El origen de la crisis eléctrica: Energía muy cara, tarifas muy bajas
Cristian Folgar
Economista.


 El gobierno se metió en materia energética en un laberinto del cual hasta ahora no quiso, no pudo o no sabe como salir.

El argumento que las tarifas son bajas y que ello le da competitividad a la economía es tan falso, en el contexto actual, que cada vez son menos los miembros del gobierno que se atreven a decirlo sin bajar la mirada o ponerse colorados.

Durante los años siguientes a la salida de la convertibilidad y hasta podría decirse que durante buena parte de la presidencia de Néstor Kirchner, los subsidios energéticos sirvieron para incrementar la demanda agregada efectiva sin mayores consecuencias sobre la macroeconomía.

En esos años la economía presentaba superávit fiscal, con lo cual el esquema de subsidios lo que hacía era volcar fondos disponibles del Tesoro Nacional para acelerar el ritmo de actividad y recuperar lo más rápido posible la economía luego de la crisis del 2001. A su vez, quienes recibían esos subsidios los volcaban a consumir, invertir o ahorrar en el mercado formal interno (que servía para financiar consumo o inversión de quienes querían endeudarse).

Durante la primer presidencia de Cristina Kirchner se hizo evidente que ello no podría continuar. La generalización de subsidios terminó por afectar las cuentas públicas y la situación macroeconómica perdió su solidez inicial. Hacia el final de la primer presidencia de Cristina Kirchner ya era evidente que la política de subsidios debía racionalizarse.

Así, el propio gobierno anunció a fines de 2011 su intención de eliminar o reducir subsidios sobre aquellos sectores que ya no lo necesitaban. El gobierno lamentablemente nunca avanzó mucho mas allá. El deterioro de la situación macroeconómica y particularmente el deterioro de las cuentas públicas tornan hoy imprescindible una modificación en la política de subsidios.

El gobierno pasó de subsidiar en sus inicios sólo parte del consumo de energía a subsidiar tanto el consumo como la inversión necesaria para tratar de abastecer el consumo.

Así, en la medida que se fueron generalizando los subsidios aumentaban los aportes del Estado Nacional ante la desaparición de la inversión privada.

Durante la presidencia de Néstor Kirchner el gobierno encaró exitosamente expansiones de la infraestructura energética que fueron financiadas por privados y repagadas por la demanda. En la medida que el esquema de subsidios se generalizaba, cada vez una proporción menor de la “factura energética” era pagada por la demanda y una proporción mayor era pagada por el Estado.

Mientras el Estado tenía superávit fiscal las obras mas o menos avanzaban. Cuando el Estado entró en déficit empezó a retraerse la inversión privada. Pocos querían asumir el riesgo de invertir cuando quien debía “repagar” las inversiones (el Estado) no tenía plata para hacerlo. Por eso al Estado Nacional le cuesta tanto terminar las obras iniciadas o encarar nuevas, bajo este esquema.

Esto generó que cada vez más las inversiones las tuviera que hacer el Estado, aumentando el impacto del sector energético en las cuentas públicas. Pasamos de tener un superávit fiscal de casi 4 puntos del PBI a un déficit de casi 4 puntos, con un PBI que se incrementó. El impacto sobre las cuentas públicas de la generalización de los subsidios fue y es enorme.

La falacia de los subsidios

Cuando se calcula la presión “fiscal” del Estado y nos quejamos que siendo muy alta recibimos pocos servicios a cambio, debemos tener en cuenta el impacto de los subsidios. Otros Estados tienen una presión muy alta pero prestan buenos servicios de educación o salud. Los Estados que tienen una presión fiscal parecida a la nuestra no gastan tanta plata en subsidios, por eso se “nota” la mejora en otros sectores. Nuestro Estado quiere abarcar mucho, pero como tiene pocos recursos no termina haciendo bien casi nada, va tapando agujeros en la medida que se le presentan los inconvenientes, pero por falta de recursos nunca termina de resolver ningún problema.

Si los subsidios fueran la base de la competitividad de nuestra economía, como sostiene el gobierno, cuanto mas altos son los subsidios mejor nos debería ir. La evidencia demuestra exactamente lo contrario.

La automotrices no despiden o suspenden personal por los costos energéticos, lo hacen porque no tienen demanda. Batimos récords de patentamientos pero cada vez producimos menos autos localmente. Los locales comerciales que cierran en todo el país no lo hacen porque la energía es cara, lo hacen porque la gente cada vez consume menos.

Como no hay plata para cubrir los gastos del Estado, el gobierno cubre la diferencia con emisión monetaria. Esa mayor oferta de pesos (no convalidada por la demanda) hace que nuestra moneda pierda valor. El Estado nos da plata por un lado (subsidios) pero no las quita por el otro (inflación). En definitiva nos quita más de lo que nos da. Con el agravante que la mayoría de los subsidios lo reciben quienes mas consumen y el perjuicio de la inflación lo padecen en mayor medida los sectores de menores ingresos.

Hoy la inflación le quita poder de compra al mercado interno, encarece nuestras exportaciones, y ante la falta de demanda las empresas no invierten. La inflación en estos niveles reduce la demanda agregada efectiva.

Los sectores de bajos recursos consumen “poca energía” y “muchos alimentos”. ¿De qué les sirve que se les cobre poco por lo que consumen poco (energía), si el costo es que deben pagar mas caro su principal consumo (alimentos)?. El efecto no es neutro, quienes menos tienen salen perdiendo. Por eso donde mas cae el consumo es en las franjas de menores ingresos.

Esta política energética le está saliendo muy cara a la economía, más allá que las tarifas nominales sean bajas. Cambiar este esquema no va en detrimento de nuestras posibilidades de crecimiento, muy por el contrario, las potenciará. Sacarle subsidios a quienes no lo necesitan, reducirá la inflación que afecta a quienes mas necesitan de un Estado INTELIGENTE.

 

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