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ALTRUISMO Y CAPITALISMO
por David Kelley
El sistema capitalista se inició en el siglo que va de
1750 a 1850, como resultado de tres revoluciones. La primera fue
una revolución política: el triunfo del liberalismo,
particularmente la doctrina de los derechos naturales, y la visión
de que la función del gobierno debe limitarse a proteger
los derechos individuales, incluyendo los derechos de propiedad.
La segunda revolución fue el nacimiento del entendimiento
económico, culminando con "La Riqueza de las Naciones"
de Adam Smith. Smith demostró que cuando los individuos
son dejados libres para perseguir sus propios intereses económicos,
el resultado no es el caos, sino el orden espontáneo, un
sistema de mercado en el cual las acciones individuales son coordinadas
y se produce mayor bienestar que el que se lograría si
el gobierno manejara la economía.
La tercera revolución fue, por supuesto, la Revolución
Industrial. La innovación tecnológica proveyó
una palanca que multiplicó los poderes productivos del
hombre. El efecto no fue solamente elevar el nivel de vida de
todos, sino alertar a los individuos de que podrían obtener
una fortuna inimaginable en poco tiempo.
La revolución política el triunfo de la doctrina
de los derechos individuales- fue acompañada por el espíritu
del idealismo moral. Fue la liberación del hombre de la
tiranía, el reconocimiento de que todo individuo, sea cual
sea su ubicación en la sociedad, es un fin en sí
mismo. Pero la revolución económica fue expresada
en términos moralmente ambiguos: como sistema económico,
el capitalismo fue presentado como concebido en el pecado. El
deseo de riqueza cedió bajo la sombra del mandato cristiano
contra el egoísmo y la avaricia. Los primeros estudiosos
del orden espontáneo fueron conscientes de que estaban
sosteniendo una paradoja moral: la paradoja, como la expresó
Bernard Mandeville, de que los vicios privados podrían
producir beneficios públicos.
Los críticos al mercado siempre capitalizaron estas dudas
sobre su moralidad. El movimiento socialista ha sostenido que
el capitalismo multiplicó el egoísmo, explotación,
alienación, injusticia. Esta misma creencia invocó
el estado benefactor, que redistribuye los ingresos a través
de programas del gobierno, en nombre de la "justicia social".
El esfuerzo por construir una sociedad socialista ha sido colapsado
ahora, acabando con un trágico experimento social, que
ha demostrado que un sistema colectivista es incompatible con
prosperidad, libertad y justicia. Poca gente negaría hoy
las virtudes económicas del sistema de mercado. Pero el
capitalismo no ha escapado aún de la ambigüedad moral
en la cual fue concebido. Es valorado por la prosperidad que produce;
es valuado como una precondición necesaria para la libertad
política e intelectual. Pero pocos de sus defensores están
preparados para afirmar que el modo de vida central del capitalismo
la persecución del propio interés a través
de la producción y el comercio- es moralmente honorable,
mucho menos que noble o ideal.
EL ROL DEL ALTRUISMO
Los motivos de aquellos que prosperan en el mercado, siempre
han sido vistos con sospecha. Al fin del siglo pasado, hombres
como Andrew Carnegie, John D. Rockefeller, James J. Hill y J.P.
Morgan, se hicieron millonarios construyendo ferrocarriles y acerías,
buscando petróleo, y financiando un fabuloso estallido
de crecimiento económico. Los historiadores económicos
han mostrado que estos empresarios consiguieron su riqueza por
la producción, no por la predación. Sin embargo,
ellos son aún hoy rutinariamente descriptos como "barones
del robo". Un ejemplo reciente es la última década.
En los 1980s, una tremenda explosión de energía
creativa originó nuevos productos de consumo, nuevos instrumentos
financieros, nuevas formas de organización de negocios.
Sin embargo, se denunció a la década de los 80
como la "década de la codicia", porque mucha
gente hizo mucho dinero. Y hoy escuchamos reclamos renovados por
programas gubernamentales para acabar con la alegada falta de
equidad del mercado.
No hay misterio acerca de dónde proviene la antipatía
moral contra el mercado. Nace en la ética del altruismo,
que está enraizada profundamente en la cultura occidental,
al igual que en la mayoría de las culturas. Según
los parámetros del altruismo, la persecución del
propio interés es, en el mejor de los casos, un acto neutral,
fuera del campo de la moralidad, y en el peor de los casos un
pecado. Es verdad que el éxito en el mercado se consigue
por los tratos voluntarios, y satisfaciendo las necesidades de
otros. Pero también es verdad que quienes triunfan están
motivados en el lucro personal; y la ética está
más interesada en los motivos que en los resultados.
Pero, ¿Qué significa exactamente el término
"altruismo"? Por un lado, puede significar nada más
que delicadeza o cortesía. Por otro lado, puede significar
la completa sumisión del yo en un enorme agujero social.
Esto es lo que entendió Augusto Comte cuando acuñó
el término. "Vivir para otros", "incorporarse
a la Humanidad", esas, dijo él, eran las virtudes
cardinales de su "religión de Humanidad" (1).
El altruismo, en este sentido más profundo, es la base
para los varios conceptos de "justicia social" que se
han usado para defender los programas gubernamentales que redistribuyen
la riqueza. Mi objetivo es mostrar que este principio de altruismo
no es compatible con el reconocimiento del individuo como fin
en sí mismo. Mi argumento está basado en el trabajo
de la escritora y filósofa norteamericana Ayn Rand, cuya
fama o notoriedad descansó en la batalla
que le presentó al altruismo.
CONCEPTOS DE JUSTICIA SOCIAL
Comenzaré señalando que las demandas por justicia
social toman dos formas diferentes, que llamaré estado
de bienestar e igualitarismo. De acuerdo con el estado de bienestar,
los individuos tienen un derecho a ciertas necesidades de la vida,
incluyendo un nivel mínimo de alimento, albergue, vestimenta,
asistencia médica, educación, y más. Es responsabilidad
de la sociedad asegurar que todos sus miembros tengan acceso a
estas necesidades. Pero un sistema capitalista laissez-faire no
las garantiza para todos. Entonces, argumentan los sostenedores
de esta teoría, el capitalismo no cumple su responsabilidad
moral, y debe ser modificado a través de la acción
estatal para proveer tales bienes a la gente que no los puede
obtener por sus propios esfuerzos.
De acuerdo con el igualitarismo, la riqueza producida por una
sociedad debe ser distribuida equitativamente. Es injusto que
algunas personas ganen 15, 50 o 100 veces más que otras.
Pero el capitalismo laissez-faire permite y promueve estas desigualdades
en la distribución de la riqueza, y por ello es injusto.
La característica del igualitarismo es el uso de las estadísticas
sobre distribución de los ingresos. En 1989, por ejemplo,
el 20% de los norteamericanos más ricos recibían
el 45% del total de los ingresos, mientras que el 20% más
pobre recibía sólo el 4% del total de los ingresos.
El fin del igualitarismo es reducir esta diferencia; cualquier
cambio en la dirección de una mayor igualdad es considerado
como un acto de equidad.
La diferencia en estas dos concepciones de justicia social es
la diferencia entre los niveles absoluto y relativo de bienestar.
Los partidarios del estado bienestar demandan que la gente tenga
acceso a un mínimo estándar de vida. Mientras exista
este piso no importa cuánta riqueza tenga cada uno, o cuanta
disparidad exista entre ricos y pobres. Por ello, están
interesados primordialmente en programas que beneficien a la gente
que está en niveles de pobreza, enfermedad, desempleo o
carenciados en cualquier otra forma.
Los igualitarios, por otro lado, están interesados en
el bienestar relativo. Sostienen que de dos sociedades posibles,
ellos prefieren aquella en que la riqueza sea más igualmente
distribuida, aún cuando el nivel de vida sea menor. Están
a favor de medidas gubernamentales como los impuestos progresivos,
que ayudan a distribuir la riqueza de acuerdo con la escala de
ingresos. También intentan nacionalizar bienes tales como
educación y medicina, sacándolos completamente del
mercado y haciéndolos accesibles a todos de un modo más
o menos igual.
Trataré ambos conceptos de justicia social por orden.
ESTADO DE BIENESTAR
La premisa fundamental del estado bienestar es que la gente tiene
derecho a bienes tales como comida, vivienda y asistencia médica.
Son titulares de esas cosas. Sobre esta base, quien recibe beneficios
de un programa del gobierno está recibiendo meramente lo
que se le debe, del mismo modo que un comprador que recibe el
bien por el que ha pagado, recibe lo que se le debe. Cuando el
estado otorga estos beneficios protege derechos, del mismo modo
que cuando protege a los compradores del fraude. En ningún
caso existe necesidad de gratitud.
El concepto de derechos al bienestar, o derechos positivos, como
frecuentemente se los llama, está modelado en los tradicionales
derechos liberales a la vida, libertad y propiedad. Pero existen
diferencias bien conocidas. Los derechos tradicionales son derechos
a actuar sin interferencia de otros. El derecho a la vida es un
derecho a actuar con el propósito de preservarse a uno
mismo. No es un derecho a ser inmune a la muerte por causas naturales,
aún a una muerte prematura. El derecho a la propiedad es
el derecho a comprar y vender libremente, y apropiarse de los
bienes de la naturaleza que no tengan dueño. Es el derecho
de buscar propiedad, pero no un derecho a una dote de la naturaleza
o del estado; no es una garantía de éxito para adquirir
nada. En consecuencia, estos derechos imponen a otros sólo
la obligación negativa de no interferir, no impedir por
la fuerza que alguien actúe como ha elegido. Si me imagino
a mí mismo extraído de la sociedad viviendo,
por ejemplo, en una isla desierta- mis derechos estarían
perfectamente seguros. Podría no vivir mucho y ciertamente
no viviría bien; pero estaría perfectamente libre
de asesinato, robo o asalto.
Por contraste, los derechos al bienestar se conciben como derechos
a poseer y disfrutar ciertos bienes, sin interesar la acción
personal; son derechos a tener bienes provistos por otros si uno
no puede obtenerlos por sí mismo. En consecuencia, los
derechos al bienestar imponen obligaciones positivas sobre otros.
Si tengo derecho a comida, alguien está obligado a crearla.
Si no puedo pagarla, alguien deberá comprarla para mí.
Los defensores del estado de bienestar argumentan que la obligación
es impuesta a la sociedad como un todo, no a ningún individuo
en especial. Pero la sociedad no es una entidad, mucho menos un
agente moral por sobre los miembros individuales, de modo que
cualquiera de esas obligaciones cae sobre los individuos. Cuando
los derechos al bienestar se implementan mediante programas del
gobierno, la obligación es distribuida sobre los contribuyentes.
Desde un punto de vista ético, la esencia del estado de
bienestar es la premisa de que la necesidad de un individuo es
un reclamo sobre los otros. En todas las versiones de la doctrina,
el reclamo no depende de su relación personal con el reclamante,
o su elección de ayudarlo, o su evaluación de sí
él merece su ayuda. Es una obligación sin elección
basada en el mero hecho de su necesidad.
Pero debemos llevar el análisis a un escalón superior.
Si estoy viviendo solo en una isla desierta no tengo por supuesto
derechos al bienestar, desde que no hay nadie alrededor para proveerme
los bienes. Por la misma razón, si vivo en una sociedad
primitiva donde la medicina es desconocida, no tendré derecho
a la ayuda médica. El contenido de los derechos al bienestar
es relativo al nivel de riqueza económica y capacidad productiva
en una sociedad dada. Correspondientemente, la obligación
de los individuos a satisfacer las necesidades de otros depende
de su habilidad para hacerlo. Un individuo no puede ser culpado
por no proveer a otros algo que no puede producir por sí
mismo.
Pero suponga que yo puedo producirlo y simplemente elijo no hacerlo.
Suponga que soy capaz de ganar mucho más dinero del que
gano, sobre el cual se cobran los impuestos con los que deberé
sostener a un hambriento. ¿Estoy obligado a trabajar más
duro, a ganar más, para el bienestar de esa persona? No
conozco ningún filósofo del bienestar que diga que
lo estoy. El reclamo moral que se me impone por las necesidades
de otras personas es contingente, no sólo sobre mi habilidad,
sino también sobre mi deseo de producir.
Esto dice algo importante sobre el enfoque ético del estado
de bienestar. No sostiene una obligación a perseguir la
satisfacción de las necesidades humanas, mucho menos la
obligación de tener éxito en lograrlo. La obligación
es condicional: aquellos que tienen éxito en crear riqueza
deben hacerlo sólo con la condición de que otros
puedan disponer de ella. El fin no es tanto beneficiar al necesitado
como amarrar al hábil. La asunción implícita
es que la habilidad e iniciativa de una persona son ventajas sociales,
que deben ser ejercidas sólo con la condición de
que estén al servicio de otros.
IGUALITARISMO
Si vamos hacia el igualitarismo, vemos que llegamos al mismo
principio por una ruta lógica diferente. La armadura ética
de lo igualitario es definida por el concepto de justicia antes
que por el derecho. Si vemos a la sociedad como un todo, vemos
que el ingreso, la riqueza y el poder están distribuídos
en una forma cierta entre individuos y grupos. La pregunta básica
es: ¿Es equitativa la distribución existente? Si
no, debe er corregida por programas gubernamentales de redistribución.
Una economía pura de mercado, por supuesto, no produce
igualdad entre individuos. Pero algunos igualitarios han reclamado
que la justicia requiere igualdad estricta de resultado. La posición
más común es que hay una presunción a favor
de resultados iguales, y que se justifica una partida desde la
igualdad por sus beneficios sociales. El escritor inglés
R.H. Tawney escribió que "la desigualdad de circunstancias
razonable, en cuando es una condición necesaria de asegurar
los servicios que requiere la comunidad" (2). El famoso "Principio
de diferencia" de John Rawls que las desigualdades
son permitidas en tanto sirven los intereses de los menos aventajados
en la sociedad- es sólo el más reciente ejemplo
de esta afirmación (3). En otras palabras, los igualitarios
reconocen que la nivelación estricta tendría un
efecto desastroso en la producción. Admiten que la igualdad
no contribuye a la riqueza de una sociedad. La gente debe ser
recompensada de acuerdo con su habilidad productiva, como incentivo
para desarrollar los mayores esfuerzos de los que sea capaz. Pero
cualquiera de esas diferencias debe ser limitada por lo necesario
para el bien público.
¿Cuál es la base filosófica de este principio?
Los igualitarios sostienen que se sigue lógicamente del
principio básico de justicia: que la gente debe ser tratada
diferente sólo si hay diferencias en alguna forma moralmente
relevante. Si vamos a aplicar este principio a la distribución
del ingreso, debemos primero asumir que la sociedad literalmente
está empeñada en un acto de distribución
del ingreso. Esta afirmación es falsa (4). En una economía
de mercado, los ingresos son determinados por las elecciones de
millones de individuos consumidores, inversores, empresarios
y trabajadores-. Estas elecciones son coordinadas por las leyes
de oferta y demanda, y no es un accidente que un empresario exitoso
gane mucho más que un jornalero. Pero no es el resultado
de ninguna intención consciente de la sociedad. En 1992,
la mejor paga animadora de Estados Unidos fue Oprah Winfrey, quien
ganó unos 42 millones de dólares. Esto no fue porque
"la sociedad" decidió que ella mereció
tanto, sino porque millones de fans decidieron que su show merecía
verse. Aún en una economía socialista, como ahora
sabemos, los sucesos económicos no están bajo el
control de los planes del gobierno. Aún allí hay
un orden espontáneo, aun cuando corrupto, en el cual los
sucesos son determinados por luchas burocráticas, mercados
negros, etc.
A despecho de la ausencia de un acto literal de distribución,
los igualitarios aún argumentan que la sociedad es responsable
por asegurar que la distribución estadística de
ingresos siga ciertos estándares de equidad. ¿Por
qué? Porque la producción de riqueza es un proceso
cooperativo, social. Más riqueza es creada en una sociedad
caracterizada por el comercio y la división del trabajo,
que en una sociedad de productores autosuficientes. La división
del trabajo significa que mucha gente contribuye al producto final;
y el comercio significa que un mayor círculo de gente adquiere
responsabilidad por la riqueza que es obtenida por los productores.
La producción es así transformada por estas relaciones,
dicen los igualitarios, y el grupo como un todo debe ser considerado
la unidad real de producción y la fuente real de riqueza.
Finalmente, esta es la fuente de la diferencia en riqueza que
existe entre una sociedad cooperativa y una que no lo es. Entonces,
la sociedad debe asegurar que los frutos de la cooperación
sean equitativamente distribuidos entre todos los participantes.
Pero este argumento sólo es válido si consideramos
la riqueza económica como un producto social anónimo,
en el que es imposible aislar las contribuciones individuales.
Sólo en este caso será necesario establecer principios
de justicia distributiva para repartir el producto. Pero esta
afirmación, una vez más, es actualmente un vasto
conjunto de bienes y servicios individuales disponbiles en el
mercado. Es posible conocer cuál bien o servicio ha ayudado
a producir cada individuo. Y cuando el producto fue producido
por un grupo, como una compañía, es posible identificar
quién hizo qué. Después de todo, un empleador
no contrata trabajadores por su antojo. Un trabajador es contratado
por la anticipada diferencia con que sus esfuerzos contribuirán
al producto final. Este hecho es reconocido por los igualitarios
cuando sostienen que estas desigualdades son aceptables si son
un incentivo para una mayor productividad que incremente la riqueza
total de la sociedad. Para asegurarse de que los incentivos vayan
a la gente correcta, como ha observado Robert Nozick, aun
los igualitarios deben asumir que podemos identificar el rol de
las contribuciones individuales (5). En suma, no hay base para
aplicar el concepto de justicia a la distribución estadística
del ingreso o riqueza. Debemos abandonar la figura de una gran
torta a ser dividida por un padre benevolente que desea ser equitativo
con todos los chicos que hay en la mesa.
Una vez que abandonamos esa figura, ¿qué queda
del principio expuesto por Tawney, Rawls y otros: que las inequidades
son aceptables solo si sirven a los intereses de todos? Si esto
no puede ser fundado en la justicia, debe ser considerado como
materia de obligaciones que tenemos con los demás como
individuos. Cuando lo consideramos desde este aspecto, vemos que
es el mismo principio que identificamos como base de los derechos
al bienestar. El principio es que el productivo puede disfrutar
los frutos de su esfuerzo sólo bajo la condición
de que esos esfuerzos beneficien del mismo modo a otros. No hay
obligación a producir, a crear, a ganar. Pero si lo hace,
las necesidades de los otros se elevan como un condicionante a
sus acciones. Su habilidad, iniciativa, inteligencia, dedicación
a sus fines, y todas las demás cualidades que hacen posible
el éxito, son ventajas personales que lo colocan bajo una
obligación hacia aquellos con menos habilidad, iniciativa,
inteligencia o dedicación.
En otras palabras, toda forma de justicia social descansa en
la asunción de que la habilidad individual es una ventaja
social. La asunción no es meramente que el individuo no
debe usar su talento para avasallar los derechos de los menos
hábiles. Tampoco esta afirmación dice meramente
que la benevolencia o generosidad son virtudes. Dice que los individuos
deben considerarse a sí mismo como medios para el bien
de otros. Y aquí llegamos a la médula de la cuestión.
Respecto de los derechos de otras personas, reconozco que son
fines en sí mismos, que yo no debo tratarlos meramente
como medios para mi satisfacción, del mismo modo que trato
con objetos inanimados. ¿Por qué, entonces no es
igualmente moral considerarme a mí mismo como un fin? ¿Por
qué, no debo rechazar, por respeto a mi propia dignidad
como ser humano, la visión de mí mismo como medio
al servicio de otros?
UNA ÉTICA INDIVIDUALISTA
Para cuestionar la ética del altruismo, quiero mostrar
una filosofía ética alternativa, desarrollada por
Ayn Rand. Es una ética individualista, que defiende el
derecho moral de perseguir el propio interés.
Los altruistas sostienen que la vida nos presenta una elección
básica: debemos sacrificar a otros para nosotros o sacrificarnos
nosotros por los demás. En otras palabras, debemos ser
predadores o altruistas. Pero esta es una falsa alternativa, de
acuerdo con Rand. La vida no requiere sacrificios en ninguna dirección.
Los intereses de la gente racional no están en conflicto
y la procura de nuestro genuino interés requiere que tratemos
con otros por medios pacíficos, por cambio voluntario.
Para ver por qué, preguntémonos cómo decidimos
lo que está en nuestro propio interés. Un interés
es un valor que nosotros tratamos de obtener: salud, placer, seguridad,
amor, autoestima, o cualquier otro bien. La filosocía ética
de Ayn Rand se basa en el principio de que el valor fundamental
es la vida. Es la existencia de los organismos vivos, su necesidad
de mantenerse a sí mismos mediante una acción constante,
lo que origina el fenómeno de los valores. Un mundo sin
vida sería un mundo de hechos pero no de valores, un mundo
en el cual ningún estado podría ser considerado
mejor o peor que cualquier otro. El patrón fundamental
de valores, por referencia al cual una persona debe juzgar qué
es de su interés, es su vida: no meramente la supervivencia
de un momento a otro, sino la satisfacción completa de
sus necesidades a través del ejercicio de sus facultades
(6).
La facultad primaria del hombre, su medio primario de supervivencia,
es su capacidad para usar la razón. Es la razón
lo que nos permite vivir por producción y superar el precario
nivel de cazar y acopiar. La razón es la base del lenguaje,
que nos permite cooperar y transmitir conocimiento. La razón
es la base de las instituciones sociales gobernadas por reglas
abstractas. En la visión de Rand, el propósito de
la ética es proveer patrones para vivir de acuerdo con
la razón, en procura de nuestras vidas. Varias consecuencias
se siguen de este principio y sólo puedo describir algunas
pocas de ellas muy brevemente.
Para vivir por la razón, antes que nada, debemos aceptar
a la independencia como virtud. La razón es una facultad
del individuo. No importa cuánto aprendamos de otros, el
acto de pensar tiene lugar en una mente individual. Debe ser iniciado
por cada uno de nosotros por nuestra elección y dirigido
por nuestro esfuerzo mental. La racionalidad requiere que aceptemos
la responsabilidad para dirigir y sostener nuestras vidas. Segundo,
para vivir por la razón, debemos aceptar la productividad
como virtud. La producción es el acto de crear valor. Los
seres humanos no pueden vivir una vida completa descubriendo lo
que necesitan en la naturaleza, como el resto de los animales.
Tampoco pueden vivir como parásitos de otros. "Si
algún hombre intenta sobrevivir mediante la fuerza bruta
o el fraude", argumenta Rand, "saqueando, robando, engañando
o esclavizando a otros que producen, sigue siendo cierto que su
supervivencia sólo es posible por el esfuerzo realizado
por sus víctimas, aquellos hombres que han elegido pensar
y producir los bienes que ellos, los saqueadores, les arrebatan.
Tales saqueadores son parásitos incapaces de sobrevivir,
que existen destruyendo a quienes sí son capaces, a quienes
siguen el curso de acción propio del hombre"(7).
El egoísta es usualmente mostrado como alguien que no
hará nada para conseguir lo que quiere; alguien que mentirá,
hurtará y exigirá para dominar a los otros en procura
de satisfacer sus deseos. Como mucha gente, Rand consideraría
este modo de vida como inmoral. Pero su razón no es que
esto perjudica a otros. Su razón es que lo perjudica a
él mismo. El deseo subjetivo no es el patrón para
considerar que algo está en nuestro interés, y el
engaño, el robo y el poder no son los medios para lograr
la felicidad o una vida exitosa. Las virtudes que mencioné
son patrones objetivos. Están enraizados en la naturaleza
del hombre. Pero su propósito es permitir a cada persona
"conseguir, mantener, completar y mejorar ese valor último,
que es un fin en sí mismo, que es su propia vida"
(8). Entonces, el propósito de la ética es decirnos
cómo alcanzar nuestros intereses reales, no cómo
sacrificarlos.
PRINCIPIOS SOCIALES
¿Cómo entonces debemos tratar con otros? La ética
social de Rand descansa en dos principios básicos, un principio
de derechos y un principio de justicia. El principio de derechos
dice que debemos tratar con otros en forma pacífica, voluntaria,
sin iniciar el uso de la fuerza contra ellos. Sólo por
este camino el hombre puede vivir independientemente, por su propio
esfuerzo productivo; la persona que intenta vivir controlando
a otros es un parásito. Dentro de una sociedad organizada,
debemos respetar los derechos de otros si deseamos que nuestros
propios derechos sean respetados. Y sólo por este camino
podemos obtener los beneficios que provienen de la interacción
social: los beneficios del cambio económico e intelectual,
tanto como los valores de una relación personal más
íntima. La fuente de estos beneficios es la racionalidad,
la productividad, la individualidad de la otra persona, y todo
ello requiere libertad. Si vivo por la fuerza, ataco la raíz
de los valores que busco.
El principio de justicia es lo que Rand llamó el principio
del comerciante: vivir por el comercio, ofreciendo valor por valor,
nunca buscando ni entregando lo no ganado. Una persona honorable
no ofrece sus necesidades como un reclamo hacia otros, ofrece
sus valores como la base de cualquier relación. Tampoco
acepta una obligación no elegida de servir las necesidades
de otros. Nadie que valore su propia vida puede aceptar una responsabilidad
abierta de ser el mantenedor de sus hermanos. El principio del
comercio, observó Rand, es la única base sobre la
cual los humanos pueden tratar unos con otros como iguales independientes.
Lo que le he mostrado es un breve sumario de la filosofía
ética de Rand, la ética Objetivista, como ella la
llamó. Pero pienso que es suficiente para indicar que es
una alternativa a la ética tradicional del altruismo, una
alternativa que trata al individuo como un fin en sí mismo
en el completo significado del término. La implicación
de este acercamiento es que el capitalismo es el único
sistema justo y moral.
MORALIDAD Y CAPITALISMO
Una sociedad capitalista está basada en el reconocimiento
y protección de los derechos individuales. En una sociedad
capitalista, los hombres son libres de perseguir sus propios fines,
por el ejercicio de sus propias mentes. El hombre está
constreñido por las leyes de la naturaleza. La comida,
vivienda, vestimenta, libros y medicinas no crecen en los árboles.
Pero el único límite social que impone el capitalismo
es que aquellos que quieran el servicio de otros deben ofrecer
un valor a cambio. Nadie debe usar al estado para expropiar lo
que otros han producido (9).
El éxito económico en el mercado la distribución
del ingreso y la riqueza- dependerán de las acciones e
interacciones voluntarias de todos los partícipes. El concepto
de justicia se aplica al proceso de actividad económica.
El ingreso de una persona es justo si lo ganó por trato
voluntario, como recompensa por el valor ofrecido, de acuerdo
con el juicio de aquel a quien se lo ofrece. Los economistas saben
bien que no hay tal cosa como precio justo para un bien, aparte
de los juicios hechos por los participantes en el mercado acerca
del valor de ese bien para ellos. Lo mismo es verdad respecto
del precio de los servicios productivos. Esto no significa que
deba medir mi mérito de acuerdo con mi ingreso, sino que
si deseo vivir mediante el comercio con otros, no puedo demandar
que ellos acepten mis términos y sacrifiquen su propio
interés.
¿Qué pasará entonces con quien es pobre,
discapacitado o incapaz de mantenerse a sí mismo? Esta
es una pregunta válida, en tanto no sea la primera pregunta
que nos hagamos respecto de un sistema social. Es un legado del
altruismo pensar que el patrón primario para evaluar una
sociedad son los miembros menos productivos. "Benditos son
los pobres de espíritu", dijo Jesús, "benditos
son los humildes". Pero no existe ningún fundamento
en justicia para sostener que los pobres o humildes deban ser
tenidos en alguna estima especial o para considerar sus necesidades
como primordiales. Si debiésemos elegir entre una sociedad
colectivista en la que nadie es libre pero nadie padece hambre
y una sociedad individualista en la cual todos son libres pero
un puñado de personas morirán de hambre, yo sostendría
que la segunda sociedad, la libre, es moralmente preferible. Nadie
puede reclamar un derecho a que otros lo sirvan en contra de su
voluntad, aún cuando su propia vida dependa de ello. Pero
no es esta la elección frente a la cual nos encontramos.
De hecho, el pobre está mucho mejor bajo el capitalismo
que bajo el socialismo, o aún el estado de bienestar. Como
hecho histórico, las sociedades en las cuales nadie es
libre, como la antigua Unión Soviética, son sociedades
en las que un gran número de personas padece hambre. Aquellos
que son capaces de trabajar, tienen un vital interés en
el crecimiento económico y tecnológico, lo que ocurre
más rápidamente en un sistema de mercado. La inversión
de capital y el uso de la maquinaria posibilitan el empleo de
gente que de otro modo no podría producir lo suficiente
para sobrevivir. Las computadoras y los equipos de comunicaciones,
por ejemplo, hacen hoy posible que gente con severas discapacidades
puedan trabajar en sus propias casas.
Y para aquellos que simplemente no pueden trabajar, las sociedades
libres han provisto siempre numerosas formas de ayuda privada
y filantropía: organizaciones de caridad, sociedades de
benevolencia, etc. En este sentido, aclaremos que no existe contradicción
entre egoísmo y caridad. A la luz de los muchos beneficios
que recibimos del trato con otros, es natural considerar a nuestros
semejantes con un espíritu de benevolencia general, preocuparnos
por sus infortunios y ayudarlos cuando ello no significa un sacrificio
para nuestros propios intereses. Pero existen grandes diferencias
entre una concepción egoísta y una altruista de
la caridad.
Para un altruista, la generosidad hacia otros es un primario
moral y debería ser elevada hasta el punto del sacrificio,
sobre el principio: dé hasta que duela. Dar es un deber
moral, sin importar cualquier otro valor que uno tenga y el que
recibe tiene derecho a ello. Para un egoísta, la generosidad
es una entre muchas otras formas de perseguir nuestros valores,
incluyendo el valor que encontramos en el bienestar de otros.
Esto debería ser hecho en el contexto del resto de los
propios valores, sobre la base del principio: dé cuando
ello ayuda. No es un deber, ni los que lo reciben tienen derecho
a ello. Un altruista intenta considerar a la generosidad como
una expiación de culpa, asumiendo que hay algo pecaminoso
en el hecho de ser capaz, exitoso, productivo o rico. Un egoísta
considera esos mismos tratos como virtudes y ve a la generosidad
como una expresión del orgullo emanado en ellas.
LA CUARTA REVOLUCIÓN
Hay mucho más que se podría decir acerca de la
economía de distribución del ingreso, sobre la filantropía
privada en una sociedad libre y sobre los defectos de los programas
de transferencia del gobierno. Pero mi tema se relaciona con la
ética, no con la economía. Mi tópico ha sido
la ética del mercado y las bases éticas de las demandas
por justicia social. He dicho al comienzo que el capitalismo fue
el resultado de tres revoluciones, cada una de las cuales provocó
una ruptura radical con el pasado. La revolución política
estableció la primacía de los derechos individuales
y el principio de que el gobierno es un sirviente del hombre,
no su señor. La revolución económica aportó
un entendimiento del mercado. La Revolución Industrial
expandió radicalmente la aplicación de la inteligencia
al proceso de producción. Pero la humanidad nunca rompió
con su pasado ético. El principio ético de que la
habilidad individual es un haber social, es incompatible con una
sociedad libre. Si la libertad ha de sobrevivir, necesitamos una
cuarta revolución, una revolución moral, que establezca
el derecho moral de un individuo para vivir por sí mismo.
1- Auguste Comte, "A General View of Positivism", 2º
ed., trans. J.H. Bridges, London, 1865, p.374.
2- R.H. Tawney, "Equality", New York, 1952, p. 117.
3- John Rawls, "A Theory of Justice", Harvard University
Press, 1971.
4- F.A. Hayek, "The mirage of Social Justice", vol.2
of "Law, Legislation and Liberty", Chicago University
Press, 1976, chap.9.
5- Robert Nozikck "Anarchy, State and Utopia", New York,
1974, chap.7.
6- Nozick, op.cit., p. 188-89.
7- Aynd Rand, "The Objetivist Ethics", in "The
Virtue of Selfishness", New York, 1963.
8- Ibid., p.23.
9- Ibid., p.25.
10- Ayn Rand, "What is Capitalism?" in "Capitalism:
The Unknown Ideal", New York, 1967.
David Kelley es fundador y Director
Ejecutivo del The Objetivist Center,
estudió filosofía en el Vassar College y en Brandeis
University. Entre sus libros están: The evidence of the
senses, un tratado sobre epistemología; The art of reasoning,
un manual de lógica; y, recientemente, The Life of One´s
Own, un ensayo sobre los derechos individuales y el estado de
bienestar. Fue columnista del Barrons y escribió
varios artículos sobre filosofía, política
y asuntos públicos.
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