Estos puntos sobre aquellas íes
Enrique G. Avogadro
Abogado.


“Su Graciosa Majestad nunca se había guiado por el principio de la capacidad sino siempre única y exclusivamente por el de la lealtad”. Ryszard Kapuściński

 

La Presidente, el viernes y de espaldas al Paraná, sorprendió nuevamente a propios y a extraños –en especial, a los mercados- imprimiendo un giro copernicano al discurso de barricada con el que, emulando a los republicanos de Madrid en 1937, respondió el Gobierno a los jueces norteamericanos. El Neo-Bonzo Kíciloff, que había desafiado a los buitres con su “¡no pasarán!” quedó tan descolocado como su teórico Jefe de Gabinete, el ya quemado hasta el tuétano Coqui Capitanich.

 

Hasta la misma Cristina, que el lunes había incendiado al país por cadena nacional, y sin que se le moviera un pelo (salvo por el viento), retrocedió en chancletas frente al Ex Extorsionador Griesa y ordenó a sus ministros -eso sí, con una épica digna de mejor causa- que armaran un esquema similar al utilizado en los casos de Repsol y del Club de Paris, para pagar al 100% de los acreedores y llenarles la cara de billetes. Curioso final para unas originales banderas que el “proyecto nac&pop” había desplegado con tanto entusiasmo y que ahora debió mandar enrollar, pero sin bajarlas.

 

Parece que, en la Casa Rosada, nadie había considerado que, cuando necesitábamos dinero (y éste es uno de esos momentos desesperados) y, para obtenerlo, colocábamos bonos de deuda, quienes los aceptaban y estaban dispuestos a entregar dólares en cambio, eran personas maravillosas mientras que, cuando pretenden cobrar, son unos asquerosos buitres carroñeros. Gracias a Dios, la Presidente reculó en el minuto final porque, ¿qué hubieran dicho ante esa postura, por ejemplo, los que el Mago Gallucio quiere traer a YPF? Sin embargo, y ratificando su naturaleza de escorpión, ayer hizo publicar en el Wall Street Journal una solicitada reiterando la necesidad de un fallo “justo”; seguramente no hará feliz a Griesa ni a la Cámara.

 

Resulta imposible medir hoy las terribles consecuencias que, para todos, hubieran traído aparejadas esos dislates, tanto en el sentido político cuanto en el económico. Pero sí se puede adelantar que: perjudicarían las inversiones, indispensables para generar empleo y, por la vía del aumento de oferta, permitir encarar acciones contra la inflación; perjudicarían el empleo, en razón de la profundización de la recesión; perjudicarían el salario, ante una menor demanda de trabajo; y perjudicarían fuertemente a nuestro comercio exterior, que cada día depende más de los productos primarios, contra cuyos productores el Gobierno, en su locura, combate enceguecidamente. Pero la derivación más grave de todo esto se hubiera dado si, lanzándonos al precipicio, doña Cristina hubiera intentado la “chavización” final de la Argentina.

 

El grave problema que nos afecta se debe tanto a la marcada incapacidad y torpeza de aquéllos a los que la Presidente ha encomendado la conducción del área, cuanto a todas las medidas que los Kirchner y sus personeros adoptaron, a lo largo de tantos años, para lograr sus objetivos más espurios, para beneficiarse política o personalmente.

 

Lo dramático es que esto sucede después de una década en la que los precios internacionales de nuestros productos exportables marcaron un histórico record, y después de un lapso en el cual la desmesurada presión impositiva permitió al Gobierno recaudar nada menos que mil millones de dólares. Cualquier observador imparcial de la realidad argentina se pregunta dónde está esa monumental cifra, ya que hemos perdido reservas de gas y petróleo como nunca antes –la promesa de Vaca Muerta no pasa, por ahora, de ser una gran probabilidad- y nos hemos derrumbado en materia de carne y trigo, cediendo mercados a nuestros más sorprendentes competidores, carecemos de caminos, ferrocarriles y puertos, nuestro sistema de comunicaciones se ha vuelto obsoleto, la educación ha dejado de ser de excelencia, y la salud y la vivienda dignas brillan por su ausencia.

 

La pobreza y la indigencia ya superan los registros del fin del menemismo, pero son negadas diariamente por la falta de estadísticas oficiales. La inflación y el cepo cambiario, que impiden la llegada de dólares bajo la forma de inversión genuina, están destruyendo el trabajo registrado, y el informal alcanza al 40% de la población activa.

 

Cuando, hace ya más de once años, los argentinos decidimos entregarle la administración de nuestro bien más preciado, la Patria, a una sociedad conyugal encabezada por dos delincuentes llegados de Santa Cruz e integrada por una manga de pérfidos e ignorantes funcionarios, dispuestos a servirlos en cualquier circunstancia, supongo que lo hicimos porque no nos habíamos tomado el trabajo de averiguar realmente su historia y su pasado en la provincia. Sin embargo, cuando votamos a doña Cristina en el 2007 y la reelegimos en 2011, no hubiéramos podido invocar como excusa nuestra molicie ni nuestra inocencia para justificar tal desmán contra la República.

 

Al elegir por primera vez a la actual Presidente, ya sabíamos de los fondos desaparecidos, de manejos turbios en la pesca, del injustificable crecimiento patrimonial de la pareja y sus amigos y de su rápido sobreseimiento por enriquecimiento ilícito, de la destrucción de los organismos de control, de la colonización del Consejo de la Magistratura, de la falsificación de las estadísticas del Indec, de la prohibición de las exportaciones de carne que había implicado la pérdida de doce millones de cabezas, de las persecuciones a los opositores, del desacato a las sentencias de la Corte Suprema, de la falsa política de derechos humanos, de los Eskenazi y del robo de Repsol-YPF, del pseudo “desendeudamiento” con el FMI cambiándolo por el fallecido Papagayo Caribeño, de los costos absurdos costos de la obra pública en Santa Cruz, de la pérdida del autoabstecimiento energético, del saqueo del Banco Central, del Pami, de la Anses y de las AFJP’s, de la compra por monedas de terrenos en el Calafate, de las coimas de Skanska, de las actitudes de Patotín Moreno y de Adolf D’Elia, de los ataques a la libertad de prensa.

 

Y cuando volvimos a votarla ya habían sido descubiertas las valijas de Antonini Wilson, ya se sabía de la “embajada paralela” en Caracas, ya había quedado claro que el narcotráfico había financiado su campaña, ya se habían apoderado de las reservas del Banco Central, ya se había producido la crisis del campo, ya estábamos en guerra contra la prensa libre, ya disfrutábamos de Fútbol para Todos y de Aerolíneas Argentinas, ya nos habíamos enterado de la bolsa de Felisa Miceli, ya conocíamos la existencia de Lázara Bóvedas Báez, de Cristóbal Timba López, de Ferreyra (Electroingeniería) y tantos otros, de los “Sueños Robados” por Sergio Schoklender y Hebe Bonafini, de los ataques a periodistas, jueces, opositores, de la proliferación del narcotráfico y la violencia, del blanqueo permanente de fondos de la droga y de la corrupción, de los prostibularios departamentos de Zaffaroni y de las “costumbres” de Oyarbide.

 

Pese a todo ello, los argentinos premiamos a doña Cristina con nada menos que el 54% de los votos. La única explicación posible es que, como siempre, la sensación de confort que entonces teníamos en los bolsillos y el consumo disparatado hicieron que dejáramos de pensar en la corrupción galopante y en el saqueo desmadrado del país que la familia Kirchner había instaurado como modo de hacer política y de enriquecerse más allá de cualquier límite.

 

Esto dice mucho de nosotros como sociedad, ya que el solo hecho de tolerar que la nación esté en manos de esta asociación ilícita, que persigue y humilla para lograr sus fines, habla a las claras de lo laxo de nuestra moral individual. Hasta la propia ACDE reconoció, bien tardíamente por cierto, que como en el tango, se necesitan dos para la danza de la corrupción: el empresario que paga y el funcionario que cobra; no podría existir el segundo sin el primero y, sin embargo, han debido transcurrir once años para aceptar esta verdad de Perogrullo.  

 

Cuando, hace ya tiempo, dije que resultaba indispensable destituir constitucionalmente a Cristina Fernández, sostuve que permitir que se mantuviera en el sillón de Rivadavia hasta el final del plazo previsto implicaría un sufrimiento innecesario, medido en un costo económico y social que la Argentina no tenía por qué soportar, no tuve en cuenta la cobardía y el oportunismo de los opositores. Aún hoy, éstos no perciben adecuadamente cuánto peor será la herencia que dejará el régimen cuando, finalmente, la ley les exija dejar el poder en diciembre de 2015.

 

Podemos, y debemos, reconstruir la República y las instituciones esenciales que la constituyen, pero resulta imprescindible comenzar a hacerlo ya mismo. Pero, para tener éxito en esa ímproba tarea, resulta indispensable que nos lavemos en nuestro propio Jordán, y que los Kirchner y la banda de delincuentes –públicos y privados- que los rodea empiecen a recorrer los tribunales, y que éstos se muevan con seriedad y velocidad.

 

Si podemos demostrar al mundo que hemos dejado de ser los eternos infantes, pobladores de un país que nunca consigue concretar su promisorio destino, que estamos dispuestos a respetar reglas y contratos, que tenemos una Justicia independiente y eficaz, que estamos dispuestos a desarrollar nuestra economía con responsabilidad y a aportar nuestras tan especiales capacidades, que queremos relacionarnos con las demás naciones con seriedad y respeto, que honraremos los compromisos que asumamos, nuestro futuro será muy distinto a esta inmundicia en que nos hemos convertido.

 

No nos bastará con SS Francisco ni con Lionel Messi para hacerlo. Cada uno de nosotros tiene que asumir su propia tarea, aún cuando ésta sea –nada más ni nada menos- la educación de sus hijos; y deberemos hacerlo mejor que el miércoles, cuando muchos menos de los esperados fuimos a protestar a favor de Campagnoli y de la independencia de la Justicia. No será el trabajo de una sola generación, porque el daño que nos hemos infligido ha sido enorme, pero sigo teniendo una injustificable fe en nosotros.
 

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