Argentina: ¿Presidentes o caudillos?
Malú Kikuchi
Periodista. Conductora de "Cuento Chino" y "La Dama y el Bárbaro", radio El Mundo. Premio a la Libertad 2013, Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


Argentina, país entrañable, curioso, querible y difícil, con comportamientos erráticos, casi imposibles de dilucidar. Hoy, el gobierno en la encrucijada que se encuentra, paradójicamente, no encuentra soluciones claras, ni apoyo popular.
 
Un apoyo popular que consiguió hace apenas 6 meses, cuando Cambiemos ganó las elecciones. Las ganó por un 2%, margen escaso para hacer grandes reformas, imprescindibles luego de 12 años y medio de populismo y robo organizado.
 
Se entiende que la gente rechace los sacrificios que la actual política exige. Se entiende que achicarse es horrible; que pagar la fiesta que ya fue y vació al país, fiesta que se disfrutó sin pensar en el día de mañana, se vuelva insoportable.
 
Pero las fiestas se pagan. Esta verdad los argentinos no la quiere entender. Y nadie se toma el trabajo de explicarla de manera clara y sencilla: “no existe un almuerzo gratis” decía Milton Friedman, y siempre, antes o después, alguien lo paga.
 
Llegó el tiempo de pagar. A las subas imprescindibles de las empresas que dejaron de invertir durante 12 años y medio (aunque para aumentar se podía haber esperado hasta bajar la inflación), los empresarios se lanzaron a remarcar precios.
 
Los subieron con razones, luego por si acaso y después porque si. La situación es realmente complicada para el gobierno. Y daría la sensación que este gobierno, “el equipo”, cree que Argentina es Dinamarca, que no necesita un liderazgo fuerte.
 
Pero Argentina está muy lejos de Dinamarca y no sólo geográficamente. El pueblo argentino viene por desgracia de una larga historia de caudillos y pareciera que no tiene ningún respeto por los presidentes que no ejercen el poder con mano firme.
 
Según el diccionario, caudillo es un hombre que guía y manda a un grupo de personas, especialmente a un ejército de gente armada. Y de esos ha habido muchos, quizás demasiados, algunos muy respetables, otros no tanto.
 
Martín Miguel de Güemes, José Gervasio de Artigas, Francisco Ramírez, Estanislao López,  Juan Bautista Bustos, Facundo Quiroga, Juan Manuel de Rosas, *Justo José de Urquiza (a mitad de camino), Chacho Peñaloza, Felipe Varela y muchos más.
 
Desde entonces, el caudillo ha sido una figura respetable, querido y requerido por su gente. El caudillo es uno, hace sus propias leyes y las aplica a su arbitrio. Adopta la forma de padre protector, ejerce el poder con mano dura e inspira confianza.
 
“El padre” es responsable de sus hijos, por lo tanto los aciertos se comparten y los errores son del caudillo. “Los  hijos” no asumen responsabilidad sobre los hechos que le acontecen. Dependen del caudillo. Lo aman o lo odian, pero lo respetan.
 
El presidente es alguien que preside o dirige un gobierno. Debe ser electo, debe respetar la Constitución Nacional, comparte el poder con otros dos poderes, el legislativo (tiene que negociar) y el judicial que debe (debería) ser independiente.
 
El presidente la tiene más difícil que el caudillo. Caudillo se nace, no se aprende. El presidente puede aprender. Ante grandes cambios, una economía restrictiva y una inflación galopante, un presidente constitucional corre serios riesgos.
 
Más riesgoso aún si el presidente habla permanentemente de “equipo” y no centra las decisiones en su persona. Los argentinos quieren equipo en los clubes de fútbol y… un presidente fuerte. Al que le crean y en el que se puedan recostar sin temor.
 
Mauricio Macri, tiene una excelente y prometedora imagen ante los gobiernos de los países del 1° mundo, esa imagen cae dentro del país. En la última encuesta de Raúl Aragón ya está en 49,3%. Bajar del 50% de aprobación hacer sonar alarmas.
 
El peronismo es el partido del poder. Respeta a rajatabla las decisiones populares. Si el presidente tiene aprobación alta entre la gente, arriba del 50%, el PJ apoya. Si el presidente cae de la gracia del pueblo, el PJ pasa a ser un enemigo peligroso.
 
Mientras los argentinos añoren los caudillismos y sus fiestas populistas y no quieran aceptar los costos de las mismas, intentar gobernar Argentina como si fuera Dinamarca, es un sueño que puede devenir en una pesadilla ya conocida.
 
El presidente debiera contarle al país hacia donde quiere llevarlo y cómo piensa hacerlo. No puede permitir que los ministros aumenten combustibles y tarifas y se le comunique a la gente ya consumado el hecho. A la gente no le alcanza la plata.
 
El presidente debiera saber que esto es Argentina, que el pueblo necesita sentirse contenido y seguro, sobre todo si está atravesando tiempos de ajustes sin que nada le sea explicado y vuelto a explicar, hasta que lo entienda y acepte.
 
Porque hay cirugías que son inevitables y hay que convencer a los pacientes de que lo son. Después del dolor, con suerte y la pericia de un buen gobierno preocupado y ocupado por el bienestar de su pueblo, llega la bonanza sobre bases sólidas.
 
Pero si se  intenta combatir la inflación aumentando los combustibles cuando estos bajan en el resto del mundo, la situación se vuelve muy confusa para la gente que paga los costos. El pueblo no entiende y grandes mayorías no llegan a fin de mes.
 
Un buen futuro para Argentina sería posible, sólo si el pueblo dejara de añorar los caudillos populistas y si el presidente le hiciera saber hacia dónde pretende ir.
 
*Justo José de Urquiza, un caudillo al que se le debe la Constitución Nacional 1853.
 

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