Chile: Tiempos de reflexión serena y no de pasión adversaria
Hernan Büchi


El 2016 se inició turbulento. La volatilidad reina en las bolsas. El apetito por el riesgo disminuyó, aparentemente, por dudas sobre posibles episodios disruptivos en algún mercado. Existen incertidumbres cambiarias respecto de China, que parece transitar hacia un mayor desacople con el dólar, y también se duda respecto de su capacidad para mantener el crecimiento que se espera de ella. En todo caso, no parece razonable un colapso inesperado. El gigante asiático tiene grandes reservas y una capacidad de socializar sus errores y pérdidas que otros países no tienen.

Lo concreto para Chile es que un cobre de menor valor —rompió la barrera de los US$2— llegó para quedarse. Si bien el petróleo nos ayuda, no podemos esperar un impulso externo; avanzar depende de nosotros. Sin embargo, la realidad muestra que no estamos haciendo lo correcto; los datos de crecimiento son magros, y 2016 se perfila como el tercer año de estancamiento en el 2% o, incluso, de un crecimiento menor.

Para corregir nuestro rumbo no basta tener equilibrios macros, que se perderán a la larga por la incapacidad de satisfacer anhelos de la sociedad. Debemos asegurarnos de que mejoramos el ambiente para movilizar recursos y hacernos más productivos. El calor de la lucha política nos ha hecho dar grandes pasos atrás en estos años. Cambios tributarios mal diseñados y que claramente afectarán la capitalización empresarial no solo dañan las expectativas hoy, sino que hipotecan el futuro. Los cambios en educación en nada favorecen la calidad y flexibilidad que un mundo dinámico requiere; además, prometen un largo período de decadencia por las rigideces de una visión estatista y plana.

Por ello es clave evitar que los pasos que demos desde ahora sean similares y en este sentido, el campo crítico que surge a continuación es el laboral. Un cambio adicional mal concebido puede ser el peso muerto definitivo, que nos impida retomar la senda del crecimiento. Es difícil, en medio de nuestras pasiones actuales, reflexionar con la cabeza fría; por ello mirar para otras latitudes puede ser útil.

Para aquilatar los efectos de largo plazo de forzar la sindicalización otorgando a los sindicatos capacidad de expropiar la renta del capital, que es lo que se está proponiendo en la reforma laboral chilena, nada mejor que ver lo que sucedió a una ciudad como Detroit, famosa por su reciente quiebra y las enormes dificultades sociales que enfrenta.

A comienzos de 1930, Detroit era el equivalente del actual Silicon Valley en materias de industria automotriz. Pasó del lugar treceavo de dos décadas antes, a ser la cuarta ciudad norteamericana. Su población creció 450% y su ingreso era, con Chicago, el más alto de la Unión y un 29% mayor a la media nacional. El ingreso de los empleos industriales era un 33% mayor al de la media de empresas del país, y muy superior al de fábricas más pequeñas repartidas en distintos estados. Hoy, el ingreso en Detroit está 44% por debajo de la media y la criminalidad y pobreza son tres veces el promedio del país.

Muchas razones pueden explicar este proceso de decadencia. Probablemente, afectaron los impuestos expropiatorios a la propiedad que un famoso alcalde llevó al extremo. Como contra ejemplos, California debe parte de su florecimiento actual a la resolución establecida por plebiscito para revertir y limitar un proceso similar que tenía a ciudades como San Francisco en una espiral descendente. Boston se benefició dando pasos equivalentes.

Pero dado el gran empuje industrial de Detroit, el elemento determinante fue el proceso de sindicalización al que sometió a sus empresas, facilitado por la National Labor Relations Act o WagnerAct de 1935. Abrió el paso a sindicatos únicos, con afiliación obligatoria y cuotas forzosas para sus miembros. La primera empresa en caer en manos de la UAW (Sindicato automotriz) fue GM, en el año 1937. La última fue Ford, en 1941.

La decadencia fue un proceso largo cruzado por la II Guerra Mundial, durante la que los competidores en el resto del mundo fueron destruidos. Pero ya entre el 47 y el 58, el empleo industrial en Detroit cae un 40% y la población disminuye en un 10%, en un lento reverso del progreso que no se detuvo hasta hoy. El Silicon Valley automotor muere, las empresas se intentan proteger dispersándose, pero la magia de las sinergias creativas desaparece para siempre.

El sector automotor no fue el único afectado; algo similar sucedió con el acero y muchas otras industrias. Datos de sindicalización de los 70 muestran una clara correlación negativa con el crecimiento. Las áreas más sindicalizadas ven caer su población en un 7% y las que tienen menor índice de sindicalización la ven subir un 32%.

Así y todo, EE.UU. tiene una ventaja que no tenemos en Chile. En el año 1947 se modificó la Wagner Act y varios estados adoptaron las llamadas Right to Work Laws (Leyes de Derecho al Trabajo). Veinticuatro estados adoptaron estas legislaciones, la mayoría entre 1940 y 1950, incluyendo las más recientes de Oklahoma, en 2001, e Indiana y Michigan, en 2012. Básicamente, estas leyes privilegian la libertad sindical y nadie puede ser obligado a afiliarse ni a pagar a un sindicato. Estas decisiones han sido polémicas, pues se argumenta, como en Chile, que los sindicatos fuertes contrapesan al empleador, corrigen la injusticia de los mercados, ayudan a los más débiles y su fuerza les permite transferir renta del capital al trabajo. Sin embargo, los estudios muestran que los sindicatos se concentran en los rubros y zonas con mejor remuneración y no en los lugares más pobres, obtienen ventajas de corto plazo, pero reducen el empleo, reducen la inversión en capital y disminuyen el crecimiento de la productividad.

Los estados que han adoptado las Leyes de Derecho al Trabajo han visto mayor crecimiento, menos desempleo, reducción de pobreza y el ingreso ha mejorado más rápidamente. Incluso a partir de 1970 estos estados crean empleos industriales, mientras el resto del país los sigue destruyendo. Estudios que comparan ciudades separadas por menos de 100 km con y sin esta legislación, muestran cómo unas prosperan y otras languidecen.

Este devenir no es un juego suma cero, en que unos les quitan progreso a otros. Es una de las válvulas de escape que permitió al país del Norte seguir avanzando y de la que Chile carecería. Efectivamente, nuestra historia pasada muestra que cuando se genera un entorno antiinversión y antiempleo, en el que la posibilidad de que la renta del capital se expropie lentamente, con normas laborales como las que hoy se discuten, el país retrocede y florece la miseria. No sucede en un día, pero a la larga es un golpe dramático.

En un momento como este, en que debemos retomar el ímpetu de progreso que ya algunos creían un derecho, es indispensable que las discusiones y decisiones se tomen con la claridad de la reflexión serena y no con la pasión de las luchas de facciones.

Este artículo fue publicado originalmente en El Mercurio (Chile) el 17 de enero de 2016.
 

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