| 20-08-2002 |
|
BIENVENIDO A LA LIBERTAD QUE EXTRAÑABAS,
ALCIBÍADES
|
|
Por Emilio J. Cárdenas
|
|
|
Cuando me tocó en suerte representar a mi país ante
la ONU, como Representante Permanente, conocí (como esperaba
de una experiencia de diplomacia multilateral al mas alto nivel, que
resultó apasionante) a todo un mundo de personas interesantes.
Muchas de ellas, realmente formidables. Por su diversidad y capacidad
personal. Salvo contadas excepciones, trabajé realmente en
medio de una elite. Arduamente. Pero aprendí como jamás
hasta entonces. Una experiencia absolutamente apasionante, que compartí
con un grupo de jóvenes de la Cancillería, de primer
nivel.
Entre mis pares recuerdo especialmente al Embajador Alcibíades
Hidalgo, mi colega cubano. Era solo unos pocos años más
joven que yo. Parecía casi tímido. Sobrio en su persona.
Discreto en sus opiniones. Pausado en sus juicios. Prudente, siempre.
Alcibíades, como tantos diplomáticos de Cuba, tenía
sin embargo un aire claramente triste. Como si supiera que había
en el mundo algo a lo que él no podía aspirar fácilmente:
vivir pudiendo respirar diariamente el clima de la libertad. Así
lo presentí. Una y otra vez.
Tanto, que lo invité a casa a comer solos, para que pudiera
franquearse, si lo deseaba. Nunca lo hizo, abiertamente. Pero tuve
-siempre- una sensación bien nítida: que deseaba hacerlo,
pero no se animaba. Por razones fáciles de comprender.
De allí mi mezcla de sorpresa y absoluta confirmación
de sospechas, cuando leí que Alcibíades -con sus ahora
56 años a cuesta- había llegado milagrosamente (como
tantos miles de "balseros" cubanos, que prefieren enfrentar
la muerte a vivir añorando la libertad) a los Estados Unidos.
Como refugiado, entonces.
Después de que su balsa, tras tres días de "navegación",
naufragara finalmente en el mar. Gracias a Dios, a la altura de los
cayos, cercanos a la costa sur de la Florida. A pocos kilómetros
de la tierra a la que pretendía llegar, que era su símbolo
de liberación. En la que ansiaba vivir. Y fue rescatado por
guardacostas norteamericanos, que le salvaron la vida. Como a tantos
cubanos que escapan, sin solución de continuidad, a la tiranía
de Fidel Castro. Que lleva ya 42 años haciendo padecer -interminablemente-
al pueblo cubano.
No había sido su primer intento de fuga. Este fue, es obvio,
el del éxito.
Alcibíades se había desempeñado antes, según
cabe destacar, como miembro del Comité Central del Partido
Comunista de Cuba. Y como Jefe de Gabinete del propio Fidel. Además,
fue designado embajador ante la ONU luego del mandato que allí
correspondiera al hoy poderoso e influyente Ricardo Alarcón.
Nada menos. Fue también Vice-Canciller. Y actuó representando
a Cuba en sus frustradas aventuras militares y semi-terroristas "extra-muros".
Me refiero al caso de Angola, concretamente. Y a, dicen, Nicaragua.
Eran los tiempos en que Cuba trataba, con la ayuda de la Unión
Soviética, de exportar el "milagro" comunista al
resto del continente. Su utopía, hoy desenmascarada como tal.
Apoyando con dinero, santuario, cooperación, armas y entrenamiento
a los movimientos terroristas domésticos, en los que campeaba
la ideología marxista. Como ocurriera en la Argentina, entre
otros casos. Según lo ha reconocido -expresa y desenfadadamente-
el propio tirano: Fidel Castro.
Al llegar, Alcibíades reconoció -sin vueltas- que el
mayor trabajo de la Misión (ante la ONU) era el de "realizar
tareas ilegales de espionaje e inteligencia, hacer contactos y robar
toda la información secreta posible". La actividad diplomática
-sostuvo- "era solamente un biombo". Como también
siempre sospechamos. Confirmado, ahora.
También dijo que es posible que Cuba, pese a su negativa, esté
-por lo menos- transfiriendo tecnología y conocimientos en
armas biológicas a terceros. Para él es bien sugestivo
que Fidel, justo ahora, cuando las acusaciones son públicas,
le haya pedido la renuncia a Manuel Limonta, el máximo responsable
del Centro Cubano de Ingeniería, Genética y Biotecnología".
Removiéndolo asimismo del Comité Central del Partido
Comunista, al que también pertenecía. Cual "chivo
emisario". Como es la inveterada costumbre de Fidel cuando teme
ser descubierto. O siente "venir la tormenta". Según
atestigua, entre otros, el caso del malogrado General Arnaldo Ochoa,
fusilado por Fidel en 1989.
Alcibíades comienza ahora una nueva vida. Distinta, realmente.
A diferencia del ex Canciller Roberto Robaina, recientemente destituido
por Fidel en medio de acusaciones confusas de corrupción, que
sigue en la isla. Tan preocupado, como encerrado.
Atrás queda -para él- un enorme monumento a la "cultura"
del totalitarismo: Cuba. Como lo definiría hasta el propio
Marcuse. Donde el Estado, con visible temor a la libertad, controla
férreamente todo. Hasta los rincones más íntimos
de la vida de la gente. Todo, efectivamente.
Con el terror como sistema. Con la delación como instrumento.
Y la cárcel por el delito de opinión, como dura realidad
cotidiana. Con el prejuicio (camuflado siempre por una retórica
que solo "suena" como lógica), en lugar de la razón,
alimentando el "discurso" oficial.
Como decía otro conocido fascista, Mussolini, con "la
nostra feroce volonta totalitaria". Aquella que, a través
del miedo, transforma todo en una misma (única) y macabra "realidad".
La definida -siempre- desde el totalitarismo oficial. Eliminando sistemáticamente,
sin disposición democrática alguna, todo y cualquier
vestigio de disenso. Y castigando duramente toda pretensión
de ampliar el raquítico ámbito de las libertades individuales
que está "permitido".
Alcibíades prefirió -está claro- arriesgar la
vida a seguir en ese infierno. Vio de cerca la muerte, según
narra la crónica de lo ocurrido. Y tuvo éxito.
Le deseo mucha suerte. La merece. Después de todo, estuvo dispuesto
a todo con tal de respirar -alguna vez- la libertad. Como cientos
de miles de cubanos. Muchos de ellos tuvieron éxito, conformando
una diáspora maravillosa, que testimonia un milagro de fe y
esfuerzo. El de quienes -a costa de todo- optaron por vivir en democracia.
Fuera de la Cuba de Fidel, naturalmente. Porque allí no se
puede. Por ahora, al menos.
Emilio J. Cárdenas es Embajador,
ex Representante Permanente de la Argentina ante la ONU.
|