Socialismo con pies de gato
Ricardo Valenzuela


Hace unos días cabalgando por las redes sociales, me llevé una desagradable sorpresa. Como hiedra venenosa invadía mi computadora un video en el que se lleva a cabo un romántico homenaje al mal logrado ex presidente de Chile, Salvador Allende. El único ingrediente que faltó en este batarete, es que lo propusieran para una santificación la cual, con gran seguridad afirmo, navegaría los canales burocráticos de Roma con gran velocidad, puesto que el Papa Francisco porta la misma ideología marxista, con la cual casi borró del mapa a Chile el ya pronto San Salvador Allende.
 
Debo insistir en lo dramático de mi sorpresa, porque quien activara este video es alguien a quien un amigo mutuo describe como un pensador profundo, profesor universitario y un gran intelectual. Al terminar de verlo me pregunté ¿Cómo es posible que un profesor universitario exhiba esa admiración celestial por un marxista que, repito, casi borrara del mapa a Chile? Llegaban luego a mi mente las afirmaciones del líder de los Chicago Boys chilenos, Ernesto Fontaine, cuando aseguraba fue Allende el que abrió la puerta a ese cambio que ellos activaran, para convertir a Chile en el único país próspero y desarrollado de América Latina, y la admiración de líderes mundiales.
 
Otro de los Chicago Boys y admirado amigo, Rolf Luders, me decía que ya Chile había tratado infinidad de recetas y nada les había funcionado. Fue cuando se tomó la decisión de confiar el rescate de la economía chilena, en esos momentos en respirador artificial, al grupo de economistas liberales entrenados en la Universidad de Chicago, para llevar a Chile a su prosperidad actual y que ahora los mismos chilenos amenazan con destrozar. Afirmaba Jefferson; “tierra necesitada de mártires, es tierra maldita” ¡Queremos mártires, pero no libertad ni trabajo!
¿Por qué regresar al infierno?
 
Es lo que sucedió en EU a finales del siglo 19 cuando, en medio de una ola de histórica prosperidad, surgiera el movimiento “progresista” tratando de regresar a los americanos a la época de las cavernas. El país en cien años se había convertido en el más rico y poderoso del mundo, activando un sistema republicano con sus mercados libres y libre comercio. La mayoría de los americanos pensaban haber encontrado su paraíso. El destino manifiesto de los EU se había convertido en una realidad, y un ejemplo para el mundo.
 
Pero los intelectuales llegados de Europa no tenían la misma visión. Lo que se describía como explosiva creación de empleo, para ellos era explotación de los trabajadores. Lo que todo mundo definía como expansión de prosperidad, ellos lo describían como gente descendiendo al infierno de la pobreza. Donde unos veían la liberación de los trabajadores mediante el uso de las maquinas, para ellos era la esclavitud del hombre por esas máquinas. Marx había declarado que, “junto con este nuevo proceso de transformación por el cual se lograba el incremento en la producción, emergía la miseria, esclavitud, degradación, explotación”. Marx había escrito en “El Manifiesto Comunista” que, la maquina capitalista con su sobreproducción, creaba peligrosos desbalances económicos porque había demasiada civilización, demasiado dinero, demasiada industria y demasiado comercio”.   
 
El economista Henry George proclamaba que: “Donde se utilizan estas nuevas fuerzas, miles de gentes viven de la caridad; mientras unos acumulan riqueza, otros mueren de hambre y cadavéricos infantes sorben pechos secos”. Emergía el partido del populismo con su plataforma: “El fruto del trabajo de millones, es robado para construir grandes fortunas para unos cuantos. Del mismo vientre prolífico de injusticia procreamos dos grandes clases, vagabundos y millonarios”. Ante estas tétricas condiciones que ellos describían, otros preguntaban;  ¿comparadas con cual época y con qué lugares, se podía afirmar las condiciones en EU eran tan graves? ¿El trabajador de una fábrica estaba más oprimido que los siervos de la edad media? ¿Sus condiciones eran peores que las de un campesino en China? ¿Peores que las de miembros de tribus africanas? Si no era así, entonces ¿Con base a cuál comparación sus argumentos cobraban validez?
 
Sus posiciones se basaban en términos de visiones de “lo que debe ser”, o lo que ellos pensaban debería ser, no en realidades presentes o experiencias pasadas que  pudieran ilustrar. Lo de ellos era la visión de un ideal que nunca había sido, una utopía. La realidad de su era no se podía calificar al compararla con su ideal o su utopía. Esa visión ha sido la forma de lavar las mentes de quienes no utilizan la razón; los revolucionarios e intelectuales de nuestra era. Y lo más triste, como consecuencia de los dramáticos avances que a base de libertad se habían logrado, a ellos les han facilitado el reclutamiento de otros desviados, explotando el mejor argumento en su arsenal, la envidia. ¡Nacía el perfecto idiota!
 
Ellos son hombres y mujeres que se han divorciado de su pasado, de su religión, de sus circunstancias, e iniciaron su lucha contra el mundo. Estas actitudes han sido el sello de lo que ahora se conoce como “intelectualismo”. Portan características muy fácilmente detectables. Son agresivamente críticos y rechazan los sistemas económicos y políticos del presente. Sus mentes están atrapadas en las sociedades que, según ellos, surgirán en el futuro, sociedades que nunca han existido y no tienen comprobación. Son colectivistas y piensan que los cambios solo se pueden lograr con acciones colectivas. Piensan que los individuos no tienen capacidad para mejorar sus condiciones, y se deben unir a otros para lograr un cambio social. Todos son socialistas al extremo. Ellos creen en la acción colectiva a través del gobierno y odian la libertad. Su estrategia es apoderarse del gobierno, para luego usar todo ese poder e imponer sus esclavizantes cambios.
Antes luchaban con pocas posibilidades de éxito. Pero la emergencia de la “democracia” ha sido un instrumento sumamente útil para sus propósitos. Estamos ignorando la advertencia de Jefferson: “No se enamoren del concepto nacido con la revolución francesa; democracia, porque si lo hacen, el país va ser controlado por la “plebecracia”.  Los Fundadores se dieron cuenta que una democracia – el sistema que le confiere poderes ilimitados a la mayoría – es lo opuesto a la libertad. La democracia descansa en la primacía del grupo. El principio supremo de ese sistema, es que la voluntad del colectivo debe ser el criterio sagrado en asuntos económicos y políticos; por lo tanto, la mayoría puede arrogarse para sí misma el poder de explotar y tiranizar a otros. Si tu pandilla es lo suficientemente grande, puedes salirte con la tuya en lo que quieras.
Estos discretos socialistas se inspiraron en la Sociedad Fabiana, quienes tomaron el nombre del General romano Fabius, famoso por sus tácticas sigilosas, sus movimientos cautelosos, el avance silencioso de sus tropas para, sorprender al enemigo y atacar con la ferocidad del tigre. Así el socialismo, sin enarbolar su bandera, con pies de gato y a gotitas, sigue avanzando por el mundo.
   
 

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