La opinión publica y la vieja herencia inconsciente
Diana Ferraro
Escritora


Con o sin encuestas, con o sin periodismo, con o sin liderazgo político, la opinión pública se autogenera de todos modos a partir de la experiencia empírica y de las creencias arraigadas individual y colectivamente.  En mayor o menor medida, según la claridad o confusión del momento, la opinión pública se nutre también de los contenidos introducidos  a través de los medios de comunicación y que incluyen opiniones y declaraciones de líderes políticos y gobernantes, información pura, información con opinión explícita o implícita, encuestas sesgadas o no, opiniones de periodistas, intelectuales y artistas, etc. Todo esto es bien conocido y, por sólo citar el tema más frecuente, la influencia del periodismo en los procesos políticos merece siempre apasionados comentarios. El rol del periodista Jorge Lanata en el desmantelamiento del relato revolucionario, desprestigio y caída final de la ex presidente Fernández es quizá el ejemplo más reciente de lo que la inteligencia y la persistencia pueden lograr cuando se trata de cambiar la historia.

 Un aspecto igualmente frecuentado de esta ingerencia periodística es el sentido de estas intervenciones en las que se observa siempre una ideología subyacente. Menos notable es la comprobación sistemática de que , desde hace muchísimo tiempo, la mayoría de las intervenciones resultan  social-demócratas (en sus infinitas variantes) y rara vez liberales, aún en medios supuestamente liberales como La Nación. Históricamente, otra variable frecuente de la ingerencia periodística ha sido el anti-peronismo, aunque tolerado ocasionalmente en algunas de esas mismas variantes socialdemócratas (incomprensiblemente, Duhalde continúa siendo un héroe para muchos medios y no el destructor de la institucionalidad argentina y el que inició en verdad—él, y no Cavallo, como muchos medios insisten en sostener—el ciclo de saqueo que el hoy Presidente Macri ha prometido concluir).
 

El caso es que, cuando el peronismo o rasgos del peronismo—como una atención privilegiada al crecimiento nacional y al mundo del trabajo—se combinan con el liberalismo para establecer un programa poco estatista y revolucionario en relación a ese estatismo, la incertidumbre se instala. Promovida por las circunstancias y el periodismo, esta incertidumbre es acunada por una opinión pública que aún no ha revisado su inconsciente preferencia por el estatismo. En un país en que el estatismo está tan arraigado (y de ahí la característica predominantemente socialdemócrata de la opinión pública), hace falta un esfuerzo especial en el periodismo y los periodistas en general para exponer a fondo esta característica y dar la oportunidad a la opinión pública de reverla.

 No se trata de crear nuevos medios para promover ideas liberales sino de, en los mismos medios, ir un poco más a fondo en el análisis de hábitos y creencias y aumentar el grado de información. Viene otra vez al caso, el ejemplo acerca de Duhalde y Cavallo y quién y por qué fue el principal responsable de la debacle económica de 2001 y 2002 y por qué medios endeudados en dólares contribuyeron al desparramo de fantasías insostenibles con la realidad—¡ si  tan sólo la realidad se hubiera expuesto en su totalidad y no exclusivamente en alguno de sus matices!

 El gobierno actual está hoy sometido a manipulaciones semejantes, por ejemplo, en la insistencia en mostrar hechos violentos como anuncios certeros de una hecatombe social reprimida que en cualquier momento puede estallar—lo cual no es de ningún modo cierto, aunque alimente la fantasía de kirchneristas resentidos y cree titulares vendedores en los medios—o en exacerbar los errores de implementación en el aumento de las tarifas del gas. Por debajo de estas manipulaciones, se apela a ese estatismo subyacente, que el periodismo—aún el que no estuviese interesado en promover esto ideológicamente, pero sí siempre interesado en vender sus noticias—refuerza y reafirma en la opinión pública en un momento en que el gobierno actual debe intentar lo contrario, es decir, salir de un excesivo estatismo.
 

Y aquí, en ese esfuerzo por salir de un estatismo nocivo, se plantea el otro problema, el de los líderes políticos, tanto de los que están en la coalición Cambiemos (PRO, Radicalismo, Coalición Cívica y otros) como los de la oposición más semejante al gobierno (Peronismo no kirchnerista en general) y de los diversos socialismos (Stolbitzer y otros). Si para los socialistas, el socialismo con su coeficiente más o menos alto de estatismo es una opción auténtica, para todos los demás es una opción sin revisar heredada de los años obligatoriamente estatistas del radicalismo y del peronismo, un ideal anticuado que no ha hecho más que destruir sus partidos, desdibujar sus dirigentes y condenar a la Argentina a la más mediocre clase política de todo el continente y con ella, al fracaso administrativo del país con la consiguiente pérdida de riqueza y rol en el mundo.

El actual gobierno patina muchas veces en la exposición de sus medidas por ese estatismo no revisado (y que caracteriza a muchos de sus dirigentes, que intentan congeniar su estatismo visceral con grados de liberalismo—por caso, la vicepresidenta Michetti). La explicación de los cómo y por qué de las medidas de gobierno debe específicamente atender a esta cuestión y, así como se tienen metas de inflación, hay que tender también hacia metas muy claras de no estatismo y hacerlas comprensibles, si de verdad el eje central de la política de este gobierno va a ser conseguir la máxima inversión privada posible.

Los periodistas, los medios, los intelectuales, los artistas y los dirigentes políticos, sindicales y empresariales, en su gran mayoría , forman, junto a la opinión pública, un colectivo mucho más compacto del que se quiere creer. La aceptación inicial de Duhalde y de los Kirchner, e incluso su alianza con el radicalismo, todos hermanados en el ideal estatista y acompañados de corazón por La Nación y Clarín y la mayoría del empresariado durante una buena temporada, son el ejemplo más contundente de este estado de la conciencia colectiva que, en el fondo, no ha cambiado mucho en este aspecto. Hay que resaltar que el gobierno anterior cayó por corrupto, autoritario y no republicano, y no por ser estatista. Esto también explica por qué los mismos medios hoy sospechan del tino del Presidente Macri en cualquier sesgo liberal que su gobierno pueda tomar. Suenan aquí y allí voces disidentes, que no forman parte de esa opinión pública generalizada, pero que no son lo suficientemente fuertes como para ser escuchadas en su revelación de esas partes de la realidad que continúan permaneciendo fuera de la conciencia colectiva.

Se dice a menudo despectivamente que tenemos los dirigentes que nos merecemos, cuando se debería decir, en cambio, que tenemos los dirigentes que piensan como nosotros y que, si queremos un país distinto, debemos pensar distinto.
 

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