La reafirmacion de una extravagancia
Carlos Mira
Periodista. Abogado. Galardonado con el Premio a la Libertad, otorgado por Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


A pesar de haber dedicado nuestra columna de ayer a la que en ese momento iba a ser la presentación de la presidente ante la Asamblea de la ONU, ahora, con el discurso pronunciado no podemos dejar de volver sobre él.
Resultó francamente vergonzante  ver a la presidente pidiéndole al gobierno de Irán si le podía confirmar si había o no aprobado el pacto que ella le arrancó a su mayoría automática en el Congreso, bajo el argumento de que por allí pasaba poco menos que el meridiano del futuro argentino. ¿Todo para qué? Para terminar en el papelón de ayer, usando el atril de las Naciones Unidas para hacer una pregunta.
La presidente, como consecuencia de una equivocada lectura del mundo, embarcó a la Argentina en ese pacto desopilante y ahora quedó expuesta al papelón internacional de que el propio asesino que logró su objetivo de sacar de las listas internacionales de detención a los acusados por el crimen, se da el lujo de ningunear al país víctima, manteniendo su decisión legislativa respecto del acuerdo en un limbo.
Son los resultados que se merecen los improvisados, los que deciden cuestiones trascendentes para el país guiado por tirrias e ideologismos personales, creyendo que haciéndose los cócoros rebeldónes le causarán un dolor de cabeza al “Imperio”. ¡Pero por favor!, ¡cuánta chiquilinada!
A ver si se entiende: a EEUU puede resultarle atractiva la Argentina como un aliado civilizado, con quien se pueda conversar, hacer negocios, firmar tratados de comercio, emprender joint ventures, encarar un futuro de desarrollo juntos… Cómo enemigo, le importamos un rábano; nadie le presta atención a las embestidas de Cristina y a la retórica de un país que habla por las heridas de sus propias frustraciones.
La presidente, como adelantábamos ayer, la emprendió también contra quienes poseen títulos de la deuda argentina, no se presentaron al canje y ahora pretenden cobrar sus bonos al 100%. Les dijo que eran poco menos que una basura que "compraron bonos a bajo precio y ahora quieren vender a millones". ¿No es acaso esta la misma técnica comercial que utilizaron los Kirchner cuando compraron tierras fiscales por centavos y las vendieron por millones?, ¿serán ellos, acaso, una especie de “buitres internos”?
Esas personas hicieron una especulación: invirtieron en los papeles pintados de un fallecido, no aceptaron la convocatoria de acreedores de los herederos y se presentaron ante el juez de la causa para cobrar sus papeles.
La presidente -a quien parece habérsele pegado la palabra “seriales” (también la usó para decir que éramos “cumplidores seriales”)- dijo que  "somos víctimas seriales de las reglas no escritas de los lobbistas, de los derivados financieros que siguen especulando como buitres sobre los países en default y luego pretenden cifras millonarias a cambio". No, Sra. de Kirchner; no somos víctimas seriales; somos “irresponsables seriales”; un país que contra toda la evidencia mundial se niega a seguir los probados caminos del éxito que el mundo ha demostrado sobradamente, para dedicarse a una búsqueda fracasada de una “fórmula argentina”, como si ser original en la tarea de brindar un buen nivel de vida a la gente fuera una obligación.
El filósofo italiano Loris Zanatta, de visita en la Argentina, le concedió al suplemento “Enfoques” de La Nación, un reportaje en donde tuvo descripciones brillantes. Frente a una de las preguntas de la periodista Laura Di Marco, sobre la extravagante postura argentina respecto a Siria e Irán, Zanatta responde que se trata de otro “paralelismo con el peronismo clásico… Es esta idea, inconsciente tal vez, de que la Argentina debe, necesariamente, desarrollar un modelo alternativo al del mundo occidental”.
Y esta idea sobrevoló toda la presentación de la presidente en New York. La Argentina, para esta corriente, es una especie de innovador mundial al que el mundo no le perdona que tenga éxito bajo sus propias recetas, por lo cual se une en una conjura mundial para reprender al país y que de ese modo aprenda a ajustarse a los modelos que el mundo aprueba. Se trata del mismo razonamiento que la presidente dejó entrever cuando habló de las “muchas cosas que se están pergeñando desde afuera y desde adentro [y] que tienen que ver con escarmentar a un país que se atrevió a una receta diferente”
Además del insoportable grado de soberbia que la frase conlleva (¡por favor!: ¿un país que se crea que inventó la pólvora y que por eso lo quieren castigar…? ¿Pero dónde se ha visto semejante estupidez?)
El razonamiento es completamente dislocado. ¿Desde cuándo el mundo sería tan tonto de castigar a alguien que, aplicando la fórmula que fuese, tuviera éxito y en base a esa performance pudiera pagar lo que debe?, ¿en qué cabeza cabe semejante contrasentido?
Quizás la presidente haya dado una respuesta indirecta. La Sra. de Kirchner habló de ser “víctimas”. Cristina está convencida de que hace todo bien y que, tanto desde adentro como desde afuera, es “víctima” de las oscuras conjuras del golpismo y de los buitres.
No se trata de que sus políticas no van ni para atrás ni para adelante: sus políticas son sobresalientes pero la acción de los buitres externos y de los golpistas internos impiden que se vean los resultados. Como explicación “cerrojo” (“si va bien soy brillante y si va mal soy una víctima”) es genial. Pero como fórmula práctica para que la gente viva mejor, es un desastroso fracaso.
Sería interesante no que la presidente abandone esta línea de acción (porque obviamente no la va abandonar; para ella es una win-win situation: si todo va bien es un genio, si todo va mal es un mártir a quienes los golpistas y los buitres quieren hacer escarmentar), sino que la gente lo advirtiera de una buena vez.
Que la gente se dé cuenta de que no somos los incomprendidos “Messi” de la economía y de las relaciones internacionales del mundo y de que la sinarquía interplanetaria no nos quiere castigar para impedir que se demuestre nuestra genialidad.
Que la gente se dé cuenta de que en realidad somos un país extravagante con la suficiente terquedad para no adoptar los probados caminos del éxito que el mundo entrega a borbotones y que, como consecuencia de esa testarudez, seguimos condenando a la miseria a millones de argentinos que, encima, son engañados, haciéndoles creer que, si no fuera por todos los demás, ellos serían los mejores.
 

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