Las razones por las que el giro “al centro” de CFK va a fracasar
Nicolás Márquez
Abogado y escritor. Galardonado con el Premio a la Libertad, otorgado por Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


Lucidez tardía de Perón

Tras el despilfarro acontecido durante la dictadura de Juan Perón naciente en 1946, fue recién en 1952 cuando el propio caudillo, preso del desabastecimiento, la incipiente inflación y el drástico racionamiento de consumo que se impuso por entonces, empezó a dar un tibio giro político hacia cierta racionalidad económica. En efecto, en los últimos tiempos de su repartidora gestión, ante el desesperante desenlace de un país que mutaba de la grandilocuente prosperidad a la quiebra en tiempo récord, a modo de último recurso y “manotazo de ahogado”, Perón tiró a la basura sus desafortunados lemas tan festivamente cantados como “combatir el capital” y firmó un acuerdo de negociaciones con la FIAT de Italia, pero era sólo un modesto comienzo. Al año siguiente, en 1953 dictaminó una ley que promovía las inversiones extranjeras e intentó suscribir un contrato petrolero con la empresa California Oil Company, en tanto que Milton Eisenhower (hermano del presidente norteamericano) visitó la Argentina y fue recibido a cuerpo de rey por el régimen, siendo que incluso el huésped salió del brazo de Perón al balcón de la Casa Rosada a saludar a la muchedumbre. Sobre este último punto, el 30 de julio de 1953, Perón escribía en el diario oficialista Democracia: “Hace pocos días un americano ilustre, el Dr. Milton Ei senhower, llegaba a nuestro país en representación de su hermano, el presidente de los EE.UU. […] Una nueva era se inicia en la amistad de nuestros gobiernos, de nuestros países y de nuestros pueblos”.

Pero la lucidez tardía tiene su costo. El estatismo y el despilfarro instalados ya eran irreversibles para un régimen al que se le acortaban las perspectivas de vida y para darnos una idea de hasta dónde había ascendido el dispendio, tengamos en cuenta que el gasto del Estado en la Argentina representaba el 14% del PBI en 1925 y se transformó en 1955 en el 42%.

Lucidez tardía de Alfonsín

Fue a partir de 1983, tras su asunción al Sillón de Rivadavia, cuando Raúl Alfonsín implementó políticas dirigistas basadas en la indiscriminada emisión de moneda sin respaldo, controles de precios y el avance del Estado por sobre las iniciativas individuales (en 1985 el 50% de los bienes de producción ya estaba en manos del Estado). La burocracia se agigantaba y de ocho secretarías de Estado se pasó a cuarenta y dos, de veinte subsecretarías a noventa y seis, y se nombraron más de 280.000 nuevos agentes públicos. Al cabo de menos de un mandato, Alfonsín y sus secuaces destruyeron dos signos monetarios: el Peso y el Austral. La Argentina llegó a constituirse, después de México, en el país no comunista con mayor grado de estatismo en el mundo. Las “políticas sociales” de Raúl Alfonsín mostraron sus consecuencias de inmediato y ya por 1985 se registraron los niveles más bajos de inversión de los últimos quince años. Ante el desconcierto del infructuoso “Plan Austral”, el 3 de agosto de 1988  se lanzó el “Plan Primavera”, que no era ni más ni menos que una maquillada aventura dirigista que habría de estallar en mil pedazos en 1989. Efectivamente, en junio y julio de ese año, el costo de vida subió al 114% y al 196%, respectivamente.

Las “políticas solidarias” de la socialdemocracia provocaron que desde el 10 de diciembre de 1983 hasta la transferencia del poder, el 8 de julio de 1989, la inflación acumulada por el gobierno de Alfonsín fue del 664.801 por ciento, no registrándose en el mundo entero un proceso semejante en ningún país de la Tierra desde el término de la segunda guerra mundial. En el mismo período la devaluación de la moneda  nacional  implicó  una  depreciación  de  1.627.429  por  ciento,  lo  que igualmente constituye un récord histórico sin precedentes. Entre el 6 de febrero y el 8 de julio el Austral se devaluó un 3.050 por ciento. Durante los sesenta y un meses de alfonsinismo, el poder adquisitivo de los salarios bajó entre el 107 y el 121%.

Fue en la última etapa de este desgobierno cuando Alfonsín, contrariando su obstusa mentalidad estatista, le encomendó a Rodolfo Terragno llevar adelante algunas privatizaciones que no se concretaron (entre ellas la de Aerolíneas Argentinas) y durante la campaña presidencial de 1989, el candidato oficialista Eduardo Angeloz tuvo que robarle el discurso a Alvaro Alsogaray prometiendo impulsar privatizaciones a todo propósito si lo votaban a él, es decir, si votaban la continuidad del mismo partido que ya gobernaba desde hacía casi 6 años.

Lucidez tardía del kirchnerismo.

Como sabemos, desde el año 2003 al 2013, el kirchnerismo administró una fiesta con plata ajena (mayormente proveniente del boom sojero) en donde el estatismo festivo y el despilfarro dadivoso fueron las notas distintivas del decenio. Actualmente, el argentino medio tiene que trabajar 7 de los 12 meses del año solamente para pagarle impuestos al Estado y al menos hay unos 14 millones de argentinos que viven directa o indirectamente del erario público. En el Índice Mundial de Libre Iniciativa (también denominado como Libertad Económica) publicado este año por la reconocida Heritage Foundation, se analizan 177 países y la Argentina ocupa el alarmante puesto número 160. Vale decir, nos encontramos entre las economías más cerradas y autoritarias del mundo. La inflación hoy erosiona los bolsillos argentinos (ostentamos la tasa más alta del mundo junto con Bielo-Rusia), la fuga de dólares es alarmante y las reservas del BCRA se agotan a vertiginoso ritmo.

Una vez más y como manotazo de ahogados, un gobierno argentino en la etapa final de su larga gestión, a fin de evitar el estallido de la bomba populista que ellos mismos crearon, intenta brindar tardíamente algunas señales de racionalidad económica. En el caso del kirchnerismo, dichas señales no son otras que intentar negociar con el Club de París, acercarse al FMI, recomponer el pago a Repsol o bajar los decibeles con los tribunales internacionales del Ciadi, entre otras intentonas que estarían en las antípodas de lo que el régimen ha venido haciendo y diciendo desde el año 2003 a la fecha.

Por lo expuesto, todo indica que  no tenemos motivos objetivos como para suponer que el kirchnerismo saldrá airoso de esta tímida y morosa inclinación a la sensatez, puesto que en su momento tampoco Perón ni Alfonsín tuvieron suerte en sus respectivos giros de último momento; tanto es así, que ninguno de ellos pudo terminar su mandato y acabaron huyendo de su cargo (el primero en 1955y el segundo en 1989).

Ocurre que tanto en los dos casos antedichos (Perón y Alfonsín) estas tibias medidas a destiempo fracasaron fundamentalmente por tres razones concretas a las cuales creemos que no escapa el kirchnerismo.

1) La primera  razón es de índole cronológica. No se puede en los últimos meses de vida de una larga gestión reconstruir todo cuanto fuera destrozado durante tantos años de rumbo contrario.

2) En segundo lugar, estos giros deberían ser profundos y completos y no superficiales e insuficientes. ¿Y por qué son superficiales e insuficientes? Pues porque para administrar un país en una dirección definida hay que tener determinación política y esto nos lleva a explicar la tercera razón.

3) Para que haya determinación política tiene que haber previamente una fuerte convicción ideológica, ingrediente tan indispensable como absolutamente ausente tanto en Cristina Kirchner, como en el marxista Axel Kicillof y el heterodoxo Jefe de Ministros Jorge Capitanich.

Asimismo, c0mo dato adicional, cabe agregar que las bases duras y fieles del kirchnerismo militante desde hace años que han sido catequizadas con el ideologizado relato que éstos a su vez abrazaron como dogma, y entonces no puede resultarles nada fácil a sus jefes y empleadores tener que confesarles a sus militantes que la cacareada “revolución nacional y popular” no era más que una estafa clientelar y que de ahora en más en los actos camporistas hay que modificar los cánticos al compás de la rima “Chevrón Chevrón que grande sos”.

Identificación nacional

Dice un viejo adagio popular que: “Los hombres esclarecidos aprenden con la experiencia ajena, los mediocres aprenden con la experiencia propia, y los imbéciles no aprenden ni con la ajena ni con la propia”.

¿Con cuál de estos tres ítems cree el lector que nos identificamos los argentinos?
 

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