Las buenas noticias
Diana Ferraro
Escritora


Más allá de la muy previsible derrota del Gobierno en las últimas elecciones primarias, es necesario destacar el gran rol de los fiscales de la elección, con un ojo puesto también en el siempre posible fraude informático. El éxito de esta vigilancia durante lo que sólo ha sido, sin embargo, un ensayo, refuerza la esperanza de que a la hora de la verdadera y definitoria elección de representantes en octubre próximo, se pueda conservar la transparencia y evitar todo posible fraude. Una victoria anunciada no es aún una victoria real en un terreno aún dominado por los mentirosos y cada día más amenazados y atemorizados gobernantes.

Tras la victoria popular en agosto de una gran mayoría que exige un pronto cambio de políticas y el castigo a todo abusador del poder público, queda asegurar una idéntica victoria en octubre que devuelva al pueblo una mayoría en ambas cámaras y permita la promoción y ejecución de las nuevas y tan necesarias políticas que rescaten a la Nación de la parálisis en que se encuentra.

Si toda oposición es hoy una justa y legítima oposición al gobierno actual y a sus desmanes, principalmente en el área económica, convendrá también tener presente que antes y después de octubre el pueblo argentino precisa una urgente actualización de sus opciones reales en materia de organización económica. Seguramente antes y, desde ya, inmediatamente después de octubre, lo que se va a discutir es el nuevo liderazgo de la Argentina. Los difusos planes de la mayoría de los candidatos de la oposición varían ideológicamente entre una socialdemocracia pura y dura y un liberalismo softque prefieren llamarse a sí mismos “país normal” sin especificar cuales son las condiciones económicas de un país normal y su por qué.

Una total sinceridad sería destacable en este punto, de modo tal que por lo menos uno de los candidatos de la oposición ofrezca una visión realista de la economía, de lo que se puede hacer y lo que no, y, en el caso del peronismo, actualizar también el imprescindible rol del sindicalismo que tanto tiene por hacer en la nueva economía, una vez entendidos sus principios. Del mismo modo, el hoy universalmente cacareado federalismo, debe ser descrito en sus detalles por cada candidato, marcando también las diferencias entre unos y otros, y ofreciendo alternativas al pueblo argentino, de modo que el mismo pueblo crezca en su cultura política sólo con verse enfrentado adultamente con las opciones de organización económica reales.

Es verdad que el pueblo argentino ha votado con una percepción superficial del bolsillo o con impulsos del corazón o con una cabeza más llena de viejos dogmas que de una actualización de nobles ideas a la realidad del mundo global, tan absolutamente diferente de los mundos nacionales vividos hasta un pasado muy reciente. Pero también es verdad que son los mismos dirigentes políticos los que han atrasado en formarse y en informarse competentemente y en forma competitiva también con los líderes del mundo, más estudiosos y eficientes que los locales. No es tanto el pueblo en su ignorancia el responsable de los desastres actuales sino los dirigentes igualmente ignorantes o haraganes que poco han hecho para adelantar la conciencia de sus gobernados o liderados. El pueblo es el dueño de la voluntad y de la decisión, pero los dueños de la inteligencia de la situación de un Estado, son los aspirantes a dirigirlo. Mal puede el pueblo votar por la mejor opción si esta ni siquiera está expresada, por falla y deficiencia de los mismos dirigentes.

La Argentina como sortija del premio de los múltiples candidatos en pugna debería caer en manos no de quien sea más rápido en dar el manotón—como ha sucedido en la última década desde Duhalde hasta el último exitoso Massa—sino de quien sea el más idóneo y capaz entre los candidatos. Quizá los argentinos estemos listos ya para hacer una exigente selección del personal al cual vamos a encomendar la dirección y administración del Estado, y reclamemos que los candidatos provengan desde auténticas y exigentes elecciones internas en cada partido, y no sólo en algunos, como en las últimas PASO de agosto, y el tirón de orejas va tanto para el hoy desarticulado y cuasi-inexistente PJ como para el PRO y su dedo.

Como nunca es tarde para soñar con un pueblo por fin maduro para tomar su propio destino entre manos, imaginemos que tras este inevitable período de transición habremos aprendido que no es que tengamos los dirigentes que nos merecemos o los que reflejan nuestra propia ineptitud, sino que tenemos una inusual resistencia a exigir lo mejor en materia de candidatos y gobiernos, algo extraño en un pueblo bastante pretensioso y seguro de sí mismo que sabe muy bien cuales son las mejores marcas de vino o de ropa, de autos o de perfumes, y no acepta nada menos que ellas.

 

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