RAWLS EN TELA DE JUICIO
Por Gorka Etxebarría
Cortesía de la revista Veintiuno (Fundación
Cánovas del Castillo).
John Rawls, gurú de la izquierda, es uno de los teóricos
políticos más conocidos, sobre todo por ser autor
de la célebre Teoría de la justicia. La propuesta
de Rawls, que rescata la teoría del contrato social dándole
una nueva formulación, entiende que las normas de equidad
se alcanzan mediante el concurso de los ciudadanos que, sin saber
el puesto o estatus que ocuparán en la sociedad, deciden
justamente los principios por los que "las instituciones sociales
(...) distribuyen los derechos y deberes básicos y determinan
la división de las ventajas derivadas de la cooperación
social".
Según esta creencia, todos los hombres deben tener iguales
derechos y deberes básicos y las desigualdades de riqueza
y autoridad sólo "son justas si traen beneficios compensadores
para todos y particularmente para los menos aptos" y si son
adscritos a cargos abiertos a todos.
El contrato social
La duda inicial que puede surgirnos es por qué la gente debe
aceptar ese acuerdo. Que generaciones pasadas lo firmaran no implica
que las actuales tengan que rubricarlo ya que sus intereses pueden
diferir de los de sus antepasados. Y esto es así porque hablar
de "acuerdo presupone ser lo que casi era en su totalidad,
un contrato entre la gente entonces existente y por necesidad les
vincula a la gente entonces existente" , decía el constitucionalista
y abogado Lysander Spooner. Es en definitiva, la cuestión
de que si la razón de la obediencia al gobierno fuera mantener
la palabra podríamos objetar mantenerla o no.
Otra complicación que aparece en la formulación de
Rawls es que si los contratos requieren alguien que los haga cumplir,
¿cómo puede haber un contrato social que cree un órgano
ejecutor del contrato sin estar asegurado su ejecución por
un meta-ejecutor creado por un meta-contrato social? La regresión
es infinita.
¿El resultado del acuerdo será
el que Rawls cree?
Rawls pone a los ciudadanos bajo un "velo de ignorancia"
(no saber cuál será su puesto en la sociedad, ni sus
capacidades...) para que elijan los principios de justicia correctos
(o lo que él entiende como tal) sin estar tentados de escoger
los principios que más les benefician optando por aquellos
adecuados para el bien común.
Pero a Rawls no se le ocurre que el resultado de ese proceso de
elección podría ser otro distinto al que él
defiende. Quizá su error sea disponer a los hombres como
jugadores. Los más cautelosos no elegirán lo mismo
que los que suelen arriesgarse hasta perder la chaqueta. Así,
por ejemplo, David Gauthier entiende que bajo esas circunstancias
adoptarán "una forma profundamente individualista de
sociedad de mercado competitivo".
Por otro lado, al elegir un orden, éste "debe ser ya
justo", pues, en palabras de R. Spaemann, "la justicia
de la elección no se puede establecer mediante un cálculo
de los intereses bajo condiciones fácticas". Realmente
esas personas no eligen más que lo útil para ellos
y, si puede parecer que eligen lo justo, hay que interrogarse acerca
de si mejorar la situación de los menos afortunados no es
el objeto de la justicia sino, como dice Millán-Puelles,
el de la caridad y la generosidad, virtudes individuales que no
pueden imponerse por la ley (aun así basta con mirar a nuestras
leyes para darse cuenta de que imponen la filantropía minando
las bases de la moral: elegir o no si somos virtuosos).
Sacrificando al individuo
Pese a que Rawls recoge la idea kantiana de que el hombre es un
fin y no un medio para ser utilizado en beneficio de los demás,
su teoría dista bastante de ser coherente con esa idea.
Rawls cree que hay que restringir el desarrollo individual a favor
de los menos favorecidos, vulnerando de este modo la libertad de
unos en beneficio de otros. Lo que no ve es que en un ambiente menos
propicio para la libertad la capacidad creativa del individuo se
ve coartada, ya que con tantas limitaciones a las posibilidades
de actuar y con el incentivo a hacerse pasar por menesteroso, incapaz
o parado, a nadie le apetecerá trabajar más para la
sociedad. El trabajo se sustituirá por el pillaje y la creación
de empresas por la fundación de grupos de presión
dispuestos a presentar sus intereses como los de la gran mayoría,
cuando no es así.
Aparte de este argumento, podemos añadir que el que la mayoría
decida el destino de la minoría conlleva no respetar los
derechos inalienables del individuo y eso es despótico. Como
irónicamente comenta Nozick, "mi vida mejoraría
de diversas maneras si usted decidiera convertirse en mi devoto
esclavo, suponiendo que yo pudiera superar la incomodidad inicial.
¿Es la causa de mi estado actual el que usted no se convierta
en mi esclavo?".
Llegados a este punto cabe preguntarse si el individuo tiene o no
el derecho de aprovechar sus cualidades y con ellas quedarse con
el fruto de su trabajo. Es decir, si tiene derecho a los beneficios
siempre y cuando no lo obtenga por fraude, coacción o vulneración
de contrato. Restringir el florecimiento de las facultades individuales
-como Rawls sugiere- no sólo supone reprimir "las diferencias
y la diversidad" sino que, en palabras de Hayek, también
equivale a "paralizar la posibilidad de nuevos descubrimientos"
. Ese sería un mundo tribal que no tendría nada que
ver con la civilización de la que disfrutamos.
El capitalismo encaja mejor que la economía intervenida de
Rawls en el respeto a la dignidad de cada uno (no sacrificándonos
en pro de la mayoría) y permite a cada cual utilizar su mente
y su trabajo para vivir de forma independiente, como les plazca,
no pidiendo autorización a nadie para dirigirse como más
le convenga. El libre mercado crea, en suma, un ambiente propicio
para la autorrealización personal.
Desgraciadamente las regulaciones gubernamentales sobre la sociedad
siguen patrones rawlsianos limitando estas ricas posibilidades.
Rawls pretendía superar el utilitarismo, pero ha caído
en él aun sin proponérselo yendo contra el derecho
de propiedad de uno sobre su persona y los resultados de su trabajo.
El socialismo de mercado de Rawls
Rawls asegura que "teóricamente al menos un régimen
socialista puede aprovechar las ventajas de una economía
de mercado". Pero como agudamente puntualiza Kirzner, Rawls
desconoce que desde Mises sabemos que el socialismo real fracasará
inevitablemente por la imposibilidad de efectuar el cálculo
económico . Así, en la teoría socialista los
recursos no se pueden asignar efectivamente puesto que no se cuenta
con las señales que los precios libremente formados proporcionan;
o sea, no se puede ajustar la oferta a la demanda si ésta
aumenta o disminuye.
Conclusión
La teoría de la Justicia de Rawls ha sido considerada como
una obra maestra en la materia y como la contrapartida a Sobre la
Libertad de J. Stuart Mill. Ni lo uno ni lo otro. Rawls no ha podido
evitar caer en contradicciones y volver al contractualismo de Rousseau,
en el que a la gente se le podía obligar a ser "libres"
y someterse a la voluntad general, que era verdadera por ser fruto
del consenso (¡y a la que nadie podía cuestionar!).
No olvidemos que trata de organizar la sociedad a su gusto y como
Hayek resaltó, así se cae en la fatal arrogancia.
Ésta consiste en descartar los hábitos, normas e instituciones
que han surgido evolutivamente del interactuar humano, muy superiores
a las que se elaboran "a priori", ya que llevan consigo
la sabiduría de la experiencia de generaciones pasadas que
por prueba y error han seleccionado aquellas que mejor han permitido
el desarrollo de las sociedades y de los individuos. Creer en el
poder ilimitado de la razón para encontrar la "verdad
sobre todo" no es más que pura quimera. En la utopía
yace el germen de la tiranía. Ya lo dejó escrito Frank
Chodorov: "Cuando la gente dice 'hagamos algo al respecto'
ellos quieren decir 'tomemos la maquinaria política de modo
que podamos hacerle algo a cualquier otro'. Y ese otro eres invariablemente
tú".
Si quieren profundizar en la teoría de Rawls les recomendamos
"Justicia como equidad", que refleja de forma clara sus
ideas. Ahora bien léanlo con espíritu crítico
y, sobre todo, vacunados contra la falta de realismo de los intelectuales.
Gorka Etxebarría es abogado y
columnista en Libertad digital (www.libertaddigital.com)
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