España: Una ucronía espantosa
Lorenzo Bernaldo de Quirós
Presidente de Freemarket International Consulting en Madrid, España y académico asociado del Cato Institute.


En una democracia parlamentaria, léase la española, la formación del Gobierno no corresponde a quien ha ganado las elecciones sino a quien es capaz de conseguir los apoyos necesarios para darle el acceso al poder. Ésta es la inevitable dinámica de los sistemas electorales proporcionales, que, a diferencia de los mayoritarios, no determinan con nitidez quién gobierna y quién va a la oposición. En este contexto tiene una perfecta legitimidad democrática la opción de un Ejecutivo de izquierdas, aunque el Partido Popular (PP) haya sido la formación más votada y con mayor número de escaños. A priori, la configuración del Parlamento concede más diputados a las fuerzas anti-PP que a las favorables a un gabinete de los populares. Otra cosa es si ello es bueno o malo para el país y para sus sufridos habitantes.

Desde esta óptica, las izquierdas con los soberanistas catalanes o con quien Dios les dé a entender podrían configurar un Gobierno legítimo si suman los suficientes apoyos, abstenciones u omisiones en el Congreso. Con las vigentes reglas del juego, ésta es una afirmación indiscutible. Si se desea que la formación con mayor votación gobierne, lo lógico es articular un mecanismo electoral que refleje esa voluntad. Ésta es la realidad española y hay que ser consecuentes con ella. Eso significa que las oposiciones al PP tienen un soporte en el Parlamento superior al de los potenciales apoyos recibidos por ese partido político.

Dicho esto, un gabinete PSOE-Podemos con la asistencia de los soberanistas puede ser una lección para los electores. Ellos han decidido la articulación de las fuerzas políticas que tienen capacidad de gobernar España y han de aceptar las consecuencias de su voto responsable. Aunque esto tenga consecuencias negativas en el plano social y económico, quizá sea una catarsis imprescindible para que esta vieja nación de naciones se convierta en un país serio y los ciudadanos soporten los costes y beneficios de sus decisiones con claridad. Ello conduce a qué podría pasar si España tiene un gabinete rojo-morado.

De entrada, los partidos de izquierdas que constituyan un Gobierno deberán cumplir sus promesas electorales. En el caso que nos ocupa, ello supondría una reversión de las políticas económicas desplegadas por el PP desde 2011, por ejemplo la derogación de la vigente reforma laboral y la satisfacción de "demandas sociales" que implican un aumento del gasto público, lo que implica una elevación significativa de los impuestos para financiarla o la renuncia a reducir el déficit. Esto choca con un primer obstáculo y es la probable desviación al alza del objetivo de déficit que España pactó con Bruselas para 2015.

¿Permitirá la UE que esa brecha no se corrija? Dudoso... En paralelo habrá que financiar alrededor de 400.000 millones de euros de deuda pública y privada en este ejercicio y ello correrá a cargo de un gabinete socialista-podemita. Esta tarea no es sencilla. No parece que los mercados tengan confianza en un gabinete con los bolcheviques dentro.

En términos políticos, un pacto del PSOE con Podemos es equivalente a uno de Sarkozy con el Frente Nacional de Marine Le Pen. Calificar de progresista al primero y de reaccionario al segundo es ridículo. Los lepenistas y los podemitas tienen un mismo objetivo: quieren destruir la democracia liberal. Para ello, el primer paso es dar el abrazo del oso a los ilusos socialdemócratas. Es la vieja y conocida estrategia de los comunistas en el período de entreguerras (1918-1939) y en los países centroeuropeos después de la Segunda Guerra Mundial. El proyecto de Podemos es totalitario, el del Frente Nacional, también. Iglesias no es mejor que Le Pen. Sólo se diferencian en la estética. Lo increíble es que, en esta España infectada de corrección política, el totalitarismo de izquierdas resulta más tolerable que el de derechas. Ambos son deleznables.

Ninguno de los partidos representados en el Congreso de los Diputados es perfecto. Sin embargo, todos son formaciones democráticas con la excepción de Podemos. Las democracias liberales toleran la disidencia, incluso la de quienes tienen por meta destruirlas, pero los partidos que creen en los ideales que fundamentan aquellas han de cuidarse de pactar con el diablo. El viejo PCE de la Transición o Izquierda Unida aceptaron las reglas del juego que Podemos quiere romper y el PSOE ayudó a consolidar. ¿Merece la pena sacrificar esos valores para llegar a La Moncloa en condiciones precarias? Los dioses ciegan a quienes quieren perder y si se pone a los votantes de izquierdas en la tesitura de optar entre un PSOE podemizado y el original, terminarán por elegir a éste.

Este artículo es atemporal, por no decir anacrónico. Es casi seguro que no habrá un Gobierno de Frente Popular, pero es importante tener en cuenta que elegir quién le acompaña a uno en una trayectoria política no es una decisión inocua. El problema de un pacto Podemos-PSOE no sería el de sus lamentables consecuencias económicosociales sino el de introducir a la zorra en el gallinero.

¿Cabe entender que tenga acceso a cuestiones de seguridad un partido financiado por Venezuela e Irán? La izquierda democrática española es incompatible con lo que representa Podemos y asignar a esta formación el calificativo de progresista es un insulto a la inteligencia.

El PSOE de González y Boyer se anticipó 15 años a la tercera vía de Blair, Schroeder o Clinton. El socialismo español del siglo XXI tiene que ofrecer algo más que una alianza con los casposos bisnietos de Lenin. Sánchez y su partido corren el riesgo de convertirse en los kerenskis de esta hora.

Este artículo fue publicado originalmente en El Mundo (España) el 7 de febrero de 2016.
 

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