La moral desconocida
Juan Jacobs
Coordinador, Departamento de Filosofía, Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


Independientemente de la postura que uno pueda tener, más a menudo nos vemos en medio de la eterna discusión que existe entre quienes apoyan un sistema político económico basado en las libertades individuales y de libre mercado, y quienes ven con buenos ojos un sistema basado en el colectivismo o populismo. En general, el debate se desarrolla en torno a los resultados que han dado ambos sistemas a lo largo de la historia. Hay otro enfoque posible para abordar este tema y que no se tiene en cuenta habitualmente: el enfoque moral. Teniendo en cuenta el lado moral de la cuestión, las ideas tendientes a la libertad no deberían ser defendidas desde los grandes resultados que han conseguido, sino porque son moralmente correctas. Es necesario enfrentar el código moral altruista y la batalla debe librarse en la base sobre la que se ha erigido dicho código: la idea del autosacrificio como la mayor de las virtudes. El autosacrificio fue definido por Ayn Rand con el precepto que dice que todo hombre tiene que servir a otro para poder justificar su propia existencia. El código moral del autosacrificio lleva en sí mismo una constante contradicción y termina indefectiblemente con la destrucción del hombre como individuo único, creativo y racional; transformándolo en un mero factor de la producción, una suerte de recurso natural para ser explotado por otros hombres en nombre del conjunto de los habitantes de un territorio. Si bien suena descabellado, es en mayor o menor medida la creencia dominante en el mundo actual, pues hasta la aparición de Rand con su objetivismo, el capitalismo nunca había tenido una base filosófica donde apoyarse. Siglos de moral altruista incontrastada han hecho mella en la percepción de los individuos. De esta forma la riqueza y el éxito conseguidos por otros son vistos como un motivo para la suspicacia o envidia, en lugar de ser fuente de inspiración para perseguir nuevas metas propias. Este fenómeno está particularmente arraigado en la población argentina, donde una persona que no ha tenido éxito en sus proyectos personales, siempre parece encontrarse moralmente un escalón más arriba que alguien exitoso. Podemos remontarnos a las masivas protestas en contra del gobierno kirchnerista del 8 de noviembre de 2012 y encontraremos varias muestras de esto: las organizaciones que promovían la convocatoria solicitaron a los manifestantes asistir a la marcha vestidos con zapatillas y pantalón de jean, no con ropa de trabajo, ello bajo el pretexto de no ser calificados como “ricos” u “oligarcas” por los referentes del gobierno y sus militantes (cosa que ocurrió de todas formas). La protesta ocupó gran parte del horario central en los noticieros aquel 8 de noviembre, y pudo verse a una manifestante anónima aclarando que ella “no era una bien vestida” y que odiaba que le dijeran tal cosa. La misma idea también estuvo representada en innumerables carteles que parecían querer justificar la legitimidad de la protesta con la falta de recursos económicos. Las cámaras de las señales opositoras se peleaban por tomar imágenes de gente humilde, las de las señales oficialistas por tomar imágenes de gente bien vestida. Los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner han profundizado esta forma de pensar que viene de larga data y lo han hecho con el objetivo de polarizar a la sociedad en pos de acumular poder y caudal electoral. Ahora, en lo que parece ser el ocaso del régimen kirchnerista en Argentina, las alternativas en la sucesión no lucen muy alentadoras en lo que respecta a libertad económica y respeto de los derechos individuales (ningún candidato hizo hincapié en estos temas durante la campaña para las elecciones legislativas del año 2013). Esto no es exclusiva culpa de los partidos políticos o de los candidatos que presentan. Los políticos (al menos los que aspiran a ganar elecciones) simplemente le dan a la sociedad lo que perciben que reclama, y la sociedad argentina, que por vergüenza necesita esconder a quien tiene trabajo y puede vivir de su esfuerzo, mucho menos reclamará en voz alta lo que internamente desea: que la bota del estado deje de pisar su cabeza, poder disfrutar del producto de su trabajo libremente y no tener que sentir culpa al hacerlo. Uno podría pensar que en las elecciones de 2013, con la dura derrota oficialista se ha dado el golpe de gracia a un régimen que pretende eternizarse en el poder, sin embargo, la batalla más importante está muy cerca de perderse. Es la batalla contra el código moral altruista que trae consigo el atraso, la improductividad y la miseria. En todas las universidades y colegios los alumnos se empapan de esta falsa moral, muchos sentirán que algo no está bien, que no encaja con su naturaleza racional, sin embargo, no encontrarán las palabras para expresarlo o estas estarán selladas por la culpa de querer algo más grande para sí mismo. Esas palabras tal vez lleguen a ese joven de mente inquieta en el improbable caso de que se tope con algún ejemplar de la obra de Rand, pero la gran mayoría nunca las encontrará, pues el sistema educativo no se las va a facilitar a sabiendas que es mucho más fácil gobernar a un pueblo dócil que a uno indómito. Si los argentinos desean ser un pueblo próspero no basta con cambiar leyes o gobiernos, sino que es necesario un cambio radical en la educación. Educar a nuestros jóvenes para que recuerden que sus derechos individuales son preexistenes y no otorgados por el estado; que la Constitución Nacional es un instrumento para que el pueblo controle al gobierno y no al revés; que no pueden existir acciones prohibidas a un individuo pero permitidas a una muchedumbre y que jamás, bajo ninguna circunstancia, pueden exigir a otro individuo que sacrifique el producto de su vida para complacer los deseos ajenos. Es un objetivo a largo plazo, pero es posible que con mucho trabajo la gente vuelva a descubrir que su único deber moral es para consigo mismo, y que todo el bien que pueda hacerle a otra persona debe nacer de su conciencia y de su propia satisfacción en hacerlo.
 

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