CFK, Kicillof y Capitanich en busca de emparchar el relato
Hugo Grimaldi


  BUENOS AIRES, feb 15 (DyN) - “Bienvenidos a la Argentina: la inflación existe”. El viajero que salió del país hace un par de semanas y que ahora regresa y se encuentra con que los precios han subido 3,7% promedio en enero, no puede dejar de prestarle atención al cartel con luces de neón que ha instalado a la salida del aeropuerto el mismo Gobierno que denigró a quienes afirmaban que los precios no paraban y que el deterioro del salario empobrecía cada vez más a la gente.

 Y la cosa ha sido mucho peor para el mundo K, que solía refutar a quienes denunciaban desde hace mucho tiempo esa peligrosa escalada y las incoherencias del modelo. Quienes estuvieron presentes en la conferencia de prensa en la que el ministro de Economía anunció el nuevo índice el jueves pasado, señalan que el microcine del Palacio de Hacienda, que estaba copado por militantes, estalló en un aplauso cuando se oyó el anunció, casi como si fuese un acto reflejo de obsecuencia que no midió la gravedad de lo que allí se decía. 


  Cuentan los testigos que cuando se dieron cuenta que no había nada que aplaudir, los presentes, la mayoría empleados públicos muy jóvenes se fueron consternados: “¿no es mucho 3,7%?”, se pellizcaban.

  Seguramente, ellos y muchos otros kirchneristas de buena fe se han quedado pensando si todo el resto no será también un cuento. “En boca de mentiroso, lo cierto se hace dudoso”, suelen decir quienes han sido engañados, cuando el timador vuelve a intentar seducirlos con sus cantos de sirena.

  Si bien el fondo de la estrategia política es hacer ahora mismo todos los ajustes para que el kirchnerismo tenga alguna chance de seguir en 2015, cambiar la imagen de estafador compulsivo ante los propios se ha convertido en la gran obsesión del Gobierno: cómo no perder más adherentes que se alejan presa del desencanto y cómo alinear a la militancia detrás de un nuevo discurso son sus metas.

  De allí, que los nervios generalizados y cada día nuevas contradicciones estén a flor de labios, mientras se busca emparchar el relato a como diere lugar. Sin embargo, como para recuperar la credibilidad se ha elegido el recurso fácil de la victimización permanente, al Gobierno le cuesta mucho más conseguir la sintonía, ya que Axel Kicillof irrita y Jorge Capitanich desconcierta. En tanto, Cristina Fernández de Kirchner preocupa.

   Sus cadenas nacionales para mostrarle unidad a la tropa, que además propone extender hasta que los medios no oficialistas den a conocer obligatoriamente la obra de gobierno, sus llamamientos al control popular de precios y su compulsión por no aceptar lo que la realidad manda y buscarle la vuelta al discurso para no hacerse cargo de nada, muestran un desborde inusitado en la Presidenta. 

 ¿Qué le pasa a Cristina que se sale de madre con tanta facilidad? se preguntan tanto los opositores como muchos honestos defensores de la “década ganada” que tienen la guardia baja porque recién ahora se han dado cuenta que no todo es oro lo que reluce. Pero, además, les llama la atención cómo una mujer para muchos tan brillante en lo discursivo, objetivamente con tanta experiencia y tan acostumbrada a interactuar en política sea capaz de avalar y muchos sospechan de alentar, un atajo tan débil que ya se ha demostrado ineficiente, como es siempre echarle la culpa a los demás.

 En ese sentido, el Plan “Precios Cuidados” tiene un costado que habrá que atender desde lo acusatorio porque, más allá de las multas que se ponen a los supermercados sobre todo por los faltantes que provoca el mismo desplazamiento de la demanda, debido a la diferencia que hay entre precios y porque no se puede reponer de inmediato la mercadería que la gente se lleva primero, la Presidenta arenga a la militancia y la inflama con el dedo dirigido hacia la maldad empresaria para que salga a la calle a controlar.

  Si bien no es una organización probadamente kirchnerista, Quebracho ha hecho punta en una estación de servicio Shell, mientras que el viernes fueron los K de “Descamisados” los que escracharon a un supermercado Disco en Congreso por faltantes en sus góndolas. Tras el apriete y cuando pudieron decir que habían logrado la reposición, los militantes se fueron, aunque no repararon que la mercadería había sido traída de otro local. 


  Hasta ahora, no ha habido incidentes y todo parece más folclórico que otra cosa, pero nadie sabe si algún loquito no querrá excederse y entonces habrá que ver de qué se disfrazan las autoridades a la hora de endosar las culpas. La gran polémica está en determinar quién es el responsable de las subas de precios: por ahora, las encuestas señalan la avidez de los comerciantes y de eso se vale el Gobierno para cacarear.

   No obstante, pese a que niega todo con las palabras, con la difusión del nuevo índice en los hechos se admitió la inflación, aunque los expertos quieren hacer un seguimiento en los próximos meses para saber si hay voluntad de hacer buena letra. Algunos piensan que cuando haya que decir que el cuidado de los precios ha tenido éxito podría volverse a las andadas.

  Pero, blanquear el salto inflacionario no sido todo. También el Gobierno ha devaluado, estudia bajar los subsidios para que aumenten las tarifas, sigue con una presión tributaria récord, mientras ha subido las tasas de interés y absorbió pesos, todas recetas monetarias que van a impactar contra el costo del crédito, la calidad de las carteras de los bancos y el nivel de actividad. En tanto, ya ha advertido que las paritarias tienen que negociarse alrededor de 25% y han abierto grietas con muchos gremios.

   Todas estas condicionalidades que las autoridades eligieron ejecutar de ‘motu proprio’ para salir del atolladero al que lo llevó el populismo consumista, lo han dejado a la intemperie, porque su soberbia de verdad de revelada que siempre desechó mesas de diálogo y mirar al mundo que crece sin estos problemas le restó aliados aquí y en el exterior y a cada medida que toma se lo corre desde todos los costados,  pero sobre todo por izquierda: “ni el FMI podría haberlo hecho mejor”, le dicen. 


   Desde el otro ángulo, un más que desconcertado Kicillof se queja que quienes lo refutan por derecha “no piden un plan, sino la baja del gasto” y puntualmente sobre las tarifas explicó que con “la modificación mínima de un peso de las tarifas de los colectivos, primero, la pedían a gritos y después cuando se aplicó dijeron que era inflacionario, regresivo. Si eliminamos los subsidios después no se van a hacer cargo. Lo único que persiguen es criticar al Gobierno”, refirió. El ministro les ha pedido, entonces, que se hagan cargo de que él les haya hecho caso.

   Este simple ejemplo marca cómo el Gobierno quiere hacer creer que ninguna de las decisiones enumeradas fue tomada por deseo propio, sino que ha quedado condicionado por difusos planes golpistas o desestabilizadores de mafias empresarias que remarcan precios o financieras que desde las cuevas hacen subir el dólar.

  Ante tamaño dislate, que también han expresado otros funcionarios, los intelectuales K y algunos militantes que aún lo repiten porque subyace en los discursos presidenciales, hay que decir que el argumento es una muestra de debilidad asombrosa de un gobierno que comunica casi de modo irresponsable que ha perdido el dominio de la situación.

  Tampoco le ha ido bien a Capitanich con sus conferencias de prensa, ya que  ha tenido algunos resbalones, como decir el jueves que los índices de inflación de las consultoras privadas eran un “mamarracho” y luego, cuando quedó en claro que lo que difundió el Congreso estaba bastante en línea con la tasa de inflación que convalidó el INDEC, que era un “recontra mamarracho” porque los diputados opositores promediaban los relevamientos individuales.

  O recordar la “división de poderes” porque la Corte falló como no le gustó al Gobierno ordenando que se utilicen “criterios de equidad y razonabilidad”, tal como lo indica la Ley de Medios, para asignar la publicidad oficial o criticando a los “medios opositores” por hacer “ocultamiento manifiesto y muchas veces doloso de la información”. 


  Salvo su enriedo personal sobre el virrey Cisneros y la no asignación de publicidad a La Gaceta de Mariano Moreno, los argumentos del último miércoles por la mañana del Jefe de Gabinete fueron los mismos, casi uno por uno, que luego por la noche tocó Cristina en su discurso en la Casa Rosada, como si la reunión en Olivos de la noche anterior hubiera servido para ajustar conceptos comunes, lo cual no es malo sino que muestra coherencia en la letra, aunque lo que parecen endebles son los compases de la melodía que, por demasiado repetitivos, como sacarse la responsabilidad de encima, por previsibles, ya no convencen.

  En otra muestra de línea común, en la presentación del jueves ya Kicillof había hablado de la “campaña furiosa fogoneada por los medios” y de lo mucho que hacen “equivocar a la gente” los analistas, mientras que el viernes, por radio insistió en lo de las “equivocaciones”: “me estuve concentrando mucho en ver qué es lo querían. Van por la reducción del gasto público que es el plan que aplicó la derecha en la Argentina”, dijo.

  “Estoy dispuesto a discutir en serio. Que digan qué partidas quieren bajar del gasto público. Que sean consistentes y que no usen tecnicismos ni medias palabras”, pidió “encarecidamente”, aunque chicaneó a los eventuales contendores con un “qué digan si quieren que los jubilados dejen de cobrar o bajarle las jubilaciones (sic)… o si les molesta la Asignación Universal por Hijo (AUH) que no le mientan a la gente, que lo digan con todas las letras”, fustigó. 

  En esa línea, la Presidenta dijo en El Calafate que “a los que se están equivocando los vamos a llamar para que se dejen se equivocar, porque cuando se equivocan le hacen mucho mal a los argentinos”, en la frase que más dio que hablar, por lo aparentemente críptica, de su último discurso.

  Pero, si todo parece coherente puertas para adentro, aún falta un sacudón más para la militancia. Después de haber desfondado la ANSeS, rascado las ollas del PAMI, la Lotería y el Banco Nación y quemado las reservas, el problema será cómo explicarle con cierto tono de gravedad que la política de desendeudamiento no existe más, que ahora es bueno tomar préstamos porque la Argentina tuvo que sucumbir a su pesar ante los designios de quien sabe qué superhéroe de historietas y que el Fondo Monetario llegará para auditarnos, pero que aprendió la lección y ahora es bueno.

  Como suele decir Kicillof: “ésto no es hablar de inflación, sino de calidad de vida de los argentinos”. Deplorable final para una miniserie que está por terminar su 11° temporada y que ha significado una irreparable pérdida de tiempo. 
 

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