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UN PROBLEMA DE DIFÍCIL SOLUCIÓN
PARA COLOMBIA
(Primera Parte)
Por Doug Bandow
"Esto no es Vietnam", declarando así Bill
Clinton una corriente de evasión a la era Vietnam, en su
llegada a Colombia el año pasado. Mientras los continentes
pueden ser diferentes, los conflictos frecuentemente ofrecen un
potencial similar como problemas de difícil solución
para los Estados Unidos. "Esto es como siempre comienza",
advierte el escritor Patrick Symmes. Pero todavía queda tiempo
para parar. Como Symmes acertadamente observa, "Colombia
no es Vietnam en 1965. Está más cerca de ser Vietnam
en 1955."
Colombia ha estado en crisis por alrededor de cuatro décadas,
sitiada por guerrillas del ala izquierda, paramilitares del ala
derecha, y bien posicionados productores de droga. Como muchos gobiernos
latinoamericanos, eso en Bogotá ha aumentado la corrupción
financiera, el colectivismo económico y la violación
de los derechos humanos.
El terrible resultado es la pobreza, la muerte, el miedo, el cinismo
y la desesperación. Colombia es una de las siete naciones
que se pronostica que va a sufrir una severa escasez de comida este
año. Los que tienen dinero tratan de protegerse o escapan
del país - cerca de un millón sobre una población
de 40 millones ha emigrado tan sólo en los últimos
cinco años-. Aquellos sin dinero sufren en silencio o entregan
sus casas. Una increíble cantidad de 2 millones ha abandonado
la lucha - 90.000 en la última mitad del 2000, después
de que el Congreso aprobó el último programa de ayuda-.
Otros, un estimado de 300 por semana, se unen a los luchadores de
una u otra orientación.
Sin embargo, el año pasado, el Presidente Clinton realizó
una visita y otorgó donaciones. O mejor dicho, un gran regalo,
$1,3 billones recientemente aprobados por el Congreso. Cuando llegó
a la ciudad de Cartagena, el Presidente explicó: "Estamos
orgullosos de estar presente con nuestro amigo y vecino"
en sus esfuerzos.
Mientras prosiga la administración del Presidente Andrés
Pastrana, no es probable que se logre mucho. Las autoridades de
Bogotá ya han perdido el control de la mitad de su país
a manos de los insurgentes izquierdistas y los traficantes de drogas.
En verdad, el Presidente Pastrana concedió voluntariamente
un territorio tan grande como Suiza a las guerrillas, como parte
de su intento de negociar un acuerdo. Aunque en diciembre anunció
que si la evidencia indicaba que los insurgentes estaban contrabandeando
drogas, él interrumpiría los diálogos: "El
gobierno de Andrés Pastrana no negocia con los traficantes
de drogas." Luego, en febrero él extendió
el status de zona "desmilitarizada" para promover la negociación.
Los traficantes de drogas son los menos peligrosos de los oponentes
del gobierno. Ellos están interesados, en primer lugar, en
hacer dinero -simples emprendedores en una industria desfavorecida
por Washington-. Dejados solos en Bogotá, probablemente dejarán
solos Bogotá.
Las guerrillas son mucho peores y, consecuentemente, han generado
poco apego hasta entre los pobres: ellos ejecutan a los oponentes,
confiscan las rentas de la ciudad, exigen impuestos y cooperan con
los traficantes de drogas. Ellos reclutan a los chicos y manipulan
las elecciones. También, secuestran -frecuentemente, después
de chequear el estado de salud de la víctima- para ganar
dinero y reforzar sus otros dictados. Rob Hotakainen, del Star-Tribune,
reporta: "Colombia ahora es líder mundial en secuestros",
con un estimado de 3.000 el año pasado. En una encuesta,
el 43% de los colombianos dijeron que temían ser atrapados.
Encerrados en un feroz combate con los rebeldes, son un score de
las fuerzas paramilitares; en ciudades tales como Barrancabermeja,
también como en muchas áreas rurales, la lucha está
abierta y esparcida. Los paramilitares actúan simultáneamente
como gobierno local y como empresarios, regulando las áreas
rurales y obteniendo ganancias del comercio de droga.
Además, rutinariamente matan a los civiles sospechados de
estar envueltos en la rebeldía. Human Rights Watch apunta
a 23 masacres que involucran a 162 personas, mayormente perpetradas
sólo en los primeros 17 días de enero por el grupo
paramilitar que lidera, es decir, Fuerzas de Autodefensa Unidas
de Colombia. Los paramilitares son una respuesta natural y entendible
a la insurgencia comunista pero son un poco mejor que las fuerzas
contra las que están luchando.
El militar está mal entrenado y está mal pago. Es
una combinación inadecuada para sus competidores autoritarios.
Su compromiso con los derechos humanos es un poco mejor. Un veterinario
en Barrancabermeja, "la ciudad colombiana más peligrosa"
según Hotakainen, se quejó al visitar al Senador Paul
Wellstone (D-Wis.): "En mi región, cualquiera que
defiende la vida o defiende la libertad es asesinado, muchos por
los militares. Estamos profundamente consternados por el hecho de
que su gobierno - el estadounidense- está apoyando a un gobierno
para fortalecer el poder de grupos que matan a nuestra gente, que
matan a nuestros campesinos."
Según todas las fuentes, el número de masacres (asesinatos
de cuatro o más personas) se ha cuadruplicado desde 1996.
Una persona es asesinada cada 20 minutos, un porcentaje de asesinatos
diez veces mayor que en América. En el 2000, las muertes
llegaron a una aterradora cifra de 30.000. La firma consultora Stratfor,
reporta: "Cada día, los ataques de los paramilitares
y de la guerrilla desplazan a cerca de 240 familias, incrementando
el número de refugiados que ya excede los 2 millones. Alrededor
de 70 personas son asesinadas diariamente. Otros ocho o nueve son
secuestradas."
Este año no es probable ofrecer una mejora. Opina Javier
Cifuentes, el Secretario de Relaciones Exteriores de las FARC (Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Colombia), el grupo insurgente colombiano
establecido en 1964: "Será ciertamente un año
muy difícil. Las fuerzas militares están fuera de
control e intentarán, con crimen y terror, manejar el proceso
de paz con sangre, para shockear a Colombia y al mundo. Ese es el
plan de los Estados Unidos."
Por supuesto, las FARC saben algo acerca de crimen y de terror.
La democracia en sí misma está en riesgo. Los anteriores
candidatos presidenciales aceptaron dinero proveniente de la droga.
El Presidente Pastrana es ampliamente visto como un apaciguador
indeciso. El último conflicto ha generado apoyo para candidatos
más fuertes que prometían un quiebre.
LA GUERRA DE LA DROGA Y LA PRODUCCIÓN.
Los intentos para erradicar la producción de droga en Colombia
se asemejan a las labores del mítico Sisifo. Se difundieron
números "exitosos" en el rociamiento de
herbicidas para erradicar la producción de coca, supuestamente
llegando al 16% de los campos de coca de 334.000 acres del país
en sólo dos meses, pero se ignora el hecho de que ya se ha
llegado a los campos más accesibles - fuera del control de
la guerrilla-. Además, un oficial estadounidense le dijo
al Miami Herald: "Es importante que el gobierno esté
presente para disuadir el replantamiento."
En cualquier caso, la campaña no gana amigos en el terreno.
A pesar de los dichos contrarios del gobierno, los rociamientos
indiscriminados terminan con las cosechas legales, tales como el
maíz, plátanos y yucas, dejando en ruinas a los campesinos.
Tres cuartos de coca crecen en pequeñas parcelas; sus dueños
son particularmente vulnerables a las consecuencias negativas del
rociamiento.
La gente padece los efectos negativos sobre la salud, que van desde
la diarrea hasta dolores de cabeza y vómitos. Un granjero
se quejó y habló al respecto con David Adams de St.
Petersburg Times: "Nosotros esperamos esta clase de abuso
por parte de nuestro gobierno. Pero pensábamos que los Americanos
eran más inteligentes." Esa sería una dudosa
proposición, incluso si la administración de Clinton
no hubiese ideado la política.
Desgraciadamente, el problema es el deseo que los americanos tienen
por las drogas. Como el Presidente Pastrana y otros colombianos
acertadamente apuntaron, la voraz demanda estadounidense crea una
gran ganancia potencial, no sólo por las variadas operaciones
de contrabando, como el legendario cartel de Medellín, sino
también por los campesinos comunes, quiénes miran
hacia las fuerzas del ala izquierda en búsqueda de protección.
En verdad, aquí como en cualquier otra parte de Latinoamérica,
la guerra de la droga de Washington ha generado ingresos y soporte
para insurgentes comunistas. La tarea de Bogotá no será
fácil sin el continuo flujo de dinero de la droga para numerosos
operadores ilícitos. Pero intentar construir un orden más
próspero y liberal, es casi imposible mientras prosiga la
guerra de la droga. Aunque los Estados Unidos "ganen",
destruyendo las cosechas de coca, es más probable perder,
mediante la presión dentro de las armadas de los comunistas.
Carlos de Roux, de la jesuita Fundación Social, dice: "Hasta
ahora, los granjeros no han apoyado a las guerrillas pero las acomodaron."
Los Estados Unidos, desgraciadamente no están ayudando. Dicen
que lo están haciendo, al iniciar el Plan Colombia, el cual
supuestamente eliminará la mitad de la producción
de coca en el país dentro de cinco años, con $1,3
billones en efectivo, 60 helicópteros y entrenando a tres
batallones anti-narcóticos de 1.000 soldados cada uno.
Sin embargo, Colombia es una narco-nación donde los productores
de droga son respaldados por vigorosas armadas comunistas e igualmente
viciosos paramilitares anticomunistas. La "ayuda"
de América podría ser útil para Bogotá
para que gane unas pocas batallas adicionales. No va a ganar la
guerra; los carteles y las insurgencias sobrevivirán, como
lo han hecho en el pasado.
Después de todo, en la década pasada ocurrió
que Colombia, que obtuvo un billón de dólares de los
Estados Unidos, había ganado. Primero quebró al Cartel
de Medellín, aunque el jefe del cartel, Pablo Escobar, había
declarado "guerra total y absoluta."
Luego, las autoridades de Bogotá derrotaron el cartel de
Cali. Miles de personas fueron asesinadas o ejecutadas; miles más
fueron arrestadas. Cerca de diez mil personas inocentes fueron heridas
o asesinadas en el horroroso tiroteo.
¿Y ahora? Colombia produce más cocaína que
nunca. Eso no es todo. Los traficantes de droga producen la mayor
parte de su propia coca, más que importarla de Bolivia y
Perú. Los colombianos también son grandes proveedores
del hábito de heroína en América. El área
total con cultivos de droga se ha incrementado casi seis veces en
los últimos 25 años y tres veces desde 1995.
Como Gustavo de Greiff, quien llevó la lucha contra Escobar,
dijo en 1993 en el medio de la agonía de su país:
"Hay mucho apetito en su país por las drogas, el
asesinato de Escobar no será una solución."
Desgraciadamente, una guerra intensificada significa más
casualidades. Consuelo Sánchez, una jueza colombiana llevada
fuera del país en 1988 después de firmar la garantía
de arresto de Escobar, recientemente aplicó para el asilo
político, cuando su desempeño como cónsul en
la embajada estadounidense de Colombia terminó.
La firma consultora Stratfor advierte que, mientras el Plan Colombia
no brinde estabilidad, "la pérdida de la vida y el
desplazamiento civil, sin embargo, van a tener un incremento significativo."
Además, el gobierno de Bogotá es el gobierno de Bogotá.
En los años recientes, el gobierno colombiano se ha destacado
por poco más que por su corrupción e incompetencia.
En realidad, los Estados Unidos, suspendieron su primer apoyo a
Colombia luego de saber que el predecesor de Pastrana había
reunido $6 millones en contribuciones de campaña provenientes
del cartel de cocaína de Cali.
A pesar de las promesas de reforma, el récord militar permanece
mal. Winifred Tate, de la Oficina de Washington en Latinoamérica
se queja: "Los Estados Unidos están equipados con
las fuerzas militares más abusivas en el hemisferio."
En algunos casos, los soldados asesinaron; otras veces ayudaron
a los paramilitares que asesinaban. Human Rights Watch advierte
que hay "evidencia continua, abundante y detallada de colaboración
directa entre los grupos militares y paramilitares."
Pocos soldados estarían en desacuerdo. Uno le dijo a San
Francisco Chronicle: "Los paramilitares nos están
ayudando al luchar contra las mismas personas que yo lucho."
Hasta el Departamento de Estado de los Estados Unidos estuvo forzado
a admitir que "el manejo civil de las fuerzas armadas es
limitado" y que "las autoridades raramente llevaron
a la justicia a oficiales de las fuerzas de seguridad y de la policía
con cargos por ofensas a los derechos humanos."
Doug Bandow es miembro del Cato Institute
y se desempeña como Profesor Adjunto en The Future of Freedom
Foundation.
Traducción de Marina L. Esposito.
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