La igualdad como coartada del Gobierno Argentino
Maximiliano Bauk

Es Analista de Políticas Económicas en el Centro de Estudios Libertad y Responsabilidad. Actualmente cursa una Maestría en Políticas Económicas en la SMC University. Participó del “Programa de Jóvenes Investigadores y Comunicadores Sociales” de Fundación Atlas para una Sociedad Libre.



Con frecuencia, tristemente, uno puede ver que el gobierno argentino es quién comete algunas de las injusticias más habituales en el país, diciendo perseguir, mediante la “distribución de la riqueza”, la igualdad entre los ciudadanos.
Si bien uno de los principios consagrados con mayor énfasis por la Constitución Argentina es el de la igualdad ¿Aquellos primeros constituyentes habrán tenido en mente con ello “talar a los árboles más altos para ponerlos a la misma altura que los más bajos”? Yo creo que no, en mi opinión solo buscaron que el progreso de uno sea proporcional al esfuerzo realizado, sin que nadie tenga ventajas sobre otro, como así tampoco más trabas que otro.
Para ilustrar esta cuestión, Milton Friedman planteaba la siguiente pregunta: ¿Una carrera debe estar dispuesta de manera tal que todos lleguen a la línea de meta al mismo tiempo, o para que todos salgan de la línea de partida al mismo tiempo? Personalmente me inclino por la segunda postura.
Pareciera un tema trivial pero es realmente importante. Toda esta idea de igualdad de resultado lleva a lo que Alexis de Tocqueville llamó “nueva esclavitud”, restringe los derechos de los más productivos, como por ejemplo la libertad de crecer económicamente, haciéndoles cargar con el peso de los menos productivos, financiando sus vidas a través de subsidios.
Los subsidios no salen del gobierno, ya que por más que él sea quien les pone su pomposo sello, el gobierno no tiene dinero, la gente tiene dinero, entonces se les saca a aquellos que producen, parte de su producto de los bolsillos (quieran o no), para mantener el sistema de subsidios, pero este mecanismo, además de injusto es contraproducente.
Dicha “ayuda”, es una máquina generadora de pobres, es el arma secreta de todo gobierno populista. Ellos saben bien que con eso solo logran dependencia de las clases bajas, quienes ante el temor de perder eso que creen que les auxilia, son usados para que les sigan votando. Pero esto no ayuda ni a la economía del país ni a los pobres, ya que ellos pierden el incentivo al trabajo remunerado, ya sea por miedo a renunciar a los subsidios que tienen asegurados en contraste a un trabajo que depende de ellos mismos, o ya sea, por sentir que ese problema está parcialmente solucionado por lo que no es necesario producir más, y así siempre seguirán a la merced de recibir ese dinero, y por supuesto, de quien se lo entrega.
Por otro lado, el justificativo que dan los populistas, es que al haber más dinero circulando, ayuda no solo al pobre, sino también a la economía en su conjunto, lo que es una falacia de principio a fin: no es el hecho de que la gente gaste lo que ayuda a la economía ya que el dinero circulante es el mismo (o al menos debería serlo), lo que si lo hace es la producción de bienes y servicios, lo cual este sistema no fomenta.
El dinero que no viene de la producción de dichos bienes y servicios no cae del cielo: cuando el gobierno da subsidios o eleva sueldos, son todos los ciudadanos los que los pagan, no él. Pero existe una manera en donde ocurre algo muy diferente, en donde cuando uno gana no es necesario que otro pierda, lo cual fue explicado de una manera tan espléndida como simple por el ya citado Premio Nobel de Economía, Milton Friedman, en su serie de los años ochenta “Free to Choose”: cuando se obtienen mejores sueldos a través de la libre competencia de las empresas privadas, se hace a través de la disputa entre ellas para obtener una mayor rentabilidad, por lo que necesitan a los mejores trabajadores, quienes a su vez necesitan ser más productivos para llegar así a un más remunerativo trabajo. Es decir, los sueldos más elevados solo provienen de la más elevada productividad, la mayor inversión y el mayor esfuerzo realizado por todas las partes, ganando así tanto el empleado, pasando por el empleador y llegando hasta el consumidor, quién obtendrá el beneficio del mejor precio por la alta productividad, y el de la mejor calidad por la  incentivada mano de obra del trabajador.
Hay más para el empleador, pero solo si a su vez hay más para el obrero. Esa es la “distribución de la riqueza” del libre mercado, no a través de planes sociales que cargan en los hombros de las personas más productivas, sino de la mano del esfuerzo realizado por los distintos individuos en busca de satisfacer su interés personal.
 

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