Discurso político y paternalismo
Gabriel Boragina



No deja de sorprenderme la fascinación que despierta en muchas personas el discurso político.
Se gasta mucha energía en discusiones banales propagandísticas.
El debate político es sano, pero en esa materia -como en tantas otras- lo que cuentan son los hechos, las acciones o las realizaciones.
Si la acción no se compadece con el discurso, si no lo acompaña, el discurso se queda en pura cháchara.
Quienes se entusiasman con un discurso político encendido son como niños que esperan ilusionados el cumplimento de las promesas de campaña. Resulta claramente una muestra de inmadurez cívica desde mi punto de vista.
En casos como el de Argentina, en el que la acción política -en una mirada retrospectiva- ha tenido efectos tan destructivos, sólo puede explicarse que la gente siga teniendo fe en políticos sobre la base de los razonamientos precedentes.
A veces, se ha dicho que la sociedad argentina es “adolescente” y que por eso no aprende de sus repetidos fracasos anteriores. Sin embargo, a la luz de los acontecimientos históricos de las últimas décadas, yo he sostenido (y lo sigo haciendo) que nuestra sociedad esinfantil y no adolescente. Es decir, a mi juicio, la sociedad se encuentra en una etapa previa a lo que culturalmente en lenguaje habitual se denomina “adolescencia”.
Se acostumbra a rotular convencionalmente de esta manera a diferentes rangos de edades. La infantilidad, la adolescencia, la madurez, adultez, etc. no tienen que ver -a mi entender- con ninguna etapa biológica o etaria.
Son más bien actitudes, modos de comportamiento que adoptan las personas, y que tiene mayor vinculación -creo- con lo adquirido que con lo biológico. En otros trabajos míos he expuesto mis tesis acerca de este punto, por lo que no voy a extenderme demasiado ahora sobre tal aspecto.
Llamo, pues, infantil a la cualidad dependiente del niño, que se sabe indefenso, y que espera todo de sus padres o de otros adultos (ascendientes, o sus maestros y profesores).
Interpolando tal analogía, puede observarse que la relación entre los gobernados y los gobernantes en Argentina presenta estas características (posiblemente también se de en otras latitudes, pero -de momento- circunscribimos nuestro estudio al caso argentino por ser el que conocemos más de cerca).
El culto al líder, propio de los sistemas fascistas o populistas, es un síndrome que denota elevadas dosis de infantilismo en sus cultores y una demanda de paternalismo dirigida al jefe de turno. Si el que se vislumbra como jefe no revela tener atributos paternalistas sus chances de ser elegido por los votantes caen. De la misma manera que el niño anhela confiar en una autoridad fuerte, que le inspire respeto y la protección que demanda, idénticamente el pueblo infantilista exigirá líderes que lo conduzcan con firmeza, disciplina y decisión. De poseer estos requisitos y de ser suficientemente demostrativo a ese respecto, será elegido jefe y se asegurará una masa de seguidores. Al pueblo infantilista le bastará un discurso encendido, vibrante y convincente, aun cuando carezca de contenido concreto y no sea acompañado por acciones específicas.
Puede ocurrir que un pueblo de estas características carezca de políticos con perfiles paternalistas. En tales supuestos, aquellos que más se aproximen al mismo serán aceptados y elevados al poder. En Argentina, por ejemplo, los Kirchner nunca fueron líderes, pero el enorme vacío de poder que imperaba en el país al tiempo de sus elecciones, sumado a la ausencia de verdadera oposición de los partidos restantes, los ubicó fortuitamente al mando con tan sólo un 22% (primera elección)[1] y un 36,6% y 35,9% (2° y 3° elección) de los votos reales (la prensa de entonces difundió otros guarismos irreales notoriamente inflados)[2]

El padre autoritario y el padre dialogante
Tal como sucede en muchas familias, en las sociedades paternalistas se dan dos contornos diferentes de dirigentes políticos que reproducen -a nivel social y a gran escala -los roles del padre autoritario y el del padre dialogante que suelen manifestarse en el orden doméstico. En Argentina, los gobiernos peronistas y militares cumplieron el primer rol. Los gobiernos radicales el segundo, y en algunos tramos, el primero también. Dado que los primeros gobernaron más tiempo y más veces que los últimos, este hecho nos da con precisión el rasgo socio-político de la sociedad argentina, a saber: la de un paternalismo autoritario. El gobierno de Macri se proyecta como un caso atípico en el marco del folklore político, aunque -por momentos- encuadra dentro del esquema del padre dialogante. Un dirigente que manda, pero, al mismo tiempo dialoga, explica y busca el consenso de su “familia” (los gobernados). Es “padre”, “amigo” y “maestro” a la vez.
De más está decir que, esta postura socio-política está muy lejos del de un espíritu republicano, en el que quien gobierna es el pueblo por medio de sus representantes, sistema al que también se le denomina democracia representativa.
En este, el representante cumple el rol que su misma denominación indica, a saber: se limita a representar a su mandante y ejecutar el mandato que le fuera conferido por este. No dirige, sino que es dirigido. Es precisamente lo contrario al paternalismo en el que votante entiende estar eligiendo a un “político-padre”.
La evolución de un régimen paternalista hacia otro republicano democrático depende de un sinnúmero de factores, pero entre ellos destacan el educativo-cultural como el más significativo.
Hemos hablado muchas veces del legado paternalista derivado del colonialismo de la época de la conquista española y portuguesa en lo que hoy es Centro y Sudamérica, y la parte de Norteamérica que ocupa México. Dispar -y en mucho- al de las colonias instaladas en los hoy Estados Unidos.
Esto implicó que el estilo paternalista europeo fue exportado hacia todos los territorios conquistados. Y este legado cultural-educativo -con las mayoría de sus instituciones- se prolongó a través del tiempo hasta nuestros días en la que dicha cultura ha arraigado y, a pesar de los esfuerzos de notables políticos e intelectuales del siglo XIX en tratar de incorporar instituciones y leyes inspiradas en el liberalismo verdaderamente progresista de John Locke, J. Stuart Mill, Adam Smith, Edmund Burke y los que -en general- se conocen como los representantes de la Escuela de Manchester, no han podido conciliar del todo el paternalismo cultural que domina a sus anchas estas latitudes y el liberalismo democrático y republicano que tanto ha hecho progresar a todos los países que -en mayor o menor grado- lo han adoptado.


[1] El escrutinio real y definitivo -no publicitado masivamente en los medios- arrojaba en realidad un 16% final.



 

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