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ELOGIO DEL MERCADO
Por Carlos Rodríguez Braun
El mercado ha concitado desde siempre la sospecha y el desdén,
cuando no la ira, de políticos, empresarios, sindicalistas,
intelectuales, periodistas, religiosos y artistas, grupos todos
ellos poderosos e influyentes. Quizá la imagen más
repetida de estos críticos acerca del mercado sea la de su
crueldad. El capitalismo es salvaje; el mercado, nos dicen, es la
selva. Ahora bien, como sabe cualquiera, sin necesidad de salir
del salón de su casa, porque basta con ver documentales por
televisión, en la selva no hay capitalismo. No hay capitalismo,
ni mercados, ni empresas, ni ciudades, ni casas, ni calles, ni gente,
ni nada.
Quienes vivimos en democracia solemos dar por supuestas muchas cosas
que no son tan obvias. Si hay golpes militares en África,
como antes los había en Iberoamérica, no siempre reflexionamos
en que lo más lógico es que los militares golpeen.
Nada es más fácil que la toma del poder por quien
tiene el virtual monopolio de la fuerza. La cuestión interesante,
por tanto, no es por qué hay golpes militares; lo asombroso
es por qué no hay golpes militares en algunos países.
Esta línea de reflexión nos conduce al fundamento
mismo de la convivencia humana: las normas. La civilización
depende de que haya garantías de que algunas conductas no
son admisibles. Por ejemplo, no es admisible que el ejército
usurpe el poder civil, porque en las sociedades modernas el ejército
sirve más que manda; no equivale a un poder sino a un servicio
público: la defensa nacional.
La condición de la libertad es la restricción, paradójicamente
justo lo contrario de lo que a primera vista parece. La complejidad
de esta idea, de que necesitamos reglas para ser libres, subyace
también en la incomprensión generalizada del mercado.
Si en la selva, pues, no hay mercados ni nada, la explicación
es bien sencilla: eso sucede porque allí no hay derechos
y sólo rige la ley de la selva, la ley del más fuerte,
la inseguridad total.
Los mercados, en cambio, florecen en contextos diferentes, donde
lo que impera es la libertad, la justicia, la seguridad personal,
la protección de los derechos y la garantía del cumplimiento
de los contratos. Por eso la economía de mercado y la civilización
y el progreso van de la mano: sus condiciones de existencia y desarrollo
son las mismas reglas. Esto llamará la atención de
los intervencionistas que separan dicha unión y favorecen
sólo las libertades y la justicia que no atañen a
la economía. Sin embargo, la separación es inválida.
No puede ser casualidad que allí donde reina la libertad
económica suele reinar también la política,
y que allí donde los poderosos eliminaron la libertad de
mercado, también suprimieron las demás libertades.
Otro aspecto llamativo es que las reglas que salvaguardan la civilización
y el mercado parecen exigir un Estado que las aplique. No hay, pues,
mercado sin Estado.
Ese conjunto de restricciones surgió tras un largo proceso
de evolución, y no tiene inventor conocido. Nadie concluyó
racionalmente que había que instaurar la propiedad privada
o el mercado o el dinero. La propia acción humana, con sus
aciertos y desaciertos, sus marchas y contramarchas, fue creando
en las personas la impresión de que era más eficaz
la adopción de conductas pautadas, que se fueron plasmando
en valores morales e instituciones jurídicas y políticas.
La no racionalidad de las reglas es importante, pero no quiere decir
que sean arbitrarias y mucho menos irracionales, sino que surgen
evolutivamente, por ensayo y error, a lo largo de un curso complejo
que no responde a un designio de la inteligencia humana. Corolarios
de esta idea son la modestia y la cautela: modestia porque no sabemos
bien el origen y funcionamiento de estas instituciones básicas,
y cautela, por tanto, a la hora de intentar reformarlas o incluso
destruirlas a partir de postulados intelectuales. En esta cautela
late un principio de la acción humana, largamente reconocido:
el de las consecuencias no previstas ni deseadas. La complejidad
de la vida social hace que estas consecuencias existan en todos
los órdenes, para bien y para mal. Ni la modestia ni la cautela
caracterizan al rechazo intervencionista del mercado: éste
se basa en la soberbia de que es posible comprender intelectualmente
la sociedad de modo cabal, y en la imprudencia de creer que se puede
jugar con esas reglas e instituciones gratuitamente.
El mercado ha sido amplia y tradicionalmente tratado por la ciencia
económica desde la perspectiva de la asignación de
recursos. Este enfoque parcial y desafortunado ha dado pie a las
críticas intervencionistas que pintan al mercado como un
frío artefacto autoritario, un déspota materialista,
obsesionado con el (no por azar llamado) vil metal, que no titubea
en dejar a los débiles a la intemperie. La propia noción
de eficiencia asignativa brindó múltiples oportunidades
a los intervencionistas para acusar a los liberales de engañar
a la opinión pública, mostrando sólo un paraíso
donde la "mano invisible" lo pinta todo de color de rosa,
y oculta numerosos fallos del mercado libre. Esta visión
ha sido extremadamente eficaz y ha animado la conclusión
de que la intervención del poder político resulta
irreemplazable para corregir tan inicuo estado de cosas. Además,
la concepción meramente asignativa del mercado propició
la falsedad que sostiene que las virtudes del mercado se limitan
a quienes ya tienen recursos, y son inútiles, por tanto,
para los pobres.
El énfasis en estas presuntas debilidades del mercado no
debe ocultar la presente admisión de su eficiencia. Esto
no ha sido siempre así. Hubo un tiempo en el que además
de todo ello se insistía seriamente en que el mercado no
era eficiente a la hora de asignar recursos, y que el Estado lo
podría hacer igual o incluso mejor. No es necesario que perdamos
tiempo refutando esta falacia, porque sus propios defensores ya
han abdicado de ella. Hoy las tesis intervencionistas van dejando
de pivotar sobre la eficiencia y se inclinan más y más
por la equidad. Subsisten las críticas a los fallos del mercado,
como veremos, pero antes de ello abordaremos un error muy generalizado
acerca del mercado y es la mencionada idea de que asigna los recursos
eficientemente, pero deja fuera a quienes carecen de ellos.
Esta visión en principio parece verosímil porque la
palabra "mercado" nos sugiere exclusivamente los mercados
organizados, instituciones visibles con transacciones normalizadas.
Reciben, además, ese nombre: mercado de valores o divisas
o mercado de petróleo o materias primas. Para una persona
corriente los mercados son lugares físicos adonde ella acude
con su dinero a comprar unas mercancías conocidas a precios
generalmente dados.
Pero el mercado no es sólo eso. Es mucho más. El mercado
es el conjunto de relaciones que mantienen los seres humanos entre
sí y que se concretan en las transacciones que llevamos a
cabo para satisfacer nuestras necesidades. El mercado, así,
es difícil de definir, pero desde luego no es un sitio ni
una tienda. Es un marco institucional caracterizado, digámoslo
una vez más, por reglas. Estas reglas del funcionamiento
de una economía de mercado son también, y no por casualidad,
las del Estado de Derecho: la igualdad ante la ley, la justicia
y el cumplimiento de los contratos, la libertad de comercio, la
limitación del poder político y la defensa de los
derechos humanos, en especial la seguridad personal y la propiedad
privada.
La cuestión de los pobres
Para comprender por qué es un error pensar que los mercados
sólo sirven si uno no es pobre, lo más ilustrativo
es observar que el principal recurso con que las personas nos ganamos
la vida, nuestro trabajo, presenta una faceta sobresaliente: la
especialización.
En realidad, todos nosotros participamos del mercado mundial por
una razón elemental, y es que sólo trabajamos en una
actividad, o a lo sumo en dos o tres, nunca en más, y con
el fruto de esa actividad compramos lo que necesitamos. Esta división
del trabajo, que depende de la extensión del mercado y sus
derechos y deberes, ha dado lugar a un incremento de la productividad
que no tiene parangón en la historia. Cuanto más primitiva
es una sociedad más actividades distintas tienen que ejecutar
sus integrantes y más pobres son en su mayoría. En
la sociedad moderna de mercado, en cambio, los individuos se especializan
con una prolijidad insospechada, y gracias a ello pueden mediante
el intercambio llegar a cotas de bienestar para un porcentaje inédito
de personas.
Pero no se trata sólo de intercambiar, porque en tal caso
valdría la objeción: ¿y si no tengo nada para
dar, de qué me sirve el mercado? Lo que sucede en realidad
es que los recursos y las necesidades se van descubriendo. Por eso
la imagen teórica del mercado como un ámbito claro
y perfecto con todo ya dado y conocido es sesgada e insuficiente.
El mercado no es así, no es un artefacto mecánico
sino un complejo proceso social de descubrimiento y transmisión
de información sobre oportunidades.
Estas oportunidades llaman la atención cuando se transforman
en grandes empresas, que surgen casi de la nada, normalmente con
más inteligencia e iniciativa que dinero, y llegan a ser
en poco tiempo gigantes multinacionales. Esto es efectivamente un
ejemplo de espectacular creación de valor visible gracias
al talento empresarial para descubrir recursos con los que satisfacer
necesidades. Pero fijarse sólo en las empresas en este proceso
equivale a perderse buena parte del mismo. Porque todos somos empresarios,
en el sentido de que compramos y vendemos bienes o servicios. El
proceso también nos sirve a quienes vivimos sólo de
nuestro trabajo, y no vendemos más que eso. A nosotros, igual
que a cualquier otro empresario, el mercado nos proporciona una
información crucialmente útil: nos indica aquello
para lo que valemos.
Se dirá que esto puede ser indeseable porque, primero, aquello
para lo que valemos acaso no sea lo que más nos apetezca
hacer, y segundo, el mercado nos señala también con
claridad cuánto valemos en cada actividad que realizamos,
y esa suma quizá tampoco nos agrade.
El mercado es un sistema de reglas que no se pliega necesariamente
a los deseos individuales. Sólo obliga a seguir el veredicto
de la colectividad, porque el mercado es la colectividad, que refleja
sus apetencias y el grado de sus necesidades en los precios, que
a su vez marcan el valor de lo que ofrecemos y demandamos. Esas
reglas son notablemente productivas, son lo que ha permitido la
civilización y el progreso, y el hecho de que, con todos
sus numerosos defectos, el nivel de vida en la Tierra sea hoy más
alto de lo que nunca ha sido.
Esas reglas ignoran a los pobres. Es verdad, y también a
los ricos. No ayudan al pobre por serlo, ni respetan al rico por
serlo. Conforman un orden que permite la cooperación de las
personas sin preguntas ni condiciones ni exigencias ni barreras.
Las normas no discriminan. Y es esta no discriminación lo
que hace que resulten especialmente provechosas para los pobres.
El hablar de los pobres como "resultado" del mercado es
un error, porque lo son porque el mercado no puede funcionar adecuadamente.
La pobreza, como es sabido, no está lejos de nosotros; lo
que suele estar lejos es la comprensión de los fenómenos
que tenemos más cerca. Pensemos en unas personas modestas
que se dedican a la venta callejera. Los marginados que en España
venden La Farola en los semáforos podrían ganar más
si en vez de pedir ayuda prestaran un servicio, lo que podrían
hacer si en vez de La Farola vendieran Expansión o Diario
16 o El País. No lo hacen porque la regulación escrita
y no escrita de la distribución de la prensa en España
se lo impide. No es el mercado lo que los sitúa en tan desventajosa
posición, sino una traba al funcionamiento del mercado. Estos
bloqueos suelen ser particularmente perjudiciales para los más
pobres.
El proceso de creación y difusión de la riqueza mediante
el descubrimiento de oportunidades para profundizar la división
del trabajo es tan complejo que de hecho no hay forma de contemplarlo
con un solo golpe de vista. Hasta el objeto más sencillo
que nos rodea ha sido producido gracias a la cooperación
de numerosas personas, con frecuencia distantes y desconocidas entre
sí.
La más famosa metáfora sobre el mercado, la de la
"mano invisible", hace referencia a esta característica
complejidad. Por desgracia, y tal como suele suceder con las metáforas
en las ciencias sociales, ha transmitido una noción equivocada,
al haberse puesto énfasis en la imagen de una mano, de algo
o alguien que maneja y coordina el sistema económico. En
la metáfora, en realidad, lo importante es el adjetivo, no
el sustantivo; lo relevante es percibir que la complejidad del orden
económico moderno hace que sea imposible su control.
Pero si el mercado, que es la elección de los demás,
premia y castiga, cabría argumentar que ni premia ni castiga
bien. Aunque se comprenda que el mercado no es una selva brutal,
hay quien cree que no por ser ordenado es justo, en el sentido de
que los fuertes prevalecen sobre los débiles, las empresas
grandes sobre las pequeñas, etc. Esto no es cierto, porque
lo que castiga el mercado no es la debilidad sino la ineficiencia.
Ambas expresiones no son en absoluto sinónimas. Es una historia
repetida la de empresas pequeñas y débiles que fueron
capaces de derrotar a empresas grandes y poderosas. El ejemplo de
David ocurre a menudo si se deja actuar a la competencia.
En la competencia cumple un papel fundamental la especialización.
Pero ¿cómo llegamos a saber en qué bien o servicio
o actividad debemos especializarnos? Es evidente que no nacemos
con un sello indeleble y la obligación de ser abogados o
albañiles. La asignación laboral o profesional por
nacimiento corresponde a edades primitivas, cuando la libertad individual
era inexistente.
El mercado nos revela el campo y el vigor de nuestras habilidades,
y esa indicación está en relación con nuestra
capacidad de servir a los demás. No somos nosotros los que
decidimos a la vez qué vamos a hacer y cuánto vamos
a cobrar. El mercado es un proceso de descubrimiento de nuestras
capacidades y nuestros recursos, cuya existencia y detalles no son
obvios desde el principio para nosotros o para los demás.
Los vamos descubriendo. Y los ejercemos igual que ejercemos nuestros
derechos, es decir, en equilibrio con los demás miembros
de la sociedad. Y son ellos los que dictaminan nuestro éxito
o fracaso, en la medida en que satisfagamos sus necesidades, no
las nuestras.
Este es un proceso dinámico que carece de jerarquías
predeterminadas, como ha habido en buena parte de la historia de
la humanidad. Los pobres no están condenados a la pobreza
por el hecho de serlo. Lo seguirán siendo si no hay un mercado
que les permita sondear sus recursos y descubrir qué pueden
hacer y cómo pueden servir a la comunidad. Con esta perspectiva
se observa que las personas de verdad condenadas en el mercado,
las que no tienen ningún recurso ni pueden tenerlo, son una
ínfima minoría de enfermos y minusválidos profundos
que pueden ser protegidos a un coste pequeño. Para el resto,
el mercado es una oportunidad, nunca una amenaza.
El miedo a la "dependencia" comercial es otro fraude:
si fuéramos totalmente autosuficientes, si no dependiéramos
en nada de los demás, el mundo se mantendría en el
estadio salvaje de su evolución. Y así como para cada
uno de nosotros es bueno dividir el trabajo y especializarnos y
comerciar, también es bueno para las agrupaciones. Así
como la autarquía es mala para un individuo, también
es mala para cualquier número de individuos. La interdependencia
es buena porque aumenta la productividad, la renta, el empleo, el
bienestar, porque provee más bienes y servicios más
baratos.
Durante años en los países desarrollados se lanzaron
costosas "guerras contra la pobreza" fundadas en un prejuicio
engañosamente simple: como a los pobres les faltan bienes,
hay que darles bienes y ya no habrá pobres. Los gobernantes
y burócratas se olvidaron de que los pobres pueden necesitar
otras cosas, y estar envueltos en graves problemas políticos,
psicológicos y morales, desde la violencia y la ausencia
de libertad y justicia hasta la falta de iniciativa y confianza
en sí mismos, sin cuya eliminación nunca habrá
transferencias suficientes.
Otro aspecto de la pobreza, que también invita a la intervención
del Estado, es la urgencia de resolverla: ya que es tan fácil,
ya que sólo se trata de quitarle bienes a unas personas para
dárselos a los pobres ¿por qué no hacerlo de
inmediato? Es un imperativo moral, y sólo un insolidario
se negaría. Este mensaje, muy popular en nuestro tiempo,
confunde tanto las causas de la pobreza como las consecuencias no
previstas de ignorarlas al intentar resolverla.
La división del trabajo en el mercado ha provocado un salto
sin precedentes en el nivel de vida que ha alcanzado por vez primera
en la historia a grandes masas de la población. No era ese
el objetivo de cada uno de los individuos que pudo insertarse en
la compleja red de dicha división, que lo hizo buscando primero
su propio interés; pero al hacerlo propició el interés
de los demás; se trató, pues de un ejemplo notable
de consecuencia no deseada ni prevista. Para referirse a los efectos
de las transacciones del mercado sobre el bienestar de las personas
que no forman parte de dichas transacciones los economistas acuñaron
el término de "externalidad", y se refirieron especialmente
a las externalidades negativas, como veremos, pero el aumento en
el bienestar de millones de personas es un caso notable de externalidad
positiva derivada del mercado.
Mercado y moral
Las virtudes asignativas y en general económicas del mercado
son hoy más reconocidas que antes. Sin embargo, fuera del
campo económico el mercado es habitualmente censurado por
motivos morales, en un engaño que opera como justificación
añadida de la intervención del poder político
para recortar la libertad económica.
Se dice que el mercado es egoísta, que cada persona va a
su aire y no se preocupa por los demás, que fomenta el individualismo
en vez de la solidaridad, la agresividad en vez de la cooperación,
el materialismo en vez del espíritu, la vulgaridad en vez
de la cultura, los privilegios en vez de la igualdad, el engaño
artero en vez del respeto cordial.
Empecemos por el egoísmo. Es interesante que se reproche
al mercado el fomentar el egoísmo, cuando lo que fomenta
es lo contrario: el egoísta no atiende a los intereses de
los demás, mientras que el mercado obliga a atenderlos. No
hay forma de sobrevivir en el mercado si no ofrecemos algo que los
demás necesiten o aprecien. No podemos ir individualistas
a nuestro aire ignorando al prójimo; al contrario, debemos
cooperar con él, a través de la tupida trama de la
división del trabajo.
Las virtudes sociales son promovidas por el mercado: el trato que
reciben las personas en las tiendas es siempre mejor que el que
reciben en las oficinas públicas (o en las empresas monopólicas).
El mercado no fomenta el engaño; al contrario, pruebe usted
a engañar en un mercado y verá cuán difícil
le resultará volver a trabajar en él.
El mercado no impulsa el materialismo y la vulgaridad: ofrece como
resultado de la división del trabajo un abanico de bienes
y servicios, que va desde lo más abyecto hasta lo más
sublime, pero no premia especialmente lo primero. Al menos, la experiencia
prueba que los países que más límites imponen
a los mercados no se destacan por su espiritualidad y elevación
moral.
En cuanto a los privilegios, nunca están más inseguros
que cuando la economía es libre, puesto que ella facilita
la entrada de cualquier competidor en cualquier actividad, de modo
tal que se garantiza que quienes tienen éxito se lo deben
exclusivamente a su servicio al público, es decir, a que
ofrecen productos buenos y baratos. La competencia es, en rigor,
el gran disolvente de los privilegios, y por eso son legión
los grupos de presión que intentan, y muchas veces consiguen,
limitarla. Esto también explica la paradoja de que haya capitalistas
que no crean en el capitalismo, y que con mucha frecuencia los que
defendemos la libertad tengamos que batallar contra grupos que no
quieren competencia sino protección, aranceles, subvenciones,
licencias, prohibiciones y controles.
Es verdad que el mercado no opera directamente por sentimientos,
como las comunidades primitivas. La cooperación con nuestros
semejantes no tiene ya lugar sólo de modo limitado y claramente
visible sino de modo ilimitado y escasamente visible. Esta cooperación
es mucho más compleja pero a la vez es lo que ha permitido
el progreso; de ahí lo absurdo que resultan los llamamientos
a volver a una suerte de edad de oro sin mercados ni comercio ni
dinero. Si mañana mágicamente todo ello desapareciera,
también lo haría, por inanición, el grueso
de la humanidad.
Economía, sociedad, libertad
Si la libertad es un valor moral, habrá que responder a
los críticos del mercado que sostienen que la libertad puede
ser "formal", con lo que quieren decir que no vale si
las personas no ven satisfechas sus necesidades más apremiantes.
Así, la libertad individual sin alivio económico no
sería una libertad plena y por tanto el liberalismo económico
sería contradictorio con el liberalismo político.
Amparándose en el atávico rechazo al mercado, al comercio
y al dinero, se fue abriendo camino la idea de que la "sociedad"
es opuesta a la economía.
Esto dio por tierra con las preocupaciones de los antiguos liberales,
que veían al socialismo como algo malo no por razones fundamentalmente
económicas sino morales: porque esclavizaba al ser humano.
Los intervencionistas sostuvieron que lo que en realidad esclavizaba
era el mercado y que lo liberador era que la sociedad primase sobre
la economía. La libertad se tornó capitulación
ante la sociedad, a su vez expresada democráticamente en
el Estado, cuya misión es proteger a los individuos frente
al mercado por medio de la coacción política.
No voy ahora a criticar al Estado, que es el objeto de la segunda
parte de este ensayo. Pero es pertinente preguntarse cómo
pudo triunfar esta visión del mercado. Es absurdo oponer
el mercado a la sociedad. El mercado, como vimos, no puede ser sino
social; es social por definición. Es más social que
cualquier dimensión política, puesto que la política
siempre excluye; aunque gobierne la mayoría, habrá
una minoría excluida. En el mercado las minorías pueden
encontrar su sitio, sobrevivir y prosperar. Tampoco se entiende
la oposición entre libertades. Ya apuntamos que las libertades
económicas y políticas van de la mano. Los países
más prósperos son los más libres, los que más
disfrutan de esas libertades "formales" que desdeñan
los intervencionistas. El recorte de las libertades económicas
socava las políticas, entorpece las instituciones y vicia
la democracia.
La explicación de la aceptación, incluso el aplauso,
ante el recorte de la libertad económica estriba en que las
virtudes del mercado quedaron eclipsadas por sus defectos. Un análisis
de estos defectos, que justificaron y justifican la expansión
del Estado a expensas del mercado, nos ocupará a continuación.
El monopolio
Los críticos del mercado alegan que sus ventajas sólo
existen en la mente de los liberales, porque en la realidad lo que
hay son empresas que crecen ilimitadamente y controlan o monopolizan
sus mercados. Si tal es la tendencia, es evidente que los mercados
no funcionan y que el Estado debe hacer algo al respecto.
El argumento es falso, pero refleja de todos modos esa poderosa
concepción predatoria del mercado, a la que ya hemos hecho
referencia: el mercado como ley de la selva, como explotación
del débil, etc. Esto sirve de excusa para la intervención
política, que se realizará con dos metas al parecer
inobjetables: salvaguardar la competencia y compensar políticamente
el poder exagerado de las empresas.
No es verdad que las empresas tiendan a crecer sin límite
y a controlar o monopolizar el mercado. Siempre hay una pluralidad
de tamaños en las empresas y no es cierto que el pez grande
siempre se coma al chico; dicha pluralidad depende de muchas consideraciones,
razón por la cual es peligroso intervenir para determinarla
políticamente. En todo caso, sí cabe decir que la
reducción en los costes de transacción derivada del
progreso técnico en la informática y las telecomunicaciones
puede llevar a que el peso de las grandes empresas disminuya en
la presente economía globalizada.
El temor a los gigantes empresariales, agitado entre otros por los
empresarios no competitivos, se sostiene porque tendemos a ver a
la economía como si fuera una foto fija. Allí aparecen
empresas, muy grandes y poderosas, monopólicas o pretendiendo
el monopolio. Con una perspectiva dinámica veríamos
que se lucha por sobrevivir, y no se disfruta de privilegios eternos
si las barreras de entrada están levantadas. En ese caso
las empresas servirán a los consumidores, labor que también
puede hacer una empresa grande, porque grande no es sinónimo
de monopolista.
No es fácil que los monopolios se mantengan. El elevado tipo
de beneficio que por definición disfruta el monopolista opera
como un incentivo a que la competencia de otros empresarios acabe
con el monopolio. Esto ha sucedido siempre en la historia, con una
sola y sobresaliente excepción: los monopolios asegurados
por el Estado, que sí pueden perdurar indefinidamente, imponiendo
graves costes a contribuyentes y consumidores.
En el caso del sector privado, desde hace mucho tiempo existe una
legislación antimonopólica, que procura impedir la
formación de cárteles o cualquier convenio para limitar
la competencia. La utilidad de esa legislación es menos evidente
de lo que parece, puesto que ha sido utilizada por los empresarios
precisamente para impedir la competencia. Un ejemplo famoso es el
de los fabricantes de automóviles en Estados Unidos, que
pretendieron que el Gobierno impidiera la importación de
coches japoneses más baratos, con el falaz argumento de que
si entraban libremente se harían dueños del mercado
y se convertirían en monopolistas. De ahí que muchos
economistas se inclinen por la supresión de las barreras
de entrada al mercado, más que por asegurar un número
suficiente de competidores en el mismo.
Este punto es importante porque, al igual que la variedad de grandes
y pequeñas empresas, no hay forma de saber cuál es
el número suficiente para que haya de verdad competencia
en el mercado. Puede haber muy pocas empresas y seguir habiendo
competencia; en teoría puede haber sólo una y seguirla
habiendo, en la medida en que siempre pueda entrar un competidor.
Veamos este último caso, que en economía se llama
"monopolio natural", el que se produce cuando una sola
empresa es tan eficiente que produce toda la escala de su actividad
a un coste menor que cualquier otro número de empresas. Algunos
argumentan que en tal caso esa actividad tiene que ser estatal,
y se preguntan: ¿qué sentido tiene la apropiación
privada del beneficio de un monopolio natural? Con este argumento
se estatizaron bajo la forma monopólica las infraestructuras,
el transporte ferroviario, las telecomunicaciones, etc. Con el tiempo
se complicó el análisis y se admitió la posibilidad
de competencia en los límites del monopolio natural, o bien
mucho más allá, como en la telefonía. Aunque
no está claro que el argumento distributivo siempre será
favorable a la titularidad pública, lo cierto es que en todas
las privatizaciones de los servicios públicos con características
de monopolio natural el papel del Estado siguió siendo decisivo
a la hora de fijar los precios o tarifas, las subvenciones a determinados
grupos de consumidores, o las regulaciones de las empresas productoras.
Bienes públicos y externalidades
Se sostiene que hay bienes especiales que el mercado no puede
producir eficientemente, bienes llamados "públicos"
o bienes con "externalidades".
Los bienes públicos se caracterizan por lo que en el lenguaje
económico se denomina "no rivalidad y no exclusión".
No rivalidad, porque el consumo de una persona no disminuye la cantidad
disponible para otra, una vez que el bien ha sido producido. Y no
exclusión porque no se puede impedir que alguien disfrute
de ellos y no cuesta nada añadir una persona más.
Pensemos en un faro: una vez que su luz se enciende cualquier barco
puede verla sin impedir que la vea otro, e impedir que algún
barco concreto se beneficie del faro tendría costes prohibitivos.
La defensa nacional es un ejemplo de bien público: si Marruecos
invade España el ejército me defenderá a mí
sin que ello comporte dejar de defender a otra persona, y nos defenderá
por igual aunque yo sea un evasor fiscal y la otra persona no. Algo
similar sucede con las ideas (el teorema de Pitágoras es
un bien público), o con las radios y algunas televisiones
(las que emiten en abierto).
Los economistas han observado que los bienes públicos incentivan
tanto la sobreexplotación como la elusión de su pago,
lo que se llama "el problema del gorrón" o free-rider.
Los individuos tenderemos a ocultar nuestras preferencias, para
que sea otro el que pague, con lo que habrá una oferta inferior
a la que tendría lugar si todos revelásemos nuestras
demandas de manera genuina. Si estamos hablando de bienes o servicios
tan trascendentales como la defensa nacional, es evidente que si
el mercado no la produce en cantidad suficiente, esta deficiencia
no es baladí.
Hay que tener en cuenta, sin embargo, dos aspectos del asunto. En
primer lugar, un bien público no es necesariamente un bien
gratuito. Una cosa es, en efecto, que no operen plenamente los precios
como instrumento de racionamiento del bien, que es lo que ocurre
con los bienes privados, y otra cosa es que no cueste nada. Una
vez construido el faro, éste tendrá las condiciones
de bien público, pero antes hubo que decidir construirlo
y establecer cómo pagarlo. En segundo lugar, que un bien
sea público no quiere decir en absoluto que deba ser producido
por el Estado, y menos en régimen de monopolio. Muchas veces
se pasa con demasiada ligereza a esta conclusión. Destacados
economistas han estudiado el problema con creciente elegancia analítica
y han pretendido resolver por "optimización" los
impuestos que hay que cobrar y el precio artificial que hay que
fijar para producir los bienes públicos. La realidad es,
sin embargo, que no se ha probado que el Estado sea la solución
a la incógnita de qué bienes públicos y cuánto
de cada uno hay que producir.
No se trata sólo de que la producción de estos bienes
a cargo del Estado afronte también obstáculos, como
el de la revelación de la demanda o el "gorrón".
Además, las posibilidades del mercado a la hora de suministrar
bienes públicos son más grandes de lo que se piensa,
y crecientes con el progreso técnico. Un famoso economista
clásico sostuvo que los faros debían ser estatales,
porque no se podía ir a alta mar a cobrarles a los barcos
que de él se beneficiaban; en realidad, en su propio tiempo
los faros eran mayoritariamente privados, y su coste se sufragaba
con unas tasas que pagaban los barcos al atracar en los puertos
cercanos, que también eran privados. Producción pública
no es lo mismo que provisión pública, y es perfectamente
concebible que empresas privadas proporcionen bienes públicos,
desde las infraestructuras hasta la seguridad e incluso la justicia
(hay tribunales de arbitraje privados). El ámbito de las
transacciones voluntarias es mucho mayor de lo que incluso algunos
pensadores liberales han estado dispuestos a reconocer. Ni la ausencia
de rivalidad ni la de exclusión bastan para determinar que
los bienes públicos no puedan ser suministrados por el mercado.
El papel de la tecnología en la disolución de monopolios
y supresión de bienes públicos es también patente.
El abaratamiento de las comunicaciones y el progreso técnico
ha hecho que la televisión se haya vuelto sumamente divisible
y no tenga hoy las características de bien público
que durante años se supuso que tenía. Es verdad que
sigue en manos del Estado en buena parte del mundo, pero eso no
tiene nada que ver con ningún defecto del mercado, y más
bien responde a la necesidad de propaganda política. El éxito
en haber predicado que su papel es insustituible en la televisión
es lo que explica la permanencia del Estado en dicho medio, cuando
es probable que si mañana el Gobierno decidiera crear un
periódico se levantaría un clamor unánime de
indignación.
En la práctica, la excusa del bien público para suprimir
el mercado es endeble y muy pocos de los bienes que produce el Estado
son públicos en sentido más o menos riguroso; quizá
sólo uno: el imperio de la ley. Y por otro lado parece que
los bienes son hechos públicos por el Estado; es él
quien decide cuáles bienes son públicos y cuáles
no, y hasta cuándo.
Una distorsión parecida afecta a quienes abordan desde una
perspectiva intervencionista las ya mencionadas externalidades.
En el mercado las transacciones son voluntarias; cuando hay efectos
no voluntarios de las transacciones sobre el bienestar de personas
que no forman parte de las mismas, esos efectos no computados ni
compensados sobre terceros se denominan efectos externos o externalidades.
Hace tiempo que los economistas que investigaban los fallos del
mercado se dieron cuenta de que el medio ambiente era un campo fértil
para las externalidades.
Veamos un ejemplo clásico, analizado a principios del siglo
XX, mucho antes de que la ecología se pusiera tan de moda
como en nuestros días: si hay una fábrica junto a
una población y los humos de la fábrica manchan las
camisas tendidas en los patios de las casas, allí hay una
externalidad negativa: el empresario está produciendo algo
(humo) cuyo coste paga un tercero (los vecinos). El mercado, así,
estaría operando ineficientemente; en este caso la producción
de la fábrica resulta superior a la "óptima".
Dado este evidente fallo del mercado, los economistas tendieron
a coincidir en que la única solución posible era la
intervención pública, con controles, multas, impuestos
y subvenciones. Esto es lo que apasiona a los ecologistas: en su
aplastante mayoría creen que el mercado es letal para el
medio ambiente, y que la única salida es la intervención
política.
Pero algunos estudiosos empezaron a enfocar el asunto desde otro
ángulo, y se preguntaron por qué en el caso de algunas
externalidades no había soluciones de mercado y en otras,
en cambio, sí las había, y los "productores"
y "consumidores" de efectos externos podían llegar
a acuerdos que resolvían el conflicto. Por ejemplo, los agricultores
en América del Norte y otros lugares consiguieron indemnizaciones
de los primeros ferrocarriles, que atravesaban sus campos y cuyas
chispas solían incendiar los sembrados.
Y así, dentro de un amplio movimiento de la teoría
económica, que fue dejando atrás en áreas muy
diversas los enfoques meramente asignativos del mercado, surgió
el llamado "neoinstitucionalismo", que colocó el
énfasis en las instituciones más que en el engañosamente
fácil silogismo que iba del fallo del mercado a la imperiosa
necesidad de la intervención pública.
Estos economistas observaron que normalmente los denominados fallos
del mercado, como las externalidades, no eran en realidad del mercado
sino de los costes de transacción o de la indefinición
de los derechos de propiedad. En el caso de los humos no falla el
mercado sino el marco institucional, porque el aire no es de nadie
y sería quizá prohibitivamente costoso que una población
entera negociara con el empresario para que contaminara menos. Es
la indefinición del derecho de propiedad, no el mercado,
lo que provoca los problemas denominados "tragedia de los comunes",
es decir, la tendencia a sobreexplotar los recursos cuya propiedad
no es privada.
Esto quiere decir que lo mejor no siempre es actuar contra el causante
de la externalidad, y que las soluciones de mercado son concebibles,
aunque no siempre sean practicables. Cabe reflexionar antes de concluir
que es indispensable hostigar al dueño de la fábrica
con impuestos y multas: hay que tener en cuenta que no se trata
en sentido estricto de un fallo del mercado, que no exige su destrucción,
que no supone que la intervención coactiva en el mismo elimine
el problema, y que una eventual negociación entre el fabricante
y los damnificados por sus humos no llevaría al cierre de
la fábrica y a la contaminación nula. Otra forma de
ver este último punto es la siguiente: la tesis de que hay
que cobrarle un impuesto al empresario con objeto de que pague el
coste social de lo que produce, y no sólo el coste privado,
enfrenta la dificultad de que hay que conocer de antemano cuál
es el nivel "óptimo" de contaminación. No
va de suyo que las autoridades, ni los ecologistas, lo conozcan
mejor que otros.
Por lo tanto, en este caso, como en el de los bienes públicos,
no es correcto deducir automáticamente de una externalidad
la necesidad de interferir en los mercados. Este freno analítico
es tanto más importante cuanto menos clara esté la
definición de externalidad, porque bien mirados virtualmente
no habrá ningún bien ni ningún servicio que
carezca por completo de efectos externos.
La posibilidad de que no fallen los mercados sino las instituciones
abre también vastas posibilidades de reforma que permitan
aprovechar la energía innovadora de los individuos en el
mercado para conseguir neutralizar las externalidades.
Equidad y macroeconomía
Pero no sólo se adujo que el mercado se autoanulaba en
monopolios o era ineficiente en la provisión de bienes públicos
o con efectos externos, sino que se le añadieron otros dos
graves defectos: es injusto y provoca perturbaciones macroeconómicas.
En ambos casos, asimismo, se concluyó que la interposición
del Estado era imprescindible.
El argumento de la justicia es en extremo delicado, porque quebranta
una de sus condiciones clásicas: la no discriminación.
La justicia tiene los ojos vendados, y no puede haber un tratamiento
diferente de los individuos según sus condiciones particulares.
Esto se ha perdido por completo, y se interpreta que la justicia
es la igualdad. Así, se dice que países ricos son
"injustos" no porque su renta per cápita sea baja
sino porque hay "mucha desigualdad"; no cuenta el nivel
de vida de los pobres sino ese nivel con relación al nivel
de vida de los ricos.
La desigualdad puede verse como un fallo del mercado, en el sentido
de aceptar teóricamente la distribución según
la productividad, que es lo que hace el mercado, pero alegar que
como el mercado no funciona a la perfección, entonces la
distribución resultante no es la mejor posible. Generalmente,
sin embargo, se suele ir más allá y se sostiene que
el hecho mismo de que las retribuciones dependan de la productividad
es injusto, porque no es igualitario.
No hay, empero, manera de resolver la desigualdad humana: es inerradicable,
somos diferentes en nuestros talentos y oportunidades, y en el esfuerzo
que desplegamos para aprovecharlos. Ninguna intervención
en el mercado puede suprimir la desigualdad; en cambio, lo que suele
suceder es que el Estado sustituya una desigualdad por otra, y no
haya forma de determinar cuál desigualdad es más "justa".
Volveremos sobre esta cuestión en la crítica al Estado,
pero conviene retener la idea de que el intervencionismo ha escogido
la desigualdad como arma contra la libertad económica, y
que no tiene base: no es patente que la distribución derivada
del mercado sea injusta. El mercado reduce la desigualdad e impide
la perpetuación de los privilegios; el mercado no sólo
propicia el crecimiento sino que tiende a incrementar la participación
del trabajo en la renta nacional, porque el capital que crece proporcionalmente
más es el capital humano, que está mucho más
igualitariamente distribuido que el capital físico.
Una de las armas con las que se critica al mercado son las cifras
sobre riqueza y pobreza. En general las estadísticas son
elaboradas por el sector público, y tienen como objetivo
facilitar su intervencionismo, o bien sancionar la necesidad del
mismo para "hacer algo" sobre una serie de contratiempos
reales o ficticios. Pasemos por encima del hecho conocido de que
en países con alta fiscalidad y Estados redistribuidores
existen poderosos incentivos para ocultar la riqueza y exhibir la
pobreza; en todo caso, la desigualdad no es consecuencia del mercado
libre sino de otros factores, como el progreso técnico que
puede haber acelerado la obsolescencia del capital humano de los
trabajadores menos capacitados. Este fenómeno fue estimulado
por los gobiernos a través de los salarios mínimos
y otros costes laborales, que fomentan artificialmente la tecnología
de sustitución de mano de obra, que lo que busca es eludir
unos costes que el propio Estado crea, y cuyo resultado ha sido,
como vimos en España, un agravamiento del paro entre jóvenes,
mujeres y personas sin cualificación.
La desigualdad en el mercado puede beneficiar a todos, siempre que,
primero, todos podamos ser ricos, es decir, que nadie nos impida
trabajar o montar una empresa porque somos mujeres o judíos
o negros; y segundo, el salario de los más pobres resulte
mayor que el que resultaría en una economía sin mercado.
Dado el hecho de que las personas somos desiguales, incluso llevamos
una carga genética distinta, de lo que se trata es de sacar
partido de esas diferencias, no suprimirlas por decreto; se trata
de dar la oportunidad para que cada uno desarrolle sus distintas
capacidades. El mercado facilita esta igualdad de oportunidades,
mientras que el intervencionismo puede dificultarla en aras de una
presunta igualdad inalcanzable.
Los intervencionistas nos abruman con comparaciones estadísticas
que blanden a guisa de argumento; dicen, por ejemplo, que con los
helados saboreados en Europa se podría alimentar a todo Burundi.
Ejércitos de burócratas internacionales (que ganan
espléndidos sueldos, generalmente libres de impuestos) se
encargan periódicamente de "denunciar" la desigualdad,
ante el regocijo de políticos, periodistas, intelectuales,
artistas y religiosos. Se extraen indignadas conclusiones porque
la energía consumida en Estados Unidos equivale a la de docenas
de otras naciones. Una y otra vez los medios de comunicación
se hacen eco de informes sobre "líneas de la pobreza",
"desarrollos humanos" y otras categorías análogas.
De ahí se pasa rápidamente a la necesidad de la intervención
política y la redistribución "solidaria"
para corregir las "injusticias".
Nada de esto tiene ningún relieve analítico. Los pobres
de Burundi no son pobres porque los europeos comamos helados, sino
porque en Burundi no existen las condiciones para que funcione el
mercado. Mientras no existan, de poco servirán las ONGs,
porque los países no se vuelven masivamente ricos con la
caridad, sino con el comercio. La caridad es muy valiosa (siempre
que sea libre, volveré sobre ello), pero el mercado es lo
que asegura el bienestar de la mayoría. En cuanto a las comparaciones
entre los países ricos y pobres, son igualmente absurdas:
Europa o Estados Unidos consumen más energía, y más
de todo, que África por la sencilla razón de que producen
más que África.
Otro capítulo importante dentro del nutrido catálogo
de defectos del mercado no tuvo que ver con la equidad redistributiva
sino con la macroeconomía, con los grandes equilibrios de
la economía entendida en el conjunto de un país o
grupo de países. Se pensó que esos defectos exigían
la intervención estatal puesto que el mercado libre no garantizaba
ni el crecimiento, ni la estabilidad, ni el pleno empleo.
Las fluctuaciones económicas cuentan con una larga historia,
desde que José interpretó los sueños del Faraón.
Pero el centro de la discusión moderna que nos ocupa tuvo
lugar durante el siglo XX, porque los economistas se convencieron
de que esas fluctuaciones no tenían que ver con la naturaleza
o el clima o la legislación o la política sino con
el mercado, que era inherentemente inestable. La solución
era limitarlo y conseguir así una moderación de los
ciclos económicos y una solución al paro y la inflación.
Los criterios pasaban por una expansión del Estado y una
supresión de los límites que lo habían contenido
hasta entonces. Así, la meta del presupuesto equilibrado
fue arrojada al desván de los recuerdos, y otro tanto sucedió
con el patrón oro, una regla monetaria objetiva, al margen
de los gobiernos, que fue reemplazada por los bancos centrales,
estatales y monopólicos, que empezaron a emitir moneda sin
límite establecido -una moneda que se llama "fiduciaria"
porque descansa sólo en la fe, en la confianza de que las
autoridades no la van a emitir en exceso.
Este optimismo duró hasta los años setenta, cuando
la crisis del petróleo vino acompañada de un fenómeno
inédito, bautizado como "estanflación",
la combinación de estancamiento económico e inflación,
y por el descalabro en 1971 del sistema monetario internacional
creado en Bretton Woods en 1944, que dio al traste con la última
regla objetiva que quedaba: el compromiso de Estados Unidos de mantener
un tipo de cambio fijo entre el oro y el dólar.
La inestabilidad monetaria y el paro se volvieron protagonistas
permanentes de la vida económica, que con el colapso del
comunismo recibió el nombre de "globalización".
Se mantuvo la teoría de que los males habían sido
causados por el mercado, y que se requería su control. En
realidad, la intervención del Estado produjo costes y rigideces
de todo tipo que ejercieron su impacto en la reducción del
ahorro privado, la inversión, el crecimiento y el empleo.
Al revés de lo que sostuvieron los intervencionistas, el
Estado no cumplió ninguno de los objetivos que pretendía.
El caso de la banca es interesante, porque la opinión no
profesional la considera habitualmente el paradigma del mercado
libre. No lo es en absoluto. Es un sector por un lado privilegiado,
porque puede prestar una parte apreciable del dinero que recibe
de los depositantes, que lo depositan despreocupadamente porque
están protegidos por un seguro obligatorio establecido por
las autoridades, y por el otro controlado, como lo prueba la existencia
de poderosos y vigilantes bancos centrales; por supuesto, no sólo
esta vigilancia puede ser y es mal realizada, sino que además,
si la banca no está institucionalmente restringida, se vale
de su extraordinario e injustificado privilegio para expandirse
ilimitadamente, tal como sucede en España. En todo caso,
y aparte de las fundadas críticas que pueden lanzarse al
sistema bancario, hay que subrayar que la idea de que los mercados
ganan terreno puede haberse extendido, pero desde luego no en la
moneda. Por doquier hay productos y servicios privados compitiendo
en mercados con entradas relativamente libres. Pero en todo el mundo
la moneda es un monopolio público, y la única cuestión
que parece debatirse es cómo debe conducirse dicho monopolio:
nadie discute su carácter monopólico ni su carácter
público.
La intervención del Estado en la banca central ha ocasionado
graves perjuicios, como por ejemplo la inflación, equivocadamente
atribuida a los salarios y otros costes, cuando sólo se debe
a los gobernantes, que han introducido en la economía una
perturbación fundamental, algo parecido a lo que sucedería
si el kilogramo o el metro cambiasen de peso o dimensión.
La falta de conciencia sobre esta perturbación es lo que
explica que se siga pensando que los mercados son los responsables
de las crisis financieras, o que la culpa es de los "especuladores".
Algo parecido sucede con el desempleo. Se busca la intervención
de los políticos para "resolver" el paro, cuando
en realidad el paro es culpa de los propios políticos, por
los costes y distorsiones que imponen sobre los mercados laborales
y otros en términos de impuestos, cotizaciones a la Seguridad
Social, legislación laboral, subsidios de desempleo, etc.
Todo esto o bien produce abiertamente desempleo o bien empuja a
los ciudadanos hacia la muy poco eficiente solución de la
economía sumergida, pero no tiene nada que ver con el mercado
libre.
Información incompleta
Ocurre asiduamente que en las transacciones del mercado la información
no sea suficiente ni esté equitativamente repartida entre
los agentes. Se habla, así, de información incompleta
o asimétrica como otro fallo del mercado, y se la esgrime
como justificación de la intervención política
en el mismo. Se trata de un fallo genuino, que existiría
incluso en el caso de una total ausencia de efectos externos o bienes
públicos. Veamos dos ejemplos típicos: cuando un individuo
va a comprar un coche de segunda mano o acude a la consulta de un
médico, la información sobre lo que compra es muy
escasa para él y está prácticamente monopolizada
por los vendedores. Puede demostrarse teóricamente que el
equilibrio competitivo en estos casos no es eficiente y el precio
será mayor y la calidad menor que en condiciones abstractas
óptimas.
Este argumento ha sido utilizado para significativas invasiones
del Estado sobre los recursos de los ciudadanos, en el llamado Estado
del Bienestar. Se alegó que en el caso de la salud, ésta
debía ser estatal, porque las personas carecen de la información
precisa para cuidarse adecuadamente. También se dijo que
las pensiones debían ser manejadas por el Estado, porque
la falta de información conduciría a la llamada "miopía
de los ahorradores": la gente no prevé bien el futuro
y no iba a ahorrar lo suficiente. Con este tipo de razonamiento
unos bienes privados que estaban organizados libremente, en cooperativas
y mutualidades y otras instituciones, fueron colectivizados por
la fuerza.
En realidad, todos los mercados tienen problemas de información,
y ella afecta a la virtual totalidad de nuestras transacciones.
¿Deberían ser por ello clausurados los mercados? Eso
sería una locura. Es equivocado creer que la información
es sólo un dato o un insumo del mercado; es fundamentalmente
un producto del mismo, y el mercado crea información igual
que crea recursos, que nunca están dados. El cumplimiento
de las reglas y del Estado de Derecho es lo que garantiza que las
informaciones asimétricas no den lugar a tramas masivas de
explotación y fraude, sino todo lo contrario. El mercado
resuelve la escasez informativa y no depreda debido a sus asimetrías.
La conclusión, pues, fue otra vez en extremo apresurada.
Ni siquiera aunque fuera cierto que hay problemas insolubles de
información asimétrica ello conduce necesariamente
a unos sistemas públicos; por ejemplo, en Chile las pensiones
son privadas, pero todos los chilenos están obligados a depositar
en los fondos de pensiones al menos un 10 % de su salario todos
los meses. Hay quien añade al obstáculo informativo
otro fallo del mercado: los activos en que se invierte el dinero
de los futuros pensionistas no son seguros. Pero para justificar
la supresión del mercado en las pensiones habría que
demostrar que la rentabilidad del dinero recaudado y administrado
por el Estado es superior a la del dinero obtenido e invertido por
los ciudadanos, y que las deficiencias informativas de éstos
son superiores a las de aquél.
Ni la salud, ni las pensiones, ni la educación son bienes
esencialmente públicos sino esencialmente privados y no son
convincentes los argumentos que los intervencionistas han planteado
para excluirlas del mercado total o parcialmente. Se ha recurrido
entonces a la teoría de que son bienes "preferentes",
es decir, en principio son privados pero el Estado debe intervenir
en su mercado porque su producción tiene costes y beneficios
sociales que no aconsejan su intercambio exclusivo a través
del mercado. El caso inverso serían los bienes indeseables,
como el tabaco o el alcohol o las drogas, que también requerirían
por razones simétricas el control de su mercado. Pero si
la definición de bienes públicos es ardua, la de bienes
preferentes lo es quizá aún más, y de hecho
ha amparado una vasta panoplia de intervenciones públicas
de todo tipo; y además, como veremos, las intervenciones
del Estado en la práctica están lejos de la eficacia
y del criterio del bienestar general.
La perfección y otros dislates
El argumento a favor del mercado no requiere en absoluto que se
trate de una entidad sublime y perfecta, habitada por seres angelicales
y superdotados. Lo que ocurre es que sus adversarios lo suelen ver
como un cruel mecanismo de explotación de los desfavorecidos,
a los que la libertad petrificaría en una posición
subordinada. Así, el Estado tiene que intervenir en los mercados
para proteger a los débiles: los trabajadores, los consumidores,
los inquilinos, etc. En la segunda parte de este ensayo explicaremos
que esta intervención no es neutral, ni mucho menos lógicamente
preferible a su ausencia.
Hay fallos del mercado, pero su solución no exige el recorte
de la libertad: puede haber soluciones de mercado. Es el Estado
el que provoca o agrava muchos fallos del mercado, que pueden ser
resueltos mediante reglas o instituciones que den pie a una cooperación
más eficaz. La idea de que hay que intervenir en los mercados
porque éstos no son perfectos, como si algo humano lo fuera,
no sólo es equivocada sino que la realidad es la contraria:
la utilidad de los mercados deriva de la imperfección humana.
No sabemos lo que va a pasar, y en verdad tampoco lo que pasa: nadie
posee una visión cabal del proceso económico. El mercado
no presupone ninguna sabiduría, pero en cambio sí
retribuye las soluciones acertadas y anima la iniciativa individual
y colectiva para abordar los problemas sociales.
Es interesante que los partidarios del mercado seamos considerados
a veces como "fundamentalistas" y se atribuya al liberalismo
una faceta religiosa. En la práctica, las religiones y el
liberalismo han solido mantener una abierta hostilidad. Donde sí
cabe detectar una vinculación entre el liberalismo y la religión
no es en el fanatismo ni en la fe ciega en fuerzas mágicas
celestiales, sino en la modestia y en la conciencia de nuestra falibilidad.
En el mundo operan efectivamente manos invisibles, cuya lógica
y alcance se nos escapan.
Esta confesión de ignorancia y deficiencia en la economía
y las ciencias sociales, dada la complejidad y radical imprevisibilidad
de la acción humana, se halla en total consonancia con lo
que ha sido la evolución de las ciencias exactas durante
el siglo XX. Podrá parecer llamativo, en esta época
que tantos asombrosos adelantos científicos ha prodigado,
pero lo cierto es que un gran salto de la ciencia contemporánea
ha sido la demostración de la imposibilidad de la existencia
de sistemas completos y cerrados, capaces de explicarlo todo; en
cualquier sistema siempre habrá cosas que no se pueden demostrar
dentro del mismo.
Esto vale para las matemáticas y la física, que en
principio parecen lo menos vulnerable a esta clase de limitaciones.
Una de las facetas de esta humildad demostrada, por así decirlo,
es que no hay evidencia tajante de que el universo debió
ser como es, y que las cosas en la naturaleza no pudieron pasar
de otra manera. Si esto es cierto para las ciencias exactas y naturales
¿qué decir de la política, la economía,
la sociedad?
Es posible que esta básica imperfección humana, junto
al carácter contraintuitivo de los mercados, haya motivado
el rechazo de la libertad económica a todos los niveles,
destacadamente en el intelectual y el artístico: no hay artistas
que canten al mercado, pero miles de ellos cantaron las alabanzas
de su eliminación, que empobreció y tiranizó
a media humanidad. Esta opinión llegó a imponerse
también entre los economistas, en particular después
de la crisis de 1929. Varias décadas y muchos fracasos después,
en nuestro tiempo empieza lentamente a extenderse la duda sobre
si el intervencionismo que explotó desde entonces fue una
buena idea, o más bien potenció la inevitable debilidad
humana.
Ahora bien, es un disparate pensar que la doctrina que apoya el
mercado ha conquistado ya la victoria definitiva: el "fin de
la historia" o el "pensamiento único" o la
generalización de consignas hostiles a lo público
y favorecedoras de lo privado. Ha habido sin duda reformas liberalizadoras,
y el consenso liberal en varios campos, en especial entre los economistas,
es mayor que antes, pero en la opinión pública y publicada
prevalece aún la visión ingenua y primitiva del mercado,
la aplicación de criterios de puro sentido común instintivo
a una materia que es altamente compleja, y la distorsión
que separa al mercado del liberalismo, lo acusa de un rudo economicismo
y le niega sus fundamentales facetas morales. En la práctica,
el gasto público no se ha reducido apreciablemente, a la
vez que han proliferado nuevos campos para la intervención
pública en los mercados. El miedo a la libertad económica
no ha sido despejado, ni mucho menos.
En suma, el mercado ha sido restringido excesivamente y los argumentos
esgrimidos para justificar la restricción no son tan poderosos
como se pensó en un principio. Procederemos ahora a analizar
esos argumentos desde la otra perspectiva, y comprobaremos que así
como no es cierto que los fallos del mercado son tan clamorosos,
los del Estado han sido con frecuencia mal interpretados, cuando
no abiertamente ignorados.
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