El peso ya se parece a una cuasimoneda
Daniel Sticco
Es el editor Jefe de Economía Infobae.com. Economista, periodista y consultor de empresas, con más de 30 años de profesión. También es director del Instituto de Estudios Laborales y Sociales de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) y columnista en el programa Sin Saco y Sin Corbata en Radio El Mundo.


Los acontecimientos de las últimas semanas, tales como la imprevisible entronación del Cardenal Jorge Bergoglio como Papa Francisco, los desastres de las inundaciones, con epicentro en la Ciudad de La Plata, el impulso meteórico de la reforma de la Justicia y las denuncias de hechos de corrupción y lavado de dinero, entre otros, posibilitaron sacar de la agenda de preocupación la realidad de las finanzas provinciales.

Sin embargo, no ocultaron las primeras inquietudes empresariales sobre si se está próximo a repetir la fallida experiencia de las cuasimonedas entre fines de 2001 y principios de 2003.

Las monedas paralelas al peso resurgieron a fines de 2001, cuando comenzó a precipitarse a velocidad meteórica la caída de la convertibilidad fija de 1 a 1 entre el peso y el dólar, en coincidencia con el empobrecimiento de las cajas provinciales.

Habían comenzado con casos aislados por $580 millones, pero en un año se generalizaron a casi una decena de provincias y ascendieron al equivalente a 26,5% de la base monetaria, con $7.814 millones.

Una de las principales características limitantes como intento de sustituto del dinero fue que no eran aceptadas fuera de la jurisdicción de las denominadas cuasimonedas (Bocade, Bocanfor, Bonoscat, Cecacor, Federales, Lecop, Lecopcba, Patacones y Quebrachos), así como la singular depreciación de su canje por pesos, con extremos que llegaban a 80 por ciento.

En este punto, hoy se advierte que en los últimos 18 meses, desde el anuncio del cepo cambiario y la mímica presidencial del “vamos por todo”, el peso se fue transformando en una cuasimoneda, no sólo por el desagio que sufre a diario con respecto al valor de los bienes, servicios, el dólar y otras divisas, sino porque en muchas transacciones tiene menos poder de compra que el dinero plástico.

Claro está que, pese al fin de la convertibilidad, persiste una mínima confianza sustentada en las reservas en oro y divisas en poder del Banco Central, por casi u$s40.000 millones. Un respaldo teórico que no tuvieron ni tienen los estados provinciales. Teórico porque en los últimos años las reservas se han utilizado más para financiar el desequilibrio fiscal que el valor de la moneda.

Hoy con una tasa de inflación de 10% en la medición del Indec, pero que trepa a más de 34% en las expectativas de la población de todo el país, y a 24% en la denominada Inflación Congreso, el peso se deprecia a una velocidad singular, al punto que el billete de máxima nominación hoy es equivalente a “cambio chico” en Europa, los EEUU, y Japón.

Equivalencias en franco deterioro
La tozudez del Banco Central en no aprobar la emisión de billetes de más de $100 ha llevado a que este sufriera una violenta depreciación, no sólo en poco más de una década, sino incluso en apenas 18 meses desde la reelección de la Presidente de la Nación.

Mientras que a fines de octubre de 2011 con $100 se podían adquirir 23,5 dólares y 16,7 euros, a cambio oficial, hoy sólo puede comprar en ese mercado, limitado a operaciones comerciales, u$s19,3 y 14,6 euros.

Aunque en el mercado libre, con el riesgo de penalización penal cambiaria, se achica a 11,5 dólares y 8,7 euros, esto es prácticamente la décima parte del poder de compra que tenía hasta el último día de la convertibilidad, poco más de once años atrás.

No sólo eso. Otra forma de comprobar que el billete de máxima nominación que circula en la Argentina se parece más a una cuasi moneda que a un peso digno de cumplir con las tres funciones básicas del dinero: unidad de cuenta, medio de pago y reserva de valor, es comparar su poder adquisitivo con el de máxima nominación del dólar o el euro.

En el primer caso se limita a un quinto al cambio oficial y poco más de un décimo a la paridad libre. Mientras que en el segundo alcanza a poco menos de 2,9% al tipo oficial y apenas algo más de 1,7% a la cotización en el circuito marginal.

Por tanto la hora demanda no sólo aprobar la emisión de billetes de 200, 500 y 1.000 pesos, para facilitar el traslado físico para operaciones comerciales cotidianas, sino fundamentalmente revisar la política económica para poner en caja la inflación, esto es llevarla a un rango generalmente aceptado de un dígito bajo, para que el poder de compra de los trabajadores y empresas deje de deteriorarse a pasos agigantados y puedan recuperarse las finanzas de la Nación y provincias. 
 

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