El deporte, espejo del subdesarrollo
Alvaro Vargas Llosa
Director del Center for Global Prosperity, Independent Institute. Miembro del Consejo Internacional de Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


El esperpéntico estado en el que está el fútbol argentino y la angustiosa película de “suspense” que es la cuenta regresiva hacia los Juegos Olímpicos de Brasil a iniciarse el 5 de agosto son un buen recordatorio de dos cosas. La primera: el subdesarrollo no admite islas institucionales. Las alcanza a todas. La segunda: aunque, en ciertos momentos excepcionales y gracias a talentos poco comunes el deporte puede hacer vivir a un país subdesarrollado la ilusión del éxito, por lo general tiende a recordarle su verdadera condición, haciendo que se evapore el espejismo tarde o temprano.
Esto es lo que le pasa al fútbol argentino. No tiene por qué sorprender a nadie que, a remolque del deterioro del país tras décadas de malos gobiernos e instituciones antimodernas, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) se haya vuelto un “caso” triste. No hay día en que no aparezca en las noticias una nueva comprobación de que esa institución es una perfecta hija del populismo latinoamericano.
Que la selección que tiene a varios de los mejores jugadores del mundo no sea capaz de ganar un título en un cuarto de siglo; que la AFA no cuente hoy con una directiva ni un presidente; que los clubes no hayan podido acordar una nueva estructura competitiva; que en plenas eliminatorias para el Mundial de Rusia no haya entrenador; que uno de los diamantes deportivos de nuestro tiempo, Lionel Messi, haya tenido que renunciar a vestir la camiseta albiceleste y que la FIFA, institución que pretende su propia regeneración, esté en vías de instalar desde Suiza un Comité Normalizador en Argentina para devolver al fútbol de ese país esa extrañísima cosa, “normalidad”, es una fotografía perfecta de la pendiente institucional por la que se ha deslizado Argentina en tiempos modernos.
Durante tres décadas y media, el fútbol argentino fue un cacicazgo: el de Julio Grondona, que asumió el mando un año después de la victoria argentina en la Copa Mundial de 1978, y gobernó hasta su muerte en 2014. Sobrevivió a todas las denuncias imaginables. Su legado, más allá del éxito en el Mundial de 1986 gracias a un gran capital deportivo acumulado que ya entonces se estaba erosionando, fue la acusación de la justicia estadounidense contra él por corrupción y el caos infinito que dejó su partida. Como toda dictadura que cae sin que nadie haya organizado el futuro, y como todo régimen en el que la institucionalidad es devorada por el personalismo, la AFA que Grondona dejó era una caricatura de organización.
Hoy, el fútbol argentino puede resumirse con la frase que publicó Messi en redes sociales durante la reciente Copa Centenario jugada en Estados Unidos: “Qué desastre son los de la AFA, por Dios”. La situación no puede ser más patética: los clubes ni siquiera dan permiso a los jugadores para acudir con la selección olímpica a Río de Janeiro porque no hay autoridades ni acuerdo sobre qué estructura, qué reglas y qué finanzas tendrá el fútbol argentino mañana y pasado mañana.  Los emblemáticos, como Boca y River, lideran una corriente partidaria de una “superliga” de 20 equipos en Primera y la B Nacional, en la que Primera se llevaría el 80% del pastel (un pastel en el que el ingrediente televisivo es el determinante), a repartirse de tal modo que la mitad del dinero sería distribuido en partes alícuotas entre todos los clubes y la otra mitad de forma proporcional según el peso, el éxito y el número de hinchas o socios de cada cual. Naturalmente, los clubes menos influyentes se oponen -los lidera Independiente- y por ahora no hay visos de solución.
Este enfrentamiento, que es dable incluso en países desarrollados, se produce en un contexto de falta de autoridad, y sobre todo de legitimidad, de la que nacen todos los otros problemas antes mencionados. Hace pocos meses se llevaron a cabo unas elecciones para elegir al presidente de la AFA y resultó que había más votos que votantes. ¿Qué clase de respeto puede imponer la AFA en esas condiciones y cómo puede aspirar a conducir una negociación que facilite un acuerdo? ¿Cómo puede pretender el fútbol argentino ser representado en el exterior si no está en condiciones de representarse a sí mismo en el interior?
Las reglas de juego de la FIFA ahondan el problema porque no permiten ninguna interferencia -política, judicial o de cualquier otro tipo- en las asociaciones de fútbol de los países miembros. Esta norma, perfectamente comprensible ante el riesgo en tantos países de que las autoridades metan la mano, en la práctica, cuando se da un caso como el argentino, es una garantía que recibe quien se hace fuerte de mala manera. Por esa norma, nunca fue posible desalojar a Grondona. A cambio de su eternización en el mando, él fue un aliado de “Sepp” Blatter y la camarilla que convirtió en lo que hoy sabemos a la FIFA, de la que el dirigente argentino fue vicepresidente (responsable nada menos que del comité de finanzas). Incluso ahora que una jueza argentina ha tenido que rozar tangencialmente a la AFA por una causa que lleva en relación con el programa Fútbol para Todos que el kirchnerismo creó y utilizó con fines políticos, la FIFA ha amenazado con desafiliar al fútbol de ese país, es decir dejarlo fuera de toda competición internacional, por interferencia indebida.
Pero nada de esto es la causa principal de lo que sucede: si el fútbol y la AFA reflejaran a un país institucionalizado y en claro proceso de modernización, la protección internacional de la FIFA probablemente sería beneficiosa, porque aseguraría algo así como un cordón sanitario contra la penetración política. Ello, a condición de que las normas no permitieran que nadie se perennizara en el mando de la asociación de fútbol y que garantizara un nivel óptimo de vigilancia.
El deterioro político, económico e institucional argentino es anterior al declive de su fútbol. La secuencia es fácil de explicar: cuando un área de la vida nacional -o una institución en particular- acumula un alto nivel de excelencia y está sostenida por una cultura o tradición, el impacto de un entorno nocivo suele ser gradual y su efecto es retardado. Por eso -y no sólo por Maradona- Argentina fue capaz de ganar la Copa Mundial de 1986; el fútbol tenía un capital acumulado con los años a cuya erosión todavía le quedaba un cierto tramo que recorrer antes de que el deterioro empezase a notarse. Pero luego vino lo inevitable. Todo -la violencia en los estadios, el caos dirigencial, la corrupción, la descapitalización económica y moral- indicaba desde hace varios años que la trayectoria era agresivamente declinante. Hasta desembocar en la hecatombe de hoy.
Que Argentina siguiera produciendo grandes jugadores de exportación no era la negación de esta realidad; en cierta forma era lo contrario, pues demostraba que la tradición futbolística seguía viva a pesar de todo pero que no tenía otra forma de expresarse que mediante la emigración y, lo que es más sutil, a través de ese conjunto de individualidades geniales pero incapaces de funcionar como equipo de alto nivel que ha sido la selección durante ya muchos años.
Lo que pasa en el vecino Brasil es también un recordatorio de que el deporte no puede ser una isla y de que el salto al desarrollo no puede ser un asunto de proclamaciones y deseos expresos, o de política exterior. Es decir, de que no se puede jugar a ser una potencia antes de ser, verdaderamente, una potencia. Los Juegos Olímpicos, como el Mundial de 2014, se desarrollarán, sin duda, en agosto, y todos vibraremos con los éxitos -o lloraremos con los fracasos- de nuestros ídolos. Pero cuando Brasil derrotó a España como sede de estos Juegos en 2009, ese país era la estrella del firmamento político mundial. En 2011, poco después, dio la vuelta al globo la noticia de que la economía brasileña había superado en tamaño         -en términos absolutos- a la del Reino Unido. Pero, ¿cuál era la realidad? La de un país gobernado por un sistema político corrupto, un modelo económico inviable y una fragilidad institucional que hacían de las grandes oportunidades el coto vedado de un pequeño conjunto de intereses privados al amparo del Estado. Todo ello, en un contexto de fuerte violencia, de deterioro de los servicios públicos y de una infraestructura pobrísima.
Era inevitable que esta suma de factores se reflejara en las informaciones sobre la preparación de los Juegos en la prensa mundial a medida que se acercase la fecha inaugural. Así, en los últimos tiempos no ha habido día en que no nos contaran que el estado de Río de Janeiro está quebrado y soporta un déficit de más de 20 mil millones de dólares; que la línea del metro y las vías de autobús que conectarán a la ciudad con las instalaciones olímpicas en Barra da Tijuca no estarán listas hasta 24 horas antes de la inauguración; que las empresas constructoras que fueron parte de la trama conocida como “Lava Jato” están siendo investigadas por posibles chanchullos en las obras de infraestructura de los Juegos; que un hospital designado para atender a turistas ha sido asaltado por una banda que pretendía rescatar a un narcotraficante; que se ha tenido que movilizar a 85 mil militares y policías, el doble de los que hubo en los Juegos de Londres, porque los riesgos para la seguridad son grandes; que el gobierno federal, él mismo desfinanciado, ha tenido que declarar a Río en “estado de calamidad” para soltarle 900 millones de dólares a fin de garantizar la protección del medio millón de visitantes que se esperan (además de los propios deportistas, claro); que el virus Zica, a pesar de que ha bajado la incidencia en los meses invernales, sigue siendo una amenaza; y un largo etcétera.
Ese largo etcétera no incluye todavía lo que todos más temen y nadie verbaliza: la eventual repetición de las escenas tumultuosas de vísperas del Mundial de 2014, cuando las masas enardecidas contra la corrupción y la austeridad infligida por autoridades a las que ya no respetaban amenazaron con paralizar el desarrollo del evento. Es cierto: la destitución temporal de Dilma Rousseff ha aquietado esas aguas, pero la baja aprobación del actual gobierno, del que han tenido que renunciar tres ministros, no deja de suponer el riesgo de que la calle bulla de pasiones otra vez.
Vuelvo a la idea central: es bueno que ese maltratado país tenga esa oportunidad de vivir, gracias a los Juegos, aunque sea durante unas semanas, algo mejor de lo que ha vivido en los últimos años, pero convengamos en voz baja que este no era el Brasil que los brasileños le ofrecieron al mundo cuando se postularon como sede, ni el Brasil que el mundo imaginó para 2016 cuando el Comité Olímpico Internacional le confió la responsabilidad de albergar la antorcha.
El Brasil de los Juegos es un país que necesita devolver sus ambiciones internacionales al perímetro más estrecho de su realidad política, económica, institucional, hasta terminar de hacer los deberes en casa. Entonces, y sólo entonces, podrá reclamar su lugar entre los mejores.


Publicado en La Tercera.
 

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