Evo o el dominó de los ícaros
Alvaro Vargas Llosa
Director del Center for Global Prosperity, Independent Institute. Miembro del Consejo Internacional de Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


Cuenta la mitología griega que Icaro, el hijo de Dédalo, el del laberinto, desatendió el consejo de su padre de no volar demasiado alto con las alas de cera que habían fabricado para huir de la isla en que estaban retenidos porque el sol podía hacer que se derritieran. La caída de Icaro al mar y su muerte han pasado a la historia como símbolos de la ambición desmesurada, la temeridad suicida, la irresponsabilidad infantil, el endiosamiento del que se eleva por encima de los demás y cree que las leyes físicas que se aplican a los demás lo eluden a él o ella.

Una serie de procesos electorales y consultas populares han venido a recordarnos en los últimos meses que muchos países se habían convertido en “Icarias”, cómo Dédalo bautizó el lugar donde cayó su hijo a modo de homenaje, lugares en que yacen las ruinas de las construcciones políticas desmesuradas del populismo autoritario latinoamericano. La derrota de Cristina Kirchner en la Argentina “K” en noviembre pasado, la de Nicolás Maduro en la Venezuela del chavismo unos días después y, ahora, la de Evo Morales en la Bolivia del indigenismo ideológico nos hablan de eso mismo: de la mortalidad de los dioses políticos, de la insignificancia de los hombres fuertes frente la adversidad provocada por sus propios excesos, del castigo que el sol tiene reservado a quienes pretenden desafiarlo con alas de cera, que es la otra forma de referirse a los líderes que quieren eternizarse en el poder y atar el destino de sus pueblos a su megalomanía.

El presidente boliviano ya está en su tercer gobierno consecutivo -al que accedió violando su propia legalidad- y quería otro para seguir mandando desde 2020, cuando se iniciará el siguiente período, hasta 2025. Como sabía que la bonanza de la que se ha beneficiado por razones que tienen que ver con las circunstancias internacionales y la herencia dejada por sus odiados antecesores se estaba esfumando, el gobernante boliviano se precipitó a imponer una ley y su correspondiente consulta popular para asegurarse la eternidad antes de que fuera demasiado tarde. Calculó mal: ya era demasiado tarde.

Está de moda, aquí y allá, explicar la derrota del “Sí” en el referéndum del pasado domingo en el que Evo pretendía la luz verde para presentarse a una re-re-re-elección por dos escándalos de corrupción. Uno tiene que ver con el Fondo Indígena, creado con dinero de las exportaciones del gas para ayudar a las comunidades rurales, que estaba en manos de dirigentes del partido oficialista, el MAS. Varias decenas de millones de dólares -puede que la cifra supere los 100 millones- han sido desviadas a diversos destinos que nada tienen que ver con los campesinos y mucho con las cuentas personales de los dirigentes y otros vehículos para el beneficio personal. Todo ello con un despliegue burgués de ostentación de riqueza que a los burlados destinatarios del dinero del Fondo Indígena debe haberles causado una mezcla de repugnancia y humillación después de tantos años de prédica redistributiva y asistencialista.

El otro escándalo al que la explicación más extendida atribuye la derrota de Evo y el “Sí” tiene que ver con el tráfico de influencias de una amiga del mandatario que tuvo un hijo con él -luego fallecido- y que ayudó a la empresa a la que estaba vinculada, de origen chino, a obtener suculentos contratos con el Estado.

No hay duda de que la sucesión de escándalos -ha habido otros varios- ha oscurecido el halo de santidad política que nimbaba la cabeza de Morales ante los ojos de muchos bolivianos agradecidos por el reparto de dinero público y el aumento de la clase media gracias a la cornucopia de los “commodities”. Pero creo que sería un error detenerse allí. Estos mismos casos no habrían tenido gran impacto hace dos o tres años, y no se diga nada antes que eso, de no haber existido ya un cierto hartazgo entre ciudadanos a los que el abuso y la concentración de poder han ofendido más de la cuenta y otros a los que los nubarrones económicos que vienen con fuerza en el horizonte han hecho pensar que la buena vida de los últimos años cederá pronto el lugar a una zozobra considerable.

Esta mezcla de hartazgo, decepción y miedo, por supuesto, no habría bastado si, además, Morales no hubiera logrado agrupar enfrente de él a una pléyade de adversarios que poco tienen entre sí excepto el propósito de impedir su perennización en Palacio Quemado. La coalición del “No” -es mucho decir: no había ninguna coordinación real entre ellos- incluyó a antiguos aliados de Morales y ex miembros de su partido, el MAS, por un lado, y por el otro, a acérrimos adversarios del populismo y el indigenismo como ideología victimista. Además, estaban allí, entreverados con todos ellos, líderes y movimientos de izquierda radical que juzgan a Morales un continuador de las políticas “neoliberales” del pasado y por tanto un traidor a la causa de los pueblos originarios.

Nunca les dio Morales a esos izquierdistas -incluyendo a los renegados de su partido y su entorno- mucha importancia. Suponía, como suele suponerse en estos casos, que como dirigente populista de izquierda estaba protegido por el flanco de su siniestra. Tampoco guardaba por la “derecha” demasiado respeto. Se lo había perdido tras sus aplastantes victorias anteriores contra ella y, quizá aun más, tras el pacto que hizo con el empresariado cruceño, quienes después de batallar inútilmente durante años contra el líder populista, decidió plegársele: se dejó convencer por el mandatario de que, si ellos no se metían en política, los dejaría hacer (un pacto no formal sino tácito, un poco al estilo del que hizo en su momento Daniel Ortega con los empresarios de Nicaragua, a los que les dio rentabilidad a cambio de obsecuencia política).

Pero despreciar tanto a tantos enemigos es una actitud peligrosa en política, el escenario por excelencia en el que los enanos crecen. Lo es todavía más cuando la economía se empieza a enfriar y cuando el desgaste del tiempo resta capacidad de seducción al que se pretende invulnerable mesías de multitudes. Esa actitud, la de Icaro ante el sol, como la de Cristina Kirchner y la de Nicolás Maduro, fue la ruina de su proyecto personal.

¿Significa esto que Morales está acabado? No, como no lo está del todo aún Nicolás Maduro, mucho más impopular que el boliviano (no olvidemos que la derrota del “Sí” en Bolivia ha sido ajustadísima, pues el “No” obtuvo apenas más de 51% de los votos). Lo que significa es que ha empezado el fin y que ese fin pasará por toda clase de momentos, pero nunca por una resurrección del proyecto reeleccionista, que ha quedado cancelado definitivamente.

Pretenderá Morales dejar a un sucesor que sea su amanuense, algo así como lo que fue Medvedev para Putin cuando el primero ejerció temporalmente de Presidente ruso. Pero, como no estuvo nunca en sus planes la mortalidad de su presidencia, no preparó el terreno para ello, de manera que lo que hay a su alrededor es un yermo, un vacío de posibilidades sucesorias. Tiene tiempo para crearlas, pero una cosa es crearlas cuando se tiene el poder y el viento de cola de la economía mundial, y otra muy distinta cuando los ingresos por exportaciones caen 50%, que es lo que pasará en los próximos meses al ritmo actual.

¿Puede Morales instalar algo así como una dictadura institucional del MAS para sucederlo? Semejante cosa parece descartada: el desprestigio del MAS es generalizado en el país. Por ello, el partido perdió las elecciones locales en las grandes ciudades en 2014, incluyendo La Paz. Los escándalos de corrupción han expuesto las vísceras morales de un partido creado en 1995 cuyo único fin fue servir de vehículo al golpismo callejero, primero, y al populismo autoritario después, y que ha terminado corroído, como todos los populismo autoritarios, por la corrupción.

Que falten tres años y medio para las elecciones podría ser una bendición para Morales, dándole tiempo para recuperarse del batacazo y preparar una sucesión conveniente. A la economía boliviana, con un Estado que gasta más del 40% del PIB y una caída de la renta gasífera que ha abierto un agujero fiscal enorme, los años venideros no le ofrecen bondades. Por tanto surge la pregunta contraria: ¿No será este espacio de tres años y medio con un gobierno afectado por la mala economía una gran cosa para la oposición, hasta hoy mal organizada y bastante desunida?

No está clara la respuesta. Aunque hay líderes ampliamente conocidos -el ex Presidente “Tuto” Quiroga, el varias veces candidato Samuel Doria Medina, el alcalde capitalino, Luis Revilla, el gobernador de La Paz-, el arco ideológico que representan es tan amplio y las rivalidades personales son tan acentuadas, que no se ve por dónde puede surgir el factor aglutinante, esa Mesa de la Unidad Democrática que en Venezuela ha sido tan importante para los logros alcanzados por la oposición.

Hay, en cierta forma, dos carreras a la vista en la política boliviana. La carrera de la política contra la economía por parte del oficialismo y, por parte de la oposición, la del tiempo contra la dispersión. La primera carrera puede producir un gobierno tan desesperado por evitar una erosión mayor de su popularidad, que abandone lo que, en manos de Luis Arce, el responsable del manejo económico, parecía una gestión razonablemente seria de las cuentas fiscales y la inflación. La segunda carrera puede producir una atomización aun mayor de la que existe, en la medida en que proliferen los líderes de izquierda y derecha que crean que las horas bajas de Morales suponen una gran oportunidad para cualquiera.

Desde América Latina se ve al populismo -socialismo, le llaman- del siglo XXI en proceso de extinción, aun si el trámite dura todavía un tiempo. Hace no mucho pretendían ser eternos: el chavismo, el kirchnerismo, Correa, Morales y Ortega. El primero está herido de muerte, el segundo ya salió del poder, el tercero ha tenido que renunciar a presentarse otra vez (o eso nos ha hecho creer), el cuarto acaba de ser expulsado del gobierno con cargo a 2020 y el último coletea todavía sin pena ni gloria, aunque es por ahora la ficha más vertical del derrumbado dominó.

Nunca hubo duda de que la ola más reciente del populismo latinoamericano acabaría así. Así acabaron las demás: no había razón para que esta vez las cosas fueran distintas. Sólo la fortuna económica quiso que el calendario del dominó de los Icaros fuese más dilatado del que hubiera cabido esperar en circunstancias más normales. Una vez que se terminen de caer los que están cayéndose -aun falta el “petismo”, en el gigantesco Brasil- América Latina se situará ante una gran pregunta: ¿Con qué reemplazar todo esto?

Un apasionante desafío para las nuevas generaciones, a las que las anteriores no tenemos mucho que enseñarles, porque en los momentos equivalentes del pasado no supimos aprovechar las oportunidades que fracasos similares abrieron para nosotros.
 

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