LA CARUJADA, a doscientos años de la Independencia Hispanoamericana
Carlos Goedder
Carlos Goedder es el seudónimo de un escritor venezolano nacido en Caracas, Venezuela, en 1975. El heterónimo de Carlos Goedder fue alumbrado en 1999 (un juego de palabras con el nombre de pila correspondiente al autor y el apellido de Goethe, a quien leyó con fruición en ese año. La combinación de nombre algo debe también a la del director orquestal Carlos Kleiber).


Las luces y sombras del proceso independentista hispanoamericano se pueden abordar no sólo desde la historia, sino desde la narrativa y en tal sentido es afortunada la novela “La Carujada” de Denzil Romero (1990)

Al profesor Ramiro Molina R., el lector más completo de Denzil Romero

Asistimos al bicentenario del movimiento independentista de las colonias españolas en América.  Al menos hasta el 9 de diciembre de 2024, bicentenario de la Batalla de Ayacucho, tendremos efemérides que conmemorar. Los políticos populistas y regímenes de corte militarista en la región aprovecharán las fechas para presentarse como sucesores de los próceres independentistas. No obstante, hay la esperanza de que historiadores, escritores, artistas plásticos, sociólogos y economistas relean ese turbulento período, del cual seguramente se desprenden también varias de las desgracias que siguen aquejando a los pueblos hispanoamericanos.
Ineludible es decir que los países libertados por Simón Bolívar y José de San Martín, los dos grandes Libertadores suramericanos, han atravesado por una historia turbulenta desde su independencia y hoy mismo, con la posible excepción parcial de Chile, siguen aquejados de terribles problemas institucionales: gobiernos incapaces de garantizar servicios públicos decentes, inequidad social con el mal reparto de la riqueza, volatilidad política, débiles sistemas educativos, criminalidad elevada, un cuadro que rápidamente motiva al desconsuelo y la sorpresa, por más que se ponderen las posibilidades de las naciones hispanoamericanas favorablemente por su población joven, riqueza de recursos naturales y retroceso de tendencias totalitarias tan abundantes en el Siglo XX. No obstante, las instituciones de la democracia y la libertad han florecido débilmente en estos países, donde persisten problemas de guerra civil, pobreza  e incertidumbres considerables. No se puede observar sino tímidos brotes de desarrollo en las ciencias y la tecnología en tales naciones. No menos importante, sus políticas sociales aún están plagadas de corrupción administrativa, miopía y exclusión. 
Es ineludible preguntarnos si además de las instituciones coloniales españolas, el proceso independentista sumó problemas a estas jóvenes naciones. Nadie desconoce los problemas de la colonia española: un sistema de castas que perdura hoy en las estratificadas sociedades suramericanas; la Inquisición, donde el oscurantismo se vio apoyado por la religión oficial; la ausencia de libertades económicas, debilitando las posibilidades de las colonias para comerciar entre ellas e industrializarse; la exclusión de indígenas y esclavos negros, grupos étnicos quienes siguen siendo los más afectados por la dolorosa pobreza latinoamericana; el modelo absolutista de poder político, limitando la formación de los americanos criollos para asumir los negocios públicos; impuestos irracionales; énfasis en una economía extractiva de minerales, heredada por los modelos rentistas contemporáneos de exportadores petroleros y de metales preciosos en la región; escaso desarrollo del pensamiento y la actividad científica. En fin, todo esto proviene de las instituciones españolas coloniales. 
No obstante, la Independencia, por más que consiguiese implantar el modelo republicano con casi un siglo de anticipación respecto a España, mantuvo vivos varios de estos problemas y sumó otros. El principal de ellos, el caudillismo militar, dejando a las naciones hispanoamericanas sometidas a guerras civiles propiciadas por cuanto guerrero o aventurero apareciese.  La historia del Siglo XIX y primera mitad del Siglo XX hispanoamericano es esencialmente una historia de generalotes y jefes supremos combatiendo entre ellos y desangrando a sus países, debilitando las instituciones civiles de control político y la economía privada. Desde el primer momento de la Independencia, los militares que combatieron contra la monarquía española se consideraron como los legítimos herederos del poder político. El militarismo ha convulsionado, incluso hasta el Siglo XXI con el chavismo y la Revolución Cubana, a las sociedades latinoamericanas. Adicionalmente, la Independencia mantuvo vivas varias instituciones españolas, incluyendo la esclavitud y perpetuando nulos avances en política social – educación, igualdad legal, acceso a la propiedad, democratización del voto-. Esto sin contar el estrago económico de las naciones, especialmente las andinas libertadas por Bolívar, con la devastación generada por la Guerra de Independencia. 
Los personajes y hechos de esa guerra independentista siguen envueltos en contradicciones e interpretaciones disímiles. En las cartas y proclamas de un personaje clave como El Libertador Simón Bolívar se pueden encontrar evidencias y referencias para exponerlo como un hombre sin ambiciones políticas, paladín de la libertad y progresista social, como también se le puede interpretar como un personaje proclive al militarismo, el poder absoluto y desesperanzado respecto a la democracia. Si hay un personaje complicado, difícil de estudiar, es Simón Bolívar. No se trata de ausencia de documentos. Por el contrario, el problema es entender su volatilidad de temperamento en materia política. Indudablemente un punto de quiebre de su gesta es el final de la Guerra de Independencia en 1824. A partir de allí, en lugar de El Libertador, aparece el Dictador. Desde 1825 Bolívar plantea su propio modelo constitucional para Bolivia, nación creada en su homenaje en el Alto Perú. En este documento se lee el intento de implantar una monarquía parlamentaria, con todo y Cámara de Lores en forma de Senado, añadiendo cosas tan asimilables a la Censura como el Poder Moral. Los años finales de Bolívar, hasta su amarga muerte en Santa Marta (Colombia) fueron el empeño por implantar este modelo en la Gran Colombia (asociación de Venezuela, la actual Colombia – entonces Nueva Granada- y Ecuador). La desconfianza de Bolívar hacia el federalismo y la democracia (la “pardocracia” como la llamaba) impera en su gestión como Dictador.  Muchos ven en su proyecto un intento de implantar el modelo napoleónico en la América Hispana, consolidando un Imperio, incluso bajo la figura monárquica del propio Bolívar. 
No obstante, es plausible ver esta etapa final de Bolívar como un intento desesperado por evitar el caos y la anarquía en las naciones recién liberadas de España. El Libertador parece anticipar desde 1822 las guerras civiles, tiranías y caos de la naciente América Hispana Republicana. Su desconfianza tenía sustento. Entre sus compañeros de armas como Páez, Santander y Flores no abundaba precisamente el desprendimiento del mando o las prebendas económicas. Ya desde los tiempos de Gran Colombia hubo corrupción notable con la deuda externa que adquirió la República bajo gestiones del Vicepresidente Francisco de Paula Santander y que conducirían a la bancarrota (“default”) de Gran Colombia en 1826. Por otra parte, ciertos historiadores aportan evidencia documental donde Santander figura como el defensor de las Leyes, el Federalismo y el Poder Civil frente al Militarismo Venezolano impulsado por Bolívar y Páez. 
Desenmarañar este enredo es algo necesario para entender la Independencia y el Nacimiento de las Repúblicas  ¿Fue Santander simplemente un hipócrita que bajo el argumento legalista quiso convertirse en el mandamás de Gran Colombia? ¿Fue Páez simplemente un sedicioso? ¿Fue Bolívar un émulo de Napoleón en la América? Estas son cuestiones difíciles y hay evidencia a favor y en contra. Si algo ha ayudado a dirimir estos problemas es el contraste entre la ambición material y miopía intelectual tanto de Santander como de Páez, contra las grandes miras continentales de Bolívar, su desprendimiento y su talante como hombre de mundo (ni Santander ni Páez habían salido de sus terruños hasta los años finales de su vida y lo primero que hicieron fue ponerse en las mejores haciendas de sus países como premio a sus esfuerzos militares). 

En medio de esta confusión, me he encontrado con una novela que lamentablemente sólo se encuentra en el mercado de libros usados (a alto precio) y que haría bien Editorial Planeta en reeditar. Se trata de un libro del gran escritor venezolano Denzil Romero (1938-1999), La Carujada (Editorial Planeta, 1990). Romero ha sido evocado como un escritor de novela erótica, especialmente con su triunfo en el premio “La Sonrisa Vertical” de Tusquest Editores con La Esposa del Dr. Thorne, donde mostraba el lado sensual y concupiscente de Bolívar y su amante quiteña, Manuela Sáenz. No obstante, su narrativa es mucho más que eso y sus perfiles biográficos, especialmente su serie inconclusa de cinco libros sobre Francisco de Miranda, el Precursor de la Independencia, están llenos de un disciplinado trabajo histórico. 

La Carujada fue un proyecto literario sobre Pedro Carujo (1801-1836), también nacido en el Oriente Venezolano como Romero. Carujo intentó asesinar a Bolívar en la conspiración del 25 de septiembre de 1828 y no contento con esto dio el Golpe de Estado contra el segundo Presidente Constitucional venezolano, el médico José María Vargas, el 8 de julio de 1835. Es el perfecto truhán en la historia oficial y la educación secundaria venezolana. 

Un ejemplo de la vileza con que se pinta a Carujo es la magnífica novela Las Cuatro Estaciones de Manuela de Victor W. Von Hagen (1908-1985), publicada originalmente en idioma inglés (Von Hagen era estadounidense) en 1952. Empleo una edición de la argentina Editorial Sudamericana (Traducción de Ramón Ulía, Junio de 2001). Este autor habla de Carujo en estos términos, cuando reseña el atentado bogotano a Bolívar en 1828: “…El comandante Carujo, lleno de resentimientos contra todo aquel que medía más de metro y medio, dio un puntapié a la postrada Manuela [Sáenz]. (…) El comandante Carujo levantó su pistola y disparó a un paso derechamente al rostro del irlandés [Fergusson, edecán de Bolívar].” (p. 251)  Se trata, en suma, de un monstruo, que golpea a mujeres indefensas y dispara a traición a un compañero de armas. 

En 1990 dos escritores abordaron a Carujo, empleando fuentes históricas comunes. Además de Romero, el historiador y cronista de Puerto Cabello (ciudad venezolana), Asdrúbal González Serven, estudió la figura de Carujo. Romero la noveló. El académico González la biografió en otro libro publicado por Editorial Planeta el mismo año (y que se consigue también en el mercado de usados): El anti-héroe Pedro Carujo. Si bien no tengo este libro del profesor Serven, afortunadamente sí poseo el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar y la entrada sobre Pedro Carujo la hace él. 

De ese comentario biográfico sobre Carujo, extraigo algunas secciones a continuación (La fuente es: VARIOS. Diccionario de Historia de Venezuela. Tomo 1. Caracas: Fundación Polar, Segunda Edición, 1997, p. 711).

“Carujo, Pedro. Barcelona (Edo. Anzoátegui) 1801 – Valencia (Edo. Carabobo) 31.I.1836. Militar, periodista y uno de los jefes de la Revolución de las Reformas de 1835. Hijo del canario José Carujo, oficial realista y de Juana Hernández, venezolana. Recibió una esmerada educación, siendo de los pocos venezolanos de su época que hablaban y escribían el francés y el inglés. Sumado a la causa patriota, formó parte como aspirante, del batallón Orinoco acuartelado en Angostura (1819) (…) Como capitán, se distinguió en la toma de Maracaibo (1823), resultando herido en combate. Pasó entonces a Nueva Granada con el grado de sargento mayor. En Bogotá, estudió matemáticas y geometría analítica (…) y formó parte de los círculos intelectuales agrupados en diversas sociedades literario-filosóficas de la capital neogranadina [Bogotá]; (…) Dio clases de francés e inglés en el Colegio Universitario de San Bartolomé. Escribió en el periódico El Conductor bajo seudónimo (…) Fue ascendido a Comandante y seleccionado por Simón Bolívar para presidir la Escuela Militar que se fundó en Bogotá.” 

Hasta acá, interrumpiendo al historiador, lo que tenemos es el perfil de un joven intelectual que ya está metido en la Guerra Independentista desde antes de los dieciocho años y que tiene descollante talento intelectual, al punto de ser elegido por el propio Bolívar para instaurar una Academia Militar.  Esta primera parte ofrece un panorama de brillante hoja de servicios “tecnocrática” para las armas independentistas. Es la parte que no se cuenta hoy en las Escuelas. Ahora viene lo que sí se cuenta:

“…Figuró entre los principales conjurados involucrados en el atentado del 25 de septiembre de 1828 contra la vida de El Libertador. Aunque tenía pactada su entrega mediante garantía de vida y pasaporte para salir del país a condición de denunciar a sus cómplices, fue apresado el 22 de octubre, encarcelado, juzgado y condenado a muerte. Salvó su vida por el indulto colectivo del Consejo de ministros. Encerrado en la cárcel de Bogotá y luego llevado al castillo de Bocachica en Cartagena, fue trasladado en marzo de 1829 a la fortaleza de El Vigía de Puerto Cabello de donde se fugó (2.VIII.1829). Capturado, fue llevado nuevamente a la fortaleza, donde se le colocó un par de grillos. Con la pluma, libró desde la prisión una verdadera batalla por su libertad: escribió al general José Antonio Páez y otros personeros del régimen (…) Deportado a Curazao a comienzos de junio de 1830, la amnistía general decretada por Páez el 25 del mismo mes le permitió regresar a territorio venezolano. Radicado en Maracaibo, organizó un cuerpo miliciano de mil hombres, con el cual pasó la frontera y expedicionó [sic] sobre Río Hacha, que se había rebelado contra el gobierno del general Rafael Urdaneta.”

Acá hay que hacer una pausa. Si hay algo desmesurado es la historia colombiana entre 1828 y 1830. Tras renunciar Bolívar al poder dictatorial en 1830 y marchar al exilio (para algunos de mentira, para otros de verdad), su lugarteniente, el marabino Rafael Urdaneta (1788-1845) da un golpe de Estado, asumiendo la dictadura y pidiendo el regreso de Bolívar al poder.  Es el primer golpe de Estado en la historia de Colombia y las naciones andinas recién libertadas. La muerte de Bolívar en diciembre de 1830 hizo que Urdaneta finalmente renunciase al mando en 1831. En el ínterin, la Provincia de Río Hacha, en la Guajira colombiana, se declaró en rebeldía contra el golpista y a su apoyo fue Carujo. Abreviando el relato, fue derrotado.  Continuando con el perfil:

“Trasladado a Caracas, se retiró del ejército en 1833. Vocero de un grupo de militares y hacendados reunidos alrededor del general Santiago Mariño, Carujo combatió en las columnas del periódico El Republicano, la candidatura presidencial del doctor José María Vargas, a quien acusa de haber sido «realista y antipatriota».”

Otra pausa necesaria. Carujo primero intenta matar a Bolívar en 1828, precisamente combatiendo la dictadura militarista del insigne venezolano. No obstante, de vuelta a Venezuela, Carujo apoya a un comandante de armas que tuvo relevancia en la Segunda República Venezolana, el también oriental Santiago Mariño (1788-1854), para que dispute el poder al primer civil que asumiría la Presidencia en Venezuela, el médico José María Vargas (1786-1854). Esto es, Carujo pasa de ser antimilitarista a combatir al primer presidente civil que abriría las puertas a un repliegue del poder militar en Venezuela. Este tipo de angustiosas inconsistencias no sólo están en Carujo, sino en todos los próceres independentistas. Su argumento contra Vargas es que se mantuvo alejado de la Guerra Independentista estudiando medicina en Europa. Es inevitable pensar cuántos hispanoamericanos, especialmente en Venezuela y Argentina, usan hoy día iguales argumentos contra sus compatriotas que marcharon al exilio durante los regímenes militaristas y populistas que vienen asolando esos países. Cerrando el perfil de Carujo, González señala:

“En 1835, fue uno de los militares que encabezaron la Revolución de las Reformas dirigida por el general Santiago Mariño, siendo el encargado de apresar al presidente Vargas en su casa (8.VII.1835). La historiografía venezolana ha recogido para la posteridad las frases pronunciadas en esa oportunidad: «Doctor Vargas, el mundo es de los valientes», diría Carujo. «El mundo es del hombre justo», le contestaría el presidente, quien partió exiliado a la isla de Saint Thomas.”

Abreviado el desenlace, Páez emprende la misión militar a favor del gobierno legítimo. Carujo logra algunos triunfos pero finalmente acaba refugiándose en la fortaleza de Puerto Cabello, donde finalmente es herido y capturado. Se le sentencia a muerte, pero fallece a causa de las heridas de combate, antes de ejecutarse la sentencia, el 31 de enero de 1836, con 35 años.

Una vida alucinada. Y esto lo capta la formidable novela de Denzil Romero, indispensable en este bicentenario independentista. Es preciso reeditarla, vale repetir a Editorial Planeta (corrigiendo, eso sí, los abundantes errores tipográficos en la edición de 1990).

Romero hace en la novela sus habituales experimentos de desmesura casi barroca en el lenguaje. Un par de brillantes capítulos es hecho sin puntuación y se leen perfectamente. Desde la celda de su última prisión, Carujo rememora su vida en 579 páginas. Por no perder la costumbre, Romero le atribuye tres hazañas eróticas, pero puede decirse que esta es la menos erótica de las novelas de Romero. Es, por el contrario, un maravilloso experimento de novela histórica. 

Algo magnífico es que Romero se atreve a hacer un ejercicio necesario para la historiografía hispanoamericana: reírse de los próceres, ponerles en situaciones hilarantes que lejos de ridiculizarlos les rescatan su dimensión humana. Uno de los más irreverentes experimentos es colocar al pobre Bolívar que se refugia a la vera de una cloaca bogotana tras huir del atentado septembrino en un estado de pánico ante las ratas del lugar. En una maravillosa escena, que valdría para los alcaldes bogotanos de hoy: Bolívar en su refugio contempla asombrado el desastre de su gobierno  para garantizar algo de urbanidad, confrontado a la orilla llena de inmundicias donde se refugia como hacían y siguen haciendo los mendigos rolos.  Otro capítulo se dedica – y seguramente tiene asidero- a las desgracias y rencores que desde su infancia ocasiona a Carujo la semejanza de su apellido con la grosería castellana “Carajo”, quizás más plausible como motivo de frustraciones que la baja estatura que achaca Von Hagen. 

Fuera de estos experimentos, la novela es un abordaje formidable de los problemas que plantea la Independencia Hispanoamericana. El propio Bolívar y sus angustias ganan terreno en varios capítulos. Al mismo tiempo su enemigo Carujo habla y lo tilda de Tirano. Se trata de un caleidoscopio narrativo que vale también para todas las lecturas que admite el nacimiento republicano de Hispanoamérica. Uno de los momentos más horrendos del relato, documentado con rigor por Romero, es cuando el diputado Juan Pablo Ayala consigue que el Congreso Venezolano ponga precio a la cabeza de Bolívar (dos mil pesos de la época), si El Libertador invade Venezuela para obligarla a sumarse de nuevo a la Gran Colombia, que Venezuela ha abandonado en 1830 (p. 434)

Los pesares finales de Bolívar, que captó el nobel García Márquez (recientemente fallecido) en El General en su Laberinto, aparecen en La Carujada. En uno de los momentos más dolorosos, Bolívar repasa la ruptura de su amistad con el neogranadino Santander, su Vicepresidente hasta 1828, desencuentro letal para el proyecto de integración grancolombiano:

“Ahora piensa en Santander. Diríase que es él la persona sobre la cual más ha reflexionado en los últimos meses y el caso más difícil de sus relaciones con los demás. Que se sepa, ha sido su más copioso corresponsal, aquél a quien mayor número de cartas ha escrito en la vida (…) No puede precisar cuándo se inició la ruptura, pero, como quiera que fuese Santander, se había convertido en su enemigo mortal y el peor de los malos hijos de Colombia. El pundonor, la valentía, el patriotismo y sentido del orden que otrora existiera se le había extinguido. Cada día se envolvía más en una atmósfera de envilecimiento y corrupción…” (p. 362)

No obstante, La Carujada le gana en algo al maravilloso El General en su Laberinto en que no se limita a ofrecer sólo la versión bolivariana. También aparece la lectura alternativa de esa realidad desde la óptica de Carujo, quien lejos de ser un simple aventurero, es un hombre ilustrado.  Romero, colocando como narrador en primera persona a Carujo, lo presenta de este modo: 

“Un hombre como yo que había estudiado en las mejores fuentes de la filosofía liberal y que sólo estaba preparado para vivir en democracia-libertad-y-república, no podía soportar a un tirano.” (p. 21)

Y agrega:

“Era yo el primer antibolivariano de nuestro perro devenir.” (p. 425)

En efecto, a los liberales y demócratas contemporáneos les cuesta asimilar al Bolívar posterior a 1824. Es más, el torpe manejo del chavismo sobre la figura bolivariana ha hecho ver en el militarismo de Chávez-Maduro, su desprecio por las leyes y su impulsividad una secuela del modo en que procedía Bolívar.  

Carujo, por ejemplo, se identifica con su capitán de armas durante la Campaña de Guayana, Manuel Piar, fusilado por Bolívar en 1817. Además de la nota negra de entregar al Precursor Francisco de Miranda (quien a pesar de sus fracasos militares y hedonismo se ha convertido en un héroe liberal), la otra terrible fechoría que achacan los liberales contemporáneos a Bolívar es fusilar a Piar, quien dio un paso decisivo al ganar la Guayana venezolana para la Independencia. Así que Carujo, desde la novela, viene a poner en el tapete los defectos de Bolívar, a quien siempre considera en la obra como tirano. Ni siquiera le otorga el perdón y apología que el propio Páez, una vez obtenida la separación de Venezuela de Gran Colombia, hace de Bolívar, dirigiéndose al Congreso Venezolano en estos términos el 26 de enero de 1833: 

“Acciones grandes, esfuerzos magnánimos, sacrificios continuos, un patriotismo eminente, proezas singulares que forman la historia de este singular caudillo, ya solemnizado por la fama, desmerecerían sometiéndolas a una minuciosa relación (…) El nombre de Bolívar no puede pronunciarse sin admiración y merece todo nuestro respeto…”  (p. 489)

Carujo no llega a esa amnistía. Condena a Bolívar durante toda la novela. De él son estas opiniones, que coinciden con sus escritos. En su autodefensa justifica sus acciones por “El deseo de ser de alguna utilidad a la causa de la libertad.” (p. 312)  Y también se expresa así sobre el atentado de 1828: “El Congreso sabe que los griegos y los romanos, en sus postulados de libertad miraban el tiranicidio como una obligación.” (p. 431) Añade: “Los tiranos acostumbran llamar «rebeldes» a los que no les ayudan a oprimir a la patria.” (p. 301)

La novela rescata el debate de la Convención de Ocaña en 1828 sobre el Federalismo. Las naciones hispanoamericanas se han acostumbrado a que desde la Capital Republicana se manejen sus rentas y asuntos, olvidando las ventajas de un sistema federal donde las regiones tengan más fuerza política y legislativa. Este mismo problema es el meollo del separatismo catalán y vasco que aqueja ahora a España. El maravilloso Capítulo 5 de La Carujada aborda el debate de 1828 sobre el Federalismo, defendido como bandera por Santander y repudiado por Bolívar.  Los argumentos contra la forma federal de 1828 bien podrían esgrimirse hoy día en las naciones andinas: ausencia de educación, frágiles vías de comunicación entre las regiones, escasa densidad poblacional, poca laboriosidad  y virtudes republicanas, caudillismos locales… No obstante, uno de los favorables al federalismo incorpora un argumento valioso para los liberales actuales: “El federalismo es una exigencia lógica de la libertad.” (p. 59).

Carujo no estaba ni con Bolívar ni con Santander. A este último lo acusa declarando irónicamente: “…Las leyes, a las cuales había tomado como excusa o salvaguarda de sus crímenes.” (p. 205) Enlaza con esta tendencia actual venezolana de los “ni-nis”, que no ven méritos ni en el Gobierno ni en la Oposición. Para Carujo Bolívar es un tirano y Santander es un aspirante a tirano. Y proseguirá esta evaluación contra Páez, el otro gran enemigo de Bolívar.  Carujo se define a sí mismo de este modo: “A decir verdad, la política siempre me ha fascinado (…) Diríase que soy un conspirador nato.” (p. 23)

La novela sirve también para considerar el carácter psicopatológico de los protagonistas políticos  hispanoamericanos desde la Independencia. Carujo es presa de una iracundia que le conduce al fracaso en casi todos sus hechos, nublándole el juicio estratégico para asesinar a Bolívar, vencer en Río Hacha o ponderar adecuadamente la astucia de Páez.  Adicionalmente, su vida vale para describir el fracaso de muchos hombres de valía en esta región que se entregan a la política y anulan sus posibilidades republicanas desde otros frentes. Carujo siempre tiene una oportunidad de redención: en Nueva Granada se le estima como un intelectual y se le dan cargos educativos; en Curazao se le da trabajo en una compañía comercial prestigiosa, gracias a su habilidad políglota; en Maracaibo se casa con una noble dama y su suegro le da todo el apoyo para emprender negocios. Carujo desecha todo esto y marcha decidido hacia un destino de rebeldía y autodestrucción, siendo despreciado en su tiempo y cargando con el oprobio magnicida hasta nuestros días.

Si en algo ayuda esta gran novela, La Carujada, es a considerar todo el embrollo que sigue representando la Independencia y cuya inconclusa interpretación sigue pesando sobre unos pueblos que parecen condenados a cien años de soledad y anhelan una segunda oportunidad en La Tierra. 

 

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