El mundo en el tren fantasma
Diana Ferraro
Escritora


Anestesiados por los continuos sobresaltos cotidianos, los argentinos somos quizá menos sensibles de lo que deberíamos a la encrucijada actual de un mundo en el que cada día un nuevo peligro  aterroriza a otros pueblos, aquellos que miran todo el planeta y no ya exclusivamente  los eventos locales. Como en un tren fantasma, la comunidad global está lanzada a una carrera sin conducción con terribles acechanzas que surgen de repente, imprevistamente, causando caos, terror y total incertidumbre acerca del futuro y si el tren llegará a destino.  

Falta de liderazgo global, confusiones ideológicas, decadencia de los partidos y sus dirigentes, incomprensión de la dinámica global, actos salvajes de terrorismo, amenazas nucleares en manos de estados o de particulares, crisis económicas, la expansión rusa, guerras sin patrones reconocibles, todo habla de una gran crisis donde los problemas se replican de un país a otro, sin que se advierta el comienzo de una nueva era.  

En la Argentina, el voto popular británico para apartar a Gran Bretaña de la Unión Europea puede habernos sacudido un poco, en especial por la inmediata fluctuación de las monedas y su incidencia en los actuales planes del gobierno nacional, pero, después de la novedad, el tema parece interesar mucho menos que las telenovelas judiciales locales. Sin embargo, el potencial británico para incidir en la profundización de la crisis global o en su contribución a su solución, nos interpela directamente. La Argentina es uno de los países que puede aspirar a tomar un lugar relevante en el mundo—como en aquel lejano pasado siempre añorado—siempre y cuando comprenda lo que está sucediendo de verdad dentro de la comunidad global y cuánto de esos sucesos vienen moldeando su pasado más reciente, sin que nadie conecte demasiado los puntos.

 Como ejemplo de lo que se suele olvidar, digamos que para la Argentina el hecho más relevante del 2001 fue, en realidad, el de los atentados a las Torres Gemelas y al Pentágono, ya que este hecho cambió la orientación de la política de los Estados Unidos e incidió directamente en la suerte argentina. Interesado primero en crear un mercado americano que incluyese a todos los países del continente, Estados Unidos desvió su atención a Asia Menor. Si por un lado comenzó en los países de Medio Oriente una guerra que aún no ha terminado, por el otro canceló el proyecto continentalista, cuya consecuencia más visible fue la suspensión de la ayuda financiera a la Argentina. Volvemos a insistir en que la crisis financiera local de 2001 hubiera sido manejable si Estados Unidos hubiera aceptado la renegociación de la deuda, tal como lo venía haciendo. Por otra parte, a partir de la caída consentida por los Estados Unidos del sistema de libre mercado en la Argentina, aumentó el creciente desprestigio de las políticas liberales en América Latina y resurgieron regímenes estatistas en la Argentina, Venezuela, Bolivia, Ecuador y, en menor medida, Brasil. El año 2001 marcó así no sólo el comienzo de una guerra global contra el terrorismo, sino el cuestionamiento más profundo en Latinoamérica al liderazgo de los Estados Unidos desde el fin de la guerra fría y, en la Argentina, la renuncia temporal a las únicas políticas que podrían haber asegurado su continua modernización y crecimiento. Fallidos los nuevos intentos continentalistas, tanto del Bush despreciado por Kirchner en la Cumbre de las Américas en Mar del Plata en 2005, como el de Obama con el proyecto Trans-Pacífico que incluía a varios países de América Latina junto a los de Asia y Oceanía, pero omitía al resto, el liderazgo continental quedó tan vacío de eficiencia como el liderazgo global. Es este vacío el que permitió los liderazgos locales de personajes menores y sin la menor  formación internacional como Duhalde y ambos Kirchner. Sin una decisión de liderazgo en su propio vecindario y extraviado entre el idealismo cooperativo y la realidad del terrorismo, el Presidente Obama ha renunciado a que Estados Unidos cumpla con el liderazgo global al cual tanto su poderío como sus iniciativas inconclusas lo condenan.

El hecho es que la salida de Gran Bretaña de Europa mueve el tablero no tanto en el plano económico como en qué se va a hacer en el mundo desde el punto de vista militar para contener, limitar o eliminarlos peligros que acechan a la comunidad global. Firme integrante de la NATO, al salir de la Unión Europea, Gran Bretaña queda libre para dictarse su propia política exterior.  En un momento en que el liderazgo de Estados Unidos parece tener como únicos contendientes a una débil Hillary Clinton que seguramente hará mucho más que Obama en términos militares pero mucho menos de lo que haría falta para neutralizar las peligrosas sorpresas del tren fantasma, y un irresponsable Donald Trump, que no se caracteriza por su compresión de fenómenos complejos, un nuevo liderazgo inspirador de Gran Bretaña podría tener para el mundo consecuencias positivas y hoy insospechadas.  

Muchos son los temas de altísimo riesgo que requieren atención a nivel global, algunos de los cuales ya hemos mencionado, pero el tema más relevante en este momento es el del liderazgo militar global, en un tiempo en que la idea de la cooperación global se ha hecho carne en las nuevas generaciones—con justa razón—pero en un tiempo, también, en el cual se renunció prematuramente al uso de la fuerza para contener todos aquellos procesos que se oponen a la libertad que exige esa cooperación global.

La Argentina puede muy bien insertarse con una nueva y renovada conciencia en la discusión global, dirimiendo con claridad los peligros de, por un lado, apartarse de la meta de la cooperación global, y,  por el otro, de no distinguir la legitimidad del uso racional de la fuerza allí donde fuere necesario. Para eso, sería imprescindible también hacer una revalorización de la misma temática a nivel local, reestrenando y reeducando a las fuerzas armadas y de seguridad de modo que contribuyan eficazmente en la defensa no sólo de la comunidad local sino también de la global.

Al dejar Gran Bretaña el espacio comunitario, la primera lectura del hecho fue la de pronosticar el fin de las integraciones continentales. Muchos imaginaron—el discurso de Trump y el de otros no ha dejado de contribuir a este ideario—un regreso glorioso a los tiempos de naciones individuales y autosuficientes. No advirtieron que lo que detonó la salida de Gran Bretaña no fueron los problemas económicos sino los problemas de seguridad, y que su único modo de defenderse de las oleadas de refugiados fue volver a la autonomía y recuperar la iniciativa militar en una guerra que Estados Unidos comenzó en defensa de la comunidad global y que no supo concluir.

 No se trata entonces del fin de los continentalismos sino del parto agitado y confuso del universalismo, en el cual las naciones que parecen hoy volver a su identidad original, desprendiéndose de su identidad continental, sólo lo hacen para volver a agruparse en estructuras globales más eficientes,  con mecanismos más democráticos y ágiles y con un poder militar disuasivo también basado en la cooperación.

 La Argentina, como miembro del grupo de los 20, como país latinoamericano con una tradición de liderazgo local, y como portador histórico continental de las más estrechas y conflictivas relaciones con Gran Bretaña, siempre pendientes de una solución global, tiene bastante para decir y mucho por hacer en la nueva arquitectura geopolítica en curso.
 

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