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LibreMente
Cultura para la Libertad
Año III Número 26 - Febrero de 2003
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EDICIONES ANTERIORES 2002 2001

Sumario

El huevo o la gallina: derechos y gobierno
Parecería que el argumento de que tenemos derechos antes de que el gobierno los codifique (haciendo parecer así a algunos que el gobierno los otorga) es más vigoroso que el opuesto. La simple noción de la autodefensa, que resulta sensata a cualquier persona racional, demuestra que los derechos individuales preceden a las leyes y los gobiernos.
Por Tibor Machan

Yo, el gobierno
Soy el gobierno, la institución mundialmente conocida por todos aquellos que pagan impuestos, reciben subsidios y enfrentan regulaciones. La coerción es mi vocación y mi pasatiempo; esta en mi naturaleza el obligar a otros a hacer lo que de otro modo no harían. Mi naturaleza debería ser de gran importancia para usted ya que me entrometo en su libertad.
Por D. W. Mackenzie

No fue el gobierno el que puso tu reloj en hora
¿Qué hora es? Gracias a entrepreneurs creativos y no a pomposos planificadores centrales, sin importar dónde vive uno ha habido una respuesta uniforme a esta pregunta por casi un siglo.
Por Lawrence Reed

Libros. ¿Deberíamos tener fe en los bancos centrales?, de Otmar Issing
Si la libertad fuera a salir victoriosa en el siglo XXI, un campo crucial deberá ser la privatización de la moneda y del orden monetario, sino todos continuaremos dependiendo de las "hábiles" y "bondadosas" intenciones de los planificadores centrales monetarios.
Comentario de Richard Ebeling

Pensamiento vivo
"Un gobierno sano y frugal, es aquel que haga desistir a los hombres de dañarse mutuamente, y que los deje libres para regular sus propios asuntos de industria y progreso, y no tome de la boca del trabajo el pan que este ha ganado".
Thomas Jefferson (1743 - 1826)


EL HUEVO O LA GALLINA: DERECHOS Y GOBIERNO
Por Tibor R. Machan

Una de las premisas del pensamiento político contemporáneo destacado es que nuestros derechos son obsequio del gobierno. Académicos famosos tales como Stephen Colmes y Cass R. Sunstein sostienen esto en su libro, The Cost of Rights (W.W.Norton, 1999) [El Costo de los Derechos]. Según lo presentan, "los derechos y libertades individuales dependen en esencia de una vigorosa acción estatal" (p.14) y "la ausencia de Estado significa la ausencia de derechos" (p.19).
Esto es exactamente lo opuesto al pensamiento de los Padres Fundadores de los Estados Unidos. En la Declaración de la Independencia afirmaron, si bien sucintamente, que en tanto seres humanos, llegamos al mundo dotados de derechos. Estos derechos son inalienables y el gobierno se instituye para asegurarlos. Dan claramente por sobreentendido que los derechos preceden al gobierno.
Pero quizás Holmes y Sunstein están en lo cierto y los Padres Fundadores entendieron todo al revés. ¿Qué podemos decir, en unas pocas palabras, para defender la idea de los Padres Fundadores? Sin rehacer la defensa de los derechos de John Locke y sus seguidores, existen ciertas cuestiones simples que indican que Colmes y Sunstein se equivocan.
Imaginen a un adulto perdido en la jungla, donde no hay nada, ni leyes, ni policía, ni cortes. Otra persona lo encuentra, lo ataca y amenaza con llevarse todo lo que ha hecho para sobrevivir. Sin duda el defenderse seria correcto para la persona que esta siendo atacada. Si luego se lo cuestionase para que justifique su resistencia, bien podría decir, "esta persona no respeto mis derechos como ser humano. Tuve que resistirme físicamente para que no pudiera cumplir sus amenazas", o algo por el estilo.
Sin embargo, si nuestros derechos dependen de que el gobierno nos los otorgue esta línea de argumentación no se sostendría. El agresor podría decir "ya que el gobierno es la fuente de nuestros derechos y no hay gobierno aquí en la jungla, usted no tiene derechos. No tiene derecho a su vida, no tiene derecho a su libertad, no tiene derecho a su propiedad y con certeza no tiene derecho a la autodefensa. Al menos hasta que se establezca un gobierno y le otorgue estos derechos".
No cabe duda de que esto seria absurdo, pero esto es lo que se deduciría si el análisis de los derechos de Colmes y Sunstein fuese sólido; nadie tendría justificación alguna para resistir a las agresiones a menos que algún gobierno otorgase derechos antes. Pero en el mundo real la gente necesita un conjunto de principios que le sirvan de guía cuando se enfrentan a una amenaza violenta. Estos principios pueden no estar expresados en la terminología conocida de los derechos individuales, pero a eso se reducen.
Es cierto, esto no finaliza el debate. Hay pacifistas que se opondrán como también comunitarios y muchos otros que rechazan la mera idea de que los individuos son seres soberanos, no sujetos sin consentimiento a la voluntad de otros. Esta es una de las razones por las cuales existe una abundante bibliografía de filosofía política.
No todos podemos darnos el lujo de embarcarnos en una revisión académica de esta literatura. Pero parecería que el argumento de que tenemos derechos antes de que el gobierno los codifique (haciendo parecer así a algunos que el gobierno los otorga) es más vigoroso que el opuesto. La simple noción de la autodefensa, que resulta sensata a cualquier persona racional, demuestra que los derechos individuales preceden a las leyes y los gobiernos.

Tibor Machan es profesor en la Facultad Argyros de Economía y Negocios de la Universidad Chapman.
Este artículo fue originalmente publicado en la revista Ideas on Liberty (www.fee.org).
Traducción de Brian Schmidt.


YO, EL GOBIERNO
Por D. W. Mackenzie

Soy el gobierno, la institución mundialmente conocida por todos aquellos que pagan impuestos, reciben subsidios y enfrentan regulaciones. La coerción es mi vocación y mi pasatiempo; esta en mi naturaleza el obligar a otros a hacer lo que de otro modo no harían. Mi naturaleza debería ser de gran importancia para usted ya que me entrometo en su libertad. Soy también un misterio para muchos. Algunos me ven como benevolente, aun cuando asesine a 119 millones de personas en el siglo XX (1). Algunos me ven como omnisciente aun cuando me enfrento a un problema insuperable de conocimiento al tratar de comprender a la sociedad que busco controlar (2). Algunos me ven como una necesidad absoluta, aun cuando hay gente que ha vivido en sociedades sin mi (3). Pero aquellos a quienes uso raramente se dan cuenta de todo esto. Estas inocentes convicciones me confieren un sitial injustificado en la sociedad. Estos malentendidos han significado grandes sufrimientos para la gente común y corriente pero han servido muy bien a la elite de gobernantes.
Yo, el gobierno, inspiro admiración y reverencia en muchos. Algunos persisten en su admiración incluso cuando son confrontados con mis peores atrocidades (4). Me conviene que nunca me entienda realmente porque si lo hiciese vería que, en el mejor de los casos, soy simplemente el defensor de sus derechos individuales y de propiedad y que, en el peor de los casos, soy el más eficiente infractor de los mismos. De hecho si todos llegasen a conocer mi verdadera naturaleza me verían con desconfianza más que con admiración; si todos supiesen lo que he hecho a lo largo de la historia me verían con desprecio en lugar de reverencia.
Beneficio a algunos a costa de todos. Los grupos pequeños se organizan fácilmente y los grandes no. Por lo tanto, sirvo los intereses del gobernante o los de grupos específicos (5). Otorgo privilegios monopólicos a empresarios y cámaras empresariales. Logro esto mediante derechos de aduana y restricciones a la importación que dificultan las cosas a los competidores extranjeros. Lo logro con regulaciones que colocan obstáculos a los nuevos emprendimientos. Lo logro con licencias que restringen el acceso a ciertas profesiones. Por supuesto que estos grupos me pagan para lograr lo que quieren. En ocasiones me pagan para que simplemente los deje en paz (6).
Mi forma es también difícil de comprender. Soy vasto y complejo. Nadie puede entender toda mi complejidad. Abarco una colección enorme de departamentos, estatutos, regulaciones y políticas discrecionales. Incluso si alguien lo tratase nadie tendría el tiempo o la capacidad intelectual para conocerme por completo. Tampoco tiene mucho sentido que alguien trate, una persona no puede afectarme. Ninguna elección ha cambiado de signo debido a un voto particular, así que los votantes no tienen ningún incentivo obvio para saber más acerca de mi (7).
Desperdicio recursos. Los empleo en tareas por las cuales la gente no quiere pagar. Mis burocracias abundan en individuos que son remunerados para hacer cosas que no generan valor alguno para otros (8). Algunas de estas actividades son incluso cosas odiosas, cosas por las cuales la gente pagaría para que se dejasen de hacer. Algunas cosas útiles proporciono pero a un alto costo. Mis escuelas cuestan más que las privadas (que consiguen mejores resultados). Mi servicio de correos pierde miles de millones cada año y no puede competir con el sector privado (9).
Causo depresiones económicas. Mis bancos centrales trastornan el comercio distorsionando las tasas de interés con ofertas monetarias infladas. Esta inflación produce expansiones económicas insostenibles que terminan en caídas económicas. Multiplico este problema con controles de salarios, seguridad social y leyes antidespidos que obstaculizan los mercados de trabajo.
Destruyo el medio ambiente. Donde reino la tierra es propiedad común que todos quieren usar y nadie quiere cuidar. En el ex bloque comunista de Europa oriental cree algunos de los peores desastres ambientales que el mundo haya visto (10). Cuando estoy al cuidado de manadas de animales su numero disminuye (11).
Emprendo guerras. La gente expresa sus prejuicios nacionalistas y étnicos a través de mi (12). Uso mi poder de conscripción y de cobro de impuestos para juntar recursos para luchar. Esto ha causado inmensas privaciones, destrucción y muerte a lo largo de la historia.
Soy responsable de todas las peores tragedias no naturales y de las dificultades innecesarias que la humanidad ha soportado. Sin embargo parece que nadie sabe como pararme. ¿Cómo es esto posible? Mi verdadera naturaleza no es fácil de discernir (13). Cuando la tragedia golpea se me llama a la acción. Si aumento los impuestos para costear los esfuerzos de lidiar con las crisis, todos pueden ver mis costos claramente. Si en cambio expando mi autoridad para reclutar recursos oculto mis verdaderos costos causando así que muchos sobreestimen el beneficio neto de mis acciones.
Esto inculca en muchos nociones indebidamente favorables acerca de mí.
He sufrido reveses. Ha habido esfuerzos exitosos para restringirme por largos periodos. Ha habido reformas impositivas, monetarias y desregulatorias que me han debilitado en algunos lugares y momentos. En dichos lugares, la gente ha prosperado (14). Pero con frecuencia he tenido éxito en volver con fuerza (15). Algunos buscan acotar mi poder con limitaciones constitucionales (16). Sin embargo hay fuertes motivos para dudar de la eficacia de estas (17). Las personas que tienen el poder de hacer que se cumplan también tienen el poder para ignorarlas.
¿Cómo es entonces que en ocasiones decaigo? Esta es una pregunta difícil. Debe tener respuesta porque hay veces que vacilo. Pero debe ser un tema difícil porque mis decaimientos son relativamente poco comunes. Por difícil que estas cuestiones sean son de crucial importancia para usted porque el éxito sostenido de las sociedades libres pende de ellas. ¿Qué es más importante para usted que eso?

1. R.J. Rummel, Death by Government (New Brunswick, N.J.: Transaction Publishers, 1995), p. 9.

2. F.A. Hayek Demostró que los planificadores centrales nunca podrán comprender la sociedad que pretenden planear. Ver "The Use of Knowledge in Society" en Individualism and Economic Order (Chicago: University of Chicago Press, 1996 [1948]).

3. Ver David Friedman, The Machinery of Freedom (La Salle, Ill.: Open Court Publishing, 1989), capítulo 44, para su discusión acerca del anarquismo en Islandia. Así mismo, recientes acontecimientos en Somalia han dejado al país sin gobierno y sin guerra de todos contra todos.

4. Paul Hollander discute la visión tergiversada que muchos occidentales destacados tenían respecto a las dictaduras socialistas del siglo XX que visitaban. Ver Political Pilgrims (New York: Oxford University Press, 1990).

5. Mancur Olson discute la importancia de los intereses concentrados en The Logic of Collective Action (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1965).

6. Fred McChesney distingue entre rent-seeking donde los individuos usan al gobierno para conseguir rentas de otros individuos y rent-extraction donde el gobierno se abstiene de dañar los intereses privados a cambio de dinero que se le paga como protección. Ver su artículo "High Plains Drifters: Politicians' Lucrative Protection Racket," The Freeman: Ideas on Liberty, January 1998.

7. La "ignorancia racional" ocurre cuando los costos privados de la información superan sus beneficios privados. Ver Anthony Downs, An Economic Theory of Democracy (New York: Harper and Row, 1957), p. 259.

8. Para discusiones acerca de las ineficiencias burocraticas ver Ludwig von Mises, Bureaucracy (New Rochelle, N.Y.: Arlington House, 1970 [1944]), Gordon Tullock, Politics of Bureaucracy (Washington, D.C.: Public Affairs Press, 1964), y William Niskanen, Bureaucracy and Public Economics (Brookfield, Vt.: Edward Elgar, 1994).

9. Scott Esposito, "Time for the Mail Monopoly to Go," Ideas on Liberty, February 2002.

10. Ver Murray Feshbach, Ecological Disaster: Cleaning Up the Hidden Legacy of the Soviet Regime (New York: Twentieth Century Fund Press, 1995), y Alfons Georges Buekens and Vasily Victorovich Dragalov, eds., "Environmentally Devastated Areas in River Basins in Eastern Europe," NATO ASI Series, Partnership Sub-Series 2, Environment, vol. 45, January 1999.

11. Tyler Cowen compara el cuidado comercial de elefantes contra el público de los mismos. Ver "Public Goods and Externalities" en David R. Henderson, ed., The Fortune Encyclopaedia of Economics (New York: Warner Books, 1993), p. 76.

12. Ver Geoffrey Brennan y Loren Lomasky, Democracy and Decision: The Pure Theory of Electoral Preference (New York: Cambridge University Press, 1997), pp. 50-51, para una discusión acerca de la naturaleza beligerante de la expresión política.

13. Robert Higgs, Crisis and Leviathan (New York: Oxford University Press, 1987), sostiene que el gobierno se expande debido a los errores en la percepción de los verdaderos beneficios netos de las acciones gubernamentales durante las crisis.

14. Ver James Gwartney y Robert Lawson, Economic Freedom of the World: 2001 Annual Report (Vancouver, B.C.: Fraser Institute, 2001).

15. Mancur Olson, Rise and Decline of Nations (New Haven, Conn.: Yale University Press, 1982), describe como coaliciones distributivas surgen siguiendo olas de prosperidad.

16. James Buchanan y Gordon Tullock, The Calculus of Consent (Ann Arbor, Mich.: University of Michigan Press, 1962), y James Buchanan y Geoffrey Brennan, The Limits of Liberty (Chicago: University of Chicago Press, 1977), defienden los límites constitucionales a los poderes del gobierno.

17. Anthony de Jasay, The State (New York: Blackwell Publishers, 1985), sostiene que las limitaciones constitucionales no ofrecen barreras a los poderes del gobierno.

D.W. MacKenzie es aspirante a doctorado y becario Walter Williams en la Universidad George Mason.
Este artículo fue originalmente publicado en la revista Ideas on Liberty (www.fee.org).
Traducción de Brian Schmidt.


NO FUE EL GOBIERNO EL QUE PUSO TU RELOJ EN HORA
Por Lawrence Reed

Recuerdan aquella vieja canción de Chicago, "¿Alguien Realmente Sabe Que Hora Es?" Bueno, si hubiesen hecho esa pregunta hace 120 años, podrían haber recibido 38 respuestas distintas en un solo estado y muchas más que 38 en algunos países. Cómo la invención de la hora estándar puso orden en una situación de sorprendente confusión es una historia tristemente olvidada y un gran tributo al ingenio en una sociedad libre.
La gente en la parte continental de los Estados Unidos está tan acostumbrada a las cuatro zonas horarias estándar - Este, Central, Montañas, y Pacífico - que resulta difícil creer que alguna vez hayamos llevado la hora de otro modo. Pero hasta una fecha crucial en 1883, qué hora era dependía de la ciudad o pueblo más cercano. La hora del día era una cuestión completamente local determinada por la posición del sol. Era mediodía cuando el sol alcanzaba su cenit. La gente de la zona ponía sus relojes en hora de acuerdo a un algún reloj conocido en sus respectivas comunidades: el de alguna torre de la iglesia o el de la vidriera de una joyería.
Esto significaba que cuando eran las 12:00 en Chicago, eran las 12:31 en Pittsburgh, 12:24 en Cleveland, 12:13 en Cincinnati, y 12:07 en Indianapolis. O, cuando era el mediodía en Detroit, eran aproximadamente las 11:50 en Grand Rapids. Así es, había al menos 27 horas distintas tan solo en el estado de Michigan. Indiana era un poco menos confuso con solo 23 horas distintas pero Wisconsin, con 38, era la pesadilla de quienes querían que la hora pase rápido.
El historiador Stewart Holbrook escribió en su libro The Story of American Railroads (La Historia de los Ferrocarriles Estadounidenses) publicado en 1947, "En cada ciudad y pueblo la diversidad de estándares horarios confundía y desorientaba a los pasajeros, transportistas y a los empleados del ferrocarril. Con frecuencia los errores y equivocaciones tenían consecuencias desastrosas ya que a esta altura las compañías de ferrocarril operaban con trenes veloces y horarios ajustados; un minuto o dos podían significar la diferencia entre las cosas bien hechas o una colisión".
El viajar de norte a sur (o viceversa) no presentaba problemas de horario pero de este a oeste (u oeste a este) era harina de otro costal. Predecir a qué hora iba a llegar un tren a cualquier estación no era un logro menor en los días previos a la hora estándar. En su libro de 1990, Keeping Watch: A History of American Time (Atento al Reloj: Una Historia de la Hora en Estados Unidos), Michael O'Malley revela que "Un pasajero en un tren con dirección oeste, que ponía su reloj en hora al partir, podía descubrir a menos de media hora de haber partido que su reloj y la hora local ya no coincidían. Para empeorar las cosas, cada línea de ferrocarril y cada compañía de transporte marítimo operaba de acuerdo a sus propios estándares de hora - usualmente la hora de la ciudad donde se originaba la línea. Cuando dos líneas se juntaban o compartían una vía o una terminal portuaria de descarga, las diferencias de hora quedaban en relieve de modo patente". Había que hacer algo.
Dos hombres en especial son reconocidos como los "inventores" de la hora estándar y las zonas horarias que la definen. El Profesor C. F. Dowd, rector del Colegio para Señoritas de Temple Grove en Saratoga Springs, New York, fue el primero en sugerir el concepto general de cuatro o más "cinturones horarios". Luego, William Frederick Allen, un ingeniero de ferrocarril, lo adaptó, mejoró y ganó para este concepto la aceptación de un jurado crucial.
En 1872 representantes de los ferrocarriles de todo el país se reunieron en Missouri para convenir los horarios de verano para los trenes de pasajeros. Para lidiar con el problema de la hora formaron la Convención General Horaria. Se nombró secretario a Allen quien de inmediato se puso a trabajar para convertir la idea de Dowd en una propuesta detallada. En octubre de 1883 la Convención aprobó el plan de Allen. El gobierno no participó en lo más mínimo; la solución Dowd-Allen para establecer zonas horarias estándar fue concebida y puesta a punto hasta su realización enteramente gracias al ingenio de individuos no relacionados con el gobierno. La Convención eligió el 18 de noviembre de 1883 como fecha de adopción del nuevo sistema por prácticamente todas las líneas de ferrocarril del país. El "Horario del Ferrocarril" rápidamente se convirtió en la nueva "hora local" en todas, o prácticamente todas, partes.

Detroit resiste

El tiempo continuó su marcha, pero Detroit no. La opinión de que el sol, no el hombre, dicta qué hora es contaba con un amplio apoyo en la ciudad. Henry Ford se quejaba de la diferencia e inventó un reloj con dos diales, uno que llevaba la hora local para cuando estaba en Detroit y el otro con la hora estándar.
Detroit resistió con la hora local hasta el 1900, cuando el Concejo Deliberante ordenó que los relojes se retrasen 28 minutos para observar la Hora Estándar Central. Media ciudad se rehusó a obedecer y el Concejo rescindió su orden. Recién en 1905, con el voto de la mayoría de la ciudad, Detroit adopto la hora estándar y pasó a formar parte de la zona horaria Central.
Si bien las zonas horarias estándar estaban siendo adoptadas rápida y voluntariamente por la mayor parte del país, el gobierno federal buscó prevenir este hecho. El director del Observatorio Naval se opuso incansablemente contra cualquier desafío humano a la autoridad del sol. El Fiscal General ordenó que ninguna dependencia del gobierno federal pudiera funcionar de acuerdo al sistema desarrollado en 1883 hasta que lo autorizase el Congreso, que tardó 35 años en aprobarlo. En marzo de 1918 el Congreso finalmente puso el sello de aprobación gubernamental a lo que había sido logrado mediante la iniciativa privada. La aprobación vino con un cambio importante: sacó a Michigan y al oeste de Ohio de la zona horaria Central y los puso en la zona Este donde todavía siguen.
¿Y el resto del mundo? Una Conferencia Meridiana Internacional tuvo lugar a fines de 1884, un año después de que la hora estándar fue implementada en Estados Unidos. Representantes de los gobiernos de 25 países debatieron dos cuestiones principales: ¿Debían adoptar un sistema global de zonas horarias estándar? Y, si la respuesta era si, ¿Dónde debería estar el punto de partida o "meridiano central"? El éxito de la experiencia estadounidense ayudó a resolver la primera cuestión con prontitud, pero con la misma rapidez el segundo punto chocó contra un obstáculo geopolítico. Debido a la larga historia de dominio marítimo británico la línea imaginaria que estos hicieron pasar por el Observatorio de Greenwich quedó pronto a la cabeza de los candidatos para meridiano central. Los franceses preferían París pero ofrecieron una solución negociada: aceptarían Greenwich si los británicos y estadounidenses adoptaban el sistema métrico. La Conferencia aprobó Greenwich sin la condición del sistema métrico así que los franceses, sintiéndose insultados siguieron su propio camino y no reconocieron el meridiano central hasta 1911.
El sector privado vio un dilema como un problema a ser resuelto. Los gobiernos se movieron con lentitud y politizaron la cuestión. Como diría Yogi Berra, suena como "déjà vu de nuevo".
¿Qué hora es? Gracias a entrepreneurs creativos y no a pomposos planificadores centrales, sin importar dónde vive uno ha habido una respuesta uniforme a esta pregunta por casi un siglo.

Lawrence Reed es presidente del Mackinac Center for Public Policy (www.mackinac.org), en Midland, Michigan, Estados Unidos.
Este artículo fue originalmente publicado en la revista Ideas on Liberty (www.fee.org).
Traducción de Brian Schmidt.


LIBROS. ¿DEBERÍAMOS TENER FE EN LOS BANCOS CENTRALES? DE OTMAR ISSING
Comentario de Richard M. Ebeling

Uno de los eventos más importantes del nuevo siglo fue el establecimiento de una única moneda común para varias naciones miembro de la Unión Europea. El marco alemán, el franco francés, el chelín austriaco, la lira italiana, el punt irlandés, la peseta española ahora han desaparecido, se han transformado en artículos de colección, junto con las monedas nacionales de Bélgica, Holanda, Grecia, Finlandia, Portugal y Luxemburgo.
En su lugar está el euro, administrado y controlado por un Banco Central Europeo con su sede en Frankfurt am Main, en Alemania. Los debates dentro y fuera de Europa con respecto a la lógica y funcionamiento de esa moneda común han venido discutiéndose por más de una década, desde que se tomaron los primeros pasos en dirección al euro.
Otmar Issing ha sido uno de los integrantes del directorio ejecutivo del Banco Central Europeo desde 1998. Es un economista de libre mercado que cree que Europa puede ser una zona de libre comercio en la cual la empresa privada pueda efectivamente operar en un ambiente político de mínima intervención y regulación gubernamental.
Sin embargo, Issing considera que el funcionamiento normal de un orden económico europeo más libre requiere de una moneda común administrada por un banco central común. Explica sus razones en una monografía recientemente publicada por el Institte of Economica Affairs (IEA) en Londres bajo el título Should we have faith in Central Banks?
Señala que "fe" generalmente significa creencia en algo y su deseo sobre la base de una doctrina autoritaria o religiosa. O sea que "fe" generalmente significa aceptar algo sin un argumento lógico y sin evidencia histórica o empírica que justifique dicha creencia. Con esta definición de "fe", Issing sostiene que nadie debería tener fe en los bancos centrales.
Hay un significado diferente, a veces, para la palabra "fe". En este contexto se refiere a la confianza o seguridad en algo o alguien sobre la base de la experiencia pasada de que algo probablemente funcione o de que alguien pueda confiarse de algo que se ha prometido. Sobre la base de este segundo significado, Issing sostiene: "Al menos en el ejemplo de la institución que represento, veo buenas razones para creer que el público en Europa puede tener este tipo de fe, y que puede confiar en que Banco Central Europeo (BCE) cumplirá su mandato y mantendrá la estabilidad de precios. Este tipo de 'fe razonada' o 'segura' es (como debería ser) bajo establecimiento institucional lógico, la aplicación de principios económicos bien establecidos, y, finalmente, pero no menos importante, por la calidad y determinación de la gente que tiene que llevar a cabo dicha tarea."
Argumenta que para que una economía de mercado funcione apropiadamente tanto asegurando un flujo de bienes y servicios continuo y acorde para el público consumidor y brindando seguridad para la inversión a largo plazo, altos niveles de vida, tiene que haber confianza de que el valor de su unidad monetaria continuará bastante estable dentro de un rango estrecho. Sin ello, consumidores e inversores pueden tener muy poca seguridad en lo referente al valor de mercado de sus compras e inversiones en el futuro, cuando toman las decisiones hoy.
Además, la autoridad monetaria debe gozar de credibilidad entre el público de que hará su trabajo de mantener un régimen general de precios estables. "Un banco central independiente entonces presupone un amplio consenso sobre la naturaleza 'cuasi-constitucional' del bien común de la estabilidad de precios," afirma Issing. "Asignar al banco central un objetivo claro también le impone límites a su poder y hace más sencillo para el público evaluar el funcionamiento del banco central."
Este tipo de "reglas establecidas... son una forma de reducir la necesidad de la fe en el conocimiento y virtud moral de los individuos que buscan los objetivos deseables. Las instituciones delinean el poder de los individuos y limitan su ejercicio del poder."
Issing también explica que la credibilidad implica rendimiento, es decir, que aquellos a los que se les da la responsabilidad de banco central responden por sus acciones en busca del objetivo de la estabilidad generalizada de los precios en un área geográfica cubierta por la unión monetaria.
El problema es que la mayoría de las decisiones de política monetaria son realizadas por un comité de nivel ejecutivo en el banco central y los efectos reales de las políticas monetarias tomadas son observados sólo luego de un tiempo considerable. Entonces Issing rechaza el hacer responsables a los banqueros centrales individuales de la política del banco central. Explica que, en realidad, la evaluación debería ser realizada de manera menos formal y explícita y debería ser aplicada a la relación entre el público y el banco central como institución, en lugar de referirse originalmente a los banqueros centrales individuales.

Hayek y el libre mercado monetario

La defensa de Issing al banco central europeo es una continuación de un argumento que hizo en el 2000, en otra monografía del IEA titulada Hayek, Currency competition and european monetary union. En ese trabajo temprano, rechazó la propuesta de Friedrich A. Hayek en Desnacionalización del dinero (1976), de que las monedas emitidas por bancos privados compitan en lugar de que el gobierno tenga el monopolio monetario y del sistema bancario. Issing sostuvo que no cree que un sistema privado de competencia monetaria sería tan estable y efectivo como un sistema monetario centralizado bien administrado.
Además de la cuestión de los bancos centrales versus el sistema de competencia privado, en 1975 Hayek llamó al fin del curso legal y otras restricciones políticas en Choice in Currency.
Al menos con una variedad de monedas nacionales, decía Hayek, la gente podría responder y protegerse más fácilmente al cambiar su moneda a medida que pierden seguridad y confianza.
Esto, al mismo tiempo, presionaría más contra el abuso de la autoridad monetaria porque la moneda perdería su valor externo cada vez más rápidamente a medida que la gente se pasa a monedas alternativas que consideren más útiles y más estables en su valor. Hayek, entonces, se oponía a la idea entonces naciente de un sistema monetario unificado en Europa.
Desde su punto de vista, un sistema monetario unificado llevaría a Europa en la dirección equivocada, hacia una mayor, en lugar de menor, centralización de poder y control, con menos opciones y escapes para los europeos en caso de que haya abuso o mala administración monetaria.
Pero aún más importante, en respuesta a los argumentos de Issing, es que sí lo importante de los sistemas y regímenes monetarios es el tema de la confianza, la credibilidad y la evaluación, un sistema privado y competitivo promete todos ellos.
En primer lugar, bajo un sistema monetario y de bancos privados, ningún individuo estaría obligado a aceptar un medio de cambio que no quiera tener y utilizar.
No sólo lo previene de tener cualquier combinación de ese tipo de medios para enfrentar las incertidumbres del futuro, sino que también le brinda varias transacciones para las cuales utilizar monedas diferentes podría ser más ventajoso.
Entonces cada participante en el mercado podría y en realidad tendría que demostrar su grado de confianza en aquellos proveedores privados de monedas entre lo que todos podrán elegir.
Todos los días el emisor privado de moneda respaldada por cualquier bien elegido por el mercado, como el oro y la plata, debería demostrar su credibilidad al estar dispuesto y capacitado para respaldar los reclamos monetarios contra el oro y la plata depositados en su institución bancaria o financiera intermediaria a la tasa prometida.
Y su forma de responder sería el giro automático de su credibilidad, porque quedaría expuesto inmediatamente y penalizado por su mala administración de pérdidas de depositantes y reservas monetarias que su establecimiento monetario administra y en las cuales se basa.
En realidad, la existencia de bancos privados en competencia estaría más dispuesta y sería más efectiva para sortear cualquier error monetario de cualquier banquero privado o grupo privado de banqueros. Su pérdida de depositantes y la depreciación del valor real de sus monedas utilizadas en el mercado serían el resultado directo.
Esto, al mismo tiempo, descentralizaría el control y el poder sobre el orden monetario en total. Entonces, si cualquier banco en el mercado administrara mal su moneda al sobreemitir la cantidad de dinero en relación con su respaldo en oro o plata y tuviera que responder a la demanda a una tasa específica, sus abusos no tienen que responder a otra administración conservadora para seguirlo en su política "inflacionaria". En realidad, estaría en el interés propio de los otros bancos ser aún más demostrativos de sus prácticas no inflacionarias para atraer clientes disconformes con las políticas de "dinero fácil" de sus bancos.
El punto más importante es, como siempre, uno de la libertad contra la coerción. ¿Debería la gente ser libre de elegir el medio de intercambio que deseen utilizar para los diversos propósitos en transacción voluntarias con el resto de los participantes del mercado? ¿O debería el gobierno (o los gobiernos) imponer un dinero único y monopólico sobre el mercado en su jurisdicción de autoridad política?
¿La gente debería poder mostrar su confianza y seguridad a través de sus actos de elección individuales al aceptar el dinero que quiera utilizar? ¿O se les exigirá que "confíen" y tengan "fe" en una institución monetaria central impuesta por gobiernos sobre los que tienen muy poca influencia directa y poder, y acerca de los cuales pocas veces tienen un absoluto conocimiento?
Si la libertad fuera a salir victoriosa en el siglo XXI, un campo crucial deberá ser la privatización de la moneda y del orden monetario, sino todos continuaremos dependiendo de las "hábiles" y "bondadosas" intenciones de los planificadores centrales monetarios, en una era que dice haber rechazado el modelo socialista para la sociedad.

Richard M. Ebeling es Vicepresidente de Asuntos Académicos en The Future of Freedom Foundation (www.fff.org).
Traducción de Hernán Alberro.


LibreMente es una publicación mensual on line de la Fundación Atlas para una Sociedad Libre. Se permite su reproducción total o parcial citando la fuente. Director: Gabriel C. Salvia. Coordinador Editorial: Hernán Alberro. El Servicio Informativo y Editorial de la Fundación se financia con aportes de Miembros Asociados http://www.atlas.org.ar/asociados/default.asp

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