El postergado fin de la epica peronista
Diana Ferraro
Escritora


En la confusión que propios y ajenos caen al tomar al kirchnerismo como una nueva encarnación del peronismo y no como lo que es, un saqueador serial no sólo de las arcas del Estado sino de un legado histórico—el peronismo real—e institucional –el Partido Justicialista hoy congelado—conviene repasar la historia del peronismo. Tanto los jóvenes nuevos militantes que sinceramente creen estar militando en el peronismo y sólo son carne de cañón de oportunistas, ladrones y socialistas autoritarios como los antiguos “gorilas” que han visto renacer la antigua guerra superada en los 90 y los independientes ahora transformados en antiperonistas cuando sólo deberían ser antikirchneristas son víctimas del espejismo que el kircherismo montó ante sus ojos. La complicidad de muchos peronistas, más listos para la corrupción y la traición que para el servicio al pueblo y a la lealtad contibuyó a la distorsión de ese peronismo que hoy debería ser orgullo de todo los argentinos como patrimonio histórico y cultural. Repasar brevemente su historia, tantas veces interrumpida o postergada por los malos motivos, puede arrojar una inesperada luz en esta hora nacional tan oscura y contribuir a que todo el potencial peronista hoy desorganizado bajo un relato mentiroso o interesado, se ponga al servicio del resurgir de la Nación Argentina y a reencontrar la felicidad hoy perdida de su pueblo.

En los años que van del 45 al 55, el general Perón encabezó una revolución sin precedentes en América Latina elevando a la clase asalariada y a los más humildes a una nueva conciencia de sí mismos, otorgándoles nuevos derechos y un nuevo poder, basado en la igualmente nueva responsabilidad política de los sindicatos. Dicha revolución tendría como efecto duradero el ingreso de las grandes mayorías a la clase media y, gracias a un trabajo asalariado revalorizado y a una activa participación de Estado en promover a los hasta ese momento postergados, un acceso irrestricto a la educación, la salud y la vivienda. La revolución peronista tuvo desde luego sus enemigos, principalmente en los sectores liberales—que demorarían casi veinte años en comprender esta revolución de modales autoritarios y antipáticos al espíritu liberal pero que les sacó de encima y en forma duradera la amenaza del comunismo—y en el antiguamente popular Partido Radical que se vio desplazado de la escena por un Partido Peronista mucho más activo y hábil para lograr lo que el Partido Radical no pudo lograr antes, la inclusión total de la mayoría más postergada, la de los “cabecitas negras”, que nunca preocupó mucho a los radicales blancos de la inmigración y las grandes urbes.

Después de 18 años intentando proscribir o suprimir al peronismo, los liberales y los nacionalistas de las fuerzas armadas, con la anuencia radical, abandonaron su antiperonismo en pos de un interés superior, lograr una gobernabilidad duradera en la Argentina y convocaron a Perón en su exilio español, intentando terminar así la guerra antiperonista. El Tte. Gral Perón—ya con su grado militar devuelto—fue el encargado de reorganizar la vida democrática, en medio de una nueva guerra en la cual formaciones guerrilleras—antes alentadas por el mismo Perón en defensa del peronismo proscripto—se negaron a deponer las armas. El famoso “Dentro de la ley todo, fuera de la ley nada,” pronunciado en 1973 que formalmente terminó la etapa de la lucha revolucionaria y de la toma del poder, fue desoído por las guerrillas, y muy notablemente por Montoneros, la guerrilla que se decía a sí misma peronista y sin embargo desobedecía a Perón y lo desafiaba con acciones como el asesinato de José Rucci, el dirigente sindical más apreciado por Perón.

Son estas guerrillas, ya no peronistas sino abiertamente socialistas, las que finalmente dan el pretexto para el golpe militar tras la muerte de Perón en 1974 y la asunción como presidenta de su viuda María Estela Martínez de Perón—Isabel—quien a pesar de seguir al pie de la letra los lineamientos de su marido, poco pudo hacer para conservar el poder por sí misma y erradicar sectores violentos dentro del propio movimiento peronista enfrentados a las guerrillas, como la Triple A, que sumó al terrorismo de izquierda el terrorismo de derecha. Vicepresidenta en una fórmula elegida democráticamente, fue también la víctima del golpe militar, y soportó años de cárcel en muy difíciles condiciones emocionales, mientras el país entero asistía al aplastamiento de las guerrillas desde un Estado militarizado y violador sistemático de los derechos y libertades individuales, y que llegó a asesinar y masacrar a miles de personas.

En esos años el peronismo fue dos veces víctima: en sus numerosos militantes asociados directa o indirectamente con antiguos peronistas ahora parte de las guerrillas socialistas y en su pertenencia al Partido Peronista institucionalizado y sin embargo también derrocado en su gobierno democrático. Al final de la dictadura militar, con Isabel Perón libre y retirada de la política, el Partido Peronista, ahora Partido Justicialista, otra vez institucionalizado y con la participación democrática de todas las líneas internas en el Consejo Nacional se presentó a elecciones con Italo Luder—un peronista moderado, institucionalista, republicano y abierto a una economía liberal—quien perdió las elecciones a manos del radical Raúl Alfonsín, un socialdemócrata más afín a la reivindicación “progresista” que la mayoría de los argentinos prefirió después de la larga dictadura militar y de los intentos fallidos, simultáneos a la eliminación de las guerrillas socialistas, de instaurar una economía de tipo liberal (época Martínez de Hoz).
Durante el período—en aquellos tiempos de seis años—presidencial alfonsinista, el peronismo coexistió pacíficamente, oponiéndose o aliándose según fuesen las políticas propuestas, en un ir y venir de naturales enfrentamientos democráticos tanto en el Congreso como por medio de las protestas sindicales. El Partido Justicialista continuó institucionalizado, llevando su vida democrática sin interferencias y realizando en 1988 una interna donde dirimir posiciones, la socialdemócrata encabezada por Antonio Cafiero y la peronista movimientista de Carlos Menem, que ganó ampliamente la nominación presidencial.

Ya como presidente (en elecciones anticipadas por la hiperinflación conseguida por las malas políticas económicas de Raúl Alfonsín) y en la nueva era de la globalización inaugurada a partir de la caída de la Unión Soviética, Menem volvió a cerrar un nuevo capítulo de los enfrentamientos del peronismo, haciendo las paces con los antiguos enemigos liberales y enmarcando a la Argentina dentro de la gran alianza mundial capitalista y modernizadora con Estados Unidos a la cabeza, con Domingo Cavallo en la Cancillería primero y como ministro de Economía luego a cargo de la modernización económica de la Argentina. Menem ganó una segunda reelección después de una reforma de la Constitución en 1994, consensuada con Raúl Alfonsín, jefe de la oposición, y después de un intento de crear una nueva reforma para la reelección, que el Partido Justicialista, siempre democrático e institucionalizado no le permitió, entregó el poder a quien ganó las elecciones de 1999, Fernando de la Rua, un radical liberal, quien se impuso al candidato peronista, Eduardo Duhalde. Éste, quien a pesar de haber sido vicepresidente de Carlos Menem, y conseguido en las internas del partido en la Pcia. de Buenos Aires la aplastante mayoría que le dio la nominación, siempre se demarcó del peronismo liberal para defender la idea de un peronismo estatista y menos amigo del libre mercado.

Fernando de la Rua no pudo completar su mandato por sostener, justamente, una política liberal en condiciones de mercado muy difíciles y desfavorables para la Argentina, en las cuales su ministro de Economía—el Domingo Cavallo exitoso durante la primera época de Menem—no pudo resolver a tiempo la extrema deuda en dólares de las provincias y empresas privadas ni encontrar el apoyo político necesario en la oposición interna radical y en la peronista, ambas enemigas de la política económica liberal. Aliados, Eduardo Duhalde y Raúl Alfonsín dan el golpe institucional de fin de 2001-comienzo de 2002, y la Argentina pierde no sólo su gobierno democrático sino su política económica liberal.

El Partido Justicialista nunca más volvería a tener hasta la fecha, Junio de 2014, una vida institucional y democrática. Desde la autoformulación de Duhalde como candidato en 2002, tras el golpe institucional, pasando por la elección a dedo de Kirchner como candidato, y la elección de éste, también a dedo, de su mujer como candidata a presidente, y la autoelección de ésta como candidata a una segunda presidencia, nunca los afiliados pudieron elegir a los candidatos de su preferencia ni mucho menos a la política económica que mejor defendería los objetivos tradicionales del peronismo.

Por eso, a partir del golpe dado en 2001, es injusto achacar al peronismo conductas o ideas que sólo pertenecen a las personas que saquearon para su propio usufructo el Partido Justicialista y por eso los peronistas que no han formado parte de este saqueo ni lo han acompañado o consentido se sienten injustamente atacados en la opinión pública toda vez que se pretende hacer del peronismo un único bloque confundiendo a unos con otros, en un claro resabio del antiperonismo del pasado.

Si en el peronismo del pasado, el peronismo era sólo uno, en el peronismo de la última década larga—a partir del golpe institucional de 2001—coexisten un peronismo legítimo, el peronismo republicano, institucionalista y democrático, y un peronismo ilegítimo (nunca elegido en elecciones internas por afiliados en padrón actualizado), autoritario (las decisiones concentradas en una sola persona, sin respeto por las leyes) y antidemocrático (el PJ usurpado por estas personas que se describen además como herederas de Montoneros, ejecutan una política económica de corte socialdemócrata en el mejor de los casos—como Duhalde—y abiertamente estatistas con tendencias socialistas en el caso del kirchnerismo. Mientras el peronismo legítimo está en el llano y sin partido, un grupo de personas al servicio de sí mismas ha saqueado la herencia histórica de Perón, llamándose a si mismos peronistas cuando deberían llamarse kirchneristas y militar en el Frente para la Victoria, esa agrupación desde la cual despreciaron por un tiempo al Partido Justicialista, hasta que se dieron cuenta del peligro que corrían si éste se democratizaba. También despreciando al mismo General Perón, cuyos restos sin escolta ni protección del Gobierno kirchnerista fue trasladado, en medio de una turba irrespetuosa y alcoholizada, desde la Chacarita hasta San Vicente—una idea de Duhalde.

El peronismo, en tanto movimiento explícitamente institucionalizado por Perón en 1973 en un Partido Justicialista que debería alternar con el Partido Radical—a partir de allí el adversario y no el enemigo—en la competición por la administración del Estado Argentino, fue interrumpido a fines del 2001 con el golpe institucional, con la misma certera eficiencia con que los militares lo proscribieron en 1955 . Desde entonces hasta ahora, el peronismo exiliado del Partido Justicialista usurpado ha buscado su lugar en la opinión pública, como Peronismo Disidente, y también en todas las contiendas electorales desde 2003 en adelante. Su historia, lejos de haber terminado, debe aún encontrar su final.
La gesta revolucionaria de 1945 terminó en 1974, con la institucionalización del Partido Justicialista, aunque haya muchos que en la última década hayan preferido ignorar esta realidad y, usurpando y congelando el Partido Justicialista, imaginen y promuevan una gesta inconclusa, esa que debería instalar el socialismo en la Argentina derrotando al peronismo que simulan encarnar.

Mientras el kirchnerismo disfrazado de peronismo siga ocupando no sólo el gobierno sino el PJ, el peronismo real estará en otra parte, esperando el capítulo final que lo encontrará, otra vez y esperemos que para siempre, dueño de su propio partido y continuador del legado histórico e institucional perdido a manos de los oportunistas y, sobre todo, de los traidores a ese legado. Para el peronismo hoy no existe otra épica legítima que la del regreso a la normalidad democrática y, con ella, a su apego a las libertades. Entre ellas, la libertad de elegir entre políticas económicas tan disímiles como la socialdemocracia y el liberalismo, una discusión aún no zanjada por elecciones internas democráticas y necesaria para la resolución del destino nacional.
 

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