El interés nacional y el actual gobierno
Diana Ferraro
Escritora


Después de un enero relativamente calmo y la gira presidencial por Europa, se avecina la nueva temporada política. Quejas reprimidas, proyectos truncos, fracasos puntuales, errores tácticos y una duda generalizada en la población acerca de la estrategia de este gobierno, irrumpirán en vendaval una vez más, con la misma intensidad o aún mayor que en el pasado diciembre. ¿Qué se puede legítimamente reclamar a este gobierno, que no ponga en riesgo su permanencia en el Estado por todo el tiempo que sea necesario para completar las reformas prometidas?
 
En primer lugar, apoyarlo ante la carencia de una opción alternativa pero, también, pidiéndole una muy clara explicitación de su plan. Es obligación del gobierno elevar la cultura política tanto de la ciudadanía como del periodismo, que aparece muchas veces tan confundido como ella.
 
La primera reforma inmediata a pedir, anexa al apoyo, es entonces la de la estrategia comunicacional del gobierno que hace agua por todas partes. Como ya se sabe, muchos de los infortunados momentos del año pasado no hubieran tenido lugar, si la más alta conducción política tuviera mejor definido su rol como tal. Una buena conducción política incluye, en primer lugar, el alentar la participación ciudadana ofreciéndole ideas claras y consistentes, de modo que todos ayuden al propósito común, excepto naturalmente, la de aquellos que tienen otros propósitos cuyo desatino quedará aún más en evidencia cuando estén confrontados con un plan mejor y realista.  La pésima estrategia de conducción y comunicación de este gobierno es la responsable de que una gran mayoría de gente que los votó, en la actual confusión, hoy dude y retacee su apoyo.
 
El segundo pedido que podemos y debemos hacer al gobierno, es el de mayor velocidad. Sin embargo, sin conducción ni buena comunicación, es  imposible ganar velocidad. Una vez que la estrategia de cambio quede clara y todos puedan, a su modo, apoyarla y sostenerla, la economía podrá cambiar a una velocidad acorde con la realidad comercial y financiera del mundo, más liberal y menos teñida de ortodoxia peronista o prudencia radical. Crear un mercado auténticamente libre, ordenando las cuentas del banco Central de modo que la deuda fiscal quede definitivamente a cargo de Hacienda o abriendo totalmente, por ejemplo, la aduana a la importación sustituyendo el cierre por altísimos impuestos según las industrias que se quiera proteger y de eliminación gradual relativa a la modernización y competitividad de dichas industrias, son dos cosas que se pueden hacer en un suspiro, una vez explicadas y consensuadas, y que alterarían inmediatamente la percepción de programa a medias que hoy se tiene de este gobierno.
 
El tercer pedido, tiene que ver con lo que hoy no se discute mucho: la política exterior. Sin embargo, en este momento de confusión en el mundo, originado en la pésima administración estadounidense actual, tironeada entre su voluntad de legalidad y el impulso real reprimido de volver a ocupar un lugar consistente de liderazgo en el mundo y, muy especial, en Latinoamérica, la Argentina tiene un rol importantísimo a jugar, si la actual conducción se decide a revisar el interés profundo de la Nación.
 
En un mundo que, extraviado en sus conclusiones, quiere volver al pasado de los nacionalismos, la Argentina puede demostrar su voluntad de internacionalismo y globalización, ya ejercida con suficiencia en los años 90 y gracias a la cual hoy el país es parte del G20 y, por lo tanto, factor implícito de influencia y decisión en el rumbo global.
 
Lejos de presentar un intercambio entre el Mercosur y Europa como una aspiración tendiente a fortalecer los únicos lazos que la Argentina parece poder imaginar para sí, aquellos que la unen al viejo continente, la Argentina debería incluir ese posible comercio en un marco global más amplio. Globales, sí, pero principalmente tomando conciencia de que la aspiración mayor de la Argentina debe continuar siendo la de la alianza continental, bajo la forma del ALCA o cualquier otra que se puede crear, y que incluya a América toda, de un polo al otro. Esta posición continentalista, asumida en su momento por ambos Presidentes Bush hoy es firmemente combatida por el atrasado Presidente Trump y es este mismo vacío de liderazgo, el que le permitiría a la Argentina tomar una vez más una posición de vanguardia (¡tal como en los 90, cuya continuidad la ignorancia de Duhalde y Alfonsín destruyó con éxito hasta el día de la fecha!).
 
La Argentina puede en los hechos discutir la actual cerrazón de los Estados Unidos, aliándose con aquellas fuerzas norteamericanas que comprenden bien el valor del libre comercio y desarrollo intensivo de América Latina no sólo para sí misma sino para los mismos Estados Unidos, necesitados de un mayor mercado elevado a su propia altura y posibilidad de consumo. La Argentina puede entender y difundir la idea de que no es un muro lo que va a detener la inmigración latinoamericana a los Estados Unidos, sino la oportunidad de trabajo y seguridad en sus países de origen. ¿Está el actual gobierno dispuesto a asumir esta responsabilidad de liderazgo local latinoamericano ante el vacío norteamericano?
 
Se podrían pedir muchas cosas más a la gestión del Presidente Macri, pero estas se parecerían a las que tanto el periodismo como la ciudadanía que nutre su pensamiento en éste, le piden a diario. Mayor justicia para los corruptos, menor inflación, salarios acordes con la inflación. Vistos estos reclamos a la luz de los tres grandes pedidos prioritarios y pendientes, antes de que estas demandas cotidianas, totalmente dependientes de aquellos, puedan cumplirse con éxito, tal vez se entienda un poco más la necesidad de reorganizar la conducción y comunicación de este gobierno para que la Argentina cambie, y de una buena vez, y para siempre.
 
 
Es posible que este gobierno no entienda, aunque escuche. En ese caso, este mismo rol y accionar que esperamos hoy de él, quedará como un traje vacío para quien se anime a vestirlo. El destino argentino es uno, y hay que animarse a saber y comunicar, de una vez por todas, cuál es y por qué. “Serás lo que debas ser, y si no, no serás nada”. Si no se quiere escuchar al último General, que se escuche al primero.
 

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