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UN PROBLEMA DE DIFÍCIL SOLUCIÓN
PARA COLOMBIA
(Segunda Parte)
Por Doug Bandow
Los soldados americanos con frecuencia sirven a paramilitares y
hasta se convierten en ellos. En un caso célebre, el Teniente
Carlos Acosta, se unió a las Fuerzas de Autodefensa Unidas
de Colombia y ejecutó a los investigadores del gobierno.
Su hermano, reportó: "Él solía decir que
un soldado en Colombia tiene que luchar, no sólo contra las
guerrillas sino también contra los grupos de derechos humanos,
los acusadores y el procurador general."
Un paramilitar, explicando el motivo por el cual los militares no
pelearían contra los paramilitares, le dijo a un reportero:
"La armada tiene sus manos atadas por los derechos humanos.
Nosotros no. Nosotros somos libres de pelear la guerra." Al
respecto, Andrew Miller, de Amnistía Internacional, dice:
"Los soldados colombianos entrenados hoy por las Fuerzas Especiales
de los Estados Unidos, pueden convertirse mañana en violadores
de los derechos humanos o en líderes paramilitares. Ni el
gobierno norteamericano ni el colombiano han ofrecido garantías
válidas de que esto no va a suceder."
Sería lo suficientemente malo si existiesen sólo dos
bandos. Pero como observa Winifred Tate, de la Oficina de Washington
en Latinoamérica, "no hay dos bandos: hay un laberinto
de competidores entrelazados, solapados y fuertemente armados."
Clasificarse de manera inteligente entre ellos es bastante duro
para los colombianos, y es imposible para los americanos.
Una generosa ayuda financiera solventará los peores vicios
del régimen, tanto la corrupción como la represión.
La ayuda también le dará coraje a Bogotá para
emprender una campaña militar que no tiene la habilidad para
completar. Una solución política parece lejana, pero
será aún más lejana si Colombia elige la escalada
militar y falla. La firma consultora Statfor advierte: "El
paquete de ayuda militar no va a terminar con el comercio de la
coca ni va a terminar con el conflicto civil entre el gobierno y
las FARC, el ELN o los paramilitares de las AUC. En cambio, el paquete
de ayuda militar de los Estados Unidos va a solventar un avance
tecnológico en el armamento de las FARC y de los paramilitares
de las AUC. El paquete de ayuda también va a hacer que se
incremente significativamente el tiempo de hostilidades en Colombia,
ya que las FARC se oponen a la ofensiva anti-drogas en el sur de
Colombia con ataques en el norte del país."
También, la creciente violencia de las FARC y del ELN llevará
a una escalada en las contraofensivas y las masacres practicadas
por las AUC y otros grupos paramilitares, y mucha de esta violencia
ocurrirá dentro de Bogotá y en las capitales departamentales
como Cali, Medellín, Bucamaranga, Barranquilla, Cucuta y
Villavicencio. El Congreso ha fijado seis condiciones de derechos
humanos para la ayuda, pero le dio la autoridad al presidente de
repudiarlas.
A pesar de las que parecen ser las mejores intenciones del Presidente
Pastrana -quién atacó a los paramilitares como un
problema peor que las guerrillas comunistas- Colombia permanece
gravemente deficiente a este respecto. Los comandantes militares,
en particular, muestran la misma fidelidad con los paramilitares
y con el gobierno central.
Un trío de organizaciones de derechos humanos -Amnistía
Internacional, Human Rights Watch, y la Oficina de Washington en
Latinoamérica- llegaron a la conclusión de que Bogotá
falló en lo que respecta a cada condición acerca de
los derechos humanos. En septiembre pasado, hasta el Departamento
de Estado admitió que Colombia ha cumplido con sólo
una de esas condiciones. Un reporte siguiente, emitido en febrero,
era igualmente desalentador: "Las fuerzas armadas y la policía
cometieron serias violaciones a los derechos humanos durante este
año."
Sin embargo, el Plan Colombia continúa. El año pasado
el Presidente Clinton aprobó la instalación de la
ayuda pendiente. Michael Parmly, el Secretario para la democracia
del Departamento de Estado, explicó: "El Presidente
Pastrana tiene un sólido compromiso con los derechos humanos
y ha hecho serios esfuerzos para llevar a un límite las violaciones
a los derechos humanos que tienen lugar en su país."
El zar de la droga, Barry McCaffrey, dijo al respecto: "Tú
no sostienes el objetivo mayor para alcanzar el menor." Para
simplificarlo, ¿a quién le importa si unos pocos colombianos
mueren, mientras su gobierno está respaldando la fallida
guerra de América contra las drogas?.
En enero, el Departamento de Estado declaró que no tenía
ni que tener una certificación para renunciar o para lanzar
la segunda parte de la ayuda.
Algunos de los políticos americanos reconocen que Colombia
tiene unos pocos problemas más allá del contrabando
de drogas. El Secretario de Estado, Colin Powell, le dijo al Congreso:
"Tenemos que proveer fuentes alternativas de ingresos, producciones
alternativas, democracia, construcción de la nación,
preparación de las fuerzas militares y de la policía
para manejar la clase de desafíos que ellos afrontan en la
región andina."
UNA PRESENCIA CRECIENTE DE LOS ESTADOS
UNIDOS. Hay once agencias de Estados Unidos que están
trabajando en Colombia (Agencia para el Desarrollo Internacional,
BATF, Bureau de Prisiones, Customs Service, DEA, FBI, IRS, Departamento
de Justicia, Servicio Marshall, Servicio Secreto, Departamento del
Tesoro). La principal responsabilidad para reconstruir el país,
sin embargo, reside en AID, la cual, a través de sus 40 años
de historia, ha traído prosperidad, democracia e instrucción
general... bien... a nadie.
Si el paquete de ayuda falla, ¿entonces qué? Colombia
ya es el tercer más grande receptor de ayuda extranjera.
No sirve de nada que se le den algunos dólares más.
El Presidente Clinton prometió no enviar soldados estadounidenses
para luchar en contra de las guerrillas. Sin embargo, 500 consultores
americanos están en el terreno, entrenando a las fuerzas
anti-drogas de Colombia. Washington también está proveyendo
60 helicópteros para ayudar a los esfuerzos de erradicación.
En un reporte de octubre, realizado por la Oficina de Contabilidad
General, se advertía que los Colombianos generaban faltantes
de dinero o desperdiciaban parte de él para mantener en vuelo
a "sus" helicópteros. Al haber lanzado el programa,
Washington no quiere abandonarlo, especialmente desde que mantiene
virtualmente cada uno de los otros inutilizados programas que alguna
vez creara.
Además, ¿qué harán los Estados Unidos
si las guerrillas apuntan al personal estadounidense -consejeros
de la armada, pilotos de la fuerza aérea, oficiales de inteligencia,
agentes de la DEA, y contratistas civiles- como hicieron años
atrás en El Salvador? Las FARC han establecido un plazo,
luego del cual cualquier cosa podría sucederle a todo personal
estadounidense encontrado en las zonas de guerra de "blancos
militares."
Los consejeros de la armada norteamericana están entrenando
a tropas colombianas. De igual importancia, los contratistas americanos
están volando y sirviéndose de los helicópteros
colombianos. "Esto es lo que nosotros llamamos tercerizar una
guerra", dijo un ayudante de un congresista. El Congreso ha
establecido un límite de 300, pero la embajadora norteamericana
en Colombia, Anne Patterson, ha dicho, visitando a los congresistas
que ellos podrían tener necesidad de elevar ese número.
¿Qué pasa si los insurgentes derriban helicópteros
que transportan a americanos? A través de los consejeros
militares y los contratistas civiles "el involucramiento de
los Estados Unidos ha llevado la cadena desde el nivel de planeamiento,
diseño y dirección de la guerra hacia el nivel táctico-operativo",
advierte James Petras para Colombian Labor Monitor.
Y esos que son considerados como el enemigo por Washington, consideran
que Washington es el enemigo. El comandante de las FARC, Iván
Ruiz, le dijo a un reportero de Crónica de San Francisco:
"Los gringos quieren intervenir en Colombia y convertir a esto
en una guerra real, y estamos listos para ellos." Hasta un
oficial en la embajada norteamericana en Bogotá admitió
a Chicago Tribune: "Seguro que los americanos dispararon. Recibimos
125 impactos de bala en nuestros aviones el año pasado, y
estoy seguro de que había americanos que estaban volando
algunos de esos aviones."
¿Van a ignorar los Estados Unidos esas instancias? O vengarse?
Hacer lo primero sería provocar más problemas y un
llamado a cuestionar "nuestra credibilidad" (en referencia
a Estados Unidos). Hacer lo segundo, sería ir directamente
hacia una conflagración política y militar que está
extinguiendo otro estado soberano. En particular, se pregunta Roberto
Pombo, editor del semanario Cambio, ¿qué "pasa
en un día en el que el Presidente de los Estados Unidos está
en problemas por algún tema nacional?."
¿DONDE ESTA LA ESTRATEGIA DE ÉXITO?. En agosto pasado,
el Presidente Clinton proclamó, "No tenemos objetivos
militares. No creemos que su conflicto tenga una solución
militar." Pero seguramente no luce de esa manera, dada la forma
en que Washington ha militarizado la participación americana.
En otoño pasado, Rep. Benjamin Gilman, el presidente del
Comité de Relaciones Internacionales, denominó al
cambio - el paso de la ayuda a la policía nacional colombiana
a la ayuda a la armada- "un gran error" y llamó
a "una gran corrección a mitad de curso." Pero
él está haciendo mucho más por las razones
prácticas que por las de principios. "Si fallamos con
el Plan Colombia, como temo, podremos perder el apoyo de los americanos
para nuestros esfuerzos de luchar contra los narcóticos ilícitos
en el extranjero."
Además, ¿qué hace la nueva administración
cuando el actual programa ha fallado evidentemente? Los colombianos,
respaldados por sus apoyos norteamericanos, están pidiendo
un acuerdo de tres a cinco años, por alrededor de $600 millones
anuales. El Presidente Pastrana quiere alrededor de $500 millones
por año en asistencia económica, ya que dijo: "Somos
un país pobre. Necesitamos más ayuda. Este es un plan
a largo plazo, quizás de 15 a 20 años."
Mientras los europeos y los japoneses están mal dispuestos
a contribuir mucho al sexto año de existencia, $7.5 billones
para el Plan Colombia, cualquier dinero extra casi seguro deberá
provenir de los Estados Unidos. Aunque ningún consejero americano
sea asesinado, después de que $1 billón, $2 billones,
o más sean gastados, nada va a cambiar - al menos no para
mejor-.
Los oficiales están extendiendo sus tiempos. Ana María
Salazar, secretaria de un diputado para la defensa de las políticas
contra las drogas, dice que llegar al éxito va a implicar
unos 10 años: "Lo que es más frustrante es que
no vamos a ser capaces de mostrar los resultados en el corto plazo."
Que pasa si, en otro año, el gobierno colombiano se debilita,
la mitad del país queda bajo el control rebelde, las fuerzas
del gobierno continúan violando los derechos humanos, el
combate es más intenso y las drogas todavía están
presentes? Después de haber expresado que los intereses nacionales
críticos estaban en riesgo, se va a quedar Washington de
manos cruzadas? Robert White, embajador estadounidense en El Salvador
y cabeza del Centro para la Política Internacional en Washington,
advierte: "Una vez que todo empiece a rodar, es extremadamente
difícil ponerle un punto límite. Una vez que haya
algunos americanos asesinados, me parece que las cosas comienzan
a desatarse. Y entonces te puedes encontrar, verdaderamente, completamente
involucrado." Especialmente, si la última campaña
ha realmente diseminado el caos hacia otras provincias colombianas
o, peor aún, a los estados vecinos - Brasil, Ecuador, Panamá,
Perú y Venezuela-. Las tempranas crisis en Ecuador y en Perú,
en particular, empujaron la producción hacia Colombia. Stephen
E. Flynn, del Consejo de Relaciones Exteriores, apunta: "Lo
que tenemos en Colombia es un desorden mayor que el que teníamos
cuando empezamos."
El año pasado, William Brownfield, un asistente de un diputado
del Estado para los asuntos del hemisferio occidental, dijo que
el Plan Colombia era "un trabajo en progreso." El paso
número dos sería tratar con los efectos de llevarlo
a los vecinos de Colombia; en el 2002 la administración Bush
quiere dar $232 millones a Bolivia, Brasil, Ecuador, Panamá,
Perú y Venezuela para ayudar en la guerra contra la droga.
Pero esos efectos ya están teniendo lugar, al estar Ecuador
y Venezuela planeando fortificar sus fronteras para prevenir que
más adelante se produzca una diseminación del tráfico
de droga. Hasta el Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, dice:
"Si yo fuese un país vecino de Colombia, estaría
muy preocupado por el posible tránsito de sus problemas hacia
mi país."
En realidad, una gran cantidad de refugios colombianos -quizás
más de 100.000- ya se han esparcido hacia naciones vecinas.
El Ministro del Exterior de Venezuela, José Vicente Rangel,
ha violado la cortesía diplomática al expresar públicamente
el sentir temor de que cualquier "éxito" colombiano
tan sólo iba a llevar a los operadores de droga y a los insurgentes
izquierdistas hacia su país. Unos 3.000 venezolanos han debido
escaparse de la violencia en la frontera. Las guerrillas colombianas
han secuestrado a unos 40 rancheros venezolanos para cobrar rescate.
Los oficiales colombianos acusan a las guerrillas de haber recibido
armas desde el ala militar izquierda de Venezuela.
Perú ha caído en el caos político ante el colapso
del gobierno de Fujimori. El maoísta Shining Path una vez
colaboró con los productores de droga; a Perú le costó
años el terminar con esa insurgencia y una coalición
similar podría levantarse de nuevo en el futuro.
Los campesinos bolivianos están resistiendo los intentos
del gobierno de obligar a cosechas sustitutas. De forma natural,
el Presidente Hugo Banzer está pidiendo más dinero
estadounidense. Los paramilitares colombianos destruyeron un pueblo
de la frontera en Panamá.
Doug Bandow es miembro del Cato Institute
y se desempeña como Profesor Adjunto en The Future of Freedom
Foundation.
Traducción de Marina L. Esposito.
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