Los saqueos tienen condicionantes políticos y culturales
Agustín Laje
Escritor. Galardonado con el Premio a la Libertad 2012, otorgado por Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


Hace algunos días, Córdoba fue sumergida en un virtual estado de guerra civil. Bastaron algunos minutos de autoacuartelamiento policial, como producto de un reclamo salarial, para que la anarquía se transformara en la nota distintiva de la jornada. En efecto, detrás de los desmanes provocados por los saqueadores –que fueron resistidos por valientes grupos de vecinos que intentaron defenderse por sus propios medios– asomaba el “hombre en estado de naturaleza” de Thomas Hobbes y su característica condición de padecer una “guerra de todos contra todos”.
El mismo esquema ahora se ha extendido a otros puntos del país: acefalía policial y la consiguiente ola de saqueos son los componentes de este fenómeno que parece correr como reguero de pólvora. 
Al margen de las conjeturas políticas coyunturales que puedan efectuarse, los saqueos ponen de manifiesto algo que la filosofía política ha dicho hace ya varios siglos: la función esencial del Estado consiste en proteger los derechos individuales de sus ciudadanos a través de eficientes Fuerzas Armadas y de Seguridad. Un Estado que no puede asegurar tales derechos, es un Estado fallido. En este orden de cosas, el Estado populista –que es el que nos rige– demuestra todos los días que no es capaz de brindar servicios de seguridad razonables (de ahí el crecimiento desproporcionado de guardias privados y barrios cerrados); por definición, sus energías –humanas, logísticas y monetarias– están abocadas a lo que coloquialmente se denomina “pan y circo” –desmedido gasto público en indiscriminados subsidios, prebendas y onerosos divertimentos–, y a la promoción desaforada de los caudillos que detentan el poder de turno, a través de incalculables derroches en propaganda gubernamental. Urge, por lo tanto, desmantelar el Estado populista y reconstruir un Estado eficiente dedicado a garantizar el orden, la paz y la libertad, a través de Fuerzas de Seguridad dignas, bien pagas y bien equipadas.
Ahora bien, el Estado populista no sólo es responsable de las condiciones políticas que conducen al saqueo, sino también de las condiciones culturales que lo posibilitan. En efecto, si determinado sistema moral respetuoso de la propiedad privada y del valor del trabajo imperase en la ciudadanía, la ausencia de policía no provocaría por sí sola un desmán como el ocurrido en Córdoba y tantos otros puntos del país. Pero son nuestras propias instituciones las que en primer lugar castigan y abominan del éxito emprendedor y generan desincentivos para el progreso personal; son nuestros políticos los que hacen del Estado un aparato de saqueo sistemático en primer término; son nuestros profesores y catedráticos los que hacen germinar en la cabeza de sus alumnos que la economía es un “juego de suma cero”, que la riqueza es estática y que lo que le falta a uno es porque otro lo tiene; y son nuestros medios de comunicación los que suelen repetir estos conceptos desde las usinas de difusión, hegemonizando la falsa máxima que reza que “las necesidades generan derechos”. ¿Cómo no esperar, entonces, que esta cultura de la dádiva, la envidia y la expoliación se acabe materializando en saqueadores que se jactan de sus robos por Facebook y Twitter?
Hay que decirlo de una vez: el populismo ha infestado gran parte de la cultura vernácula. En efecto, se ha perdido el valor del trabajo, del esfuerzo, de la productividad, de la autonomía personal, de la familia, del orden, de la propiedad privada. En cambio, se ha adoptado la cultura de la prebenda, de la dádiva, de la pereza y del gusto por lo ajeno.
Resulta llamativo advertir que en el fenómeno del saqueo no chocan dos clases sociales, sino dos tipos culturales: el hombre productivo vs. el hombre parásito. El hombre productivo vive de su trabajo; el parásito vive del fruto del trabajo ajeno. El hombre productivo pide derechos individuales de no interferencia, pues quiere trabajar en paz; el parásito afirma que “sus necesidades” generan el derecho de disponer de la vida de los demás. El hombre productivo no exige recompensas no merecidas; el parásito generalmente obtiene lo que no merece. El hombre productivo entiende que su dignidad descansa en su autonomía y autorrealización personal; el parásito no podría vivir sin la existencia del hombre productivo y, por añadidura, jamás entenderá el significado de la dignidad.
Sorprenden los que se sorprenden (valga la redundancia) por los saqueos que, iniciados en Córdoba, empiezan a reproducirse en otros puntos del país. En efecto, éstos constituyen un fenómeno que, de hecho y de manera inadvertida, ya ocurría y ocurre sistemáticamente en toda la Argentina: el saqueo al hombre productivo (al cual se le sustrae la mitad de su trabajo anual en impuestos) por parte del hombre parásito a través del Estado.
La filósofa Ayn Rand ya decía:  “Cuando vean que para producir necesitan obtener la aprobación de quienes no producen nada; cuando vean que el dinero fluye a quienes comercian no en bienes sino en favores; cuando vean que los hombres se hacen más ricos a través de la estafa que del trabajo, y sus leyes no los protegen de ellos, pero los protegen a ellos de ustedes; cuando vean que la corrupción es recompensada y la honestidad se convierte en un sacrificio personal; sabrán que su sociedad está condenada”.

 

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