Una “Madama” Incapaz
Enrique G. Avogadro
Abogado.


"Mis metas en la vida siempre fueron ser un pianista en un prostíbulo o ser político. ¡Y para decir la verdad,  no existe gran diferencia entre las dos!" Harry S. Truman
 
Cuando mi abuelo describía una situación totalmente desordenada, siempre decía “un prostíbulo (en verdad, usaba otra palabra) sin madama” ya que, cuando ésta estaba presente, todo era prolijo y eficiente. La Presidente, como patrona de este desquicio, se ha mostrado, al menos, ineficaz en su elección del equipo a quien ha encomendado la pública conducción del país y, sobre todo, de su economía.
 
El absurdo cachivache en que doña Cristina y su nuevo valido, el Bambino Kiciloff, secundado curiosamente por el ridículo Coqui Capitanich, han convertido a ese esencial sector, continúa deteriorándose al ritmo de la caída de las reservas –US$ 2.500 millones en enero- y de la ya imparable inflación. Haber encargado la trascendente tarea a un joven que jamás ha trabajado y cuyos lauros académicos se reducen a estudios sobre marxismo, convierte a la viuda de Kirchner, más allá de su genocida e impune corrupción, en una verdadera “patricida”; sin dudas, pasará a la historia, con su fallecido marido, por haber batido todos los records en materia de latrocinios y por haber desperdiciado la mejor oportunidad internacional en casi un siglo.
 
El viento de cola está cambiando rápidamente de cuadrante y, en algún tiempo, soplará de frente y es probable que la mala praxis –por ignorancia, ideología y voluntad de daño- del matrimonio imperial nuevamente contagie a otras latitudes con el “efecto Tango”. Las inversiones extranjeras directas, que tan beneficiosas han resultado para países con conducciones políticas tan disímiles como Ecuador, México, Chile, Uruguay, Paraguay, Colombia y hasta Brasil, llenando sus arcas de dólares, permitiéndoles desarrollar su infraestructura por la vía de endeudamiento barato y a larguísimos plazos, y contar con herramientas contracíclicas para los malos tiempos, obviamente brillan aquí por su ausencia; las duras notas publicadas estos días en todos los medios del mundo sobre la administración de doña Cristina actuarán como elementos disuasivos aún para los más propensos al riesgo.
 
Debemos mucho al Club de Paris, y la payasada del viaje del Bambino no destrabó una situación que lleva más de doce años. Pero, además, tampoco hemos conseguido cerrar con Repsol la forma de pago de la indemnización por la confiscación del 51% de YPF; la compañía pide, para arreglar, que el Banco Central garantice la deuda con reservas o que se efectúe con bonos de la deuda soberana española, que también requeriría un desembolso imposible. Así las cosas, ni siquiera los gigantescos esfuerzos del Mago Galucchio podrán resultar en inversiones reales para la petrolera nacional; sólo Chevron prometió poner sus inmovilizadas ganancias, con leoninas garantías, a cambio del levantamiento del embargo que pesaba sobre sus cuentas por un fallo de Ecuador. La razón es muy simple: Repsol amenaza con demandar a quien invierta en el país antes de que su propio entuerto esté solucionado.
 
El pseudo equipo económico se ha transformado en motivo de risa y preocupación generalizadas en el mundo, por la falta de un plan coherente y, sobre todo, por la adopción de permanentes medidas, aisladas y contradictorias, que son dejadas de lado inmediatamente. La ciudadanía ha comenzado a preguntarse si lo que está pasando no formará parte de un proyecto de intencionada destrucción, al estilo de Hitler ordenando a sus generales incendiar Paris. Porque, debemos coincidir, resulta harto difícil explicar qué se hace y, especialmente, por qué, y eso tiene su reflejo directo en la confianza en la conducción política y en las expectativas de la población, que reacciona huyendo del peso y refugiándose, cuando puede, en el dólar.
 
Ni los “precios cuidados”, ni la represión policial ni el análisis de costos, rubro por rubro, que el Gobierno promete hacer sobre cada uno de los infinitos procesos e insumos que componen cada producto terminado, funcionarán esta vez, como nunca lo han hecho en el pasado. Tal como dijera Einstein en su famosa frase, “pretender, haciendo lo mismo, obtener resultados diferentes, es un síntoma claro de locura”. Cuando, hace más de un año, dije que la inflación llegaría en 2013 al terrible 30%, muchos dudaron; pronostico para este año un piso del 40%. En la medida en que ese flagelo golpeará, como siempre, a los más pobres y que, en estas condiciones, el Gobierno no podrá sostener un aumento similar en los planes sociales y en los salarios, también es fácil predecir enormes conmociones sociales.
 
Ahora bien, y a riesgo de caer en la reiteración, me pregunto: si el ajuste en el gasto público, en la emisión y en las tarifas ya resulta inevitable, ¿es bueno esperar, cualquiera sea el costo, que la crisis terminal le estalle en las manos a la Presidente, aunque eso signifique mayor miseria para muchos argentinos o, por el contrario, sería mejor destituir constitucionalmente al Gobierno ya mismo y perseguir, con la ley en la mano, a los corruptos? Los políticos que aspiran a sucederla son cobardes y profundamente remisos a hacerse cargo ahora de la nave gubernamental, por los riesgos que ello implica, pero esperar hasta 2015 hará que lo que encuentren entonces será muchísimo peor que lo actual y las herramientas de las que dispondrán para enfrentar la situación serán muchos menos poderosas.
 
A mi modesto entender, sería mucho más útil para el futuro de la nación que ya mismo asumiera un gobierno capaz de plantarse frente al mundo, con instrumentos capaces de generar confianza, y accediera a los mercados de capitales antes que el viento termine de bornear y se ponga de proa a los países emergentes. No es necesario inventar nada, pues ya lo han hecho varios vecinos que, ante drásticos cambios de signo político en su conducción, pusieron en marcha medidas que les permitieron conservar la mirada global favorable a sus economías; me refiero, otra vez, a Chile, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Perú y Brasil.
 
Es decir, lo urgente es recuperar la seguridad jurídica, traducida en el irrestricto respeto a la ley y a los contratos, puesto que con ella todo será posible y, sin ella, nada lo será. Cuando ésta exista, hasta nosotros mismos miraremos a la Argentina con la vista puesta en sus inmensos recursos y en su capacidad de crear futuro para todos sus habitantes, y volverán nuestros enormes ahorros que hoy se encuentran en colchones y en cuentas en el extranjero.
 
En cambio, si continuamos en esta senda de decadencia generalizada (moral, social, política, institucional), el país dejará de merecer su misma existencia. Las generaciones venideras nos exigen asumir con coraje y con honestidad la pesadísima tarea de la reconstrucción de una sociedad crispada y enfrentada y de una nación a la que, hace menos de cien años, el mundo entero imaginaba entre las primeras del globo.
 
La ciudadanía, con estos reclamos unificados, ha comenzado a convocarse para el jueves 13 de marzo, en Plaza de Mayo y en todas las ciudades del país, con la esperanza de que los opositores, finalmente, se pongan los pantalones, asuman los riesgos y dejen de jugar con el futuro común.
 

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