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SABIDURIA DE UN GIGANTE
LIBERAL
Escribe William H. Peterson
Conocía a Milton Friedman, Henry Hazlitt, William F. Buckley
Jr. y Ayn Rand. Fue mentor de F.A. Hayek, quien luego ganó
el Premio Nobel de Economía. Fue un importante profesor de
Gottfried Haberler de Harvard y Fritz Machlup de Princeton, habiendo
sido ambos presidentes de la Asociación Económica
Americana. Esta asociación lo nombró miembro distinguido.
Su nombre adorna una comisión en la Universidad de Auburn,
una silla profesional en la Universidad de Hillsdale en Michigan,
una biblioteca en la Universidad Francisco Marroquín en Guatemala.
En 1920 predijo el colapso de la Unión Soviética
por la imposisbilidad de hacer cálculo económico.
Un prominente economista socialista polaco, Oskar Lange, admitiendo
el problema pero afirmando que se podría superar, propuso
hacer una estatua en su honor.
En 1949 escribió una obra filosófica, económica
y política monumental, "La Acción Humana",
ahora en cuarta edición revisada y preparada por Bettina
Bien Greaves. Otras ediciones han sido publicadas en alemán,
francés, italiano, español, portugués, chino,
y japonés.
A pesar de todo esto, ha sido casi ignorado por los economistas
profesionales que sienten que es demasiado "literario",
demasiado "no cuantitativo", demasiado descreido de la
"macroeconomía", demasiado opuesto a la "ingeniería
social" llevada a cabo por el estado. Las críticas a
la primera edición fueron variadas. Vermont Royster elogió
el libro en el Wall Street Journal, John Kenneth lo criticó
fuertemente en el New york Times. Sin embargo The Economist, aunque
consciente de sus implicancias libertarias, afirmó: "se
siente un gran poder intelectual a través de toda la obra;
tiene el ímpetus de una gran polémica y la impecable
coherencia de Euclides."
El fue Ludwig von Mises (1881-1973), el líder moderno de
la economía austríaca de mercado libre.
Los Nazis lo atacaron por tres motivos: era judío; era anti-socialista
y defensor del libre mercado; y se negó a hacer un compromiso.
En 1938 los Nazis confiscaron los contenidos de su departamento
en Viena. (Sus papeles personales fueron luego capturados por los
Soviets y conservados en Moscú. Estos recientemente descubiertos
tesoros pronto estarán disponibles.)
Poco tiempo después de la caída de París,
en junio de 1940, él y su esposa, Margit, huyeron desde Suiza
a través de la Francia ocupada hacia los Estados Unidos.
La Acción Humana lo dice todo. Es un himno de la libertad
y la libre empresa, un clásico del voluntarismo y de laissez
faire. En él Mises emplea una extraña palabra, praxeología,
como la ciencia de la acción humana o de la elección.
Afirma que el motivo que se encuentra detrás de la elección
es ineptamente descripto como afán de lucro, aunque el fin
de toda acción humana es siempre la satisfacción de
algún deseo del hombre -siempre que elige, actúa,
rechaza.
Todas las decisiones del hombre presuponen efectiva elección.
Cuando la gente las lleva a cabo deciden no sólo entre diversos
bienes y servicios materiales; al contrario, cualquier valor humano,
sea el que sea, entra en la opción. Todos los fines y todos
los medios las aspiraciones espirituales y las materiales,
lo sublime y lo despreciable, lo noble y lo vil- se le ofrecen al
hombre a idéntico nivel para que elija, prefiriendo unos
y repudiando otros.
Elegir refleja la libre voluntad del hombre, razonamiento sostenido,
evaluación subjetiva: un proceso de continua remoción
de la insatisfacción. Este proceso pone en evidencia el hecho
de que el hombre piensa, que la capacidad de pensar es lo que lo
distingue de los animales inferiores.
El ser humano es capaz de vencer sus instintos, emociones y apetencias;
puede racionalizar su conducta. Deja de satisfacer deseos vehementes
para atender otras aspiraciones. No es una marioneta de sus impulsos.
El hombre no rapta a toda hembra que despierta su libido; ni devora
todos los alimentos que le atraen; ni ataca a cuantos quisiera aniquilar.
Tras ordenar en escala valorativa sus deseos y anhelos, opta y prefiere;
es decir, actúa.
Lo que también caracteriza al hombre es que es un ser social.
Participa en diversas interacciones humanas, incluyendo el intercambio
voluntario de bienes y servicios. La sociedad, afirma Mises, es
cooperación social, acción concertada, división
del trabajo, y combinación de esfuerzo. Sin embargo, rechaza
una línea de los políticamente correctos que ven a
la sociedad como una entidad pensante y dicen "la sociedad
cree esto," o "la sociedad piensa aquello."
Siempre es un individuo quien piensa. La sociedad no puede pensar,
como tampoco puede comer o beber. Dentro del marco social, ciertamente,
es donde el raciocinio humano ha progresado hasta llegar, partiendo
del pensamiento simplista del hombre primitivo, al sutil ideario
de la ciencia moderna. Pero el razonar, en sí, invariablemente
es obra individual. Es posible la acción conjunta; el pensamiento
conjunto, en cambio, resulta inconcebible.
Los políticamente correctos también confunden sociedad
con estado y usan ambos términos intercambiablemente. Además,
ignorando lo que Hayek denominó "la fatal arrogancia",
confunden el rol del gobierno en la sociedad y lo dotan de omnipotencia
y benevolencia, lo ven como una especie de Santa Claus sabio y comprensivo.
Mises no comparte esta confusión. Condena el resurgimiento
moderno del colectivismo, catalogándolo como "la principal
causa de todas las agonías y desastres de nuestros tiempos."
Pide a los políticamente correctos que repiensen la naturaleza
del hombre, del estado, y de la sociedad a la luz de "la mano
invisible" de Adam Smith, del interés propio bajo el
imperio de la ley como la mejor ruta hacia el orden social y la
sociedad civil.
El estado o gobierno es el aparato social de compulsión
y coerción. Debe monopolizar la acción violenta. Ningún
individuo puede recurrir a la violencia o a la amenaza de emplearla
si no ha sido al efecto autorizado por el gobierno. El estado es
una institución cuya función esencial estriba en proteger
las relaciones pacíficas entre los hombres.
El punto de vista de Mises es similar al de Thomas Paine, quién
definió al gobierno como "un mal necesario". Pero
si bien Mises también piensa que el estado es necesario,
no lo considera necesariamente un mal.
El gobierno...es necesariamente la antítesis de la libertad.
El gobierno aparece como defensor de la libertad y es compatible
con la libertad cuando se delimita y restringe convenientemente
la órbita estatal en provecho de la libertad económica.
Cuando desaparece la economía de mercado, las leyes y constituciones
más generosas no son más que letra muerta.
Puede que el socialismo sea hoy letra muerta en todo el mundo,
pero no sus vigorosos medio-hermanos el bienestarismo y el
intervencionismo- que comparten la falta de acción correctiva
del cálculo económico de mercado. El intervencionismo
anotó otro tanto cuando el Congreso recientemente aumentó
el salario mínimo en noventa centavos por hora, sin pensar
en las consecuencias que esto tendría sobre el empleo. Mises
muestra el boomerang del estado, explicando porqué hablar
de "ayuda gubernamental" es una contradicción.
Toda intervención que perturba la operación del mercado
no sólo deja de alcanzar los objetivos deseados, sino que
además provoca situaciones que al propio dirigista, desde
el punto de vista de sus propias valoraciones, ha de estimar peores
que aquellas que pretendía remediar.
De manera tal que en las democracias actuales, vía proteccionismo,
estado benefactor, intervención, híper-regulación,
igualitarismo, entre otros, el estado ignora o limita derechos individuales,
la soberanía de los derechos de la mayoría y la minoría
en el mercado, y de esta manera levanta un torbellino.
El igualitarismo recurre a los derechos de grupos para compensar
inequidades pasadas, para promover la igualdad de los resultados.
Mises no está de acuerdo. Defiende derechos individuales
iguales, pero ve desigualdad natural en términos de inteligencia,
motivación, integridad, belleza, talento, y otros atributos.
Los defensores liberales del principio de la igualdad ante la ley
advertían la innata disparidad del hombre; comprendían
que tal desigualdad era precisamente la causa y el origen de la
cooperación social y de la civilización. La igualdad
ante la ley no estaba diseñada en su opinión para
corregir las inexorables realidades del mundo en que vivimos y,
desde luego, no vendría a suprimir la desigualdad humana
natural. Al contrario, la forma de sacar el máximo provecho
para todos de este hecho... Bajo su égida, los electores
designarían a los gobernantes, mientras que los consumidores
decidirían quién dirige las actividades productivas.
Mises sostiene que los consumidores son soberanos los verdaderos
jefes en el mercado democrático. Aquí hay elecciones
todos los días, todos los candidatos corren temerosos, y
cada consumidor, joven y viejo, tiene un voto económico diario.
Más precisamente, cada consumidor tiene varios de estos votos.
Los consumidores acuden adonde les ofrecen lo que desean a mejor
precio. Comprando y absteniéndose de comprar determinan quienes
han de poseer y administrar las plantas fabriles y los campos. Enriquecen
a los pobres y empobrecen a los ricos. Determinan con precisión
lo que debe producirse, en qué cantidad y de qué calidad.
Son jerarcas despiadados, plagados de caprichos y deseos, impredecibles
y cambiantes. Solo les preocupa su satisfacción personal.
No se interesan ni por pasados méritos ni por derechos anteriormente
adquiridos.
Este razonamiento choca con el grito de batalla de los liberales
modernos de "riqueza atrincherada", con el argumento Hobbesiano
de la guerra de todos contra todos por ejemplo, de los ricos
contra los pobres. En realidad ocurre exactamente lo contrario.
Mises afirma que los ricos dependen de los consumidores, incluso
los consumidores pobres. La riqueza, una vez invertida, se transforma
en "una responsabilidad social."
La propiedad de los medios de producción no es un privilegio,
sino una responsabilidad social. Capitalistas y terratenientes se
ven obligados a emplear sus propiedades para satisfacer del mejor
modo posible a los consumidores. Si son lentos e ineptos, sufrirán
pérdidas. Si tales pérdidas no les sirven de lección
y no cambian su conducta mercantil, acabarán perdiendo toda
su riqueza. No hay inversión alguna que sea segura para siempre.
Entonces, ya que los consumidores son tan poderosos, ¿para
qué tener un estado benefactor, un estado paternalista, y
tantas agencias gubernamentales diseñadas para proteger al
desafortunado comprador? Y con el gobierno llevándose el
47 porciento del ingreso nacional, ¿para qué la persistencia
en seguir planeando de miles de engañosas maneras?
La alternativa no es presencia o ausencia de plan. La pregunta
es ¿quién va a planear? ¿Debería ser
cada individuo, de acuerdo con sus juicios de valor, o debería
hacerlo un gobierno paternal en nombre de todos? La cuestión
no es mero automatismo versus ordenamiento lógico; sino la
acción autónoma de cada individuo versus la acción
exclusiva del gobierno. Se trata en definitiva de elegir entre libertad
y autocracia.
Pero seguramente el gobierno debería intervenir contra el
consumo excesivo o peligroso, como el consumo de cigarrillos. Recuerde
mejor el violento período de Prohibición (1920-1933).
El opio y la morfina son ciertamente drogas nocivas que generan
viciosos hábitos. Pero una vez admitido el principio de que
el gobierno debe proteger al individuo contra su propia necedad,
no cabe oponer ya objeciones a ninguna ulterior intervención
estatal... ¿El daño que el hombre puede infligir a
su mente y su alma no es acaso más perturbador que cualquier
padecimiento físico? ¿Por qué no impedirle
que lea libros perniciosos y que presencie detestables presentaciones
teatrales; que contemple pinturas y esculturas reñidas con
la estética y que oiga música horrible? Las consecuencias
dañinas derivadas de una mala ideología son sin duda
mucho más perniciosas, tanto para el individuo como para
la sociedad, que todas las que del uso de narcóticos puedan
derivarse.
Mises, quien demostró haber estado en lo correcto con respecto
al socialismo, no es suficientemente apreciado por mucha gente.
El y su obra maestra, La Acción Humana, esperan ser descubiertos
o redescubiertos mientras el New Deal y la Gran Sociedad continúan
existiendo, mientras muchos se preguntan si la "era del gran
gobierno" ha finalizado realmente, mientras los seguros sociales
y la justicia social en realidad todas las formas sutiles
y no sutiles de intervención estatal- continúan expandiéndose
y autodestruyéndose.
La economía de mercado no precisa de apologistas ni de propagandistas.
Se le pueden aplicar las célebres palabras grabadas en la
catedral de San Pablo, sobre la losa mortuoria de su constructor,
Sir Christopher Wren: "Si monumentum requiris, circumspice"
(Si buscas su monumento, mira a tu alrededor.)
William H. Peterson es miembro de The
Heritage Foundation y profesor emérito de Filosofía
de los Negocios en la Universidad de Campbell, Carolina del Norte.
Este artículo fue originalmente publicado en la revista
The Freeman.
Traducido por Verena Wachnitz.
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