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Cultura para la Libertad
Año III Número 26 - Febrero de 2003
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EDICIONES ANTERIORES 2002
2001
Sumario
El huevo o la gallina: derechos
y gobierno
Parecería que el argumento de que tenemos derechos antes
de que el gobierno los codifique (haciendo parecer así a
algunos que el gobierno los otorga) es más vigoroso que el
opuesto. La simple noción de la autodefensa, que resulta
sensata a cualquier persona racional, demuestra que los derechos
individuales preceden a las leyes y los gobiernos.
Por Tibor Machan
Yo, el gobierno
Soy el gobierno, la institución mundialmente conocida por
todos aquellos que pagan impuestos, reciben subsidios y enfrentan
regulaciones. La coerción es mi vocación y mi pasatiempo;
esta en mi naturaleza el obligar a otros a hacer lo que de otro
modo no harían. Mi naturaleza debería ser de gran
importancia para usted ya que me entrometo en su libertad.
Por D. W. Mackenzie
No fue el gobierno el que puso
tu reloj en hora
¿Qué hora es? Gracias a entrepreneurs creativos y
no a pomposos planificadores centrales, sin importar dónde
vive uno ha habido una respuesta uniforme a esta pregunta por casi
un siglo.
Por Lawrence Reed
Libros. ¿Deberíamos
tener fe en los bancos centrales?, de Otmar Issing
Si la libertad fuera a salir victoriosa en el siglo XXI, un campo
crucial deberá ser la privatización de la moneda y
del orden monetario, sino todos continuaremos dependiendo de las
"hábiles" y "bondadosas" intenciones
de los planificadores centrales monetarios.
Comentario de Richard Ebeling
Pensamiento vivo
"Un gobierno sano y frugal, es aquel que haga desistir a los
hombres de dañarse mutuamente, y que los deje libres para
regular sus propios asuntos de industria y progreso, y no tome de
la boca del trabajo el pan que este ha ganado".
Thomas Jefferson (1743 - 1826)
EL
HUEVO O LA GALLINA: DERECHOS Y GOBIERNO
Por
Tibor R. Machan
Una de las premisas del pensamiento político contemporáneo
destacado es que nuestros derechos son obsequio del gobierno. Académicos
famosos tales como Stephen Colmes y Cass R. Sunstein sostienen esto
en su libro, The Cost of Rights (W.W.Norton, 1999) [El Costo de
los Derechos]. Según lo presentan, "los derechos y libertades
individuales dependen en esencia de una vigorosa acción estatal"
(p.14) y "la ausencia de Estado significa la ausencia de derechos"
(p.19).
Esto es exactamente lo opuesto al pensamiento de los Padres Fundadores
de los Estados Unidos. En la Declaración de la Independencia
afirmaron, si bien sucintamente, que en tanto seres humanos, llegamos
al mundo dotados de derechos. Estos derechos son inalienables y
el gobierno se instituye para asegurarlos. Dan claramente por sobreentendido
que los derechos preceden al gobierno.
Pero quizás Holmes y Sunstein están en lo cierto y
los Padres Fundadores entendieron todo al revés. ¿Qué
podemos decir, en unas pocas palabras, para defender la idea de
los Padres Fundadores? Sin rehacer la defensa de los derechos de
John Locke y sus seguidores, existen ciertas cuestiones simples
que indican que Colmes y Sunstein se equivocan.
Imaginen a un adulto perdido en la jungla, donde no hay nada, ni
leyes, ni policía, ni cortes. Otra persona lo encuentra,
lo ataca y amenaza con llevarse todo lo que ha hecho para sobrevivir.
Sin duda el defenderse seria correcto para la persona que esta siendo
atacada. Si luego se lo cuestionase para que justifique su resistencia,
bien podría decir, "esta persona no respeto mis derechos
como ser humano. Tuve que resistirme físicamente para que
no pudiera cumplir sus amenazas", o algo por el estilo.
Sin embargo, si nuestros derechos dependen de que el gobierno nos
los otorgue esta línea de argumentación no se sostendría.
El agresor podría decir "ya que el gobierno es la fuente
de nuestros derechos y no hay gobierno aquí en la jungla,
usted no tiene derechos. No tiene derecho a su vida, no tiene derecho
a su libertad, no tiene derecho a su propiedad y con certeza no
tiene derecho a la autodefensa. Al menos hasta que se establezca
un gobierno y le otorgue estos derechos".
No cabe duda de que esto seria absurdo, pero esto es lo que se deduciría
si el análisis de los derechos de Colmes y Sunstein fuese
sólido; nadie tendría justificación alguna
para resistir a las agresiones a menos que algún gobierno
otorgase derechos antes. Pero en el mundo real la gente necesita
un conjunto de principios que le sirvan de guía cuando se
enfrentan a una amenaza violenta. Estos principios pueden no estar
expresados en la terminología conocida de los derechos individuales,
pero a eso se reducen.
Es cierto, esto no finaliza el debate. Hay pacifistas que se opondrán
como también comunitarios y muchos otros que rechazan la
mera idea de que los individuos son seres soberanos, no sujetos
sin consentimiento a la voluntad de otros. Esta es una de las razones
por las cuales existe una abundante bibliografía de filosofía
política.
No todos podemos darnos el lujo de embarcarnos en una revisión
académica de esta literatura. Pero parecería que el
argumento de que tenemos derechos antes de que el gobierno los codifique
(haciendo parecer así a algunos que el gobierno los otorga)
es más vigoroso que el opuesto. La simple noción de
la autodefensa, que resulta sensata a cualquier persona racional,
demuestra que los derechos individuales preceden a las leyes y los
gobiernos.
Tibor Machan es profesor en la Facultad
Argyros de Economía y Negocios de la Universidad Chapman.
Este artículo fue originalmente publicado en la revista Ideas
on Liberty (www.fee.org).
Traducción de Brian Schmidt.
YO,
EL GOBIERNO
Por
D. W. Mackenzie
Soy el gobierno, la institución mundialmente conocida por
todos aquellos que pagan impuestos, reciben subsidios y enfrentan
regulaciones. La coerción es mi vocación y mi pasatiempo;
esta en mi naturaleza el obligar a otros a hacer lo que de otro
modo no harían. Mi naturaleza debería ser de gran
importancia para usted ya que me entrometo en su libertad. Soy también
un misterio para muchos. Algunos me ven como benevolente, aun cuando
asesine a 119 millones de personas en el siglo XX (1). Algunos me
ven como omnisciente aun cuando me enfrento a un problema insuperable
de conocimiento al tratar de comprender a la sociedad que busco
controlar (2). Algunos me ven como una necesidad absoluta, aun cuando
hay gente que ha vivido en sociedades sin mi (3). Pero aquellos
a quienes uso raramente se dan cuenta de todo esto. Estas inocentes
convicciones me confieren un sitial injustificado en la sociedad.
Estos malentendidos han significado grandes sufrimientos para la
gente común y corriente pero han servido muy bien a la elite
de gobernantes.
Yo, el gobierno, inspiro admiración y reverencia en muchos.
Algunos persisten en su admiración incluso cuando son confrontados
con mis peores atrocidades (4). Me conviene que nunca me entienda
realmente porque si lo hiciese vería que, en el mejor de
los casos, soy simplemente el defensor de sus derechos individuales
y de propiedad y que, en el peor de los casos, soy el más
eficiente infractor de los mismos. De hecho si todos llegasen a
conocer mi verdadera naturaleza me verían con desconfianza
más que con admiración; si todos supiesen lo que he
hecho a lo largo de la historia me verían con desprecio en
lugar de reverencia.
Beneficio a algunos a costa de todos. Los grupos pequeños
se organizan fácilmente y los grandes no. Por lo tanto, sirvo
los intereses del gobernante o los de grupos específicos
(5). Otorgo privilegios monopólicos a empresarios y cámaras
empresariales. Logro esto mediante derechos de aduana y restricciones
a la importación que dificultan las cosas a los competidores
extranjeros. Lo logro con regulaciones que colocan obstáculos
a los nuevos emprendimientos. Lo logro con licencias que restringen
el acceso a ciertas profesiones. Por supuesto que estos grupos me
pagan para lograr lo que quieren. En ocasiones me pagan para que
simplemente los deje en paz (6).
Mi forma es también difícil de comprender. Soy vasto
y complejo. Nadie puede entender toda mi complejidad. Abarco una
colección enorme de departamentos, estatutos, regulaciones
y políticas discrecionales. Incluso si alguien lo tratase
nadie tendría el tiempo o la capacidad intelectual para conocerme
por completo. Tampoco tiene mucho sentido que alguien trate, una
persona no puede afectarme. Ninguna elección ha cambiado
de signo debido a un voto particular, así que los votantes
no tienen ningún incentivo obvio para saber más acerca
de mi (7).
Desperdicio recursos. Los empleo en tareas por las cuales la gente
no quiere pagar. Mis burocracias abundan en individuos que son remunerados
para hacer cosas que no generan valor alguno para otros (8). Algunas
de estas actividades son incluso cosas odiosas, cosas por las cuales
la gente pagaría para que se dejasen de hacer. Algunas cosas
útiles proporciono pero a un alto costo. Mis escuelas cuestan
más que las privadas (que consiguen mejores resultados).
Mi servicio de correos pierde miles de millones cada año
y no puede competir con el sector privado (9).
Causo depresiones económicas. Mis bancos centrales trastornan
el comercio distorsionando las tasas de interés con ofertas
monetarias infladas. Esta inflación produce expansiones económicas
insostenibles que terminan en caídas económicas. Multiplico
este problema con controles de salarios, seguridad social y leyes
antidespidos que obstaculizan los mercados de trabajo.
Destruyo el medio ambiente. Donde reino la tierra es propiedad común
que todos quieren usar y nadie quiere cuidar. En el ex bloque comunista
de Europa oriental cree algunos de los peores desastres ambientales
que el mundo haya visto (10). Cuando estoy al cuidado de manadas
de animales su numero disminuye (11).
Emprendo guerras. La gente expresa sus prejuicios nacionalistas
y étnicos a través de mi (12). Uso mi poder de conscripción
y de cobro de impuestos para juntar recursos para luchar. Esto ha
causado inmensas privaciones, destrucción y muerte a lo largo
de la historia.
Soy responsable de todas las peores tragedias no naturales y de
las dificultades innecesarias que la humanidad ha soportado. Sin
embargo parece que nadie sabe como pararme. ¿Cómo
es esto posible? Mi verdadera naturaleza no es fácil de discernir
(13). Cuando la tragedia golpea se me llama a la acción.
Si aumento los impuestos para costear los esfuerzos de lidiar con
las crisis, todos pueden ver mis costos claramente. Si en cambio
expando mi autoridad para reclutar recursos oculto mis verdaderos
costos causando así que muchos sobreestimen el beneficio
neto de mis acciones.
Esto inculca en muchos nociones indebidamente favorables acerca
de mí.
He sufrido reveses. Ha habido esfuerzos exitosos para restringirme
por largos periodos. Ha habido reformas impositivas, monetarias
y desregulatorias que me han debilitado en algunos lugares y momentos.
En dichos lugares, la gente ha prosperado (14). Pero con frecuencia
he tenido éxito en volver con fuerza (15). Algunos buscan
acotar mi poder con limitaciones constitucionales (16). Sin embargo
hay fuertes motivos para dudar de la eficacia de estas (17). Las
personas que tienen el poder de hacer que se cumplan también
tienen el poder para ignorarlas.
¿Cómo es entonces que en ocasiones decaigo? Esta es
una pregunta difícil. Debe tener respuesta porque hay veces
que vacilo. Pero debe ser un tema difícil porque mis decaimientos
son relativamente poco comunes. Por difícil que estas cuestiones
sean son de crucial importancia para usted porque el éxito
sostenido de las sociedades libres pende de ellas. ¿Qué
es más importante para usted que eso?
1. R.J. Rummel, Death by Government (New Brunswick, N.J.: Transaction
Publishers, 1995), p. 9.
2. F.A. Hayek Demostró que los planificadores centrales
nunca podrán comprender la sociedad que pretenden planear.
Ver "The Use of Knowledge in Society" en Individualism
and Economic Order (Chicago: University of Chicago Press, 1996 [1948]).
3. Ver David Friedman, The Machinery of Freedom (La Salle, Ill.:
Open Court Publishing, 1989), capítulo 44, para su discusión
acerca del anarquismo en Islandia. Así mismo, recientes acontecimientos
en Somalia han dejado al país sin gobierno y sin guerra de
todos contra todos.
4. Paul Hollander discute la visión tergiversada que muchos
occidentales destacados tenían respecto a las dictaduras
socialistas del siglo XX que visitaban. Ver Political Pilgrims (New
York: Oxford University Press, 1990).
5. Mancur Olson discute la importancia de los intereses concentrados
en The Logic of Collective Action (Cambridge, Mass.: Harvard University
Press, 1965).
6. Fred McChesney distingue entre rent-seeking donde los individuos
usan al gobierno para conseguir rentas de otros individuos y rent-extraction
donde el gobierno se abstiene de dañar los intereses privados
a cambio de dinero que se le paga como protección. Ver su
artículo "High Plains Drifters: Politicians' Lucrative
Protection Racket," The Freeman: Ideas on Liberty, January
1998.
7. La "ignorancia racional" ocurre cuando los costos
privados de la información superan sus beneficios privados.
Ver Anthony Downs, An Economic Theory of Democracy (New York: Harper
and Row, 1957), p. 259.
8. Para discusiones acerca de las ineficiencias burocraticas ver
Ludwig von Mises, Bureaucracy (New Rochelle, N.Y.: Arlington House,
1970 [1944]), Gordon Tullock, Politics of Bureaucracy (Washington,
D.C.: Public Affairs Press, 1964), y William Niskanen, Bureaucracy
and Public Economics (Brookfield, Vt.: Edward Elgar, 1994).
9. Scott Esposito, "Time for the Mail Monopoly to Go,"
Ideas on Liberty, February 2002.
10. Ver Murray Feshbach, Ecological Disaster: Cleaning Up the Hidden
Legacy of the Soviet Regime (New York: Twentieth Century Fund Press,
1995), y Alfons Georges Buekens and Vasily Victorovich Dragalov,
eds., "Environmentally Devastated Areas in River Basins in
Eastern Europe," NATO ASI Series, Partnership Sub-Series 2,
Environment, vol. 45, January 1999.
11. Tyler Cowen compara el cuidado comercial de elefantes contra
el público de los mismos. Ver "Public Goods and Externalities"
en David R. Henderson, ed., The Fortune Encyclopaedia of Economics
(New York: Warner Books, 1993), p. 76.
12. Ver Geoffrey Brennan y Loren Lomasky, Democracy and Decision:
The Pure Theory of Electoral Preference (New York: Cambridge University
Press, 1997), pp. 50-51, para una discusión acerca de la
naturaleza beligerante de la expresión política.
13. Robert Higgs, Crisis and Leviathan (New York: Oxford University
Press, 1987), sostiene que el gobierno se expande debido a los errores
en la percepción de los verdaderos beneficios netos de las
acciones gubernamentales durante las crisis.
14. Ver James Gwartney y Robert Lawson, Economic Freedom of the
World: 2001 Annual Report (Vancouver, B.C.: Fraser Institute, 2001).
15. Mancur Olson, Rise and Decline of Nations (New Haven, Conn.:
Yale University Press, 1982), describe como coaliciones distributivas
surgen siguiendo olas de prosperidad.
16. James Buchanan y Gordon Tullock, The Calculus of Consent (Ann
Arbor, Mich.: University of Michigan Press, 1962), y James Buchanan
y Geoffrey Brennan, The Limits of Liberty (Chicago: University of
Chicago Press, 1977), defienden los límites constitucionales
a los poderes del gobierno.
17. Anthony de Jasay, The State (New York: Blackwell Publishers,
1985), sostiene que las limitaciones constitucionales no ofrecen
barreras a los poderes del gobierno.
D.W. MacKenzie es aspirante a doctorado y becario Walter Williams
en la Universidad George Mason.
Este artículo fue originalmente publicado en la revista Ideas
on Liberty (www.fee.org).
Traducción de Brian Schmidt.
NO
FUE EL GOBIERNO EL QUE PUSO TU RELOJ EN HORA
Por
Lawrence Reed
Recuerdan aquella vieja canción de Chicago, "¿Alguien
Realmente Sabe Que Hora Es?" Bueno, si hubiesen hecho esa pregunta
hace 120 años, podrían haber recibido 38 respuestas
distintas en un solo estado y muchas más que 38 en algunos
países. Cómo la invención de la hora estándar
puso orden en una situación de sorprendente confusión
es una historia tristemente olvidada y un gran tributo al ingenio
en una sociedad libre.
La gente en la parte continental de los Estados Unidos está
tan acostumbrada a las cuatro zonas horarias estándar - Este,
Central, Montañas, y Pacífico - que resulta difícil
creer que alguna vez hayamos llevado la hora de otro modo. Pero
hasta una fecha crucial en 1883, qué hora era dependía
de la ciudad o pueblo más cercano. La hora del día
era una cuestión completamente local determinada por la posición
del sol. Era mediodía cuando el sol alcanzaba su cenit. La
gente de la zona ponía sus relojes en hora de acuerdo a un
algún reloj conocido en sus respectivas comunidades: el de
alguna torre de la iglesia o el de la vidriera de una joyería.
Esto significaba que cuando eran las 12:00 en Chicago, eran las
12:31 en Pittsburgh, 12:24 en Cleveland, 12:13 en Cincinnati, y
12:07 en Indianapolis. O, cuando era el mediodía en Detroit,
eran aproximadamente las 11:50 en Grand Rapids. Así es, había
al menos 27 horas distintas tan solo en el estado de Michigan. Indiana
era un poco menos confuso con solo 23 horas distintas pero Wisconsin,
con 38, era la pesadilla de quienes querían que la hora pase
rápido.
El historiador Stewart Holbrook escribió en su libro The
Story of American Railroads (La Historia de los Ferrocarriles Estadounidenses)
publicado en 1947, "En cada ciudad y pueblo la diversidad de
estándares horarios confundía y desorientaba a los
pasajeros, transportistas y a los empleados del ferrocarril. Con
frecuencia los errores y equivocaciones tenían consecuencias
desastrosas ya que a esta altura las compañías de
ferrocarril operaban con trenes veloces y horarios ajustados; un
minuto o dos podían significar la diferencia entre las cosas
bien hechas o una colisión".
El viajar de norte a sur (o viceversa) no presentaba problemas de
horario pero de este a oeste (u oeste a este) era harina de otro
costal. Predecir a qué hora iba a llegar un tren a cualquier
estación no era un logro menor en los días previos
a la hora estándar. En su libro de 1990, Keeping Watch: A
History of American Time (Atento al Reloj: Una Historia de la Hora
en Estados Unidos), Michael O'Malley revela que "Un pasajero
en un tren con dirección oeste, que ponía su reloj
en hora al partir, podía descubrir a menos de media hora
de haber partido que su reloj y la hora local ya no coincidían.
Para empeorar las cosas, cada línea de ferrocarril y cada
compañía de transporte marítimo operaba de
acuerdo a sus propios estándares de hora - usualmente la
hora de la ciudad donde se originaba la línea. Cuando dos
líneas se juntaban o compartían una vía o una
terminal portuaria de descarga, las diferencias de hora quedaban
en relieve de modo patente". Había que hacer algo.
Dos hombres en especial son reconocidos como los "inventores"
de la hora estándar y las zonas horarias que la definen.
El Profesor C. F. Dowd, rector del Colegio para Señoritas
de Temple Grove en Saratoga Springs, New York, fue el primero en
sugerir el concepto general de cuatro o más "cinturones
horarios". Luego, William Frederick Allen, un ingeniero de
ferrocarril, lo adaptó, mejoró y ganó para
este concepto la aceptación de un jurado crucial.
En 1872 representantes de los ferrocarriles de todo el país
se reunieron en Missouri para convenir los horarios de verano para
los trenes de pasajeros. Para lidiar con el problema de la hora
formaron la Convención General Horaria. Se nombró
secretario a Allen quien de inmediato se puso a trabajar para convertir
la idea de Dowd en una propuesta detallada. En octubre de 1883 la
Convención aprobó el plan de Allen. El gobierno no
participó en lo más mínimo; la solución
Dowd-Allen para establecer zonas horarias estándar fue concebida
y puesta a punto hasta su realización enteramente gracias
al ingenio de individuos no relacionados con el gobierno. La Convención
eligió el 18 de noviembre de 1883 como fecha de adopción
del nuevo sistema por prácticamente todas las líneas
de ferrocarril del país. El "Horario del Ferrocarril"
rápidamente se convirtió en la nueva "hora local"
en todas, o prácticamente todas, partes.
Detroit resiste
El tiempo continuó su marcha, pero Detroit no. La opinión
de que el sol, no el hombre, dicta qué hora es contaba con
un amplio apoyo en la ciudad. Henry Ford se quejaba de la diferencia
e inventó un reloj con dos diales, uno que llevaba la hora
local para cuando estaba en Detroit y el otro con la hora estándar.
Detroit resistió con la hora local hasta el 1900, cuando
el Concejo Deliberante ordenó que los relojes se retrasen
28 minutos para observar la Hora Estándar Central. Media
ciudad se rehusó a obedecer y el Concejo rescindió
su orden. Recién en 1905, con el voto de la mayoría
de la ciudad, Detroit adopto la hora estándar y pasó
a formar parte de la zona horaria Central.
Si bien las zonas horarias estándar estaban siendo adoptadas
rápida y voluntariamente por la mayor parte del país,
el gobierno federal buscó prevenir este hecho. El director
del Observatorio Naval se opuso incansablemente contra cualquier
desafío humano a la autoridad del sol. El Fiscal General
ordenó que ninguna dependencia del gobierno federal pudiera
funcionar de acuerdo al sistema desarrollado en 1883 hasta que lo
autorizase el Congreso, que tardó 35 años en aprobarlo.
En marzo de 1918 el Congreso finalmente puso el sello de aprobación
gubernamental a lo que había sido logrado mediante la iniciativa
privada. La aprobación vino con un cambio importante: sacó
a Michigan y al oeste de Ohio de la zona horaria Central y los puso
en la zona Este donde todavía siguen.
¿Y el resto del mundo? Una Conferencia Meridiana Internacional
tuvo lugar a fines de 1884, un año después de que
la hora estándar fue implementada en Estados Unidos. Representantes
de los gobiernos de 25 países debatieron dos cuestiones principales:
¿Debían adoptar un sistema global de zonas horarias
estándar? Y, si la respuesta era si, ¿Dónde
debería estar el punto de partida o "meridiano central"?
El éxito de la experiencia estadounidense ayudó a
resolver la primera cuestión con prontitud, pero con la misma
rapidez el segundo punto chocó contra un obstáculo
geopolítico. Debido a la larga historia de dominio marítimo
británico la línea imaginaria que estos hicieron pasar
por el Observatorio de Greenwich quedó pronto a la cabeza
de los candidatos para meridiano central. Los franceses preferían
París pero ofrecieron una solución negociada: aceptarían
Greenwich si los británicos y estadounidenses adoptaban el
sistema métrico. La Conferencia aprobó Greenwich sin
la condición del sistema métrico así que los
franceses, sintiéndose insultados siguieron su propio camino
y no reconocieron el meridiano central hasta 1911.
El sector privado vio un dilema como un problema a ser resuelto.
Los gobiernos se movieron con lentitud y politizaron la cuestión.
Como diría Yogi Berra, suena como "déjà
vu de nuevo".
¿Qué hora es? Gracias a entrepreneurs creativos y
no a pomposos planificadores centrales, sin importar dónde
vive uno ha habido una respuesta uniforme a esta pregunta por casi
un siglo.
Lawrence Reed es presidente del Mackinac
Center for Public Policy (www.mackinac.org), en Midland, Michigan,
Estados Unidos.
Este artículo fue originalmente publicado en la revista Ideas
on Liberty (www.fee.org).
Traducción de Brian Schmidt.
LIBROS.
¿DEBERÍAMOS TENER FE EN LOS BANCOS CENTRALES? DE OTMAR
ISSING
Comentario
de Richard M. Ebeling
Uno de los eventos más importantes del nuevo siglo fue el
establecimiento de una única moneda común para varias
naciones miembro de la Unión Europea. El marco alemán,
el franco francés, el chelín austriaco, la lira italiana,
el punt irlandés, la peseta española ahora han desaparecido,
se han transformado en artículos de colección, junto
con las monedas nacionales de Bélgica, Holanda, Grecia, Finlandia,
Portugal y Luxemburgo.
En su lugar está el euro, administrado y controlado por un
Banco Central Europeo con su sede en Frankfurt am Main, en Alemania.
Los debates dentro y fuera de Europa con respecto a la lógica
y funcionamiento de esa moneda común han venido discutiéndose
por más de una década, desde que se tomaron los primeros
pasos en dirección al euro.
Otmar Issing ha sido uno de los integrantes del directorio ejecutivo
del Banco Central Europeo desde 1998. Es un economista de libre
mercado que cree que Europa puede ser una zona de libre comercio
en la cual la empresa privada pueda efectivamente operar en un ambiente
político de mínima intervención y regulación
gubernamental.
Sin embargo, Issing considera que el funcionamiento normal de un
orden económico europeo más libre requiere de una
moneda común administrada por un banco central común.
Explica sus razones en una monografía recientemente publicada
por el Institte of Economica Affairs (IEA) en Londres bajo el título
Should we have faith in Central Banks?
Señala que "fe" generalmente significa creencia
en algo y su deseo sobre la base de una doctrina autoritaria o religiosa.
O sea que "fe" generalmente significa aceptar algo sin
un argumento lógico y sin evidencia histórica o empírica
que justifique dicha creencia. Con esta definición de "fe",
Issing sostiene que nadie debería tener fe en los bancos
centrales.
Hay un significado diferente, a veces, para la palabra "fe".
En este contexto se refiere a la confianza o seguridad en algo o
alguien sobre la base de la experiencia pasada de que algo probablemente
funcione o de que alguien pueda confiarse de algo que se ha prometido.
Sobre la base de este segundo significado, Issing sostiene: "Al
menos en el ejemplo de la institución que represento, veo
buenas razones para creer que el público en Europa puede
tener este tipo de fe, y que puede confiar en que Banco Central
Europeo (BCE) cumplirá su mandato y mantendrá la estabilidad
de precios. Este tipo de 'fe razonada' o 'segura' es (como debería
ser) bajo establecimiento institucional lógico, la aplicación
de principios económicos bien establecidos, y, finalmente,
pero no menos importante, por la calidad y determinación
de la gente que tiene que llevar a cabo dicha tarea."
Argumenta que para que una economía de mercado funcione apropiadamente
tanto asegurando un flujo de bienes y servicios continuo y acorde
para el público consumidor y brindando seguridad para la
inversión a largo plazo, altos niveles de vida, tiene que
haber confianza de que el valor de su unidad monetaria continuará
bastante estable dentro de un rango estrecho. Sin ello, consumidores
e inversores pueden tener muy poca seguridad en lo referente al
valor de mercado de sus compras e inversiones en el futuro, cuando
toman las decisiones hoy.
Además, la autoridad monetaria debe gozar de credibilidad
entre el público de que hará su trabajo de mantener
un régimen general de precios estables. "Un banco central
independiente entonces presupone un amplio consenso sobre la naturaleza
'cuasi-constitucional' del bien común de la estabilidad de
precios," afirma Issing. "Asignar al banco central un
objetivo claro también le impone límites a su poder
y hace más sencillo para el público evaluar el funcionamiento
del banco central."
Este tipo de "reglas establecidas... son una forma de reducir
la necesidad de la fe en el conocimiento y virtud moral de los individuos
que buscan los objetivos deseables. Las instituciones delinean el
poder de los individuos y limitan su ejercicio del poder."
Issing también explica que la credibilidad implica rendimiento,
es decir, que aquellos a los que se les da la responsabilidad de
banco central responden por sus acciones en busca del objetivo de
la estabilidad generalizada de los precios en un área geográfica
cubierta por la unión monetaria.
El problema es que la mayoría de las decisiones de política
monetaria son realizadas por un comité de nivel ejecutivo
en el banco central y los efectos reales de las políticas
monetarias tomadas son observados sólo luego de un tiempo
considerable. Entonces Issing rechaza el hacer responsables a los
banqueros centrales individuales de la política del banco
central. Explica que, en realidad, la evaluación debería
ser realizada de manera menos formal y explícita y debería
ser aplicada a la relación entre el público y el banco
central como institución, en lugar de referirse originalmente
a los banqueros centrales individuales.
Hayek y el libre mercado monetario
La defensa de Issing al banco central europeo es una continuación
de un argumento que hizo en el 2000, en otra monografía del
IEA titulada Hayek, Currency competition and european monetary union.
En ese trabajo temprano, rechazó la propuesta de Friedrich
A. Hayek en Desnacionalización del dinero (1976), de que
las monedas emitidas por bancos privados compitan en lugar de que
el gobierno tenga el monopolio monetario y del sistema bancario.
Issing sostuvo que no cree que un sistema privado de competencia
monetaria sería tan estable y efectivo como un sistema monetario
centralizado bien administrado.
Además de la cuestión de los bancos centrales versus
el sistema de competencia privado, en 1975 Hayek llamó al
fin del curso legal y otras restricciones políticas en Choice
in Currency.
Al menos con una variedad de monedas nacionales, decía Hayek,
la gente podría responder y protegerse más fácilmente
al cambiar su moneda a medida que pierden seguridad y confianza.
Esto, al mismo tiempo, presionaría más contra el abuso
de la autoridad monetaria porque la moneda perdería su valor
externo cada vez más rápidamente a medida que la gente
se pasa a monedas alternativas que consideren más útiles
y más estables en su valor. Hayek, entonces, se oponía
a la idea entonces naciente de un sistema monetario unificado en
Europa.
Desde su punto de vista, un sistema monetario unificado llevaría
a Europa en la dirección equivocada, hacia una mayor, en
lugar de menor, centralización de poder y control, con menos
opciones y escapes para los europeos en caso de que haya abuso o
mala administración monetaria.
Pero aún más importante, en respuesta a los argumentos
de Issing, es que sí lo importante de los sistemas y regímenes
monetarios es el tema de la confianza, la credibilidad y la evaluación,
un sistema privado y competitivo promete todos ellos.
En primer lugar, bajo un sistema monetario y de bancos privados,
ningún individuo estaría obligado a aceptar un medio
de cambio que no quiera tener y utilizar.
No sólo lo previene de tener cualquier combinación
de ese tipo de medios para enfrentar las incertidumbres del futuro,
sino que también le brinda varias transacciones para las
cuales utilizar monedas diferentes podría ser más
ventajoso.
Entonces cada participante en el mercado podría y en realidad
tendría que demostrar su grado de confianza en aquellos proveedores
privados de monedas entre lo que todos podrán elegir.
Todos los días el emisor privado de moneda respaldada por
cualquier bien elegido por el mercado, como el oro y la plata, debería
demostrar su credibilidad al estar dispuesto y capacitado para respaldar
los reclamos monetarios contra el oro y la plata depositados en
su institución bancaria o financiera intermediaria a la tasa
prometida.
Y su forma de responder sería el giro automático de
su credibilidad, porque quedaría expuesto inmediatamente
y penalizado por su mala administración de pérdidas
de depositantes y reservas monetarias que su establecimiento monetario
administra y en las cuales se basa.
En realidad, la existencia de bancos privados en competencia estaría
más dispuesta y sería más efectiva para sortear
cualquier error monetario de cualquier banquero privado o grupo
privado de banqueros. Su pérdida de depositantes y la depreciación
del valor real de sus monedas utilizadas en el mercado serían
el resultado directo.
Esto, al mismo tiempo, descentralizaría el control y el poder
sobre el orden monetario en total. Entonces, si cualquier banco
en el mercado administrara mal su moneda al sobreemitir la cantidad
de dinero en relación con su respaldo en oro o plata y tuviera
que responder a la demanda a una tasa específica, sus abusos
no tienen que responder a otra administración conservadora
para seguirlo en su política "inflacionaria". En
realidad, estaría en el interés propio de los otros
bancos ser aún más demostrativos de sus prácticas
no inflacionarias para atraer clientes disconformes con las políticas
de "dinero fácil" de sus bancos.
El punto más importante es, como siempre, uno de la libertad
contra la coerción. ¿Debería la gente ser libre
de elegir el medio de intercambio que deseen utilizar para los diversos
propósitos en transacción voluntarias con el resto
de los participantes del mercado? ¿O debería el gobierno
(o los gobiernos) imponer un dinero único y monopólico
sobre el mercado en su jurisdicción de autoridad política?
¿La gente debería poder mostrar su confianza y seguridad
a través de sus actos de elección individuales al
aceptar el dinero que quiera utilizar? ¿O se les exigirá
que "confíen" y tengan "fe" en una institución
monetaria central impuesta por gobiernos sobre los que tienen muy
poca influencia directa y poder, y acerca de los cuales pocas veces
tienen un absoluto conocimiento?
Si la libertad fuera a salir victoriosa en el siglo XXI, un campo
crucial deberá ser la privatización de la moneda y
del orden monetario, sino todos continuaremos dependiendo de las
"hábiles" y "bondadosas" intenciones
de los planificadores centrales monetarios, en una era que dice
haber rechazado el modelo socialista para la sociedad.
Richard M. Ebeling es Vicepresidente
de Asuntos Académicos en The Future of Freedom Foundation
(www.fff.org).
Traducción de Hernán Alberro.
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