El gobierno de CFK vuelve vencido al CIADI de su viejo vizcacha
Ernesto Poblet
Historiador y abogado, experto en energía.


Amigos: este es el original del artículo publicado en La Nación del 29  de marzo de 2005 (pág. 17 con el título “El CIADI y el Viejo Vizcacha”)  con reformas del autor, adaptaciones de la época y excelente ilustración basada en la imagen de Mefistófeles coloreado en rojo firmada por el caricaturista “Alfredo”.  

 Hoy (11 de octubre de 2013)   recobra actualidad en Washington por una desesperada sensatez del gobierno cristinista volviendo vía Lorenzino a frecuentar a su despreciado árbitro institucional -el CIADI- mendigando el oxígeno blando de 3.000 millones de dólares…  por lo cual, cosa muy rara, nuestro desprestigiadísimo país obtendría alguna factibilidad…   “Hasta la hacienda baguala cae al jagüel por la seca…”  cantaba Martín Fierro entre sus geniales versos…  

EL CIADI  EL VIEJO VIZCACHA Y  LOS  CUÁQUEROS
Ernesto Poblet – (Original Publicado en  La Nación con algunos recortes)

Los cuáqueros constituían una secta religiosa muy molesta para los anglicanos de la Inglaterra de fines del siglo XVII.  Sus costumbres excesivamente sencillas chocaban con la sociedad que los rodeaba. Eran indeseables y los ingleses soñaban con sacárselos de encima. El nombre “quakers” proviene del temblequeo que les provocaban las emociones de sus ritos cristianos. Sus hombres y mujeres se sentían pacifistas al extremo de no tolerar grado de violencia alguna, por ello no aceptaban combatir ni pagar impuestos. Se los consideraba gente perversa y peligrosa para el orden público.  Este pueblo de costumbres extravagantes eligió William Penn, hijo de un famoso almirante británico, para su peregrina idea de poblar un inmenso desierto cercano a la costa atlántica, al norte del continente americano.  Con ese complicado contingente humano -eligiendo una zona desolada y riesgosa- logró William Penn fundar la próspera Pennsylvania tras una cesión otorgada por el rey Carlos II en el año 1681.  El origen de los fondos que “invirtió” el inspirador de los cuáqueros para esta épica y eficaz aventura es una historia aparte, de la cual basta con destacar la diáfana inteligencia del simple acuerdo entre monarca e inversor.

Entrando en una ficción estilo Julio Verne -con el debido respeto por el genial escritor francés- podríamos imaginar a un William Penn del siglo XXI  proponiéndole al gobierno argentino la inversión de cincuenta mil millones de dólares para poblar el desierto del Chaco. Nuestro William Penn III adelantaría al gobierno federal de la Argentina la suma de cincuenta mil millones de dólares en carácter de renta presunta de las ganancias que devengará su mega- proyecto en el curso de los primeros veinte años.  Podría así la Casa Rosada destinar estos fondos para su sueño de adelantar pagos al FMI si perdurara su masoquista deseo nestoriano.  El gran proyecto de W. Penn III consistiría en profundizar la tecnología de la separación del hidrógeno de otros gases para liberarlo y sustituir definitivamente los combustibles fósiles. El desierto chaqueño abandonaría los pocos inútiles arbustos que permite crear su inexistente flora para transformarse en la “Sillicon Valley” del práctico y ecológico combustible. Se prevén en el proyecto varias ciudades ultramodernas a levantar en algunos años con el poco imaginativo nombre de Nueva Houston I, Nueva Houston II, etc.  Ante protestas de piqueteros de la ciudad de Resistencia se negocia modificar los nombres de las ciudades por el de líderes indígenas de la zona.  Para el análisis del suelo desértico se dará prioridad a los cientos de estudios que duermen en el Consejo Federal de Inversiones, la Comisión Reguladora del Río Bermejo, la Cancillería y las distintas ONGs. especializadas. Frente al temor expresado por un neófito partido político acerca del peligro de que el inversor W. Penn III se apodere del agua dulce del  Acuífero Guaraní, propone el interesado suscribir a su costa una póliza de seguros -ante el mejor broker del Lloyds de Londres-  garantizando contra todo peligro de esa índole. Las negociaciones se celebraron con la participación activa de las misiones diplomáticas  del Paraguay y Bolivia y la asistencia de los gobernadores del Chaco, Formosa, Salta, Santa Fe y Santiago del Estero. Cuanto dilema o protesta fue planteada por los respectivos gobiernos siempre se resolvió a entera satisfacción de los tres países involucrados. Continuará la vigencia estricta de las leyes del país, incluyendo las laborales y tributarias. Se programaron grandes emprendimientos que aseguraban el pleno empleo en las tres naciones, políticas asistenciales generosas y las máximas garantías para la libertad de peticionar  y prohibición absoluta de judicializar la protesta social.  Era consciente el inversor que jamás habría motivos para reclamos o incumplimientos en el pago de impuestos  a la nación, provincias y municipios.

Al término de tan cordiales deliberaciones, William Pen III planteó la necesidad de pactar el arbitraje internacional como instancia jurisdiccional suprema ante controversias o conflictos que se presenten.  La inversión de cincuenta mil millones de dólares debía estar protegida por si el día de mañana aparecen gobiernos fundamentalistas o demagogos que intenten apoderarse de la riqueza instalada y generada para solventar sus propios gastos de burocracia o corrupción.  Se escudaba ante el riesgo de que la Suprema Corte del país receptor pudiera ser sustituida y suplantada por amigos de los nuevos gobernantes como hicieran Lenin, Hitler, Mussolini, Castro, Pol Pot, Chávez y cuanto gobierno autoritario registra la historia de todos los tiempos incluyendo al tarado de Iván el Terrible.  

La única garantía que pide el inversor es el arbitraje del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias o Controversias Relativas a Inversiones del Banco Mundial.  Hasta terminar de nombrar las nueve palabras que componen el nombre de este órgano internacional permanecía entre los dignatarios gubernamentales un gesto de fatigada complacencia.  Desde el momento que el inversor completó sus palabras mencionando “EL CIADI” -tras segundos de perplejidad-  todos respondieron   con voz sorda y horrorizada  “El CIADI no por favor…”  Aclararon con cierta desazón la polémica suscitada en la Argentina en torno a este órgano del BIRF.  Ya estaba consumada su demonización –ocurrió muy recientemente- y en la Argentina no hay exorcismos rápidos en estos casos.  Salvo fenómenos de hiperinflación,  catástrofes con cientos de muertos o el mero transcurso del tiempo.  Los tres casos eran impensables.

William Penn III, acostumbrado a tratar con representantes de países “emergentes”, con calma absoluta, exhibe ejemplares del Boletín Oficial de la Argentina para mostrar a los presentes que esta nación soberana tiene aprobados ciertos instrumentos jurídicos con jerarquía superior a las leyes internas y que él ofreció tan generosa inversión de capital –donde todos ganan y nadie pierde- en base a los  “TBIs” que esta gran nación firmó con las diez más grandes potencias económicas del mundo.  Al obervar los gestos incrédulos de sus interlocutores creyò oportuno William Pen III  recordar  que los TBI son “TRATADOS BILATERALES PARA LA PROMOCIÓN RECÍPROCA DE INVERSIONES” que la República Argentina celebró con Italia, Gran Bretaña, Alemania, Francia, España, Canadá, Estados Unidos, Austria, Países Bajos y China.  Y que esa es la gran garantía que él se reserva  para facilitar las adecuadas soluciones que trae para el disfrute de Argentina, Paraguay y Bolivia, países que comprenden al inmenso desierto del Chaco. Exhibió y repartió copias del  Boletín Oficial como prueba irrefutable…

Dejando de lado la simpática versión julioverneana que tanto bien nos haría si se transformara en realidad, volvamos a la cruda situación de  la Argentina quebrada e incumplidora frente a gente y países diseminados en los lugares más diversos del planeta.  Y en nuestro propio territorio donde dejara el Estado Nacional un tendal de víctimas “acorraladas” durante distintos períodos de su historia.

Funcionarios del ejecutivo, la procuración del Tesoro, legisladores y periodistas afines sugieren dudas acerca de la procedencia del CIADI, instituido como árbitro comprometido en los textos contractuales y los tratados bilaterales. Para nuestro humilde criterio el CIADI –órgano respetable de la ONU a través del Banco Mundial- es una garantía inobjetable con jurisdicción y competencia excelente para dirimir las controversias que se susciten entre el Estado Argentino  -una de las partes en un eventual conflicto-  y las empresas concesionarias e inversoras en nuestros servicios públicos y demás prestaciones internacionales.  Vapuleada y desprestigiada nuestra nación por reincidentes incumplimientos en los últimos lustros, el compromiso asumido mediante un árbitro externo constituye el mejor aval  para exhibir ante el mundo  una cierta credibilidad y demostraría palmariamente la voluntad de implantar esa seguridad jurídica que no somos capaces de acreditar de otra manera.   No nos creen y esa es la cruda realidad.  Es triste reconocerlo pero existen sobradas razones para que nos desconfíen. Mejor es asumirlo y no alardear de gallitos ofendidos inventando culpables en otros lados.  Si le tenemos miedo al CIADI  es porque en algún rescoldo de nuestra mente  se esconden las picardías  con que nos orientó el Viejo Vizcacha.  Si ya hicimos de nuevo el “esfuerzo” de repoblar de amigos  la criolla Corte Suprema de Justicia, se preguntaría el cínico viejito que creara la pluma de José Hernández:  ¿para qué queremos la jurisdicción de un tribunal arbitral extranjero  -aunque lo hayamos comprometido en los tratados y los contratos- si sabemos que en el exterior no nos sería posible conseguir ningún palenque ande ir a rascarse…?

Hernandarias fatigaba sus piernas y los caballos andando el desierto chaqueño, anticipándose en más de cincuenta años a la fundación de Pennsylvania.  ¡Qué bien le hubieran venido los insufriblemente honestos cuáqueros antes que lidiar con los encomenderos y crueles buscadores de oro que mandó España para “poblar” estos desiertos!  No dudamos que Hernandarias también hubiese necesitado un CIADI  para ampararse en su lucha contra los contrabandistas, exterminadores de indios y las inútiles burocracias que se instalaron en América Latina. Muchos jueces de Indias fueron cómplices o súbditos obsecuentes de la Corona ante el temor de no subsistir en sus puestos.  ¿Y de donde sacaría ahora William Penn III a sus actuales cuáqueros…?.  De los millones de ocasionales cartoneros, villeros, desocupados y universitarios taxistas y quiosqueros que pululan sin esperanza en los “ricos” suelos del territorio argentino. Que están todavía anhelando soluciones imaginativas e inteligentes. Pero se encuentran en un país donde determinadas élites paniaguadas se han encargado de mostrar como si fueran demoníacos los grandes valores que pueden salvar a la Argentina del infierno de pobreza en que la han sumergido.

Así, presentan con los atributos de Mefistófeles a las inversiones  de capital, el financiamiento externo, la libre competencia, los derechos individuales con la propiedad incluida y la iniciativa privada, el cumplimiento estricto de las normas, las autonomías provinciales, la participación en el mundo, la libertad de comercio y la jurisdicción arbitral con el CIADI incluido entre esos valores.

La viveza criolla y la astucia del Viejo Vizcacha sólo alcanzan objetivos efímeros; las patas cortas no conducen a destinos de grandeza.               
 

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