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Hispanic American Center for Economic Research


 

LibreMente
Cultura para la Libertad
Año III Número 25 - 2003
versión PDF

EDICIONES ANTERIORES 2002 2001

SUMARIO

Igualdad y Capitalismo
Los beneficios materiales que disfrutaban en el pasado sólo los súper ricos, en las sociedades capitalistas de hoy las disfrutan casi todos. Este hecho indiscutible demuele las acusaciones de que el capitalismo genera desigualdad.
Por Donald Boudreaux

La imposibilidad del socialismo
El corazón del argumento de Mises contra el socialismo es que la planificación central del gobierno destruye la herramienta principal - precios de mercado formados por la competencia - a través de los cuales la gente en una sociedad toma decisiones económicas racionales.
Por Richard M. Ebeling

Palos y piedras: una crítica a las leyes de calumnias e injurias
Un mercado abierto de palabras es la mejor protección contra el poder que los inescrupulosos pueden tener con las palabras. No es la palabra lo que arruina a las personas, sino que es la reacción que los crédulos tienen hacia las palabras lo que puede dañar a un inocente.
Por Ken Schoolland

Libros. La política está en otra parte, de Hernán López Echagüe
A pesar de los insistentes lamentos del autor, típicos de la "idiotez latinoamericana", es recomendable leer este libro para estar más informado sobre cómo piensan y cómo actúan los piqueteros.
Comentario de Gabriel Salvia

Pensamiento vivo
"Todo aquello que resulta ser grandioso e inspirador es creado por individuos que pueden trabajar en libertad".
Albert Einstein (1879-1955)


IGUALDAD Y CAPITALISMO
Por Donald Boudreaux

Probablemente, la acusación más común contra el capitalismo es que crea desigualdad de ingresos y riqueza. La frecuencia de esta acusación es por el hecho de que lo sostiene al unísono un gran número de personas y entonces se hace creíble. Después de todo, ¿quién puede negar que Bill Gates, Warren Buffet, y los accionistas tienen cada uno mucho más dinero que cualquier persona común?
Los amigos del capitalismo generalmente aceptan que promueve una mayor desigualdad de riquezas. Incluso Ludwig von Mises escribió que "la desigualdad de riqueza e ingresos es una característica esencial de la economía de mercado". Pero, al igual que Mises, académicos de libre mercado destacan que la desigualdad es el precio que se paga por la inmensa y diseminada prosperidad incuestionable hecha posible sólo por el libre mercado. "Seguro que hay más desigualdad de riqueza", dice la concesión, "pero los más pobres están mucho mejor con capitalismo que sin él".
No seamos tan apresurados en aceptar que el capitalismo crea una mayor desigualdad de riqueza.
Hagamos un experimento mental. Imaginemos que resucitamos a uno de nuestros ancestros del 1700 y le mostramos un día cualquiera en la vida de Bill Gates. La opulencia causaría un obvio asombro en nuestro ancestro, pero yo diría que las características de la vida de Gates que lo impresionarían más son que él y su familia nunca se preocupan de morir de hambre; que se bañan a diario; que tienen varias mudas de ropa limpia; que tienen dientes limpios y sanos; que enfermedades como la viruela, la polio, la difteria, la tuberculosis, el tétano, y tos ferina no representan ningún riesgo; que las chances de morir durante el parto de Melinda Gates son aproximadamente de un sexto de lo que hubieran sido en 1700; que cada niño que nazca de la pareja Gates tiene cerca de 40 veces más posibilidades de sobrevivir a su infancia que los niños pre-industriales; que los Gates tienen una heladera y un freezer (sin mencionar el horno microondas, el lavavajillas, y radio y televisión); que los Gates trabajan sólo cinco días a la semana y que la familia se toma varias semanas de vacaciones cada año; que los Gates comúnmente viajan por el aire a tierras distantes en cuestión de horas; que hablan sin mayor esfuerzo con personas a miles de kilómetros y a océanos de distancia; que frecuentemente disfrutan de las actuaciones más importantes de los actores y actrices más talentosos del mundo; que los Gates pueden, cuándo y dónde quieran, escuchar una sonata de piano de Beethoven, una opera de Puccini, o una balada de Frank Sinatra.
En resumen, lo que seguramente impresionaría más a nuestro visitante del pasado acerca de la vida de Bill Gates son precisamente esas ventajas modernas que no son exclusivas de Bill Gates, ventajas que hoy disfrutan una mayoría de estadounidenses.
Y mientras nosotros los estadounidenses modernos nos concentramos en cuánto dinero más que el resto de nosotros tiene Bill Gates, nuestro viajero en el tiempo seguramente encontraría que las diferencias que lo separan a Gates del norteamericano promedio son mucho menores que las abismales diferencias entre su vida pre-industrial y la de los estadounidenses normales.
También seguramente vería que las diferencias de riqueza entre los estadounidenses promedio y los más ricos son triviales en comparación con las diferencias entre la mayoría de las personas de la era pre-industrial y los reyes que los gobernaban.
Antes del capitalismo, la realeza y la nobleza tenían acceso exclusivo a un gran número de sirvientes y comodidades que hacían sus vidas mucho más agradables que aquellas de las personas comunes. Por ejemplo, los monarcas no perdían tiempo lavando su ropa, sus sirvientes las lavaban para ellos. En el atardecer, cuando se necesitaba luz, el rico simplemente chasqueaba sus dedos y sirvientes encendían candelabros y velas en los grandes castillos y éstos u otro grupo de sirvientes vaciaban las vasijas de las habitaciones de su amo cuando era necesario. Cada vez que el rey tenía ganas de escuchar un cuarteto de cuerdas o ver una obra, su corte de músicos y actores actuaban para él. Si él o un noble poderoso querían enviar un mensaje a otro a miles de millas de distancia, un mensajero salía galopando para entregarlo. Cuando tenían que bañarse, los miembros de la familia real contaban con sirvientes que traían y calentaban el agua para sus baños. Y sólo los ricos podían comprar libros.

Un rápido movimiento de la muñeca

En los Estados Unidos moderno, no hay tales diferencias que separen a los ricos del resto de nosotros. Tenemos lavarropas y secarropas (y lavaderos baratos en el barrio) que nos evitan la pérdida de tiempo y espalda de lavar la ropa al estilo pre-industrial. Cuando necesitamos luz, o cuando queremos escuchar música o ver una película, un simple movimiento de nuestra muñeca nos da luz instantáneamente y con tocar un botón podemos disfrutar de brillantes interpretaciones en nuestras casas. Cuando queremos chismear con un amigo a 6.000 kilómetros de distancia, lo hacemos sin problema. Nosotros nos bañamos o duchamos siempre que queremos con simplemente abrir el agua fría o caliente, y nuestra versión moderna de vasija de habitación se vacía siempre que queremos gracias a nuestra cañería hogareña. Nuestras casas están llenas de libros.
El hecho es que los beneficios materiales que disfrutaban en el pasado sólo los súper ricos, en las sociedades capitalistas de hoy las disfrutan casi todos. Este hecho indiscutible demuele las acusaciones de que el capitalismo genera desigualdad.
Esto se lo expliqué recientemente a una persona por e-mail. Me acusaba de despreciar la grave situación de los estadounidenses pobres o de medianos ingresos. Su argumento se resumía en el reclamo de que las cosas materiales como los artefactos hogareños, el sistema cloacal, y los servicios telefónicos son irrelevantes. "!La vida es más que materialismo!" insistía, con signos de admiración y todo.
Le respondía de la siguiente manera: "No entiendo. Usted dice que la gran falla de los mercados es que distribuye la riqueza de manera muy desigual. Yo digo que distribuye la riqueza -una cuestión material- en forma mucho más pareja de lo que se da cuenta la gente cuando sólo ve el dinero. Usted tiene razón cuando dice que la vida es más, mucho más que materialismo. Pero si está convencida de esto, ¿por qué se preocupa del dinero que tiene la gente? Seguro que el dinero es mucho menos significativo que lo que puede comprar. Pero si insiste en creer que la distribución monetaria es un enfoque adecuado, yo estaría orgulloso de que me llamen materialista -y entonces yo la llamaré "monetarista". Mejor ser materialista que "monetarista".
La próxima vez que escuche que alguien se lamenta de la distribución desigual del dinero en una economía de mercado, desafíelo para mostrarle la relevancia del hecho a la luz de que el capitalismo continuamente genera crecientes números y variedades de bienes y servicios accesibles cada vez a mayor cantidad de personas.

Donald Boudreaux es presidente del departamento de Economía de George Mason University y ex presidente de The Foundation for Economic Education.
Este artículo fue originalmente publicado en Ideas on Liberty.
Traducción de Hernán Alberro


LA IMPOSIBILIDAD DEL SOCIALISMO
Por Richard M. Ebeling

En mayo de 1988, el diario soviético Pravda publicó un artículo que resumía la condición de la economía socialista soviética: "Ni uno de los 170 sectores esenciales han cumplido los objetivos del plan ni una sola vez durante los últimos 20 años... esto trajo una reacción en cadena de esfuerzo y desequilibrio que ha llevado a una 'anarquía planificada'... el desequilibrio ha afectado cada poro de nuestra economía, y se ha hecho legendario."
El término utilizado en el artículo - "anarquía planificada"- captura la esencia del socialismo. Pero también se destaca como una reivindicación de uno de los más importantes críticos al socialismo en el siglo XX: el economista austriaco, Ludwig von Mises. Más de ochenta años atrás, en 1920, la experiencia soviética sólo tenía tres años de antigüedad. Pero ya en ese momento, bajo el nombre de "Guerra Comunista" los bolcheviques de Lenin habían nacionalizado la industria, destruido los precios y salarios de mercado, declarado el fin de la economía del dinero e introducido la planificación en la forma de una economía dirigida centralmente.
El mismo año, 1920, Ludwig von Mises publicó uno de sus más importantes trabajos en la historia de la economía: "Cáculo económico en la comunidad socialista". En menos de 50 páginas, Mises demostró clara e irrefutablemente que el socialismo estaba destinado al fracaso. Mises incorporó su argumento en un tratado de 1922, Socialismo, un análisis económico y sociológico. Aquí, los principios económicos de un sistema socialista eran analizados en un contexto más amplio de patologías sociales, políticas y económicas del orden colectivista.
No es casual que todo experimento socialista haya creado lo que Pravda llamó una "anarquía planificada", o como lo título Mises en su libro de la década del 40, Caos planificado. Aún si ignoramos el hecho de que los gobernantes de los países socialistas se preocupaban muy poco del bienestar de sus conciudadanos; aún si descartamos la falta de incentivos personales en las economía socialistas; e incluso si hacemos caso omiso a la total falta de preocupación por el consumidor bajo el socialismo; el problema básico continúa siendo el mismo: el mejor intencionado planificador social no sabe qué hacer.
El corazón del argumento de Mises contra el socialismo es que la planificación central del gobierno destruye la herramienta principal - precios de mercado formados por la competencia - a través de los cuales la gente en una sociedad toma decisiones económicas racionales.
Una economía moderna con un sistema de división de trabajo avanzado, tecnologías sofisticadas y una amplia variedad de equipamiento de capital es demasiado complejo para que los planificadores puedan organizarlos y preverlos exitosamente. Hay demasiado conocimiento (y muchos tipos diferentes de conocimiento) dispersos entre demasiada gente. El planificador es incapaz de centralizar toda la información relevante y en constante cambio en una sociedad compleja. Es incapaz de organizar todo en la economía justo de la manera correcta para que "esté bien".
Mises explicó que en una economía de mercado libre de la intervención gubernamental, este problema que enfrenta el planificador socialista es inexistente. La clave, según Mises, es la propiedad privada y la libertad individual. En un sistema de división de trabajo, en el que todas las transacciones requieren del consentimiento voluntario de compradores y vendedores, el interés personal está (como lo sostenía Adam Smith mucho tiempo atrás) atado al bien común. Nadie puede poseer lo que tiene otro, salvo que a cambio ofrezca algo que la otra persona está dispuesta a tomar. Entonces, la mejora en las condiciones individuales requiere que considere las necesidades y deseos de su prójimo.
Pero en un sistema abierto, que abarca un mundo de división de trabajo, en el que socios comerciales potenciales están separados por el tiempo y el espacio, ¿cómo hace la gente para descubrir qué deberían producir para satisfacer las demandas de los demás consumidores? ¿Y cómo producen eficientemente, es decir, con la menos mala asignación de recursos?
Mises explicó que la institución de la propiedad privada hacía que todo esto fuera posible. La propiedad y el intercambio voluntario crean oportunidades de ganancias mediante el comercio. La competencia entre las ofertas de diferentes bienes y servicios genera precio de mercado en los que se realizan las transacciones. Y estos precios llevan información útil hacia todos en el mercado acerca de qué productos están siendo demandados en el resto del mundo.
Al mismo tiempo, la propiedad privada de los medios de producción permite la adquisición y el alquiler de recursos y trabajo para la producción de bienes que los consumidores desean comprar. Las ofertas competitivas de los entrepreneurs para la compra de esos medios de producción genera precios de mercado para los recursos necesarios. Los precios permiten que el empresario evalúe el valor relativo y el beneficio de utilizar medios de producción de manera alternativa. Proveen los medios para determinar qué productos fabricar de la forma menos costosa económicamente.
También, debido a que el dinero sirve como el medio común a través del cual se realizan las transacciones, el valor de mercado de todos los bienes y servicios, y de todos los medios de producción, quedan reducidos a un denominador común para simplificar la comparación y evaluación - sus precios monetarios del mercado.
Esto, a decir de Mises, es lo que hace posible el "cálculo económico" en una economía de mercado. Los hombres son libres de tomar sus propias decisiones. Los precios de mercado que quedan fuera de esas decisiones permiten que cada individuo tenga y comparta información acerca de lo que los demás desean en el mercado. El mercado provee el método mediante el cual la gente puede tomar sus propias decisiones libres de manera económicamente eficiente. Todo el proceso redunda en beneficio para la sociedad entera.
Mises insistía en que el problema con el socialismo es que provoca un corto-circuito en el proceso de "cálculo económico". Y lo hace aboliendo la propiedad privada de los medios de producción y eliminando el intercambio pacífico y voluntario. Sin derecho legal de propiedad, no hay ni habilidad ni incentivo para comprar y vender; sin nada que comprar y vender, no hay ofertas y demandas de los commodities o los recursos; sin ofertas ni demandas, no hay intercambios consumados; sin intercambios consumados, no hay precios de mercado; y sin precios de mercado que expresen el valor relativo de esos commodities y recursos, no existe ninguna forma racional de saber su verdadero valor para la gente; entonces, los empresarios no pueden saber cómo utilizarlos económica y eficientemente para satisfacer las necesidades y deseos del público consumidor.
El planificador socialista, entonces, queda sólo intentando guiar a la economía colectivista con los ojos vendados. No puede saber qué productos producir, las cantidades relativas a producir, y la manera más económicamente apropiada para producirlos con los recursos y el trabajo que están bajo su control. Esto lleva al "caos planificado", tal como lo llamó Mises, o a la "anarquía planificada" según Pravda.
Ludwig von Mises nació el 29 de septiembre de 1881. Su obra más importante, Acción humana, Un tratado de economía, fue publicado el 10 de septiembre de 1949. A lo largo de la mayor parte de su vida fue uno de los más importantes defensores de la libertad humana y de la economía de mercado. Y fue el más importante crítico del socialismo en el siglo XX.
Pero durante su vida, fue maltratado y odiado por gran parte de la comunidad intelectual, incluyendo a muchos economistas de todo el mundo. ¿Cuál fue su crimen? En una era en la que reinaba la ideología colectivista de una u otra forma, en la que el Estado era adorado como a un dios, y en la cual se daba una obediencia incuestionable al Estado, Ludwig von Mises defendió al individuo y a su libertad contra los gobiernos omnipotentes.
Pero hizo más que eso. También despedazó a la fantasía socialista que proclamaba que la prosperidad podía venir de la planificación central. Él no sólo sostuvo que la prosperidad sólo podía venir de la libertad y del libre mercado, sino también que el socialismo como medio para mejorar la condición humana es imposible.
El socialismo está muriendo en el mundo. Los que han vivido bajo el socialismo están intentando redescubrir las reglas e instituciones de una economía de mercado. La vida de Ludwig von Mises estuvo dedicada a demostrar porqué el socialismo tenía que morir y por qué no había ningún sustituto para una economía libre. Su coraje y devoción a los principios de la libertad deben ser un modelo e ideal para que todos imitemos en el futuro.

Richard M. Ebeling es profesor Ludwig von Mises de Economía en el Hillsdale College y también es vicepresidente de Asuntos Académicos de The Future of Freedom Foundation www.fff.org. Este artículo fue originalmente publicado en Freedom Daily.
Traducción de Hernán Alberro.


PALOS Y PIEDRAS: UNA CRITICA A LAS LEYES DE CALUMNIAS E INJURIAS
Por Ken Schoolland

"Los palos y las piedras pueden romper mis huesos, pero las palabras nunca me harán daño." Así dice la frase de los niños que son mucho más astutos que sus mayores. Pero a medida que los jóvenes crecen aprenden que hay leyes a su disposición que pueden ser utilizadas para dar con "palos y piedras" a las personas que dicen cosas malas sobre ellos.
Para la mayoría de los adultos una reputación es generalmente vista como un pedazo de propiedad -algo que les pertenece. Usted "tiene" una reputación y yo "tengo" una reputación. ¿Pero la reputación es verdaderamente una propiedad personal o es simplemente lo que otros piensan de nosotros? ¿Si es simplemente lo que otros piensan de nosotros, entonces cómo podemos reclamar propiedad sobre lo que otros piensan?
Las leyes que intentan proteger la reputación son las leyes de calumnias e injurias. Para comprender la naturaleza de estas leyes es muy útil darse cuenta de que surgen en una época en la que los reyes y los nobles utilizaban el aparato estatal para castigar a las personas que decían cosas poco halagadoras sobre ellos. De vez en cuando, los reyes y los nobles tenían gran poder para procesar las pobres almas de quienes se atrevieran a llamarlos "asesinos" y "ladrones" en lugar de "elite elegida por Dios" que están destinados a gobernar por derecho divino y herencia.
Igualmente comunes eran las provisiones de la ley que le daban a los gobernantes soberanos la inmunidad por todo lo que dijeran sobre la reputación de los campesinos. Como vestigio de esta inmunidad, los oficiales de gobierno en muchas partes quedan fuera del alcance de las leyes de calumnias e injurias cuando "están en funciones oficiales".
¿El propósito de las leyes de calumnias e injurias es realmente asegurar a los ciudadanos sobre la veracidad de las afirmaciones públicas? ¿Si el establecimiento de la "verdad" fuera realmente el propósito de este tipo de leyes, entonces sería lógico que alguna de las partes damnificadas pudiera denunciar una declaración falsa que haya provocados daños o haya beneficiado a una reputación en forma injusta?
Está comúnmente aceptado que la reputación de un héroe queda dañada si alguien lo llama "ladrón". Pero seguramente el público queda igualmente dañado, si no aún más, cuando un ladrón es llamado "héroe". Pero enjuiciar por una declaración positiva falsa, generalmente no está permitido. En realidad, las declaraciones positivas falsas parecen esenciales para los políticos contemporáneos.
¿Qué reputaciones quedan protegidas por las leyes? Naturalmente, la ley estuvo manufacturada por quienes tienen la riqueza necesaria para utilizar el sistema legal en forma más beneficiosa. La riqueza aparece dentro de los cálculos de lo que vale una reputación y, simultáneamente, cuánto "daño" se ha hecho. Presumiblemente todos tienen una reputación pero no tienen ningún valor legal a menos que uno pueda mostrar que las declaraciones prejuiciosas han causado una disminución mensurable del ingreso y la riqueza.
Asimismo, cuanta mayor angustia sufra una persona, mayor será el beneficio que buscarán en el daño. Las personas con gran confianza y autoestima, que no se preocupan por lo que los demás piensen de ellos, tienen muy poco que obtener en las cortes. En su lugar, son las personalidades frágiles e inseguras, conocidos en el campo de juego como "llorones", los que podrán demandar por mayor daño emocional.
Algunos creen que los políticos, al actuar a través del gobierno, pueden ser los garantes de la verdad. Esto es verdaderamente irónico, dado que las encuestas generalmente ponen a los políticos en la lista de profesiones menos confiables.
Creer que el gobierno es el garante de la verdad es en realidad parte del problema. En la medida en que la gente sufra la ilusión de que son protegidos por el gobierno, no ejercitarán su propio juicio protector. Si uno tiene que sopesar los costos y beneficios de las leyes de calumnias e injurias, esta es la única razón que me lleva a la conclusión de que la ley perjudica más de lo que beneficia.
Mucha gente dice que espera ser protegida por la ley porque "si esto no fuera cierto, alguien lo habría denunciado." Y otros quedan intimidados por el temor a una potencial demanda judicial. Este miedo tiene un efecto escalofriante, como en Singapur, donde se silencian las críticas y la gente se queda sin un debate genuino.
Los defensores de las leyes de calumnias e injurias pueden ganar generalmente a una audiencia comprensiva porque sostienen que la ley protege en última instancia a personas inocentes de los ataques salvajes a "sus reputaciones". En este sentido, se puede tomar un poco de sabiduría del notable semiólogo, Lenny Bruce. Fue él quien dijo que las palabras son peligrosas sólo cuando están prohibidas.
Hoy hay muchas acusaciones que las personas pueden encontrar objetables, pero parece que el impacto de estas acusaciones queda disminuido cuando la gente se acostumbra a escuchar palabras que alguna vez estaban prohibidas. Si un "cargo por calumnias e injurias" se escucha raramente, entonces su impacto puede ser muy grande. Pero si se lo escucha todo el tiempo, entonces la gente aprende a detectarlo y descartarlo, o a desarrollar medios de verificación.
Hace algunos años, cuando pocas personas hablaban abiertamente de la homosexualidad, llamar a alguien homosexual era algo extremadamente dañino para su reputación. Pero ahora que la homosexualidad es abiertamente mencionada, la verdad o falsedad de una "acusación" de ese tipo es insignificante. Hoy podría ser rebatida o incluso podría mejorar el estatus de un persona. Incluso se les puede decir "maricones" a los legisladores y ministros y sus carreras no están más en peligro.
Los acusadores generalmente revelan más de su personalidad que aquellos a los que acusan. Por eso las campañas políticas negativas generalmente tiene resultados negativos.
Un mercado abierto de palabras es la mejor protección contra el poder que los inescrupulosos pueden tener con las palabras. No es la palabra lo que arruina a las personas, sino que es la reacción que los crédulos tienen hacia las palabras lo que puede dañar a un inocente.
El gobierno ha venido intentando monopolizar el negocio de la investigación y seguro de la reputación. Como en todas las intromisiones gubernamentales en el mercado, el gobierno es ineficiente, es una herramienta para la influencia de los intereses especiales y es vulnerable para pervertir consecuencias inesperadas.
Si el gobierno tuviera control absoluto y prohibiera todas las noticias excepto aquellas que están oficialmente autorizadas, como en Corea del Norte o en Cuba hoy, entonces tendríamos una fuente de información carente de la más mínima credibilidad.
En el mercado de las ideas, somos libres de elegir las fuentes de información que se hayan ganado nuestra confianza. Es la competencia por nuestra confianza la que premia a la verdad en el mercado.
Lo que está en juego no es en realidad las palabras y la reputación. En juego está el poder sobre los pensamientos. Los que buscan información veraz no pueden esperarla de los políticos, las leyes, los arrestos, las multas y las cárceles. Sólo puede ser descubierta por el ejercicio de la razón.

Ken Schoolland es Profesor Asociado de Economía y Ciencias Políticas de Hawaii Pacific University y miembro del directorio de la International Society for Individual Liberty. Traducción de Hernán Alberro


Libros. LA POLITICA ESTA EN OTRA PARTE, DE HERNAN LOPEZ ECHAGÜE
Comentario de Gabriel C. Salvia

Este libro ofrece interesantes testimonios de los principales protagonistas que lideran distintos movimientos sociales en la Argentina, incluyendo sus orígenes, antecedentes o influencias políticas, principios que los mueven, métodos de organización y acción, y represiones que sufren por su actividad. Esto último ha hecho que el libro quede inconcluso, pues el autor no quiso agregar otros testimonios de movimientos sociales que surgieron en el país porque mientras escribía esta obra uno de sus primeros entrevistados moría asesinado por la policía bonaerense.
Para entender la Argentina actual este libro realiza una importante contribución. Es inocultable el protagonismo político que vienen teniendo los movimientos sociales que describe el autor y, en consecuencia, es necesario conocer mejor las reflexiones de sus principales referentes. Así, cuando López Echagüe trabaja como periodista hace una muy buena labor: ingresando a lugares donde otros no llegan, describiendo a los protagonistas de su relato y, especialmente, ofreciendo sus testimonios.
De esta manera, el autor recorre el conurbano bonaerense que conoce muy bien, alguna asamblea barrial de la Capital, y distintas localidades del interior del país donde surgieron y crecen nuevos movimientos sociales que "luchan contra el sistema". De los testimonios de los entrevistados surgen, en la mayoría de los casos, la influencia de los curas seguidores de la teología de la liberación, las simpatías hacia el viejo peronismo, la pasada militancia en partidos de izquierda, la lectura de los textos de Marx y la figura del "Che" Guevara. Otros tantos integrantes de estos movimientos provienen de ex trabajadores de empresas públicas privatizadas durante los 90, especialmente de la petrolera YPF.
Sin embargo, el autor no puede evitar mezclar su profesión con su parcialidad ideológica y él mismo lo deja claro: "En mis buenas épocas de militante revolucionario, cuando cada mañana contaba los días para alcanzar el poder...". A esta nostalgia setentista se suman demasiadas reflexiones socialistas de López Echagüe que terminan convirtiendo a su libro en un manifiesto piquetero, desvirtuando así lo más interesante de su obra: la documentación periodística. Entonces, López Echagüe deja de ser periodista y pasa a ser militante, como muchos colegas suyos que han seguido el mismo camino (Bonasso, Verbitsky, Caparrós, entre otros) y se convierte en lo que él mismo critica de otros periodistas, pero que a diferencia suya son militantes u opinólogos conservadores.
López Echagüe hace una crítica a la "holgazanería intelectual", pero eso mismo es de lo que él padece: por ejemplo, realiza comentarios acertados sobre los pseudo-empresarios argentinos que se asocian con el poder de turno y al mismo tiempo arremete contra el Capitalismo. Se nota que no se tomó el trabajo ni de leer a Adam Smith. Mucho menos habrá leído a pensadores liberales del siglo XX que enfrentaron al nazismo, fascismo, comunismo y que al mismo tiempo condenaban al estado benefactor. Pero además de holgazán, es criticable la complicidad intelectual de López Echagüe con regímenes dictatoriales, como lo fueron todos los gobiernos comunistas del siglo pasado, responsables de genocidios y hambrunas, y como lo es el de Fidel Castro en Cuba, por el cual el autor de este libro siente profunda simpatía y lo hace expresamente citando frases del dictador que lleva más tiempo en el poder en un país de América Latina.
Por eso, lo más preocupante del libro, o quizás predecible por parte de quienes asumen estos "ideales" y tratan de imponerlos al resto de la sociedad, es el unánime rechazo a la democracia representativa: "Estamos en contra de la democracia representativa, que ya ha demostrado su fracaso" (Darío Santillán, Movimiento de Trabajadores Desocupados); "Estamos podridos de este sistema de representación política...en las asambleas de los barrios a los partidos de izquierda tampoco los quieren" (Florencia, del MTD); "Los cambios tienen que venir de abajo y producir una revolución, es el único modo. Las elecciones no nos despiertan expectativas" (Rodolfo "Chiqui" Peralta, Unión de Trabajadores Desocupados); "Las elecciones para mí no son salida de nada" (Raúl Godoy, Sindicato de Obreros y Empleados Ceramistas de Neuquen).
Si el problema es la democracia, entonces algunos -quizás unos pocos- impondrán su sistema de vida al resto mediante una dictadura y al que no le guste tendrá dos opciones: o se exilia o lo fusilarán. Si el problema, en cambio, es el sistema electoral, puede mejorarse mediante una reforma política que establezca una democracia competitiva para asegurar una genuina representación. Ahora, si se rechaza esto último, sólo queda una guerra civil. Los piqueteros son una parte de la sociedad, posiblemente muy minoritaria; existen otras minorías que comparten el rechazo al actual sistema pero no son activos y parten de un análisis diferente y defienden un sistema social totalmente distinto al de los piqueteros; y hay una mayoría que opta por alguna de las tradicionales o nuevas alternativas políticas. Por último, al que no le gusta esta realidad nacional puede intentar emigrar, como lo ha hecho el propio López Echagüe radicándose en Uruguay.
En síntesis, a pesar de los insistentes lamentos del autor, típicos de la "idiotez latinoamericana", es recomendable leer este libro para estar más informado sobre cómo piensan y cómo actúan los piqueteros, un movimiento social que reúne: a las víctimas de setenta años de paternalismo estatal que ahora exigen derechos que en realidad son expresiones de deseos convertidas en norma legal; a violentos simpatizantes de sistemas totalitarios; a perdedores de una inconsistente política de reformas económicas durante los 90; y a muchos inocentes que encuentran en el "piquete" un lugar para canalizar su descontento sin saber que de tener éxito sus reclamos terminarán viviendo mucho peor.

Gabriel C. Salvia es Director Ejecutivo de la Fundación Atlas para una Sociedad Libre www.atlas.org.ar

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