| 01-08-02002 |
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URUGUAY Y LOS MÚSICOS DEL TITANIC
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Igual que en los campeonatos de fútbol, los uruguayos -en
materia económica- no dependemos de nosotros mismos. En cada
eliminatoria de un torneo mundial hacemos cálculos sobre
resultados de partidos ajenos y especulamos sobre "la ayuda"
que otra selección pueda darnos. Cansa eso de estar dependiendo
del esfuerzo o gentileza de otros, pero por lo visto, no es suficiente
para aprender que no se pueden perder aquellos puntos que pudieron
ser ganados sin problemas. Cuando se escucha que "matemáticamente
tenemos chance", ya se sabe que habrá que gritar goles
ajenos como propios y terminar con la calculadora en la mano.
En medio de una crisis económica dura y extensa, ya no alcanza
con el esfuerzo propio para zafar de una debacle. Este es un punto
importante para el análisis: cuando se dice que esta es la
crisis más grave de la historia uruguaya, ello no significa
que no se pueda estar peor. Cuando se dice, como lo indican las
cifras, que la recesión actual es la más larga de
la historia, tampoco quiere decir que haya terminado, o sea que
aún pueda ser más extensa.
¿Podemos estar peor, económicamente? Mucha gente razona
que la situación es tan mala -por la caída de producción
durante cuatro años, cierre de empresas, aumento del desempleo,
deterioro de la calidad de los puestos de empleos, recortes salariales
y rebrote inflacionarios, pérdida del poder de compra del
ingreso familiar, incremento de la pobreza, empeoramiento de la
distribución del ingreso- que "no hay nada para perder",
porque "peor que esto no se puede estar". Obviamente esta
conclusión no tiene nada de fundamento. Es simplemente como
aquello
de "siempre que llovió paró".
Para darse cuenta que sí se puede estar peor, y mucho peor,
basta con echar una mirada hacia Argentina. Ese país nos
ha mostrado una película en varios capítulos, como
para enseñarnos el camino que podemos seguir si nos empeñamos
en caer en los mismos errores que esa sociedad.
Llama la atención que la crisis avance sin que el sistema
político emita una señal fuerte -contundente- de que
ante la gravedad del problema, hay una disposición a corregir
históricos desequilibrios con los cuales ha quedado demostrado
que no es posible convivir. Y esto no pasa por ajuste tras ajuste,
con larga discusión previa "para marcar perfiles",
para decir luego que "se ha actuado con responsabilidad".
Aunque a muchos no les guste que se compare "la economía
de todo un país" con la de una persona, la de una familia,
es claro que ni el Estado, ni un particular, ni un hogar, pueden
vivir por encima de sus posibilidades eternamente. Que la calesita
en algún momento se rompe.
El sistema político uruguayo debatió en estos días
sobre el tema económico. El Parlamento destinó casi
18 horas la semana pasada y unas seis horas más esta semana,
para analizar la crisis durante la interpelación que el senador
frenteamplista Alberto Couriel realizó al ministro de Economía,
Alberto Bensión. La frase de "que terminó sin
consecuencias políticas" ya suena como esa de "matemáticamente
tenemos chance". ¿Cómo sin consecuencias?
Lo que ocurrió fue que la izquierda no obtuvo votos suficientes
como para echar del cargo al ministro Bensión. Eso no quiere
decir que todo terminó "sin consecuencias políticas".
Las consecuencias son que el Parlamento destinó 24 horas
de trabajo en un debate en el que el Frente Amplio expresó
lo que piensa de la economía (lo que todos ya saben que la
izquierda piensa), el Partido Colorado ratificó la política
económica que aplica (lo que también todo el mundo
conoce) y algún legislador del Partido Nacional aprovechó
para "marcar perfil" propio (un jueguito que ya todo Uruguay
tiene claro).
La oposición está en su derecho de controlar, criticar
y pedir explicaciones al gobierno. Una sociedad necesita del debate
de ideas y el Parlamento es un lugar apropiado para ello. Pero también
el Poder Legislativo tiene la función de producir las reglas
de juego para la economía, y la gravedad de la situación
exige un mayor esfuerzo en esta materia, de forma tal de dar señales
al exterior de que el país está dispuesto a hacer
esfuerzos como para merecer ayuda. Los recortes de gasto público
y las reformas estructurales incluídas en el proyecto de
ley presupuestal ("rendición de cuentas"), y las
exoneraciones de impuestos y facilidades en la tramitación
de inversiones (en una ley cuyo nombre "de reactivación"
es excesivo), no pueden esperar durante semanas mientras los legisladores
presencian un desfile de delegaciones, que repiten discursos conocidos
de antemano.
Todo predecible. Todo. Casi como el final de la película.
¿Veremos algún día en Uruguay una escena tan
penosa como la del Congreso argentino cuando ovacionó el
anuncio del cese de pagos de deuda?
Es hora de darse cuenta de que ese riesgo no es tan lejano. Y que
ya no depende exclusivamente del esfuerzo propio para despejar las
dudas sobre la capacidad de pago del Estado uruguayo.
En el mercado, los Bonos públicos valen la mitad de lo que
valían a fin de año. Por ejemplo, la serie 30ª
(que asegura una tasa de interés fijo de 7,5%) se pagaba
por encima de su valor el 31 de diciembre, a 103%. Hoy se vende
a 51% y no es fácil conseguir compradores. La serie 52ª
que a fin de año se compraba a 90%, ayer martes 16 no se
podía vender ni a 40%. Y así con todas las series.
Es contundente; con estas cotizaciones (que muestran desprecio por
la deuda uruguaya), el país no puede pedir dinero prestado
para financiar su déficit. Pero además, tiene que
cumplir con compromisos generados anteriormente (para no caer en
default con las consecuencias que ello
tiene) y sólo los organismos internacionales pueden dar esa
ayuda.
Hasta fin de año vencen unos U$S 860 millones, el próximo
año unos U$S 1.745 millones y en el año electoral
unos mil millones más. Además hay que financiar el
déficit persistente y todo esto con caída de reservas.
Los activos del Banco Central eran a fin de año unos 3.100
millones de dólares, pero en lo que va del año se
perdieron casi 2.000 millones (y eso que entraron unos 840 millones
por créditos del FMI).
No va a ser fácil cumplir. Para conseguir la ayuda necesaria
como para resistir, la dirigencia política debe demostrar
seriedad, profesionalismo y rapidez a la hora de actuar. Cada vez
el tiempo se acorta y el abismo está más cerca.
Sólo llegará la ayuda si se muestra disposición
a que el país sea un ámbito acogedor de inversiones,
estimulante a la competencia, propicio para hacer buenos negocios
y para el crecimiento. Y si la ayuda no llega, o se demora, porque
los últimos prestamistas -el FMI, BID, Banco Mundial- perciban
que la caída es inevitable, no habrá quien crea en
nuestras lágrimas. Y los más infelices, los más
desprotegidos, serán los más perjudicados.
Los dirigentes políticos -obviamente los de la coalición
de gobierno, pero también en buena medida los de oposición,
que tienen alta chance de agarrar el timón en el próximo
cambio de mando- no pueden seguir como "los músicos
del Titanic", que tocaban en la cubierta de un barco que se
hundía, con la intención de "mantener en calma"
a la gente.
Nelson Fernández es Subsecretario
de Redacción de la Revista Búsqueda y corresponsal
en Uruguay del diario argentino La Nación.
Este artículo fue originalmente publicado como columna editorial
del día 11 de julio en la Revista Búsqueda.
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