Cómo adueñarse de la Argentina o el fin de la división
Diana Ferraro
Escritora


Las divisiones entre los argentinos vienen, ya lo sabemos, desde el inicio de su historia. Tironeados entre la tradición hispánica y la seducción del cada día más extenso e importante Imperio Británico, los argentinos fundadores tuvieron siempre ante sí el desafío de permanecer fieles a sí mismos e ingresar,  a la vez, en la ola más próspera y modernizadora. Otro hubiera sido el cantar si el Imperio Español hubiera generado los recursos, expansión y liderazgo de la modernidad mundial. Lamentablemente para nosotros, herederos de la Hispanidad, no fue así y—más allá de tener que conformarnos con las glorias del pasado remoto de nuestro propio Imperio—tuvimos que lidiar con nuestros sentimientos de envidia, desadaptación y, más tarde, con la necesidad de no perder el tren mundial, encontrando a la vez los recursos que nos permitieran mantener una identidad propia. La globalización no es un tema de hoy y bueno es recordarlo cuando hablamos de nuestras actuales divisiones entre argentinos,  ya no entre kirchneristas o anti kirchneristas, ya que el kirchnerismo, por suerte, es cada día más reconocido como lo que es, una fracción minoritaria de la izquierda anclada por conveniencia y no por convicción en el peronismo, sino de la división que ya lleva más de medio siglo, entre peronistas y antiperonistas.

Esta división atravesó diferentes etapas, donde predominaba una u otra fracción, luego de batallas siempre inconclusas en las cuales siempre se esperaba la próxima, la definitiva, en la cual el peronismo o el antiperonismo serían derrotados para siempre y la nueva historia de la Argentina quedaría lista para comenzar. Es bastante extraño que, después de tanto tiempo, en el cual ambas partes sufrieron desgastes y desprestigios inmensos, destrozando los partidos tradicionales en su lucha, no sean más numerosos los intelectuales y los dirigentes políticos que reparen en algo sencillo: la división existe porque se continúa alimentándola de manera artificial.

 En efecto, no existe en la realidad tal división. La división real que aportó el peronismo en los años 40 y 50, que fue la de introducir al poder a la clase trabajadora y organizarla, hace rato que fue absorbida por el total de la sociedad argentina, ya que absolutamente nadie discute ya el increíble aporte al ascenso social que realizó en aquel tiempo el revolucionario general Perón, y mucho menos discute la existencia de los sindicatos y de la CGT, aunque haya quejas fundamentadas acerca de su desempeño actual en la economía, un desempeño que debe ser, como tantas otras cosas, actualizado. 

Tampoco nadie discute la necesidad de la inserción de la Argentina en el mundo, aunque muchos trastabillen ante los detalles de adaptación a la actual globalización,  sean peronistas o antiperonistas, un rasgo que habla de una dificultad nacional de adaptación y no de una división entre los argentinos.

Si la división no existe en la realidad y es artificialmente cultivada por líderes e intelectuales que buscan diferenciarse de este modo, ¿qué podemos hacer para superar este escollo y diferenciarnos de un modo más productivo? En primer lugar, ayudaría a unos y a otros asumir el total de la historia argentina como propia, sin importar el lado de la preferencia. La historia argentina es la que es, pasó lo que pasó, y somos, TODOS, lo que somos, es decir, la suma de TODOS los anteriores, más allá de quién sea nuestro héroe nacional favorito o de nuestro juicio personal sobre tal o cual período de la historia.  El efecto inmediato de asumir la realidad como lo que fue y es, será el de hacernos íntimamente dueños de la Argentina, integrando todas  sus partes del modo que mejor podamos. Personalmente, como peronista, admiro enormemente el período de colonia informal de Inglaterra que supimos tener y que puso a la Argentina a la cabeza de la modernidad en América Latina y nos dejó el esquema de una Argentina grande y productiva, globalizada (aún en términos coloniales, el flujo de riqueza hacia la Argentina fue enorme, también en capital humano) y lista para concretar la segunda parte de esta epopeya de grandeza, a la que admiro y con la cual, por contemporánea, simpatizo, cuando el General Perón levantó a todos los excluidos de la riqueza y los derechos a esta—una vez más, en esto, a la cabeza de América Latina—y dejó el país listo para lo que nunca volvió después, hasta el abortado intento de Menem y Cavallo en los años 90, una Argentina globalizada, moderna, altamente productiva y con una población integrada en términos de derechos e igualdad.  Tener esta visión y sentimiento integrados me ha permitido, desde hace mucho tiempo, comprender a la Argentina como una totalidad, en la cual mi identificación personal y mis preferencias no importan demasiado ya que lo que sobresale, siempre, es la necesidad nacional del momento, vista a través de TODA la historia del pasado y del futuro al cual queremos llegar, que no debe, nunca, desmentir los logros del pasado. A lo sumo, esta posición integradora me ha ganado el odio de todos aquellos que, peronistas o antiperonistas, prefieren seguir en el recorte de uno de los pasados antes que ver la realidad histórica total del presente. 

Por eso la disyuntiva argentina no es entre peronismo o antiperonismo, ni entre el eufemismo de populismo o no populismo—ese comodín del lenguaje político que intenta mantener la misma división del pasado vestida con un nuevo y superficial ropaje. La actual división está justamente entre la gran mayoría de peronistas y antiperonistas que cae en esta trampa y la minoría que se ha dado cuenta de que la división es artificial e insiste en soluciones nacionales que atraviesen todo el arco ideológico. En el mismo gobierno del presidente Macri coexisten estas dos posiciones: unos insisten en alimentar las antiguas divisiones con el objeto de un predomino electoral, otros han dado el verdadero salto a la modernidad y el cambio y hablan de la Argentina y no de fracciones cuya inexistencia está demostrada en la carencia de partidos políticos organizados bajo claros liderazgos.  En todo caso, los incipientes movimientos y partidos políticos llaman a la organización bajo nuevas premisas, no abstractas, como Cambiemos—símbolo  cabal de esta etapa transicional de las divisiones caducas a divisiones que reflejen la necesidad del momento—sino concretas, alrededor de un proyecto específico. 

El camino hacia una asunción de la Argentina como un patrimonio querido y común no será demasiado largo de recorrer una vez que la minoría que formula esta idea lo haga de manera clara y sencilla, de modo que llegue al total de la población y permita que lo que las grandes masas ya intuyen, sea un patrimonio colectivo consciente.

Adueñados todos de la Argentina, tendremos las divisiones normales en cualquier país pero no las de pulsión suicida o asesina que hemos tenido a lo largo de la historia más reciente. Los otros son también nosotros, y han hecho, también, algo bueno por el país, nos guste esto más o menos. Podremos entonces renovar nuestras energías, afinidades  y preferencias anotándonos en aquellas nuevas batallas que vale la pena dar: ¿debe ser la administración del país más bien social demócrata o liberal?, ¿cómo deben integrarse sindicatos y empresarios para obtener una mayor productividad que asegure una competencia global?, ¿cuáles son nuestras alianzas de mutua defensa en el mundo? Estas son algunas de las cuestiones importantes a resolver, hoy oscurecidas por una visión congelada de las divisiones del pasado que impiden ver la realidad con una mirada fresca y nuevamente tan creativa como la de la Generación del 80 o la del Gral. Perón.

Dueños de toda la historia argentina, finalmente asumida orgullosamente como propia en su totalidad, los argentinos habremos terminado con el lastre de las divisiones del pasado, y podremos encarar batallas más productivas.  Con la adrenalina y exagerada pasión de siempre, claro, porque en eso, como argentinos (y no como peronistas, según quería Borges) somos incorregibles.
 

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