Relación con el gobierno
Ricardo Valenzuela


Al arribar ya al penúltimo año de la primera década del nuevo siglo, me parece importante llevar a cabo algunas reflexiones sobre el papel los gobiernos, y la forma cómo han evolucionado. En el último cuarto del siglo 18, los fundadores de los EU establecieron una sociedad basada en la creencia de que, la felicidad de los seres humanos está íntimamente ligada con libertad personal y, por supuesto, con la responsabilidad. Los dos pilares de ese sistema fueron los límites al poder del gobierno central, y la protección irrestricta de los derechos individuales.
 
Mucha gente hoy desacuerda con estas ideas. Recriminan no entendamos que, sin el gobierno mucha gente estaría desamparada, las corporaciones serían más abusivas, los patrones tendrían libertad para explotar a sus trabajadores. A los libertarios nos reclaman insensibilidad al no entender que, sin ese gobierno, los negros estarían igualmente desamparados. Que tampoco entendemos el país tiene graves problemas sociales y no se resolverán, según ellos, a menos que el gobierno intervenga. Claro que todas esas ideas han sido promovidas por el mismo gobierno con sus sistemas educativos.
 
Es importante explicar por qué el gobierno limitado es mejor. Por qué una sociedad aplicando este principio, avanzará más rápida y efectivamente hacia la prosperidad. Cómo una sociedad con ese perfil, puede producir seres humanos realizados, comunidades vitales, una cultura más rica. Una sociedad con mucho menos gente pobre, menos niños abandonados, menos criminales. Cómo una sociedad así nunca abandonaría a los menos afortunados, y los ayudaría de la mejor forma posible. Y esa es la gran lucha en estos momentos, una lucha que, con el transcurso del tiempo, vamos perdiendo ante un gobierno al cual, día a día le crecen sus tentáculos, y una sociedad que hace poco para evitarlo.
                                 
La celebración de libertad solía estar en el corazón de todos los ciudadanos de EU. De lo que más presumían era de su libertad. Amaban esa libertad, ese derecho divino, inalienable, constitucionalmente garantizado, para vivir sus vidas como les pareciera mejor, sin que nadie les estorbara, tomando sus propios riesgos, persiguiendo la felicidad a su manera, haciendo lo que les diera su real y regalada gana, dándole el mismo derecho a los demás, sin ofender, lastimar, sin cometer fraude a nadie. Solían celebrar y admirar ese hombre individualista, distanciado de la política, descrito en la literatura, canciones, drama.
 
Pero con el socialismo ganando terreno, el atacar la libertad se ha convertido intelectualmente en algo de moda. La izquierda pregunta ¿Para qué sirve la libertad en un mundo de pobreza? ¿Libertad igual de ricos y pobres viviendo hambrientos en las calles? Y a medida que el tiempo avanza, esa misma actitud de atacar la libertad, especialmente libertad económica, se ha expandido cortesía de los intelectuales que la incrustan luego en la política. Se nos ha dicho, esa cosa que ustedes llaman libertad, es de lo que el rico habla cuando no quiere enfrentar su responsabilidad por tanto pobre que existe. Los políticos hablan menos de libertad y más de “justicia social”, de “lo justo”. Los políticos cada vez hablan menos de la responsabilidad del gobierno para proteger la libertad individual. Ya muy poca gente habla de cómo esas libertades individuales fueron causa principal del éxito que alcanzado. Porque el primer argumento es incómodo, y el segundo ya no es cierto.
 
La libertad es un derecho de nacimiento, no es otorgado por los gobiernos, sino por Dios, es la ley natural. Cuando se hace a un lado toda la filosofada, lo que a mí me convirtió fue una imagen sencilla, casera, y la respuesta a una simple pregunta. La imagen fue la de un ser humano ordinario tratando de ganarse la vida de forma honesta, sin meterse con nadie. La clase de persona con la cual podríamos identificar a la mayor parte de los habitantes del mundo. La pregunta era ¿Qué es lo que esta persona le debe al gobierno, además de la libertad para hacer lo que ya ha estado haciendo?  
 
Este ser humano debe muchas cosas a mucha gente—a familiares, amigos, comunidad, iglesia, lugar de trabajo. Pero su obligación al gobierno—presente o futura— es única y especial. Cuando el gobierno decide le debemos algo, esa obligación se hace ley. Si alguien no cumple con esa ley, se le puede obligar a punta de pistola, para que haga lo que la ley demanda. El derecho de iniciar la fuerza física, usualmente llamada poder policiaco, es lo que hace diferente al gobierno de otras instituciones humanas. Pero ¿Qué debería ser permitido que el gobierno demandara? Muy poco. Una persona que honestamente se está ganando la vida y sin molestar ni agredir a nadie. Una persona que no está forzando a alguien más para hacer algo. Nadie debería tener el derecho de forzarlo a nada. Una multitud de sus vecinos organizados como plebe, no tienen ese derecho. El gobierno tampoco debería de tenerlo, excepto, contando con limitadas funciones impuestas para únicas y limitadas ocasiones. El hombre ganándose la vida honestamente, sin meterse con nadie, merece lo dejen en paz. Merece ser libre, y ya no lo es.
 
La fuerza es algo negativo, y cooperación es algo positivo. Estos son los principios básicos para lograr una buena vida, y son también los principios que el gobierno debería seguir para contribuir a que nuestras vidas sean lo mejor posible. El uso de fuerza es un acto erróneo, porque nadie tiene el derecho de lastimar a nadie. La prohibición del uso de la fuerza se deriva de este principio: Cada persona es dueña de sí mismo. El ser dueños de nosotros mismos es un derecho inalienable, y tomando una cita de la declaración de Independencia; “una persona no puede venderse, como tampoco puede vender sus derechos a la vida, libertad, propiedad, y la búsqueda de su felicidad”. No es moral que alguien use la fuerza contra nosotros, porque viola nuestros derechos para controlar nuestra persona. Tal vez trate de convencernos, persuadirnos, arengarnos. Tal vez pueda apelar a nuestra  razón, honor, virtud, o ambición. Tal vez pueda obtener nuestra aceptación y plasmarlo en un contrato. Pero no más de eso. Sus intenciones son irrelevantes. Y puede tener el motivo más puro del mundo. Tal vez tenga la mejor idea del mundo. Pero aun así, eso no le da el derecho de forzarnos a aceptar hacer algo, solo porque él piensa es una buena idea.
 
La cooperación es buena y se asienta en el principio de intercambio voluntario. “Un intercambio voluntario entre gente bien informada, siempre beneficia a las dos partes”. Estas características de intercambio voluntario con buenos informes, es lo que hace posible las sociedades libres. Esto es aplicable por igual en pequeños intercambios, como en los más grandes eventos. La única alternativa a esta forma de intercambio, es el participar en uno que se considere involuntario, o que sea  fraudulento. Considerando que una transacción no involucra el uso de la fuerza o fraude contra un tercer participante; la gente en sociedades libres no debería ser impedida, ni se le debe prohibir, el participar en esas transacciones voluntarias armadas con información. Y ese credo se define; “No deberás de iniciar el uso de la fuerza. No deberás engañar ni defraudar”. Pero el gobierno es diferente, porque tiene el derecho y posesión exclusiva del poder policiaco.
 
El gobierno solo debería usar la fuerza policial con tres propósitos. Primero. Para frenar a individuos y no se lesionen unos a otros. Esto se logra a través de la ley para actos criminales. Segundo. Para apoyar a la gente al entrar en acuerdos voluntarios bajo el mandato de la ley. El derecho a contratar y el edificio de la ley que lo define, es lo que permite hacer negocios con gente que no conocemos. Tercero. Es cuando se involucra ese nebuloso concepto del “bien común”. Aunque para los que amamos la libertad, el bien común no existe. Todos los impuestos son ilegales, y aventuras en cooperación involuntaria, no deberían financiarse a base de coerción. El arrullar el bien común requiere que los individuos cumplan con las leyes relevantes al caso. Y el gobierno usa la fuerza para obligar su cumplimiento. En otras palabras, una persona puede estar ganándose la vida honestamente, sin molestar a nadie, y aun así la policía puede arrestarlo y enviarlo a prisión por no cumplir con su ley.  Eso no es vivir en libertad.    
 

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