sistema de altavoces que desde el lado surcoreano de la frontera transmiten propaganda hacia el norte en los momentos de tensión, a modo de advertencia o defensa propia.

Con frecuencia Pyongyang hace anuncios truculentos que Occidente, léase Estados Unidos, desmiente y atribuye a propaganda hueca. Ahora Washington ha asegurado que lo que ha detonado Corea del Norte no es una bomba de hidrógeno porque la potencia de la actividad sísmica provocada por la detonación no calza con una explosión de esa magnitud.  Pero lo realmente importante no es esa discusión sino la trayectoria de Pyongyang en materia nuclear. Cada artefacto detonado desde 2006 ha sido más potente que el anterior. De hecho, la potencia ya es superior a las bombas que devastaron, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, Hiroshima y Nagasaki.

Todo indica que -según muchas fuentes solventes, entre ellas el Wisconsin Project on Nuclear Arms Control- la primera bomba tuvo una potencia de menos de un kilotón pero que la segunda triplicó o más esa magnitud, y la última, la de 2013, que explotó apenas hace un par de años y pico, alcanzó los siete kilotones. Son en efecto bombas atómicas de potencia pequeña, pero cada vez menos pequeña. Pyongyang no sólo no tiene intención de ocultar su progreso en estos asuntos sino que revela con toda claridad a quien quiera prestar atención que el objetivo es lograr la bomba de hidrógeno de varios megatones y tener capacidad para transportar su arsenal nuclear a largas distancias. Que exagere la magnitud de cada ensayo o el volumen del arsenal con que cuenta es casi anecdótico en comparación con lo mucho que los Kim han ido haciendo público a lo largo de los años acerca de sus intenciones y respaldando con actos. El último de ellos, una detonación probablemente superior a la de 2013 cuyo efecto sísmico superó la magnitud 5,1 en la escala de Richter.

Quien hubiese prestado más atención a las verdades de Pyongyang que a las mentiras de su propaganda habría entendido rápidamente, por tanto, que los acuerdos mediante los cuales Occidente negoció la entrega de alimentos y energía (independientemente de la que suministra Pekín) a cambio de la suspensión del programa nuclear norcoreano eran inútiles. Desde los años 90, en tiempos de Bill Clinton, cuando se firmó un acuerdo marco, las democracias liberales tratan de sobornar a la dinastía de los Kim. Pero nunca fue interrumpido el programa, a pesar de las entregas cuantiosas de ayuda. Las negociaciones por tanto, entre Pyongyang, por un lado, y Estados Unidos, China, Japón, Rusia y Corea del Sur, por el otro, se suspendieron en 2009 una vez que la realidad demostró que los designios y la práctica de Corea del Norte seguían siendo los mismos.

Se intentó luego la vía de las sanciones (que en realidad ya existían aunque el detalle iba variando) pero tampoco tuvieron el menor efecto político. Las últimas se aplicaron en 2014 a raíz de que Pyongyang lanzara un masivo ataque cibernético contra la Sony. Tampoco han servido de mucho, como queda comprobado con el cuarto ensayo nuclear del que Pyongyang se jacta con estruendo. Todas esas medidas tienen, sí, un impacto en la de por sí pauperizada población, pero no mucho en la alta jerarquía, y en cualquier caso no en lo que importa, que es la política exterior de Pyongyang.

¿Qué ocurre? ¿Por qué Kim juega con fuego? ¿No sabe acaso que se arriesga a represalias mucho más potentes? Suceden, en realidad, dos cosas. Una tiene que ver con el cálculo frío de Kim respecto de China, que, a pesar del creciente hartazgo que ha demostrado respecto de su vecino en los últimos años, sigue siendo el gran sostén de ese régimen y por tanto el escudo protector que le da cierta garantía de impunidad. La otra tiene que ver con el objetivo de desestabilizar la zona para llevar a las democracias liberales como Japón y Corea del Sur, y por extensión a Estados Unidos, a un conflicto directo con Pekín.

Tanto el actual gobernante chino, Xi Jinping, como su antecesor han demostrado interés en estrechar nexos con Corea del Sur, el archienemigo de Corea del Norte. De allí las reuniones producidas en tiempos recientes con la jefa del Estado surcoreano, Park Geun-hye, y aunque las relaciones sean crónicamente tensas, también con Shinzo Abe, primer ministro japonés. Pero Pekín no puede darse el lujo -o cree que no puede- de dejar caer al régimen totalitario norcoreano por temor a la onda expansiva que esa situación tendría en la propia China y porque ello equivaldría a la desaparición de esa suerte de tampón tanto político como geográfico que es la dictadura norcoreana entre China y los aliados de Estados Unidos en toda la zona del Este del Asia.

Si China dejara de suministrar alimentos y energía a Pyongyang, la magnitud de la crisis que se produciría en Corea del Norte permitiría pensar en la caída del régimen. Ello llevaría de inmediato a los enemigos de Pyongyang, que también son rivales de China, a hacer avanzar sus posiciones estratégicas. Lo harían por razones preventivas ante el riesgo de lo que pudiera ocasionar esa hecatombe política más al sur, pero el efecto sería ampliar la esfera de influencia y la presencia de Estados Unidos a través de sus aliados en una zona donde Pekín quiere pisar fuerte y extender su propio poder. Pyongyang, pues, le da muchos dolores de cabeza a Pekín, pero ellos, o así lo cree la alta jerarquía comunista, son un precio que vale la pena pagar para seguir manteniendo a Corea del Norte como tampón.

Cada vez que Pyongyang provoca un conflicto, Washington y Europa apelan a China para que intervenga. Invariablemente Pekín emite unas frases tranquilizadoras, amonesta calculadamente a Pyongyang y ofrece ayudar a negociar la desnuclearización de la península. El ritual se ha vuelto a repetir ahora, con la cuarta detonación. Pero Pekín no ha tomado, por las razones expuestas, la decisión que pondría fin a la amenaza: dar a Kim el empujón para que se caiga, y con él todo el régimen.

Ello no obstante, y aun teniendo en cuenta que Kim es bastante más sofisticado de lo que se cree, puede llegar el momento, no demasiado alejado en el tiempo, de que Pekín decida que Kim es más inconveniente para sus intereses que la eventual desaparición de ese régimen. ¿Por qué? Por una razón que tiene que ver con el propósito de Kim de provocar un conflicto entre China y sus rivales. Si Japón y Corea del Sur, con participación estadounidense, terminan ejecutando algunos de los planes que llevan tiempo madurando para protegerse de Pyongyang, China se verá obligada a responder: lo último que quiere es que Japón adquiera armas nucleares o que Corea del Sur y Estados Unidos desplieguen el sistema de defensa antimisiles conocido como Thaad, una plataforma que a su vez integraría las defensas surcoreanas con las de Japón. Y esas, precisamente, podrían ser las medidas que adoptaran Washington, Tokio y Seúl ante lo que parece ser el imparable avance de la nuclearización del régimen norcoreano.

China tiene ya muchos roces con sus vecinos y ciertamente con Estados Unidos, cuyo “pivote asiático”, que en parte consiste en contener a Pekín mediante un estrechamiento de los lazos con países de la región, choca con sus pretensiones de mandar en un amplio radio geográfico más allá de sus fronteras. Pero el régimen chino mide con cuidado hasta dónde puede llegar y nunca deja que las tensiones, por ejemplo a propósito de los atolones donde está colocando bases en el Mar del Sur de China, provoquen consecuencias dramáticas. Su estrategia es de mediano y largo plazo; no tiene prisa excesiva, al menos no a costa de la estabilidad.

En cambio, los conflictos que le genera Kim a Pekín no pasan por los intereses chinos sino los de Corea del Norte, que responden a un calendario más impaciente (entre otras cosas porque el drama cotidiano que vive la población norcoreana es un permanente riesgo para la estabilidad de la dictadura dinástica). De allí que Kim esté cerca de esa frontera que separa el punto en que a China le conviene sostenerlo y el punto en que le resulta más provechoso deshacerse de él.

Kim, por su parte, calcula que todavía no ha llegado a traspasar esa frontera, tan seguro está de que tiene a China perfectamente chantajeada. Hasta ahora, hay que decir que sus audacias, como las de su padre, han sido exitosas. De allí el caos político que ha vuelto a generar en el mundo esta semana, recordándole a Obama que puede ser un problema más gordo que el Estado Islámico, Rusia, Siria o Irán.
 

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