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LA CULTURA DEL ANTI-PROGRESO
Por Roberto Salinas-León
Los temas de la prosperidad y el progreso son vitales para países
como México, que viven un profundo proceso de transformación.
Es importante evaluar el actual programa de ajuste a la luz de los
requisitos del progreso a largo plazo. Un importante criterio dice
que el progreso es consecuencia de cinco condiciones:
· Sólidas garantías jurídicas a la
propiedad privada;
· Una moneda con valor perdurable en la región;
· Precios libremente determinados;
· Un sistema fiscal orientado al desarrollo, que no lesione
incentivos económicos y;
· Una mínima restricción a las importaciones.
En esencia, estas condiciones del progreso implican respetar principios
de lo que el famoso filósofo austríaco Karl Popper
llamó la sociedad abierta: libertad de intercambio dentro
y fuera de las fronteras nacionales.
LA ECONOMÍA MEXICANA 1969-1999.
En 1942, el destacado economista Ludwig von Mises desarrolló
un estudio sobre la economía mexicana, donde planteó
la necesidad de institucionalizar un marco económico de libertad.
Entre otras cosas, recomendaba protección de la propiedad
contra expropiación, eliminar mecanismos confiscatorios de
imposición sobre los frutos del trabajo, eliminar los controles
sobre flujos de capital o transacciones financieras, y no usar el
aparato estatal para intervenir en las actividades cotidianas de
intercambio. Estas ideas son bien conocidas, pero lo importante
de esta cita es que la recomendación de Mises hace más
de medio siglo sigue vigente en la actualidad.
En concreto, una forma de explicar el comportamiento de la economía
a lo largo del periodo 1969-1999 es por medio de los criterios de
libertad económica, criterios que hoy se plantean como las
condiciones para lograr la prosperidad a largo-plazo. Un denominador
en común de las pasadas cinco administraciones es, obviamente,
el tema de "crisis sexenales" o el colapso del régimen
cambiario. Los actores económicos del presente son miembros
de una generación devaluada. En los últimos 25 años,
la economía mexicana ha sufrido un mayor desequilibrio en
las principales variables macro, que en los 150 años anteriores.
Tan sólo de 1976 a la fecha, se ha perdido el valor del peso
con relación al dólar en razón de 98%. El aumento
de la inflación acumulada en este periodo asciende a 275,000%.
El producto per cápita ha crecido, en promedio, sólo
1.9% por año.
Este, sin embargo, sólo es el saldo de una enorme deficiencia
en las instituciones económicas del país, un mal que
se podría denominar el "presidencialismo económico."
La política económica se ha desempeñado en
un marco de mercantilismo, lleno de favores, un marco de arriba
hacia abajo, basado en la "fatal arrogancia" de concentrar
las decisiones cotidianas en una sola entidad política. Este
error no tiene orientación ideológica. Se nos ha hablado
de "manejar las finanzas desde Los Pinos" o de "administrar
la abundancia" (en las épocas de populismo financiero),
así como de "concertaciones" o "pactos."
En la época de reforma estructural, el presidencialismo económico
se ha manifestado en la obsesión por la economía digital,
la importancia del número macroeconómico. El 3 de
enero de 1995, ante el anuncio del primer plan de ajuste, la autoridad
declaró: "mi administración habla con la verdad."
Esta patente falta de humildad ha convertido a las futuras generaciones
del país en víctimas de políticas económicas
equivocadas, objetos de laboratorio, simples partes de un experimento
fallido. La consecuencia real es que los líderes del mañana
no conocen los beneficios de la estabilidad, de la disciplina, de
la acumulación de poder adquisitivo. Los jóvenes que
se criaron en los ochentas, y los jóvenes que procuran desarrollar
un futuro, no saben más que de inflaciones, devaluaciones,
derroches, corrupción, deuda, baja en el nivel de vida, crisis,
endeudamiento, y la expectativa que la economía está
hechizada por una ley sexenal inalterable: crisis y devaluación.
Por otro lado, la esperanza es que estos desequilibrios generen
una obsesión entre esta amplia comunidad de jóvenes
con los principios de estabilidad, disciplina fiscal, y un estricto
orden en las variables macroeconómicas. La esperanza, en
otras palabras, es que la generación devaluada haga todo
lo necesario para evitar los males macroeconómicos que han
caracterizado el manejo de la política económica en
el último cuarto de siglo.
Hoy por hoy, la sociedad mexicana a regresado al mal de ignorar
el largo-plazo. El largo plazo es el próximo sexenio, y a
veces el próximo mes. El experimento de los años ´80
fue, en gran medida, un intento por usar la vía fiscal como
instrumento de redistribución. Sin embargo, el efecto fue
la redistribución de la pobreza, no de la riqueza. El reto
de las futuras generaciones es desarrollar un sentido de urgencia
en el cambio estructural, reglas del juego que permitan distribuir
oportunidad a todos los mexicanos. Esto requiere, ante todo, fomentar
una cultura de libertad económica.
RECUENTO DE TRES DÉCADAS PERDIDAS.
El recuento de la economía mexicana en los últimos
treinta años es, en gran medida, un recuento de una tragedia,
un costo de oportunidad sin precedente. Luis Echeverría inició
la era del populismo financiero. Su administración heredó
una economía con baja inflación, estabilidad cambiaria
y alto crecimiento. El gasto público aumentó enormemente,
mientras que los ingresos fiscales se estancaron. El alto déficit
fiscal se convirtió en la regla, no en la excepción.
En 1973, la inflación resiente el exceso fiscal, y se cuadriplica.
Así, Echeverría se caracteriza por justificar el proceso
inflacionario como el precio del crecimiento. Este es un concepto
que sobrevive la crisis del '76 y se institucionaliza en la administración
de José López Portillo. La fuga de capitales, también
se convierte en norma.
La abundancia de recursos petroleros le permite a López Portillo
embarcar en una orgía de préstamos. La deuda externa
se dispara. Los financiamientos se canalizan hacia la explosión
burocrática y el manejo de empresas paraestatales (las que,
en estos años, se dispararon de 300 a casi 1,200). La borrachera
fiscal y el estatismo conducen a una crisis en el tipo de cambio.
Se inaugura la "década perdida." Miguel de la Madrid
hereda un entorno "en ruinas," con un déficit presupuestal
de alrededor de 16% del producto nacional. El plan de ajuste procede,
lentamente; pero en 1986 el país ingresa al GATT, lo que
significa un cambio fundamental en el comercio exterior. La reducción
del déficit y de la inflación se complican, ante el
seguimiento de una política gradualista, y a la luz de choques
externos, como el terremoto del '85 y el choque petrolero. A finales
de 1987, se instrumenta un plan de ajuste, el pacto de solidaridad
económica. Se fija el tipo de cambio.
El gobierno de Carlos Salinas se caracteriza por profundizar las
reformas y lograr la estabilidad macroeconómica. Se logra
disciplina en las finanzas públicas, se inicia un largo proceso
de desregulación, se profundiza el programa de desincorporación
de paraestatales, y se intenta sellar el cambio estructural con
el Tratado de Libre Comercio. En 1994, la tasa de inflación
llega a un dígito, por primera vez en dos décadas.
Sin embargo, la violencia en el entorno político y la falta
de coordinación económica genera fuertes desequilibrios,
que se heredan a la administración subsecuente. Las reservas
internacionales habían registrado una cifra récord
en marzo de 1994 (30 mil millones de dólares), sólo
para acabar en 5 mil millones al final de ese año. Ernesto
Zedillo recibe una economía sólida en muchos sentidos,
pero con dos puntos débiles: la incertidumbre sobre la paridad,
y la incertidumbre sobre el financiamiento de las cuentas externas.
La promesa de estabilidad se esfuma, lo que genera la necesidad
de un severo proceso de ajuste.
La crisis cambiaria del '94 se conoce como "la primera crisis
financiera del siglo XXI." Los avances tecnológicos
en el mundo de las finanzas permiten que el flujo de capital pueda
moverse en cosa de segundos. El proceso político es impotente
para contener estos movimientos, mientras que los capitales privados
en esta era de globalización desconocen la figura nacionalista
de las fronteras. Una política buena se premia con la entrada
de capitales; una política mala conduce a castigos severos,
en la forma de fugas abruptas de capital. Esto ocurrió en
México en 1994, una vez que el gobierno buscó compensar
con un aumento en el crédito interno la caída en reservas
que se utilizaron para sostener el esquema de tipo de cambio. Las
tasas de interés se mantuvieron artificialmente bajas, una
vez que se decidió no realizar un ajuste deflacionario. La
devaluación causó un pánico generalizado, y
cuando la confianza se desplomó, los capitales huyeron inmediatamente,
y en estampida, buscando la seguridad de activos denominados en
dólares.
La lección es que las economías emergentes deberían
interpretar nuevas entradas de capital como episodios transitorios,
no permanentes; y deberían ver las fugas de capital como
ocurrencias permanentes, no transitorias. Esta estrategia falló
en 1994: se pensó que la fuga de capital observada después
del asesinato de Colosio era un fenómeno transitorio, y que
esos capitales regresarían después de las elecciones.
Una lección final es la necesidad de hacer correcciones estructurales
en la cuenta de capital, es decir, fomentar "inversión
de largo plazo." La inversión directa es de una calidad
más alta que la inversión financiera, ya que es un
reflejo de un compromiso de largo-plazo, mejor informado sobre la
economía y sus expectativas. Este es un reto fundamental
para las futuras administraciones.
DE ARRIBA HACIA ABAJO. El actual
sexenio zedillista ha resultado ser un sexenio complicado, pasando
de un proceso de ajuste a uno de reactivación, posteriormente
al "crisis-management" en virtud de la brutal turbulencia
financiera de 1998. Sin embargo, no se ha abandonado un factor esencial
del presidencialismo económico, el requerimiento constitucional
que el gobierno debe presentar una "planeación democrática
de la economía nacional." Esta es una reliquia del centralismo
que tanto daño ha ocasionado en diversas regiones del mundo.
Por un lado, la apertura comercial y el cambio estructural representan
un modelo con características opuestas a la tradición
proteccionista de sustitución de importaciones y manejo centralizado
de decisiones. Por otro lado, la vigencia de "planeación
económica" es incompatible con la necesidad de descentralizar
la vida económica del país.
El curso de la política económica durante el sexenio
salinista se manejó sobre la base de los lineamientos expuestos
en el Plan Nacional de Desarrollo 1989-1994. El PND salinista era
una versión formal de la mini-tradición de planeación
global económica que dio inicio con la administración
de José López Portillo (aunque con contenido radicalmente
diferente a versiones anteriores). A la fecha, el saldo de esta
estrategia global de arquitectura social ha sido negativo. Los resultados
no han coincidido con las metas originales. La explicación
de esta incongruencia no es fácil, pero se puede reducir
a un factor: la imposibilidad de incorporar todas las variables
dinámicas y desconocidas que afectan al desarrollo de una
sociedad. En una palabra, los PND's aborrecen la modestia económica.
La historia reciente del país muestra que la planificación
del desarrollo ha sido un fracaso, con implicaciones fundamentales
para la política económica del futuro. Hasta el tan
celebrado "Pronafide" pasó a la historia en menos
de un año. El PGD de 1980-1982 planteaba una tasa de crecimiento
de 8%, un nivel de inversión de 14% del PIB y un déficit
de 4.2% del PIB. Los resultados finales, sin embargo, fueron: una
tasa de crecimiento de 3.9%, inversión de 1.5% y un déficit
fiscal de 11.7%. Asimismo, en el PND de 1985-1988, las tasas planeadas
en los mismos rubros eran de 6% de crecimiento, 10% en inversión
y 4% en el déficit fiscal. El margen de error fue más
notable en esta versión de planeación centralizada:
la tasa de crecimiento promedio fue negativa, de -0.5%; la inversión
se desplomó a nivel promedio de -9.3%; y el déficit
se elevó a un promedio de 12.3% del PIB.
En vista del fracaso de sus antecesores, el PND salinista no disfrutaba
antecedentes confiables. Los puntos más destacados eran elevar
la tasa de crecimiento, estabilizar el nivel de precios y elevar
la tasa de inversión privada. En balance, los resultados
fueron más positivos que los resultados observados en los
planes elaborados durante administraciones anteriores. La tasa de
crecimiento anual promedió una cifra de 2.7%, la tasa de
inflación se redujo de 160% en 1987 a tasas de un dígito,
y las finanzas públicas se balancearon después de
alcanzar niveles del 13% del PIB en 1988. Con ello, el peso de la
deuda pública bajó de 68% del PIB en 1988 a 22% en
1993; y la inversión privada subió de 5% en 1989 a
más de 15% del PIB en la actualidad.
Todos estos logros se desvanecieron después de la devaluación
del ´94. El PND de Salinas acabó en ruinas. La pregunta
fundamental para futuros gobiernos es si la viabilidad de retomar
la ruta del crecimiento dependerá de una estrategia de planeación
centralizada, equiparable a estrategias perseguidas bajo el modelo
de los planes de desarrollo anteriores. Más que una mitológica
"planeación sexenal", la estrategia de crecimiento
debe ser función de las bases de la prosperidad a largo-plazo.
La estrategia no debe partir de un esquema predeterminado de planificación
social, ni mucho menos de la idea paternalista que informa la planeación
del desarrollo. La solución es estructural: dar las bases
que permitan lograr el crecimiento sostenido por medio de una economía
abierta.
La problemática del crecimiento no es una de mejor planificación,
o de arquitectos más competentes, o de modelos más
sofisticados que permitan cumplir la imposible tarea de incorporar
todas las variables. La figura de PND y su base constitucional de
"planeación democrática" es sólo
una muestra más del presidencialismo económico, la
absurda idea, que todos los aspectos de la economía se pueden
"planear y manejar" desde los inmodestos despachos de
Los Pinos.
COYUNTURA VS. CONTINUIDAD. Los reclamos
económicos en nuestro país son contundentes: crecimiento,
inversión y estabilidad. El desafío de la transformación
implica analizar lo que se ha hecho, tanto lo bueno como lo malo,
pero sobre todo, lo que falta por hacer. Hoy, trabajar sigue siendo
una actividad complicada, por la cantidad innumerable de permisos,
de reglamentaciones y otras especies de trámites que no permiten
hacer las cosas sin demoras, sin sobornos, o sin altos costos de
transacción. Hay que trabajar; pero también hay que
dejar trabajar.
Una serie de instituciones confirman una relación causal
entre libertad económica y mayor crecimiento. A más
libertad, más progreso. La base del intercambio descansa
en la premisa que los miembros de una comunidad disfrutan el derecho
al fruto de su trabajo, en la medida de que no se ocasione violación
de derechos a terceros. Si el Estado decide ampliar su margen de
intervención, como ha sido común en México,
retira una porción de los factores de producción de
otras áreas de la economía. Esto sucede con fenómenos
como la inflación, el abuso del sistema impositivo para fines
de redistribución, o instrumentos como los subsidios.
Estas son las conclusiones del reporte de libertad económica
del Fraser Institute, Indice de Libertad Económica Mundial
1975-1999, que presenta cuatro criterios:
· Seguridad en los derechos de propiedad privada (es decir,
que estén bien definidos, que sean transferibles, y que se
puedan defender legalmente contra robo o violación de terceros)
· Dinero y precios estables (es decir, una moneda con valor
perdurable que permita la planeación a largo-plazo)
· Bajas tasas tributarias marginales (es decir, un sistema
impositivo que estimule, y no obstaculice, la actividad cotidiana)
· Libertad de intercambio (es decir, un esquema regulatorio
que permita intercambio dentro y fuera de las fronteras nacionales
de un país)
El estudio encuentra una correlación positiva entre la libertad
económica y el crecimiento, lo que sugiere que los países
que aplican políticas consistentes con estos criterios se
ven premiados con una tasa de crecimiento mayor, y un nivel de vida
más alto. El índice de este estudio coloca a México
en el lugar 45 de un universo de 103. Entre los primeros lugares
de esta lista se encuentran países con escasos recursos,
que han logrado altas tasas de crecimiento en los últimos
20 años: Hong Kong, Suiza, Nueva Zelanda, Singapur, Taiwan,
entre otros. Esa es la diferencia que hace la libertad en una economía:
reducción de trabas innecesarias, estabilidad de precios,
bajas tasas impositivas: mayor oportunidad y mayor bienestar.
El requisito más importante es un marco institucional que
proteja derechos de propiedad. En ausencia de un marco que ofrezca
garantías legales al trabajo y a los frutos del trabajo,
desaparece el motor de un mercado moderno: los incentivos. Se requiere
un esquema fiscal estable, que brinde incentivos para la inversión
y que no entorpezca el desarrollo de los negocios. Las decisiones
empresariales no deben ser función de cambios repentinos
en la miscelánea fiscal, sino función de argumentos
comerciales. Por ello es necesario cambiar el esquema impositivo
de recaudación por un esquema que utilice los impuestos bajos
como motores de inversión. Asimismo, se requiere un sistema
monetario estable que preserve el poder adquisitivo de la moneda,
que brinde seguridad sobre la inversión y permita crédito
en condiciones competitivas. Este requisito se traduce en tener
seguridad sobre lo que el peso compra hoy y lo que podrá
comprar en el futuro. La inflación es el impuesto más
injusto; y la devaluación de la unidad de cuenta es una demostración
contundente de que no se puede lograr más riqueza por medio
de más pobreza. El desafío es hacer nuestras instituciones
más responsables en su tarea, o de una vez por todas, importar
la credibilidad de monedas duras, como el dólar.
La cultura de libertad económica debe iniciar por reconocer
la necesidad de que no se permita la expropiación de los
derechos de propiedad. Este juicio que emitió Mises hace
más de medio siglo es válido en la actualidad. La
falta de atención a una reforma integral de los derechos
de propiedad ha sido fuente de la vulnerabilidad de la economía
en el exterior, un factor que ha privilegiado la especulación
sobre la inversión productiva. No es posible inspirar confianza
de largo-plazo con un artículo constitucional (25) que le
de al Estado el poder discrecional de "planear, conducir, orientar
y dirigir" la actividad económica del país. No
es viable invitar a los inversionistas a arriesgar sus recursos
en proyectos que se encuentran condicionados a la "planeación
y conducción" de burócratas.
CONCLUSIÓN. El ingrediente
fundamental para la prosperidad es la credibilidad, entendida como
resultado de rendición de cuentas, de transparencia, de la
convicción de que somos amos de nuestro propio destino. México
tiene una triste tradición de supeditar el progreso interno
a factores externos: la baja en el precio del petróleo, la
deuda externa, los sacadólares, el terremoto del '85, la
aprobación del TLC, la turbulencia financiera internacional
y otros. La generación del crecimiento depende del reconocimiento
que el progreso no es producto de factores externos, fuera de nuestro
control, sino de bases internas que permitan alcanzar los bienes
del crecimiento económico. La ausencia de estas bases, de
una cultura de libertad económica, es la explicación
fundamental del atraso sufrido en estos treinta años de deuda,
devaluación, derroche y desbasto. Su presencia y permanencia
en gobiernos futuros serán el factor que permita a la economía
mexicana transformar su enorme riqueza potencial en riqueza que
permita vivir mejor, y lograr un mayor nivel de vida: riqueza real.
Roberto Salinas León es Director
de Estrategia Económica de TV Azteca, y académico
asociado del Cato Institute. Ensayo aparecido en Expansión
(Punto Económico), Agosto, 1999.
En el actual proceso de transformación de México,
es indispensable tener presentes cuáles son los requisitos
para la prosperidad del país. Una de las condiciones fundamentales
es recuperar la visión a largo plazo y la implementación
de reformas a nivel económico. Si se logran estas transformaciones,
se desarrollarán amplias oportunidades, es decir, un país
con empleo, bienestar, confianza y estabilidad.
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