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Hispanic American Center for Economic Research


 

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LA IDIOTEZ DE LA AUTOCRACIA

Por Sheldon Richman

En toda dictadura, el mayor tonto es el dictador.
Es necesario engañarse mucho a sí mismo para creer que uno está dirigiendo un país. Me acordé de esto cuando escuchaba acerca de los preparativos de Fidel Castro para la visita del Papa a Cuba. En una entrevista para la televisión cubana, Castro afirmó que no pensaba que la visita del Papa iba a llevar al fin del socialismo en Cuba. (Juan Pablo II es reconocido por haber contribuido al pacífico desmoronamiento del régimen pro-soviético en su Polonia natal.) Es aquí donde el dirigente cubano revela su profundo autoengaño.

No hay socialismo en Cuba.

Considere el siguiente titular del Washington Post justo antes de la visita del Papa: "Los cubanos se apuran a capitalizar la visita del Papa, costo de hoteles, los servicios esperan ingreso de capitales extranjeros." Traducción: los cubanos son empresarios comportándose como si vivieran en un país capitalista. Casi 40 años de "socialismo" fracasaron en su intento de erradicar el capitalismo de la mentalidad de la gente. ¿Podría ser el capitalismo la economía política de la naturaleza humana? Parecería ser así.

¿Pero es que realmente no hay nada de socialismo, o comunismo, en Cuba? Nos han dicho por décadas que Castro es marxista. El afirma estar en la vanguardia de la revolución marxista. Como Marx escribió, el socialismo no solo es propiedad estatal de los medios de producción, sino también la abolición de los mercados, del dinero y del intercambio. En Cuba el estado posee la mayoría de las industrias y de las tierras; sin embargo, hay mercados, dinero e intercambio. Castro puede creer que sus expertos planifican la actividad económica, pero este es el mayor de los autoengaños.

Día a día los cubanos toman innumerables decisiones, realizan transacciones y cálculos de los que el dictador y sus expertos jamás sabrán algo. Gracias a los mercados negros y grises, los cubanos pueden comprar, vender y producir sin restricciones y de acuerdo a su propio criterio durante gran parte de su tiempo. Los "planificadores" emiten decretos, pero saben que frecuentemente serán ignorados. Incluso si son obedecidos, los planificadores no pueden conocer las consecuencias que tendrán. Frecuentemente los efectos son los contrarios a los deseados. En este sentido la acción humana es impredecible.

Pregúntese: ¿Cómo puede un pequeño grupo de burócratas que constituyen el gobierno de Cuba dirigir las acciones de más de diez millones de personas, cada una con sus propias preferencias y aspiraciones? Una tarea semejante requeriría tantos burócratas como habitantes. Pero ni siquiera eso ayudaría, ya que los burócratas mismos estarían demasiado ocupados discutiendo y deliberando. El gobierno llama a esto "corrupción". Pero con tanta corrupción la gente ya se hubiera muerto de hambre hace rato.

El plan es una farsa. Si Castro posee un poco de sentido común, lo sabe.

Hace 80 años, Ludwig von Mises destruyó la teoría socialista, catalogando al socialismo como imposible. Quería decir literalmente imposible. Fue ridiculizado por hacer un afirmación aparentemente absurda. Con el pasar de los años la gente, señalando a la Unión soviética, preguntó como el socialismo podía ser imposible.

Los críticos no entendieron el punto que señalaba Mises. El gran liberal y economista austríaco había dicho que toda economía con un mínimo de complejidad no podía satisfacer adecuadamente a los consumidores en ausencia de dinero, mercados de bienes de capital y propiedad privada, porque no habría manera de realizar los cálculos necesarios para comparar y elegir entre los distintos usos alternativos de los recursos. Los precios permiten que cosas totalmente diferentes –acero, una parcela de tierra, una máquina, una determinada cantidad de servicios laborales- sean expresados a través de un denominador común: la unidad monetaria. Pueden ser sujetos de cálculos. Se pueden realizar balances. Los empresarios pueden comparar los precios de los factores de producción con el precio de los bienes de consumo finales, y determinar si al finalizar el día habrá una pérdida o una ganancia. Esta información revela si los recursos se están utilizando como los consumidores desean.

En respuesta a Mises, los llamados "socialistas de mercado" afirmaron que los precios podían ser simulados a través de trámites burocráticos y ensayo y error o resolviendo un conjunto de ecuaciones. Sorprendentemente, incluso algunos de aquellos que habían logrado entender las virtudes del capitalismo estuvieron de acuerdo: el renombrado economista de la Universidad de Harvard, Joseph Schumpeter, declaró que los socialistas eran los ganadores del "debate acerca del cálculo" iniciado por Mises y continuado por F.A. Hayek. Repudiando directamente a Mises por su propio nombre, Schumpeter escribió en Capitalismo, Socialismo y Democracia (Harper & Brothers, 1942, p. 172), "No hay nada mal en la lógica pura del socialismo".

Hayek enfrentó a los "socialistas de mercado" señalando que los precios reales no pueden ser creados a través de ecuaciones simultáneas o por burócratas. Los mercados -ó sea, las elecciones reales realizadas por compradores y vendedores- revelan y estimulan el descubrimiento de conocimiento que de otra manera jamás hubiera sido descubierto. Los precios de mercado, cuando se dejan fluctuar espontáneamente, proveen el siempre fluctuante conocimiento necesario para realizar cálculo económico efectivo. Para cumplir con su función informativa, los precios deben provenir de transacciones reales. Sin los precios de mercado, no habría manera de economizar recursos en nombre del bienestar de los consumidores. Como dijo Mises, el socialismo, como sistema económico, es imposible.

La existencia de la Unión Soviética no refutó a Mises. Después de la desastrosa experiencia postrevolucionaria con el Comunismo de Guerra ( Trotsky recordaba que el país había mirado hacia "el abismo") y el advenimiento de la Nueva Política Económica de Lenin, los bolcheviques nunca volvieron a intentar abolir el dinero, los mercados y el intercambio. El gobierno controlaba la mayoría de los bienes de capital pero, bajo la superficie, había mercados con restricciones, pero activos. Además, cuando era necesario, podían imitar al Occidente. Castro siguió el modelo soviético.

No estoy diciendo que Cuba tiene un mercado libre. Digo que tiene un mercado no libre. Esto es muy diferente al socialismo, la supresión del mercado. Como la vieja Unión Soviética, Cuba sufre de un mercado hipersaturado por el gobierno. El estado ha impuesto tantas regulaciones e impuestos que los límites dentro de los cuales la gente puede actuar son muy estrechos. Esta es la razón por la cual Cuba es pobre y no posee cosas básicas que nosotros tomamos como dadas.

Pero dentro de estas restricciones, los cubanos se comportan como empresarios –comprando barato, vendiendo a mayor precio, intentando en todo momento mejorar su bienestar. Más allá de lo que digan, en su conducta los cubanos son tan socialistas como Bill Gates o Warren Buffett.

Como Cuba posee una economía de mercado saturada por el gobierno, esto la acerca mucho más a los Estados Unidos de lo que a los norteamericanos les gustaría pensar. Es interesante, entonces, que Castro haya invitado al presidente Clinton para que intente convencer a la gente cubana a abandonar el "socialismo." ¿Qué podría decir? ¿Desháganse de los servicios de educación y salud provistos por el gobierno? ¿Terminen con las inversiones guiadas por el estado? Clinton está a favor de estas cosas. Las actividades económicas de los norteamericanos están limitadas por regulaciones burocráticas, impuestos, subsidios, y atractivos "servicios" solo en un grado menor que los cubanos. El embargo sobre las exportaciones cubanas constituye un ejemplo obvio. Clinton y casi todos los miembros del gobierno apoyan con entusiasmo estas medidas. Incluso quieren más.

Es por eso que es tan gracioso imaginarse al presidente Clinton intentado convencer a los cubanos a abandonar el "socialismo".

Sheldon Richman es editor de la revista The Freeman y miembro de The Future of Freedom Foundation.
Este artículo fue originalmente publicado en la revista The Freeman (The Foundation for Economic Education).
Traducido por Verena Wachnitz

 

 

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