Peronismo: el programa liberal, federal y descentralizador
Diana Ferraro
Escritora


En el espacio amplio del Peronismo Disidente y PRO, se presentarán los únicos candidatos presidenciales con historia y/o vocación para concebir y ejecutar un programa liberal, federal y descentralizador. Siendo hasta ahora el peronismo de los años 90 el único en haber gobernado con un programa de este tipo, es hoy también el más indicado para retomar su liderazgo y, basado en la propia experiencia, ofrecer sus nuevas reflexiones. Es el peronismo también, por su profunda raigambre histórica en los sindicatos, el que debe ofrecer a éstos un nuevo y revolucionario rol dentro de la nueva economía liberal.

Es imposible pensar en un acelerado régimen de inversiones para el crecimiento sin liberar totalmente la economía y es impensable también crear un programa de rápido acceso al trabajo y a mejores condiciones de vida en educación, salud y vivienda sin la intervención activa de los sindicatos. No hay hoy modo de continuar con el régimen de subsidios y protección del Estado a esa nueva mayoría de pobres semejante a la mayoría pre-peronismo 1945, porque una economía justa y competitiva, capaz de crear riqueza para el conjunto, no puede permitirse ni déficit fiscal ni inflación. De ahí que el peronismo, siempre atento a su rol revolucionario para crear las condiciones que brinden a la vez grandeza a la Nación y felicidad al pueblo, deba ahora imaginar nuevos e igualmente revolucionarios instrumentos y compartirlos con aquellos líderes que muestren sintonía y afinidad con esta continuidad del peronismo por los nuevos carriles del Siglo XXI. El peronismo tiene tres grandes instrumentos para producir el profundo cambio que la población reclama, tras esta década de desmanejo y corrupción kirchnerista: una macroeconomía liberal, un federalismo sin medias tintas y una descentralización en la administración del Estado que además use a los sindicatos como los nuevos actores privados en defensa de los no educados, los no formados profesionalmente y, como siempre, los trabajadores.

La macroeconomía liberal no debería ser muy diferente de la aplicada por el Ministro Cavallo durante la década de los 90, con la misma convertibilidad pero esta vez con el mercado flotante que Cavallo hubiera permitido de haber durado lo suficiente en su cargo, y con una importante corrección sobre los 90: impedir por medio de una estructura fiscal federal que las malas o corruptas administraciones provinciales pesen sobre el presupuesto de la Nación, obligándolas a entrar en la misma norma liberal de no déficit fiscal—ya que nadie las va a rescatar ni emitiendo ni pesificando sus deudas- y también alentándolas a descentralizar ellas mismas, delegando en los municipios.
Si la libre circulación de productos tanto para la exportación-sin retenciones-como para la importación va a desalentar algunas industrias locales no competitivas, las soluciones no estarán nunca en manos del Estado sino en la creatividad de los empresarios para mejorar o reconvertirse y en los nuevos instrumentos de los sindicatos para contener a los trabajadores eventualmente desempleados y de las asociaciones profesionales para reencauzar las pequeñas empresas. Esto último representará una mejora importante en relación al problema más grave creado en los 90 por la abrupta reconversión de la economía, en aquel momento sin redes de protección para los trabajadores y/o los pequeños empresarios.

El federalismo viene siendo muy declamado en los últimos años pero existen pocos programas serios para implementarlo, muchos de ellos tibios por miedo a que dos siglos de centralismo no puedan barrerse por decreto. El peronismo debe sin embargo ser absolutamente revolucionario e intransigente en este punto y reclamar, como valientemente lo ha hecho el Dr. de la Sota “Que sean las provincias las que recauden y aporten a la Nación”. Una fórmula sencilla y sin confusiones, en la cual lo único que hay que pensar es qué impuestos van ser patrimonio de la Provincia y cuales—aún si originados en las provincias—van a permanecer en manos de la Nación. Para la transición—quizá un plazo prudencial de 5 años en el cual las provincias puedan no sólo recaudar sino reconvertir sus economías y atraer inversiones para el crecimiento local—habrá que definir el rol del Banco Nación como prestamista de primera instancia y garante de un federalismo justo y viable. Los estados provinciales, a la vez, podrán extender el esquema federal a sus municipios, permitiéndoles recaudar y ejercer su propia administración, utilizando cada banco provincial como prestamista y garante. Los municipios, a su vez, pueden descentralizar en asociaciones vecinales y permitir a estas que avancen, autofinancien y controlen algunos servicios públicos esenciales de agua, luz y pavimento, de forma que el progreso vecinal quede en las ágiles manos de vecinos emprendedores, contratistas directos de las empresas proveedoras de servicios.

Un federalismo pleno va a permitir la mayor descentralización que la Argentina haya conocido o imaginado jamás, y traer por fin el desarrollo integrado del total del territorio nacional y la homogeneización de nivel de vida y recursos en el total de la población. Sin embargo, esta descentralización sólo va a trasladar a los estados provinciales y municipales el peso de los subsidios para mantener a los hoy millones de pobres sin educación ni trabajo con una dudosa sobrevida sin otro futuro que la aniquilación personal por drogas o la delincuencia. Es aquí donde los sindicatos están llamados a hacer la más formidable tarea desde el período 45-55. No se trata ya sólo de defender más o menos bien el salario de los trabajadores, sino de empezar de nuevo la tarea del General Perón desde aquella primera Secretaría del Trabajo. No sólo las reglas del juego de la economía en la era global han cambiado sino que otra vez tenemos una masa informe de pobres con muy pocos derechos y sin dignidad. Los sindicatos deben hoy más que nunca verse como organizaciones libres del pueblo y no temer a las reglas de la economía liberal sino aprender a jugar dentro de ellas en beneficio de los trabajadores y de los excluidos del trabajo. Un modo de contener y ordenar a los millones de pobres sin trabajo ni pertenencia es crear escuelas técnicas en cada organización gremial donde jóvenes (o mayores desocupados sin educación) con la escuela primaria cumplida ingresen para cursar un secundario sintético y práctico con el aprendizaje y práctica de un oficio. El joven, al ingresar en la escuela, está automáticamente cubierto por el mismo plan de salud sindical. Los sindicatos están habilitados no sólo para armar estas escuelas técnicas sino para hacerlo a nivel nacional, por su misma organización nacional, que también los habilita para estructurar grandes servicios de salud y también grandes aseguradoras que cubran tanto la formación post-reconversión como los seguros de desempleo. Comprendiendo que algunas de las funciones de emprendimiento de los sindicatos no se rigen por otras reglas que las de los emprendimientos privados, excepto que el lucro se vuelve a reinvertir, es posible imaginar sindicatos aprovechando al máximo el aporte obligatorio de los trabajadores, y a éstos, cual accionistas de empresas privadas, vigilando las inversiones y manteniendo a raya con su participación la inevitable tentación de la corrupción.

La revolución que esta vez el peronismo va a volver a encabezar va a dejar atrás la famosa broma de los 90 acerca de “combatir el capital” ya que no sólo se va a proteger a los empresarios capitalistas—chicos y grandes–garantizándose el máximo de inversión y crecimiento por medio de una economía de mercado, sino que los mismos sindicatos, en algunos de sus más ambiciosos emprendimientos en salud y seguros, y por qué no, vivienda, pueden llegar incluso a ser empresas que coticen en bolsa y recauden por este medio más recursos. Los millones de ociosos excluidos van a tener así una oportunidad legítima de progreso y en no más de un año no debería haber varón o mujer mayor de 12 años en la Argentina que no sea estudiante registrado (en escuelas y universidades privadas, públicas, o técnicas sindicales), aprendiz, trabajador, o emprendedor.

Por medio de una macroeconomía liberal, de un federalismo a ultranza a nivel nacional, provincial y municipal, y de una descentralización que tenga en los sindicatos como los mejores agentes de la insoslayable recuperación de la juventud sin recursos y como los más fieles protectores de los intereses de los trabajadores, el peronismo va a volver a ser lo que siempre fue, un movimiento revolucionario, y sus amigos y aliados del PRO, los mejores alumnos de una historia que en setenta años supo construir dos veces la mejor Argentina posible, y también, es cierto, perderla otras tantas por no entender la realidad a tiempo.
 

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