La peligrosa desmovilizacion
Diana Ferraro
Escritora


Ya sabemos que no alcanza con ganar ampliamente las elecciones en los principales distritos electorales, cuando la mayoría en ambas cámaras del Congreso permanecerá en manos del kirchnerismo. Ya sabemos que, al día siguiente de las elecciones, la Corte Suprema es capaz de traicionar al pueblo al que debería defender y regalar una ley al Gobierno, y también de conseguir una victoria pírrica en la promoción del nuevo Código Civil, aunque éste termine siendo redactado por el kirchnerismo. Ya sabemos que la enfermedad de un presidente, sumada a una grave capacidad para administrar, no impide que todo el mundo—incluyendo al periodismo combativo—se paralice y acepte como una gracia las reformas cosméticas destinadas más que a enderezar el país, a salvar a sus cuestionados dirigentes de la segura cárcel a la que accederían si las instituciones que deben velar por los intereses del pueblo argentino funcionaran como corresponden.

Por lo tanto, los agitados acontecimientos de los últimos tiempos y la expectativa suscitada por la aparente inminencia de medidas salvadoras de la estanflación en que finalmente cayó la Argentina—tal como bien predijera hace ya varios años el nunca bien comprendido ni debidamente apreciado ex Ministro Cavallo—no deben hacer perder de vista que el genio del mal continua vivo y operando. El kirchnerismo y el Frente para la Victoria pueden bien estar en su fase terminal pero las fortunas de las cuales se han apropiado a través de una década por cierto muy ganada y rendidora para ellos, tienen aún un gran poder de acción sobre aquellos siempre vulnerables a cambiar su opinión (o una ley, o una sentencia judicial). Con lo cual la corrupción latente va a durar por lo menos dos años más y, en la medida en que la comunidad se duerma sobre los escasos laureles que hasta ahora supo conseguir, es posible que se prolongue aún más allá de las elecciones presidenciales de 2015.

Por supuesto, siempre es posible contar con los famosos anticuerpos peronistas y esperar que un oportuno, ambicioso y fuerte liderazgo de algún peronista arrase con todo lo que se interponga en su camino y descubra que lo que más repulsivo para todos los votantes—con los históricos votantes peronistas tan indignados como el resto—es la impunidad del saqueo. Puede haber dudas en muchos acerca de si el peronismo debe tomar un cariz más bien socialdemócrata o atreverse a ser fiel a su carácter innovador promotor de la riqueza en beneficio popular asumiendo un liberalismo vital, pero nadie soporta ya la profunda vergüenza de tener que hacerse cargo de la codicia irresponsable de ambos Kirchner, los Boudou, los de Vido, y asociados. El líder presidencial que emerja del peronismo, si no quiere descontar sus chances frente al paciente y hasta ahora infinitamente más honorable Mauricio Macri, deberá presentarse con la espada que desate para siempre el nudo gordiano de la corrupción o resignarse a perder. Es decir, deberá tomar la espada justiciera del General Perón que, a decir verdad y hasta ahora, ninguno de sus hijos honró. Tal vez sus nietos vuelvan a ennoblecer su nombre y restituir las fortunas mal habidas y el honor al pueblo que el peronismo juró defender. Sería un buen final de historia y una pacífica resolución de un peronismo que, tanto por sus virtudes como por sus defectos, ha tenido a la Argentina entre sus manos por más de medio siglo.

No estamos coronados de gloria, no desde hace un buen rato, más bien coronados por los cuernos que nos han metido los dirigentes mentirosos y estafadores—aún en el nombre de ideologías que tampoco han sabido defender bien. Tampoco se nos ve muy dispuestos a morir en nombre de nada, pero, lamentablemente, tampoco dispuestos a un juramento menos rimbombante y más fácil de cumplir, como custodiar con energía nuestros propios intereses, a la espera de líderes que representen lo mejor de nosotros mismos. Esa inefable calidad y divina aspiración a lo mejor que todavía nos gusta creer que poseemos, aunque la proximidad de las fiestas, las vacaciones, el calor, y ese no sé que de la desidia de estar quizá, de todos modos, condenados sin remedio, nos hagan bajar la guardia y mirar, una vez más, hacia el costado.
 

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