Encadenados a la utopía
Elena Valero Narváez
Historiadora, analista política y periodista. Autora de “El Crepúsculo Argentino. Lumiere, 2006. Miembro de Número de la Academia Argentina de Historia.


La Constitución argentina, inspirada en la de EEUU,  brindó  la normatividad necesaria para crear las condiciones que llevaron al enorme progreso iniciado a mitad del siglo XIX.  
Nuestro país desde 1870 a 1913 creció a tasas más elevadas que la economía mundial superando a países adelantados europeos, también a Canadá y Australia. Un orden liberal permitió a los argentinos gozar de una prosperidad inimaginable.
Sin embargo en la Argentina de la última década se reniega tanto de la Constitución de 1853 como de las ideas de los hombres  que promovieron el progreso y la institucionalidad del país.
  Incentivados por el Gobierno, pseudo-historiadores, han improvisado una historia que nada tiene que ver con el pasado real, avalada, también, por una serie de comunicadores, socios en la  desvalorización de este período.
Alberdi, Mitre, Sarmiento, Roca, la generación del 80, en general, es denostada, criticada en pos de revalorizar lo vernáculo, decisivo para entender nuestro ser nacional.
El Gobierno kirchnerista les responde adjudicándose la defensa de los derechos humanos de los terroristas, de cuya memoria y proyecto político se  sienten representantes.  Todos   rechazan  la realidad tal cual es y  la modernidad que esta ligada a la democracia liberal y capitalista.
 Son socialistas encubiertos en la bandera de la “argentinidad” a la que asocian a Rosas - caudillo que defendió la soberanía de la intervención extranjera- y a los indígenas, cabales representantes de lo autóctono. 
Esta visión es coherente con la manera de gobernar: se basa en un pensamiento que se aleja cada vez más del mundo globalizado, como lo está haciendo Venezuela, con más prisa.
En desmedro del individualismo que privilegia la libre elección de las personas, les atrae un  nacional-socialismo, sui géneris. que requiere sumisión para lograr una sociedad organizada a la medida de sus deseos.  El fracaso de la “planificación”  se comprueba en el socialismo real, en el fascismo y en todos los populismos pero, se insiste.
 En nombre de la soberanía predican la autarquía industrial –termina siempre, de facto, en empresas dependientes de favores oficiales- y la antipatía a una vida de abundancia capitalista donde hay demasiado para consumir.
 De la boca para afuera  justiprecian una vida despojada que, en los hechos, es miserable. No reconocen que las necesidades de las personas tanto materiales como espirituales  son, y serán, siempre innumerables, lo que cambia son las posibilidades de satisfacerlas.  No  necesariamente consumimos un artículo de lujo. Podemos elegir también un poema, un libro, un CD y tantas otras cosas a los cuales podemos hoy acceder gracias a la economía capitalista. 
Rechazan, al sistema  de producción masiva, resultante de la expansión enorme de los mercados, que permite a las personas con menos recursos pueder disfrutar de una inmensa diversidad de bienes a precios muy bajos. 
  Con políticas dirigistas, quieren fortalecer y extender al sector público de la economía, debilitar la democracia con demagogia nacionalista y antiliberal.. 
Confían en las estatizaciones, a pesar de la disminución galopante de reservas, aumentando los costos del Estado, por lo que no tienen otro destino que el déficit y ser portadoras de una enorme corrupción administrativa, como ya lo están mostrando los resultados. 
Como la generación de riqueza se hace imposible pon las exacciones a las empresa, ahorristas, inversores etc., terminan necesitando capitales foráneos porque no dejan de incrementar los gastos y la inflación. Como siempre pasa, éste flagelo disminuye el valor de los salarios, de las jubilaciones, también la producción y la productividad.
 No se puede, entonces, como quieren, ni siquiera vivir con lo nuestro. Aquí comienzan los problemas y los malos resultados en las elecciones.
Primo hermano del peronismo ortodoxo, el Kirchnerismo responde, también, a otros rasgos fascistas: a las actitudes represivas,  hacia la prensa y opositores,  agrega el fomento del corporativismo fenómeno que tiende, siempre, a liberarse de los partidos para defender privilegios sectoriales.
  La consecuencia de lastimar la propiedad privada, el mercado, y la seguridad jurídica, es debilitar las limitaciones al Poder. El Gobierno, de este modo, eleva los grados de dominio sobre la sociedad, pudiendo evitar que surjan fuerzas que se le resistan. El resultado es avanzar hacia una dictadura donde la libertad, espontaneidad, y creatividad, necesarias para poder construir el propio destino, es imposible. El Estado decide por nosotros cómo será nuestra vida.


 

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