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CASTRO SE ENFRENTA AL GENERAL ALZHEIMER
Por Carlos Alberto Montaner
"A Castro no lo va a derrotar el general Powell sino el general
Alzheimer". La frase, sin ninguna certeza, se la atribuyen
a Ricardo Alarcón, desesperado por las locuras que últimamente
comete su jefe. La afirmación viene a cuento del feroz ataque
a la Argentina y a su presidente Fernando de la Rúa, a quien
acusa de "lamer la bota de los yanquis", lenguaje polvoriento,
de adolescente dogmático, que es al que regresan los viejos
estalinistas cuando comienzan a necesitar pañales. ¿Por
qué De la Rúa, de acuerdo con la versión de
Castro, dedica su lengua a tan poco higiénico menester? Porque
Argentina, exactamente como hizo el año pasado, se propone
votar este año en Ginebra a favor de la resolución
que condena al gobierno de Castro por violar los derechos humanos
de los cubanos.
Aquí hay varios enigmas. El primero tiene que ver con la
reacción de Castro ante la conducta del gobierno argentino.
La diplomacia argentina el año pasado no hizo otra cosa que
reiterar la postura del gobierno peronista de Menem. Media docena
de veces la cancillería argentina votó contra la dictadura
cubana, exactamente igual que todas las grandes democracias del
mundo. ¿No es ésa una tiranía comunista cuyos
atropellos han sido claramente documentados por Amnistía
Internacional, Human Rigths Watch, la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos, Pax Christi y otra media docena de entidades
internacionales muy respetables y nada sospechosas de sectarismos?
¿No existe la Comisión de Derechos Humanos de Naciones
Unidas precisamente para examinar esas denuncias y violaciones?
¿Qué otra cosa puede hacer el gobierno de una democracia
respetable si lo conminan a enjuiciar la conducta de La Habana -o
de Irak o Afganistán- en este tema específico? ¿Es
el presidente chileno Lagos -cuyo país votó como Argentina-
también un lamebotas de los yanquis? ¿Lo es el Premier
canadiense Chrétien o el presidente Chirac?
¿Por qué Castro ataca a De la Rúa y nunca se
atrevió con Menem? La respuesta es muy simple: Castro, al
margen de que le temía a Menem y a su canciller Di Tella
como al demonio mismo, está seguro de que puede utilizar
las divisiones en el radicalismo y en el Frente Amplio para crearle
artificialmente un problema (otro) a De la Rúa, al extremo
de hacerlo claudicar. Está convencido de que su amigo Alfonsín
puede presionar para que De la Rúa abandone su coherente
compromiso con la defensa de los derechos humanos: algo inconcebible
en una persona que tanto luchó por ellos en su propia patria.
Los otros enigmas son más oscuros. ¿Por qué
Castro pide explicaciones si es él quien debe dárselas
a los argentinos en por lo menos tres temas esenciales? El primero
tiene que ver con el trágico episodio del ataque al cuartel
"La Tablada". Las armas y el adiestramiento los proporcionó
Cuba. Lo ha descrito con lujo de detalles Jorge Masetti, integrante
en aquella época de los servicios cubanos, hoy exiliado,
agudo escritor e hijo del periodista argentino del mismo nombre
que los años sesenta desapareció mientras intentaba
crear un movimiento guerrillero castrista en la provincia de Tucumán.
Cuando se produce el ataque a "La Tablada", Argentina
vivía uno de los momentos más tensos de su transición
a la democracia, y el gobierno de Alfonsín, el amigo de Castro,
se tambaleaba, lo que aparentemente estimuló el aventurerismo
de La Habana. ¿Por qué Alfonsín no le exigió
a Castro una explicación y (por lo menos) públicas
excusas por la complicidad de su gobierno con los terroristas argentinos?
Nadie lo sabe.
El segundo asunto tiene que ver con el primero. ¿Por qué
el gobierno de La Habana tuvo y mantuvo las mejores relaciones con
las dictaduras militares argentinas, ésas que torturaban
y desaparecían por millares a jóvenes opositores?
Contra ellas no se atacaba ningún cuartel. Por el contrario:
había fuertes vínculos. Contra la democracia, en cambio,
cualquier cosa era permisible. ¿Le explicará Castro
a los argentinos, alguna vez, por qué les lamía las
botas a los militares que tan cruelmente maltrataban a la población
civil?
La tercera cuestión es la deuda cubana. Castro le echa en
cara a De la Rúa que su país se viera en la necesidad
de solicitar cuarenta mil millones de dólares del FMI, el
BM y otras instituciones financieras internacionales, pero no le
hace frente a sus obligaciones con la sociedad argentina: mil doscientos
millones de dólares concedidos como crédito por el
gobierno de Perón y luego renovados por los militares. ¿Sabe
Castro que ningún país del planeta tiene una deuda
tan antigua y tan abultada con Argentina? ¿Sabe que, en alguna
medida, aunque no sea decisiva, parte de los problemas argentinos
derivan de su conducta irresponsable? Si se trata de darles a los
argentinos lecciones de ética comercial, a lo mejor debería
comenzar por cumplir con las obligaciones que contrae su gobierno
y que luego ignora olímpicamente. Naturalmente, una vez resueltos
estos tres problemas que existen entre las dos naciones, tampoco
habría garantías de que Argentina votaría de
distinta manera en Ginebra. Argentina, o cualquier sociedad que
respete los compromisos que asume, tiene que llamarle pan al pan
y crimen al crimen. Es una cuestión de principios.
Carlos A. Montaner es Periodista y Escritor.
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