El derrumbre de la era Kirchner
Alvaro Vargas Llosa
Director del Center for Global Prosperity, Independent Institute. Miembro del Consejo Internacional de Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


La política argentina es ininteligible sin sopesar el factor trágico, en el sentido helénico, con su carga de crimen y castigo, de caída del héroe que desafía a los dioses. La repentina operación de Cristina Kirchner por un problema cerebrovascular, fruto de un traumatismo sufrido en agosto y que se había mantenido oculto, es un episodio profundamente argentino. Como lo es la permanente sensación, ampliada con este episodio, de que Cristina, como los personajes de Sófocles, huye hacia adelante como si buscara un destino catastrófico que no se siente capaz de evitar.
Todos los elementos de una tragedia sofocliana están ahí: la jefa de la tribu peronista y presidenta del país, que hace apenas dos años resultó reelecta con 54 por ciento de los votos, se ve obligada a operarse y guardar reposo por varias semanas en el preciso momento en el que todo se derrumba: las relaciones exteriores, las finanzas, las encuestas y la tercera elección consecutiva. Todo en ella tiende a la desmesura, al apocalipsis, nada puede ser normal. Y la sucede, bajo una forma ambigua que nadie entiende del todo, un vicepresidente, Amado Boudou, que es objeto de causas judiciales por corrupción, de marginación política a manos de los propios kirchneristas y del desencanto de la mandataria, que lo colocó allí a partir de una decisión inconsulta de cara a los últimos comicios. Tan es así que es y no es presidente interino, es y no es encargado temporal de la presidencia.
Este es el escenario estrambótico en el que se desarrollarán los días finales de la campaña electoral que el 27 de octubre, y a menos que la tragedia griega derive en teofanía (para seguir con el símil helénico), sepultará la era Kirchner en las urnas, cancelando de forma definitiva toda posibilidad de perpetuación en el poder.
El peronismo, como recuerdan de tanto en tanto diversos analistas, perdona la traición, pero no la derrota. Por eso poco antes de que, en agosto pasado, las primarias relacionadas infligieran un castigo electoral a la presidenta, empezaron a ser evidentes las movidas de muchos peronistas para buscarse un futuro “post-Cristina”. La mandataria, a pesar de la adulación de que es objeto entre sus fieles, transmitía una imagen de creciente aislamiento. La pregunta es: ¿acelerará la relativa salida de circulación de la presidenta este proceso o la frenará?
Sólo el miedo a quedar súbitamente desamparados o algún indicio de que el padecimiento de Cristina Kirchner está despertando una compasión popular podría frenar esa desbandada de peronistas en busca de un madero al que aferrarse en medio del naufragio. Pero esto no es probable, porque el alejamiento de la presidenta no los sume en un desamparo súbito: ya tienen asumido el escenario “post-Cristina” desde hace rato. Por otro lado, el hastío popular con el gobierno alcanza tales dimensiones que suena excesiva la posibilidad de una repentina ola de conmiseración para con la presidenta, como ocurrió tras la muerte de Néstor Kirchner. En todo caso, de conmiseración que se traduzca en el deseo de perpetuarla en el mando de la nación.
La era Kirchner se ha basado, igual que en tiempos de Perón, en obligar al campo a subvencionar a la ciudad, exprimiendo con impuestos a la vaca lechera de la agricultura y derramando sobre los votantes, especialmente los de la provincia de Buenos Aires, que representa casi 40 por ciento de todos los sufragios del país, una deliciosa ducha de subvenciones. Al mismo tiempo, y siempre en beneficio de ese voto cautivo, se han controlado los precios de los servicios y de algunos bienes. Todo ello, acompañado de eventuales nacionalizaciones y la creación de un clima irrespirable para obligar a ciertas compañías a venderle sus activos al gobierno, y una retórica durísima contra los empresarios extranjeros y aquellos empresarios nacionales que no forman parte del círculo, siempre cambiante, de los elegidos.
El problema es que el “modelo” argentino está en un trance de agotamiento que ha minado considerablemente las bases del populismo en ese país. Es cierto que no todos los decepcionados quieren girar hacia el modelo liberal: muchos intereses populistas, por ejemplo los encarnados en el líder sindical Hugo Moyano, quieren, por el contrario, una radicalización, al igual que el modelo peruano de los años 80, cuando tocó fondo con el primer Alan García, provocó que sectores radicales de izquierda presionaran para acelerar la captura de las instituciones y la estatización de la vida, así, a secas. Y también es cierto que hay sectores no populistas que están tan convencidos del arraigo que tiene esta ideología en la población, que temen que sea imposible proponer un giro copernicano y se resignan a cambiar de líderes pero no de modelo. En todo caso, lo que está fuera de duda es que el modelo va llegando a su fin y que lo que estamos observando en el plano político deriva de eso. También, que se abre lo que los sajones llaman una “ventana de oportunidad” para cambiar de modelo.
No extraña que el gasto público, que hace cinco años representaba el 35 por ciento del PBI, ahora represente el 46 por ciento, y que para financiar lo que ya no tenían cómo financiar el gobierno tuviera que capturar las pensiones, donde estaba concentrado el ahorro nacional, y las reservas, que son como las joyas de la familia, y subiera todavía más los impuestos a los empresarios del campo, esos héroes civiles de Argentina que, a pesar de tanta adversidad, siguen siendo tan visionarios, tecnificados y globales como siempre. La mitad del déficit de este año, superior, según el FMI, al que la estadística oficial admite, el gobierno lo está financiando con las reservas y las pensiones del pueblo argentino.
Las consecuencias de estas políticas las vemos ahora con más claridad que cuando el “boom” daba al modelo argentino un aura de invencibilidad: la economía crecerá muy poco este año, aunque, como se sabe, las estadísticas ficticias de Argentina, que le han valido una censura del FMI, tratan de inflar la cifra. Para intentar contrarrestar la fuga de capitales y la disminución acelerada de las reservas, se han establecido en ciertos momentos controles que no se veían en América Latina desde Velasco Alvarado en el Perú y Salvador Allende en Chile. En el aeropuerto de Ezeiza ha habido días, según testimonios de personas que lo padecieron en carne propia, en que los perros ya no apuntaban el olfato contra la droga sino contra los dólares, y sigue siendo el caso que si un industrial necesita importar insumos, está obligado a exportar algo para compensar la salida de divisas, de tal modo que el fabricante de autos Porsche se ha visto forzado a vender vinos y la BMW a vender arroz.
Por supuesto, en este ambiente era inevitable la captura de una fruta jugosa como YPF, la filial de Repsol, que tantas protestas provocó en medio mundo. Era la consecuencia del descalabro que el control de precios había producido en la industria energética (y que de paso había afectado, como sabemos, a los chilenos, porque llevó a Buenos Aires a incumplir sus compromisos con Santiago).
En resumen, Argentina desperdició el billón de dólares que generó la bonanza de los “commodities” para el fisco desde 2003 hasta la fecha. Además, el modelo infligió al país un descrédito internacional del que son pruebas fehacientes tanto el cierre de los mercados de capitales para el gobierno argentino desde hace varios años como las sucesivas derrotas del Estado platense en tribunales norteamericanos ante los tenedores de bonos que se negaron en su día a aceptar las dos quitas llamadas “reestructuración”. Esa es la factura que los argentinos le están pasando al gobierno de Cristina Kirchner.
Pero el modelo no se agota en el aspecto económico. El aspecto político e institucional ha sido igualmente importante. Se ha caracterizado por la concentración de poder en la persona de la mandataria (y antes del matrimonio Kirchner). Esto se nota hoy más que nunca, cuando el vicepresidente Boudou ni siquiera puede asumir, mientras su jefa convalece, una presidencia real. Sus poderes son, según los propios kirchneristas se han encargado de aclarar, más bien secundarios, porque el poder sigue en manos de ella, aun en su estado.
El esquema ha tenido distintos pilares políticos en estos últimos años. Hoy, uno de ellos es La Cámpora, el grupo de jóvenes no tan jóvenes inicialmente agrupados alrededor del hijo de la presidenta que ha copado sectores claves de la administración. De esa matriz salieron personajes como Carlos Zannini, teóricamente un secretario legal de la Presidencia, pero en la práctica un operador político al servicio de Cristina. Los vasos comunicantes entre el modelo político y el modelo económico se dan a través de personajes como Axel Kicillof, una especie de viceministro de Economía, autor de una abracadabrante lista de desaguisados en esa materia, y Guillermo Moreno, el encargado de temas comerciales internos, cuyos llamados telefónicos han tenido a medio empresariado argentino en estado de semiterror en estos años por las amenazas constantes.
En todo caso, si las elecciones confirman el contundente revés que pronostican los sondeos en las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Mendoza y Córdoba, y en la capital federal, la era Kirchner habrá llegado a su fin. Otra cosa es adivinar lo que puede esperarse del oficialismo en ese momento: si la aglomeración de los náufragos alrededor del gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli, para frenar a Sergio Massa, el peronista disidente que amenaza con convertirse en figura presidenciable si triunfa en esa misma provincia, o la estampida de todos hacia la estrella peronista en ascenso, a la que hasta ayer vituperaban por su traición.
Ahora, con una Cristina disminuida y con orden de reposo, se abre el interrogante de cómo podrá funcionar esta maquinaria de poder concentrado si la cabeza no puede dar tantas órdenes. ¿Seguirá intentando darlas a riesgo de poner la salud en peligro? ¿Tratarán estos personajes de seguir operando como hasta ahora, o se verán en serios aprietos en la medida en que la ausencia relativa de Cristina haga disminuir su poder de atemorizar al resto de la burocracia y al país productivo?
Tampoco está claro lo que pasará en la oposición, donde la tentación de aliarse a Massa (para deshacerse del kirchnerismo) coexiste con las expectativas que albergan antiguos disidentes peronistas, radicales, socialistas y Mauricio Macri, jefe del gobierno de la capital, de llegar a la Casa Rosada. Eso dependerá de cuán dura sea la derrota del kirchnerismo, que determinará a su vez cuán pesada será la mochila peronista que el disidente Massa deberá cargar. También, de cómo queden las distintas facciones opositoras situadas en el tablero: la división y falta de proyecto unitario han sido hasta ahora, junto con los altos precios de los cereales y oleaginosas, responsables de que no surgiera un proyecto alternativo durante toda la década.
 

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