Gobiernos, ya no me ayuden
Ricardo Valenzuela


El presidente Peña Nieto una vez más hace declaraciones que confunden y preocupan. Al ser interrogado acerca de la campaña política en EEUU y de los precandidatos a la presidencia y sus perfiles intrusivos—mercantilistas, el presidente afirmó: “La globalización tiene sus límites, pues los estados, en ciertos momentos, necesitan “políticas intervencionistas” selectivas para asegurar el reparto justo del desarrollo.” Esta declaración fue hecha ante una selecta, privada y entusiasmada audiencia, agregando que en nuestro México nuevo se consolida la democracia y “los verdaderos mercados libres.”
 
Estas comunicaciones del presidente coinciden con un evento en los EU que ha dejado a la ciudadanía atónita. Hace unos días el conocido periodista John Stossel hizo la presentación de un programa de televisión que bautizó: “John Stossel va a Washington.” En él, Stossel hace una denuncia de la ineptitud y la perversidad del gobierno americano en todas las áreas en las que se ha involucrado, desde su vigilancia sobre la moneda, hasta su administración de los bienes de la nación, pero muy particularmente en las que a nuestro presidente tanto le preocupan; sus intervenciones para asegurar el reparto justo del desarrollo. Esta no es la primera denuncia de esa naturaleza, pero si la más seria y bien documentada en muchos años.
 
Stossel inicia su programa con una frase de Jefferson: “El proceso natural de las cosas es el que los gobiernos se expandan, mientras que la libertad se restringe.” Pasa luego a dar datos para dejar frío al más ferviente admirador de la intervención gubernamental. Desde que se iniciaron los programas de asistencia social, o de intervención para un mejor reparto---como les llama Peña, el gobierno americano ha “invertido” en tal cruzada más de 7 trillones de dólares, pero el porcentaje de pobreza en los EU no ha disminuido ni un solo milímetro. En estos momentos al gobierno de los EU gasta $60,000 dólares al año por familia considerada “pobre,” sin embargo, siguen en la miserable pobreza.
 
Pasa después el periodista a analizar una serie de campos en los cuales la “intervención” gubernamental los ha destrozado y, sobre todo, ha creado una capa social de dependencia, y es para helar la sangre del mas plantado al ver la tendencia de los gobiernos a controlar la vida de sus ciudadanos, desde al agua que tomamos, hasta el aire que respiramos. A principios del siglo XIX, el siglo de oro de los americanos, el gobierno tomaba un promedio de $20 dólares— a valores presentes—de cada ciudadano. A principios del siglo XX, ya eran $200 dólares a valores presentes. En estos momentos esa cifra se ha elevado a más de $30,000 dólares, de tal forma que los americanos tienen que trabajar casi la mitad del año solamente para pagar sus impuestos al gobierno.
 
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El gobierno, comenta Stossel, por ser un monopolio, no se rigen por las mismas reglas de las empresas que tienen que competir para sobrevivir. Es tal su ineptitud y arrogancia por ese motivo, que nada más en el Departamento de Defensa él encontró que hay partidas de casi 5 billones de dólares “extraviadas.” No robadas, simplemente no las encuentran. Su sistema de contabilidad es tan obsoleto y anti funcional, que esos billones de dólares se les extraviaron. ¿Alguien se pudiera imaginar el que el Banco de América tuviera una partida de 5 billones de dólares extraviada?
 
EL CAMBIO QUE SE VIENE
 
El estado nación durante los últimos 30 años ha tenido un regresión en cuanto a la fisonomía que se le había dado como sustituto de la santa madre iglesia de la edad media—la creadora del cielo y de la tierra, dueña de vidas y fortunas de toda la humanidad. Los mercados poco a poco han ido invadiendo—con o sin la aceptación—la circunferencia que el mismo estado usurpó durante la mayor parte de la segunda mitad del siglo XX. En el reporte Stossel nos informa la invasión de la iniciativa privada de campos que eran clásicos bastiones del estado como el de la policía, los aeropuertos, comunicaciones, los ejidos americanos (reservaciones indias), los servicios de agua potable y, lo más importante, el auxilio a los necesitados a través de organizaciones privadas de caridad, que han demostrado ser mucho más eficientes que el estado.
 
En este nuevo siglo XXI el poder de los gobiernos se deberá seguir deteriorando, y una nueva configuración de riqueza estará naciendo sin esa coerciva participación del estado. Los políticos, los sindicatos, las profesiones reguladas, los gobiernos en general, tendrán una importancia mucho menor a lo acostumbrado. Con una mínima participación del estado en los procesos económicos, los recursos no serán tan desperdiciados.
 
Los encargados de la famosa redistribución del ingreso, perderán todo ese poder. La riqueza privada que había sido generada en complicidad con  el estado, ahora será retenida por esos que la crean. Una nueva riqueza terminará en manos de esos audaces empresarios y capitalistas aventureros no ligados al estado. La globalización acompañada de otras características de esta era de la información, tenderá a incrementar el ingreso de los más talentosos y esforzados en cada campo y en todos los niveles de la sociedad.  
 
En este siglo XXI los mercados y la competencia deberán de incorporarse a la administración pública si queremos tener gobiernos eficientes. En esta nueva era, un proceso de selección racional, combinado con una estructura de incentivos para premiar el liderazgo eficaz, atraerá la mejor gente del mundo a la actividad gubernamental. También movilizará otro tipo talento que normalmente no tendría interés en los problemas de gobierno. Ya no será solamente el campo de políticos profesionales.
 
Los ejecutivos más eficientes del mundo podrán ser atraídos a la administración pública, si su remuneración se fija de acuerdo a sus resultados que logren para la sociedad. Un líder de un país que, mediante los nuevos conceptos de la economía de la información, lograra incrementar el ingreso y bienestar de la sociedad civil ej. crecimiento del ingreso per cápita, deberá de ser remunerado como el mejor ejecutivo de una empresa privada.
 
Sin embargo, esos líderes deben entender que solamente con un buen manejo macroeconómico, sin el activismo estatal que nos ha caracterizado, es como realmente se pueden mejorar las condiciones de vida de la sociedad civil y, sobre todo, sin las famosas intervenciones del estado, los mercados son el mejor medio para la asignación de recursos y la justa distribución del desarrollo, dándole a cada quien lo que merece de acuerdo a su esfuerzo, su talento y su trabajo.
 
México debe tomar como ejemplo a no seguir, los 60 años de políticas “compasivas” de los EU que solo han traído, endeudamiento, desastre, impuestos opresivos, y la misma capa social de pobreza y dependencia. La función de un gobierno nunca debería de ser la “redistribución del desarrollo.” Debería ser el no impedir ese desarrollo median sus intervenciones.
 

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