Donald Trump se equivoca: la culpa no es ni de China ni de México
Juan Ramón Rallo
Director del Instituto Juan de Mariana (España) y columnista de ElCato.org. Juan Ramón obtuvo el tercer lugar en nuestro primer concurso de ensayos, Voces de Libertad 2008.


Tras el fracaso de su reforma sanitaria, Donald Trump ha reenfocado su actividad política a reavivar el discurso mercantilista y proteccionista que tanto lo caracterizó durante la campaña electoral. El pasado viernes, el republicano firmó dos órdenes ejecutivas encaminadas a indagar las razones por las que los EE.UU. acumulan anualmente un déficit comercial de medio billón de dólares. Semejante desequilibrio entre importaciones y exportaciones explica, a su juicio, el hundimiento del empleo industrial dentro de EE.UU.: “Los empleos y la riqueza han sido expoliados de nuestro país. Vamos a recuperar los empleos manufactureros”.
Los sospechosos habituales de este ataque comercial contra los EE.UU. son, cómo no, China y México. No en vano, esta misma semana Trump se reunirá con el primer ministro chino, Xi Jinping, y hace pocos días la Casa Blanca publicó sus planes para la renegociación del tratado comercial entre EE.UU., Canadá y México (NAFTA). La ofensiva mercantilista de la maquinaria republicana contra sus socios comerciales está perfectamente engrasada. Sin embargo, y en contra de este revigorizado relato proteccionista, México y China han tenido una influencia absolutamente marginal sobre la reducción del empleo manufacturero de EE.UU.
A simple vista, es fácil observar en el siguiente gráfico que el peso del empleo manufacturero sobre el empleo total viene descendiendo sostenidamente desde mediados del siglo XX en EE.UU. (y en el resto de países del mundo): si en la década de los 50 representaba en torno al 30% de todos los puestos de trabajo, hoy se ubica en el 8,55%. Los dos hitos históricos a los que los mercantilistas trumpistas culpan del desmantelamiento de la industria estadounidense —la entrada en vigor de NAFTA y la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio— apenas han tenido repercusión alguna sobre esta tendencia: NAFTA comenzó a aplicarse en 1994 (cuando el peso del empleo manufacturero ya había caído desde el 30% al 15%) y China entró en la OMC a finales de 2001 (cuando el peso del empleo manufacturero ya había caído por debajo del 12,5%). Es decir, cuando entró en vigor NAFTA, EE.UU. ya había perdido el 70% de todo el empleo manufacturero que había desaparecido entre 1950 y la actualidad; cuando China se incorporó a la OMC, ya se había quedado sin el 85%.
Y si, como hace Bradford DeLong, tratamos de atinar un poco más el efecto específico sobre el empleo industrial estadounidense de NAFTA y de la incorporación de China al mundo globalizado, comprobaremos su absoluta ridiculez. Las estimaciones más pesimistas culpan a NAFTA de haber destruido 415.000 puestos de trabajo en el sector manufacturero; a su vez, estiman las consecuencias de la entrada de China en la OMC en una pérdida de 560.000 empleos industriales en EE.UU. En total, estaríamos hablando de casi un millón de empleos manufactureros menos como resultado conjunto de ambos factores (conviene aclarar que estamos hablando de destrucción de empleo en el sector manufacturero, lo que no significa que parte de ese empleo no se haya creado en otros sectores de la economía: el empleo neto destruido, en realidad, no supera los 500.000 puestos).
Si a día de hoy, el sector manufacturero de EE.UU. contara con un millón más de empleos, su peso sobre la ocupación total apenas aumentaría desde el 8,55% al 9,3%. Es decir, entre 1950 y 2016, el peso del empleo manufacturero en EE.UU. ha caído en 21,5 puntos, de los cuales sólo 0,75 puntos son imputables al efecto conjunto de NAFTA (México) y de la OMC (China): por tanto, menos del 3,5% de todos los empleos perdidos en la industria (que apenas equivalen al 0,7% de todo el empleo existente en EE.UU.) serían imputables a las dos bestias negras del proteccionismo trumpista.
¿A qué se debe, entonces, la pérdida de empleo industrial experimentada en los últimos 70 años? Pues a lo mismo que se debió la pérdida de empleo agrario a comienzos del siglo XIX: la industria ha experimentado tales ganancias de productividad durante las últimas décadas que la demanda de manufacturas ha sido incapaz de seguirle el ritmo (la demanda ha sido inelástica frente a las reducciones de precios logradas merced a la mayor productividad: una familia media no necesita siete automóviles, ocho microondas y 20 sofás). Mayor productividad industrial unida a una demanda manufacturera estancada es igual a menor empleo en la industria. No culpen a China y a México de lo que simplemente es un cambio de modelo productivo al que ha sido y seguirá siendo necesario readaptarse: las viejas formas de crecer del siglo XX no servirán para el siglo XXI.
En definitiva, el populismo nacionalista de Trump está llevando a cabo una injustificada campaña contra México y China por algo de lo que simplemente no son culpables: la destrucción del grueso del empleo industrial en EE.UU. El republicano no logrará reindustrializar su economía por mucho que cierre las fronteras a la importación de bienes extranjeros: únicamente conseguirá iniciar una guerra comercial que empobrecerá de manera muy considerable a las clases medias del país. El tipo de políticas públicas que necesitamos para hacer frente a los retos del cambio de modelo productivo que ya ha tenido lugar y que va a seguir teniendo lugar son muy distintas al anacrónico proteccionismo: no economías más rígidas y aisladas de la competencia global, sino economías más abiertas, adaptables y competitivas dentro del marco de una nueva división internacional del trabajo. Pero mientras seguimos cosechando votos mareando la perdiz globalofóbica, desatendemos las auténticas reformas estructurales que necesita EE.UU. y el resto del mundo.

Este artículo fue publicado originalmente en El Confidencial (España) el 3 de abril de 2017.
 

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