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Hispanic American Center for Economic Research


 


LA ARMONIA, RESULTADO DE LA LIBERTAD

Por Norman Barry

Al celebrar el bicentenario del nacimiento de Frédéric Bastiat debe recordarse una vez más cuánto le deben los liberales contemporáneos en materia de economía a los escritores del pasado: la economía monetaria no empezó ni en Chicago ni en Viena (empezó en la Salamanca del siglo XVI); la teoría del ciclo económico es muy anterior a Mises y a Hayek; muchos filósofos, anteriores a Rothbard, insinuaron una teoría uniforme de la libertad (que incluía la libertad económica); la elección pública fue descubierta (sin la sofisticación y la innecesaria complejidad) mucho antes que en la escuela de Virginia, y las doctrinas de los derechos son de larga data. Bastiat puede proclamar haber influido en la mayoría de estas innovaciones, y si bien es cierto que Schumpeter dijo, con desdén, que Bastiat no fue un teórico de la economía, admitió que fue el mejor periodista económico de todos los tiempos.
Durante su vida --relativamente corta, en cuyos últimos años produjo una prodigiosa cantidad de publicaciones de crucial importancia-, Bastiat participó activamente en los asuntos públicos de Francia. Primero en la infructuosa lucha a favor del libre comercio y más tarde en la lucha contra el peligroso y creciente movimiento socialista de París. Se destacó, durante estos trascendentes sucesos como un comentarista brillante cuyo mensaje no se circunscribía a lo pasajero del momento, sino que constituía una enseñanza para todos los tiempos. Las fallas que diagnosticó con tanta habilidad respecto a algunas políticas aparecen hoy con una frecuencia deprimente. Pero a diferencia de nuestros comentaristas algo adustos, Bastiat exponía su política económica con un ingenio insuperable y un talento fuera de lo común para la parodia.
Si hay un mensaje global, es que la armonía reinaría inevitablemente en el mundo si los políticos no se entrometieran y dejaran que los individuos coordinasen sus actividades, sujetos a regulaciones mínimas (derivadas de la ley natural). No es casualidad que una de sus obras más famosas se titule Armonías Económicas. Resulta crucial el hecho de que Bastiat no restringiera el orden espontáneo simplemente al mercado, sino que lo consideraba un fenómeno que se producía como resultado de la libertad en toda la sociedad, una visión que expresó con elocuencia en La Ley, su canto final a la libertad.
Cuando Bastiat escribía su obra, las características generadoras de armonía del mercado se encontraban bajo un crítico análisis, primero por parte de Malthus, y más tarde y fundamentalmente por Ricardo. Los pronósticos de la escuela clásica de Inglaterra establecían que las presiones de la población harían bajar los salarios a un nivel de subsistencia, que las ganancias sobre el capital serían casi nulas en el estado estacionario, y que el grueso de los ingresos nacionales sería absorbido por el pago de las rentas a los hacendados. La tradición de mercado francesa, empezando por el mentor de Bastiat, Jean-Baptiste Say, era mucho más optimista, principalmente porque veía en el empresario una fuerza impulsora del progreso económico y reconocía la gran fecundidad del mercado para generar infinitas oportunidades tendientes a mejorar el bienestar humano.
Pero los logros de Bastiat no derivan sólo de la teoría pura; su teoría del valor se basaba en el valor del trabajo y no difería demasiado de la de los ortodoxos ingleses. Dado que no tenía una concepción de la utilidad marginal, no podía resolver la conocida paradoja del diamante y el agua. Su teoría de la renta de la tierra, en la que describía al afortunado heredero de vastos territorios como productivo, fue un regalo para Henry George y para los "single taxers". Su genialidad, sin embargo, consistió en demostrar con argumentos lógicos y de sentido común que los intercambios sin coacción entre agentes libres son la fuente de la riqueza y que todas las inhibiciones inspiradas en la política son motivadas por una economía o una ética deficientes, o más probablemente, por el deseo de algunas personas de vivir a expensas de otras (en busca de rentas).
Bastiat no negaba que todos nos regimos por un interés personal, pero reconocía las características de Jano en ese interés: cuando un individuo no se ve beneficiado por las políticas aplicadas, se guiará por el interés personal para obtener un beneficio para sí y para la humanidad, pero cuando ese mismo individuo controla la ley, no tiene más que saquear los productos que otros fabrican. La única diferencia entre la persona que busca una renta y un asaltante es que las acciones de la primera son "legales".

RELACIONES ECONOMICAS. Bastiat demostró que los acontecimientos económicos están relacionados. No debemos buscar los efectos inmediatos de una política económica, que pueden parecer benignos, sino explorar sus consecuencias a largo plazo. Cuando una política proviene del gobierno, las consecuencias casi siempre son malignas. Esto quedó demostrado en uno de sus ensayos más brillantes: Lo que se ve y lo que no se ve. Ahí, utilizando la falacia de la ventana rota, Bastiat demuestra que si bien la destrucción de un bien puede producir un aumento temporal en una industria, impide que el dinero se destine a otra y causa un perjuicio en la coordinación económica a largo plazo.
El mismo razonamiento puede aplicarse al gasto público: No debemos apuntalar industrias para las cuales el mercado decretó que no hay futuro. Anticipándose al ataque de Milton Friedman contra el keynesianismo, Bastiat sostiene que el gasto público reemplaza al gasto privado sin generar ningún aumento en el conjunto de la actividad económica y, como la teoría de la elección pública probaría más tarde, el gasto estatal en realidad reduce la producción y aumenta la oferta de funcionarios públicos improductivos. En ese ensayo, Bastiat también demostró su comprensión del "intermediario" o empresario. Constituye un concepto esencial para comprender que la sociedad económica no debe ser concebida en términos de categorías rígidas, ya implícito en la teoría de Ricardo, sino más bien en términos de individuos con iniciativa, siempre alerta a la posibilidad de hacer algo de manera diferente. También apunta a la imposibilidad de la sobreproducción, una ilusión de la economía del siglo XX. Porque Bastiat, siguiendo a Say, mostraba fácilmente cómo el empresario siempre encontraría utilidad para los bienes y servicios supuestamente no deseados.
En los libros de textos del pensamiento económico actual se lo recuerda principalmente por su opinión respecto a la virtud del libre comercio. Bastiat reconocía que el comercio no tiene fronteras y que lo que ahora se denomina orden ampliado constituye un método para alcanzar prosperidad económica a través de la división internacional del trabajo y la especialización de la producción, hasta alcanzar una cantidad teóricamente ilimitada de personas. Es particularmente mordaz con las racionalizaciones absurdas de los que proponían limitar este tipo de comercio. Algunas personas, dicen, obtienen ventajas injustas que hacen que sea imposible que otros compitan. Bastiat ingeniosamente admitía la crueldad y la arbitrariedad de la naturaleza y proponía que se eliminara la ventaja injusta que ostenta el sol en la provisión de luz. Así, estaríamos obligados a bajar las cortinas y a cerrar las puertas para compensar ese desequilibrio atroz. Cuántos puestos de trabajo podrían generarse en la industria de las velas, reflexiona. La "fábrica de leyes" de París es el último refugio para aquellos productores que le temen a la competencia.
Pese a que Bastiat fundó muchas organizaciones de libre comercio en Francia y tenía un vínculo estrecho con Richard Cobden, otro defensor del libre comercio, la causa se perdió después de 1848. Los franceses tenían industrias menos desarrolladas que los ingleses, y los trabajadores veían una ventaja a corto plazo en la unión con los empleadores para exigir proteccionismo (al igual que en la actualidad). Más aun, no había una meta evidente en Francia como la había en Gran Bretaña con la ley de tarifas a los granos (revocada en 1846). Esta mayúscula restricción al librecomercio terminó uniendo (temporalmente) a los industriales y a los trabajadores.
Pese a que Bastiat dedicó sus últimos dos años de vida a la lucha contra el socialismo que amenazaba su país, la lógica era la misma: una demostración de la ineficacia y la inmoralidad del saqueo estatal. Esto amerita una comprensión cabal de sus profecías respecto al Estado y una explicación de su teoría de la ley, fundamentalmente correcta.

LA POSTURA DE BASTIAT SOBRE EL ESTADO Y LA POLITICA. Si bien Bastiat no era anarquista -su pensamiento puede, en realidad, ubicarse en la tradición republicana correcta de Francia-, albergaba una saludable desconfianza hacia el Estado. En un ensayo brillante escribió una magnífica definición: el estado es "esa enorme entidad ficticia a través de la cual todos quieren vivir a costillas de los demás". Es posible que tenga una función de bien público, sin embargo incluso eso es analizado en términos puramente individualistas. Pero Bastiat también expresó su desdén por otra tradición, que dominaría el pensamiento europeo del siglo XIX. Esta concebía al Estado como una institución sobrehumana, que era la personificación de la virtud, algo de lo que ningún ser racional podía recomendar prescindir. En ausencia de su amplio papel, la sociedad de mercado degeneraría en un caos signado por el egoísmo. Para Bastiat el Estado debe analizarse en términos estrictamente económicos. Debido a su poder para fijar impuestos y restricciones, se convirtió en el agente principal de saqueo y lógicamente atrajo gente que quería un ingreso extra-mercado. Pero como decía Bastiat, el estado no tiene ingresos y "sólo puede darle a los ciudadanos aquello que primero les quitó".
El Estado tiene éxito debido a su doble función: la maligna (que daña a las personas a través de impuestos y limitaciones) y la benévola, que dispensa premios a través de subsidios y privilegios. La experiencia de Bastiat en los experimentos socialistas de Francia en 1848, cuando Louis Blanc se embarcó en absurdos esquemas de nacionalización y garantías insostenibles del derecho al trabajo, lo convenció de que todo eso era el mayor peligro que enfrentaba Europa. Pronosticó sombríamente que llegaría un tiempo en el que todo el bienestar social, la educación y la producción económica serían controlados por el gobierno. Los protagonistas de esta causa eran incapaces de diferenciar entre el gobierno y la sociedad: esta última es el ordenamiento espontáneo de las personas que interactúan e intercambian su trabajo y sus bienes voluntariamente. Este proceso proveería todo lo deseado. El gobierno era un instrumento de coacción con un poder específico y limitado.
En Francia de mediados del siglo XIX, todo parecía bajo la responsabilidad del gobierno. Como decía Bastiat con frecuencia, si no hubiera tarifas, no habría socialismo porque la existencia de tarifas promovía la ilusión de que el Estado era la fuente de la riqueza de la sociedad. En realidad, sin embargo, el Estado en la sociedad de mercado es el administrador de privilegios, que en última instancia constituye un perjuicio para todos. También era el autor de una singular redistribución de los ingresos.
Por supuesto que no se le exigía al Estado que ordenase el caos moral de la sociedad individualista (un engaño instigado por los filósofos de la escuela alemana que seguían a Hegel) ya que la sociedad natural es en sí armónica y es el Estado la fuente del desorden, justamente porque genera oposiciones entre los diferentes grupos en su lucha desesperada por rentas. El Estado no produce nada, excepto burocracia, que como afirma Bastiat perceptivamente, puede expandirse a un ritmo ejemplificado por Malthus.
La sociedad de mercado se beneficia con los poderes creativos de la libertad y en ello Bastiat identificó su componente esencial: la propiedad. El nexo no era meramente utilitario o empírico ya que sostuvo: "Me pregunto si es posible concebir una noción de propiedad sin libertad". La competencia, resultado de la propiedad y de la libertad, sí tiene una justificación utilitaria, a pesar de que también tiene un imperativo moral. El proceso de intercambio, a pesar de ser la fuente de riqueza para algunos, produce un resultado que es muy superior al comunismo, incluso en la generación de igualdad.
Los estatistas pensaban que si el Estado no producía determinadas cosas, nadie las produciría. Bastiat era particularmente cáustico respecto a ayudar a las artes: Decir que aquellos que se oponen son ignorantes, es como sostener que aquellos que se oponen a que el Estado se involucre en asuntos religiosos son ateos.
Sin embargo, su más persistente ataque a las conquistas del Estado en la sociedad civil recaía en la educación. En un ensayo brillante e iconoclasta sobre la educación clásica, los ataques de Bastiat no se limitaban simplemente a la redistribución ineficaz y perversa del Estado, sino que incluía también un asunto mucho más interesante: los contenidos que se enseñan en las escuelas y universidades estatales. Aborrecía la primacía de la educación clásica. Y sentía desdén por Grecia y Roma antiguas, y todavía más por los intelectuales que idolatraban a Platón y a Aristóteles. Para Bastiat, los teóricos e historiadores del mundo clásico justificaban la esclavitud, veneraban la ética anticomercial y valoraban la vida pública de participación política por sobre la privacidad y el individuo. Es la misma actitud que, de manera inofensiva, promueve el comunitarismo en la actualidad.
El hecho de que Bastiat afirmara (¡renuente!) que había que dejar que la gente pagara por una educación socialmente peligrosa es un indicio de su condición de libertario, más que un signo de su respeto por las doctrinas que habían conquistado la mente europea durante siglos. Mientras que el ensayo de Benjamin Constant, La libertad de los antiguos comparada con la de los modernos, era ecuánime y extremadamente sensato en sus evaluaciones, Bastiat estaba provocativamente y correctamente, a favor de la diversidad moderna. La educación clásica era simplemente la convalidación histórica y filosófica del socialismo.

LA LEY. Durante el último año de su vida -se estaba muriendo de tuberculosis-, Bastiat escribió un tratado sobre filosofía política denominado La Ley. Pese a ser una obra breve, condensa sucintamente lo que cualquier liberal quiso decir sobre la relación entre los procesos legales, la economía y la política: todo en el marco de una moral individualista. Sin embargo, La Ley es una síntesis realmente brillante de todo lo que había dicho durante años en sus ensayos. Es, en cierta medida, una historia melancólica del colapso de los estándares legales adecuados dentro de su propio condado. Como lo expresó en El saqueo y la ley: "La ley deja de ser el refugio del oprimido, y se convierte en el arma del opresor. Deja de ser un escudo y se convierte en una espada". Pero el libro es también una declaración elocuente de los ideales nobles de legalidad que se perdieron a causa de la política, de la democracia desmedida y del efecto contagioso de ideas erróneas.
Bastiat se encuentra dentro de la tradición de la ley natural y le preocupa especialmente que las distorsiones contemporáneas de la legalidad tengan toda la dignidad y la categoría de la ley bien entendida. La tragedia de la modernidad es que el socialismo se rige por la ley aun cuando tiene el mismo efecto que un simple robo. Hay, sin embargo, un orden moral que precede los dictados de la ley positiva o promulgada. Y esta ley natural provoca una justicia negativa, derechos humanos fundamentales, y un papel muy limitado al gobierno legítimo. Abarca "vida, habilidades, producción. En otras palabras: individualismo, libertad, propiedad... Estos tres dones de Dios preceden y son superiores a cualquier legislación humana".
Dado que todos los individuos tienen el derecho moral de defenderse y de defender su propiedad, la ley deriva de los individuos, que le confían la administración de la función de defenderlos. La ley es simplemente una organización pública eficiente para la protección de los derechos naturales: no tiene ningún derecho adicional a los inherentes a las personas. Cuando los individuos se organizan en grupos para lograr objetivos que van más allá de lo establecido, "la ley actúa en oposición directa a su propio propósito". Eso es justamente lo que sucede, y en lugar proteger los derechos fundamentales mínimos, la ley permite que las personas adquieran derechos, que incluso en tiempos de Bastiat comenzaban a incluir el derecho al trabajo, al bienestar social, y a compartir la propiedad que otros construyeron legítimamente.
En la jurisprudencia de Bastiat, no hay discordia entre la ley y la justicia. Porque la justicia tiene una connotación absolutamente negativa. Los individuos pueden discrepar respecto a lo que es la justicia, y sería insensato que la ley intentara aplicar un concepto inevitablemente discutido. Pero sí puede haber consenso respecto a la injusticia (que es la violación de los derechos del individuo y de la propiedad). Sólo puede haber un acuerdo unánime respecto al alcance de la ley si ésta se limita a hacer cumplir los principios morales fundamentales. De hecho, los argumentos respecto a la extensión adecuada del sufragio quedarían resueltos si la ley se mantuviera dentro de los límites moralmente asignados. Entonces todas las personas tendrían el mismo interés en que la ley se aplicara imparcialmente y se preservara permanentemente.
Pero en Francia de mediados del siglo XIX, los grupos rivales utilizaron la ley como instrumento para obtener una ventaja: la tensión entre los votantes y los no votantes se acentuó. Esto sólo podía traer como consecuencia "peleas en la puerta del Palacio Legislativo". Bastiat, un crítico convencido del gobierno irrestricto de la mayoría, sujetaba todos las políticas al más estricto de los escrutinios morales. Incluso los Estados Unidos, un país cuya constitución admiraba, es condenado con toda razón en dos áreas: la esclavitud y las tarifas.
El malestar de la vida política de Francia se originaba principalmente en dos aspectos dañinos de la condición humana: la codicia y una falsa filantropía. Las políticas institucionales equivocadas, con frecuencia derivadas de una mala aplicación del contrato modelo a los asuntos humanos, han exagerado los efectos negativos de aquellos. La búsqueda del interés personal es buena cuando opera en los mercados, pero es socialmente destructiva cuando se la deja actuar libremente bajo el amparo del mundo político; convierte nuestra inclinación natural hacia la armonía, a través de las transacciones del mercado, en una cacofonía que termina en violencia. La falsa filantropía, o vanidad moral, tiene lugar cuando el deseo natural de las personas de hacer el bien se manifiesta en el plano de la política: impuestos redistributivos y bienestar social obligatorio acarrean una especie de virtud aparentemente sin costos que rápidamente termina siendo extremadamente pesada. Debilita la productividad de la economía y agota la moral genuina de la gente.
Todos estos errores se originan en ideas erróneas, y una parte importante de La Ley constituye una crítica elocuente a la tradición intelectual francesa, antes y después de la Revolución. Bastiat nunca permitió que el orgullo nacional lo desviara de la tarea de someter a algunas de las más importantes figuras de la historia literaria de su país a un ataque mordaz.
Una vez más la herencia clásica es su blanco, ya que arguye con elocuencia que los errores modernos surgen en última instancia de la adopción abyecta de los ideales de la antigüedad. Particular importancia reviste su demostración de que los antiguos desconfiaban de la gente común y de su capacidad para auto organizarse; esto fue llevado hasta extremos por los revolucionarios. La gente necesitaba un legislador que los guiara hacia la virtud; un legislador, aparentemente inmune a los tironeos y aversiones del deseo, en quien siempre se confiará una actuación desinteresada en pos del bien público. Esta idea fue expuesta con la típica exuberancia literaria de Rousseau y llevada a la práctica con efectos trágicos por Robespierre. Una imagen que suele utilizarse plantea a la gente como arcilla que un alfarero moldea en función de sus propios intereses. La peor ofensa provino de Mably, quien admitía abiertamente que hay que forzar a la gente hacia la virtud. Las citas que Bastiat extrae de este escritor son realmente escalofriantes. Incluso Montesquieu, quien antecede a la Revolución y es frecuentemente admirado por los liberales clásicos por sus argumentos sobre las características pacíficas del comercio, no escapa a la ira de Bastiat: recomendaba un esquema redistributivo moderado que constituía una invitación al saqueo.

BASTIAT EN NUESTROS TIEMPOS. Resulta trágico que el legado de Bastiat no haya influido en la historia intelectual francesa. Durante el siglo que sucedió a la muerte de este autor, Francia se estatizó hasta un punto que lo hubiera horrorizado, aunque sin lugar a dudas, los errores en las políticas que se cometen una y otra vez -nacionalización, protección, jornada máxima de trabajo- le hubieran arrancado una risita cínica y alguna ocurrencia oportuna. Se divertiría con la pesadilla proteccionista y regulatoria de la Unión Europea. Seguramente recomendaría competencia jurisdiccional como una posible manera de restaurar la libertad y aliviar a la gente del monopolio de políticos y burócratas.
Los liberales clásicos, quizá bajo la influencia de Hayek, se olvidaron de que Francia condujo al mundo hacia un pensamiento de libre mercado. De hecho, de Molinari, casi contemporáneo de Bastiat, publicó la primera teoría seria anarquico-capitalista, pero casi no se lo conoce fuera de los círculos especializados. Sin embargo, siempre que leemos sobre los efectos asfixiantes del proteccionismo, sobre los políticos que buscan rentas, sobre los efectos antiliberales del gobierno de la mayoría, y sobre el implacable poder de los grupos de presión para trabar la eficiencia del mercado, debemos recordar que Bastiat llegó primero: sin los gráficos y las ecuaciones, pero con muchas explicaciones mordaces y ejemplos desopilantes, tanto ficticios como reales.

Norman Barry es profesor de teoría política y social en la Universidad de Buckingham y es autor del libro An Introduction to Modern Political Theory.
Este artículo fue originalmente publicado en la revista Ideas on Liberty. Permiso para traducir y publicar otorgado por The Foundation for Economic Education (www.fee.org) a la Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
Traducción de Mariana Pacheco.

 

 

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