La madeja del relato se hace cada vez mas intrincada y aleja a la presidenta de lo que pasa en la ca
Hugo Grimaldi


La diputada ultracristinista Diana Conti acaba de decir en un reportaje en el diario La Nación que el alma la Presidenta “está en paz”. No es eso precisamente lo que trasluce Cristina Fernández en sus intervenciones públicas, casi el único modo que tienen los ciudadanos y los periodistas para verificar su estado emocional. Si la observación subjetiva es finalmente un modo de conjetura, en todo caso la culpa del riesgo que se toma con este tipo de afirmaciones la tiene el propio estilo presidencial, que no permite perforar con preguntas la fachada del relato.

 

  Quizás está muy vulnerable la Presidenta, porque se ha empeñado en la táctica de no decir nada sobre las denuncias de corrupción que apuntan a su esposo, a la matriz de acumulación del kirchnerismo y a sus fieles amigos del Sur. Pero, además, porque la situación económica, producto de las propias distorsiones del modelo, está en serios problemas, mientras que las múltiples peleas a las que ella se obliga, le deja varios y delicados frentes a cubrir: la llamada corporación judicial, el complicado armado electoral y lo que considera la perversidad de los medios, en primera línea.

 

   ¿Es inmune a todo esto Cristina? Por más fuerte que se muestre, hay motivos para sospechar que cada vez le cuesta más serlo. Es lógico que intente disimularlo desde el maquillaje, pero la procesión interior es lo que parece aflorar en sus últimos discursos. Pero además, esa fragilidad se hace más patente porque ninguno de los que salen en defensa de todas esas cuestiones le aporta demasiado a la tranquilidad presidencial.

 

   Al contrario, algunas voces propias, que han perdido autoridad moral para hacerlo, parecen debilitarla aún más, ya que todos los argumentos que usan los lenguaraces de turno terminan en la imposición dogmátíca (cuesta decir autoritaria, para que no suene a comparación, justo un día después de la muerte de Jorge Rafael Videla), que sólo le sirve a los más fieles y alimenta el morbo de los opositores.

 

  En sus apariciones públicas de la semana, sobre todo en la que compartió con el ex presidente de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, la Presidenta se mostró errática, reiterativa, llena de contradicciones, auto referencial y sobre todo, como si estuviera dentro de una burbuja, empeñada en llenar el momento con palabras y sólo con palabras.

 

  Para muestra, casi para el análisis de un sicólogo, basta con esta frase de su discurso: “Y tenemos que lidiar con una realidad que muchas veces no queremos”, afirmó agobiada. Valdría la pena repreguntarle, si tal cosa se pudiera, qué es lo que le pesa más o lo que quiere menos, ¿la realidad o lidiar con ella? Y de la respuesta surgiría que si el rechazo es hacia la “realidad” no sólo ella es quien está en problemas, sino la sociedad toda y si contesta que le pesa el “lidiar” se estaría ratificando la tesis de la saturación.

 

  Nada de todo esto le ocurría antes a la Presidenta, ya que hilaba sus discursos con más hondura intelectual y los expresaba con mejor suerte dialéctica, los enredos no eran tan evidentes, acomodaba mejor el relato a la realidad, mientras que las subestimaciones se le notaban menos, aunque lo más notorio de los últimos tiempos es que, por estar encerrada en su propio mundo, vive un claro divorcio con lo que pasa en la calle, a la que sólo percibe en los actos que le arman con partidarios.

 

   Por lo largo, hubo cierta incomodidad de Lula en aquel discurso del jueves y hasta tedio en parte del auditorio, pero esta situación ya había arrancado un día antes, cuando un par de miles de abogados, jueces y fiscales escucharon al aire libre una exposición muy alambicada sobre la relación que hay entre la Justicia y la inseguridad, la forma que encontró Cristina de darle a las seis leyes de la reforma judicial un sentido que nunca tuvieron.

 

   Esta otra característica del discurso K, intentar vender gato por liebre, quedó más que evidente ese día, a partir de una Presidenta que insistió (también lo había hecho el día anterior) en mezclar peras con manzanas, en medio de sus elucubraciones de alta política.

 

  Aunque justicia y seguridad sean de verdad dos caras de una misma moneda, ¿qué tiene que ver la elección popular de los miembros del Consejo de la Magistratura con los violentos robos del Conurbano? ¿Hasta dónde “democratizar” el acceso al sistema judicial vía sorteos frenará a los traficantes de drogas? ¿Las nuevas Cámaras de Casación, tapones que harán más lenta la administración de Justicia, servirán para darle respuesta a tiempo a los jubilados? ¿Tiene algo que ver la cuasieliminación de las medidas cautelares con los reclamos de justicia que tienen Susana Trimarco, Estela de Carlotto, los familiares de Mariano Ferreyra y Sergio Burnstein, a quienes nombró la Presidenta como emblema, se sospecha que porque son políticamente cercanos, como si no hubiera otros miles en la Argentina que piden lo mismo?

 

   Estos fueron los primeros y pobres argumentos que ella encontró para hablar, después de mucho tiempo sin reconocer la “sensación”, sobre un tema que resistía, aunque está primero en las inquietudes ciudadanas: la inseguridad. Y la cosa quedó más en evidencia porque esas manifestaciones de tardía preocupación se dieron casi en simultáneo con el fallo del juicio que condenó a quienes robaron, atacaron y mataron a Isidro, el bebé de Carolina Píparo, a 25 años de reclusión, situación que buena parte de la sociedad había seguido (y celebrado) muy de cerca.

 

   Pero, justamente este caso quedó fuera de las apelaciones presidenciales, como si no hubiese existido, ya que, después de la sentencia, la víctima y su esposo fueron muy duros con las prioridades del Gobierno, tras haber comparado el tema de la seguridad con la fulminante aparición de los cinco funcionarios económicos que salieron a promocionar el antiético blanqueo de dólares. “Esas son todas cuestiones que yo no entiendo o que espero de este país. Cinco personas que hablen de seguridad. Sin vida, lo económico pasa a un segundo plano para cualquiera. Ocupémonos de lo que le preocupa a la gente, que es la vida”, gatilló Carolina, mientras que el marido dijo que le hubiese gustado que la Presidenta “me llame”.

 

   Ya se sabe que los que critican, para el kirchnerismo no existen. Pero, además, hubo otras cosas que han ocurrido también en la semana que hicieron caer los razonamientos presidenciales por su propio peso. ¿Hasta dónde se puede mejorar la sensación de que se ha hecho justicia para los damnificados, si la corriente de jueces que más apoya al Gobierno tiene el llamado garantismo judicial como bandera?

 

  Una prueba de estos cortocircuitos entre dichos y hechos estuvo que un día después de esa sentencia que se ponderó tanto, aparecieron en la Justicia varias reducciones de penas, incluída una declaración de inconstitucionalidad sobre la llamada reclusión perpetua que recayó sobre otro homicidio, pero que deja abierta a las apelaciones del caso Píparo a un fallo de Cámara menos drástico. 

 

   Cuando mezcló justicia y seguridad, en esa misma oportunidad, la Presidenta pareció jugar al misterio con una frase que levantó polvareda: “Esta Constitución sabemos, que para hacer una verdadera y profunda reforma de la Justicia, debería ser modificada. Lo digo con todas letras, debería ser modificada. Pero no, no, no voy a proponer ninguna modificación de la Constitución y por eso, envié estos seis proyectos”.

 

   Y con esos conceptos muchos se hicieron “los rulos” a la hora de las especulaciones. El “no voy a proponer” dejó para pensar que otros de su palo podrían hacerlo y el “por eso, envíe” sirvió para especular, como dice la oposición y piensa casi toda la Justicia, que se trata de proyectos que vulneran preceptos constitucionales.

 

  Sin embargo, la situación también merece una interpretación política más de fondo: ¿no quiere, como dice Conti o quizás está cansada o su estado de ánimo no es el mejor y está bajoneada? ¿O quizás porque tiene encuestas que le dicen que no podrá y por eso, no se expone para evitar circular como “pato rengo” de aquí hasta 2015?

 

   Ese microclima tan especial y tan cerrado en el que habita la Presidenta, del que casi no participa nadie, sólo parece abrirse cuando ella desata su ira contra el mundo que progresa, los opositores, las corporaciones y, sobre todo, la prensa no alineada.

 

  En materia periodística, no alinearse es tener la oportunidad de bucear en los vericuetos del relato, para desnudar sus debilidades. Un periodista sabe que le debe fidelidad a la información y no al poder y que debe ser crítico para beneficio de los ciudadanos. Mientras tanto, ante tamaña cerrazón, la prensa indaga por afuera, desnuda debilidades y las difunde cada vez con mayor intensidad por todos los medios que no se le arrodillan al Gobierno. No es maldad, sino una obligación.

 

  En cambio, Cristina percibe que todo es a la inversa y está segura que estar encima de los mismos temas todo el tiempo es parte de una táctica de los medios independientes para limar su poder y, por eso, ocupa buena parte de su tiempo imaginando operaciones de prensa y en sugerir a los medios cómo presentar la información. “Ah! Se ruega a comentaristas y otras yerbas abstenerse de empezar con las remanidas frases como ‘Polémica’, ‘diferencias’, ‘entredichos’, ‘embestida’, ‘duras declaraciones’ y bla bla bla bla. Please”, bajó línea en Twitter. Es mucho para una Presidenta que debe tener temas más trascendentes que atender.

 

  Seguramente, que durante la última semana no la pasó nada bien con esa obsesión que la acosa, sobre todo porque el andamiaje legal que había armado el Gobierno para intervenir el Grupo Clarín, a partir de la acción de la Comisión Nacional de Valores (CNV), se hizo trizas en pocas horas.

 

  Si bien la movida política del Jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri pareció contundente en cuanto a que para refutar el DNU que suscribió en “defensa” de la libertad de expresión la situación debería terminar en la Corte Suprema, todo parece indicar que fue la propia Presidenta la que desactivó la bomba, quizás porque se dio cuenta de que era un paso que no tenía retorno. Igualmente, para las voces del cristinismo la idea nunca existió.

 

  En cambio, al programa Periodismo Para Todos se lo va a acosar desde un costado menos irritativo, con la excusa del rating, televisando el último partido de la fecha, siempre River o Boca, a las 21,30 aunque la secuela de inseguridad nocturna y de frío para los espectadores le quite público al fútbol, total la AFA no cuenta. En verdad, en la TV Pública a casi nadie le importan las mediciones, pero el pretexto serviría para restarle espectadores a las investigaciones de Jorge Lanata, que de eso se trata.

 

  Sin embargo, si de incongruencias se habla, hubo el miércoles un hecho que rompió todos los moldes. El mismo Gobierno que vitoreó por la tarde una inflación anualizada de 10,5% anual, celebró por la noche con sindicalistas amigos, mesa de por medio con la presidenta de la Nación, la firma de convenios paritarios de 24% o más con media docena de gremios. O algo falló en esos aplausos a dos puntas o se trata de un fabuloso incremento del salario real que, en un dejo de prudencia, nadie se atrevió a promocionar.

 

  Cómo no va estar sensibilizada la Presidenta, si la madeja del relato es cada vez más escabrosa.


 

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