Volatilidades turcas
Manuel Sánchez González

Autor de Economía Mexicana para Desencantados (Fondo de Cultura Económica, 2006).




La reciente depreciación abrupta de la moneda de Turquía refleja las vulnerabilidades gestadas por largo tiempo en esa economía. 
Durante agosto, la lira turca ha sufrido una disminución significativa de su valor frente a las principales divisas. En particular, el lunes 13, el tipo de cambio del dólar en términos de liras alcanzó su nivel máximo, lo que significó un incremento de casi 30% en el mes. Desde entonces, la moneda turca ha recuperado terreno, aunque ha continuado presionada. 
El debilitamiento de la lira se suma a la tendencia de depreciación creciente que esa divisa ha exhibido, por lo menos, desde 2011, la cual se ha acentuado considerablemente durante el presente año. 
Como suele ocurrir con los ajustes cambiarios bruscos, el detonante de la caída monetaria fue un evento que no necesariamente refleja la causa de los problemas. Este consistió en el anuncio del presidente Donald Trump de que EE.UU. doblaría los aranceles al acero y al aluminio importados de Turquía, respecto de los porcentajes generales impuestos a principios de junio. 
Tal medida fue presentada como sanción ante la negativa del Gobierno turco de liberar a un líder religioso estadounidense, preso por cargos de presunta asociación con la facción militar que protagonizó el intento de golpe de Estado en 2016. Al anuncio han seguido advertencias oficiales sobre otros posibles castigos si la liberación solicitada no se realiza. 
El presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, ha respondido con un aumento de aranceles contra EE.UU. Además, ha invitado a la población a boicotear la compra de productos electrónicos estadounidenses y ha hecho un llamado a la autarquía comercial.
Sin menospreciar sus posibles repercusiones económicas y políticas, esa confrontación difícilmente es la causa de fondo de las aflicciones cambiarias de Turquía. Los nuevos aranceles afectan de forma directa un bajo porcentaje del comercio bilateral. Además, esas fricciones no son ajenas a la estrategia de provocación aplicada por el actual Gobierno de EE.UU. en muchas materias, incluso contra sus propios aliados. 
Más bien, el fuerte descenso de la moneda turca parece reflejar las fragilidades de esa economía, cuyo elevado crecimiento ha implicado la acumulación de desbalances insostenibles.
Durante los últimos ocho años, el aumento promedio anual del PIB ascendió a 6,8%. En gran medida, esta expansión ha estado inducida por estímulos fiscales y cuasi fiscales orientados a ciertos sectores, especialmente el de la construcción. Los apoyos han incluido reducciones impositivas, subsidios al salario mínimo e incentivos al empleo, entre otros. 
En el impulso gubernamental al crecimiento, han jugado un papel preponderante el otorgamiento de garantías de crédito, así como una gran participación en Asociaciones Público-Privadas. Si bien la deuda pública se mantiene relativamente moderada, los pasivos gubernamentales contingentes se han incrementado notablemente.
Además, las autoridades financieras han relajado la regulación bancaria, en aspectos como menores requerimientos de provisiones, disminución de ponderadores de riesgo y aumento de límites en la razón de préstamos a valor de los activos.
El ambiente de bajas tasas de interés internacionales permitió a las corporaciones incrementar sustancialmente su financiamiento en moneda extranjera (ME). Esta avalancha alcanzó también a los bancos, los cuales, además de aceptar depósitos en ME, pudieron fondearse en los mercados externos.
El exceso de gasto se ha reflejado en cuantiosos déficits de la cuenta corriente financiados, cada vez más, con pasivos de corto plazo. En los últimos seis años, la deuda externa total pasó de menos de 40% a más de 50% del PIB. La depreciación de la lira ha colocado en situación endeble a los deudores en ME, así como a los bancos, los cuales mantienen aproximadamente 40% de sus activos en créditos en ME.
Al mismo tiempo, la inflación anual ha ido en ascenso hasta alcanzar el mes pasado 15,9%, más de tres veces el objetivo de 5% establecido por el banco central. La política monetaria ha estado limitada por la injerencia de Erdoğan, quien considera que la inflación no es un fenómeno monetario y que las bajas tasas son necesarias para mantener el vigor de la economía. 
La depreciación de la lira refleja la falta de confianza de los ahorradores para seguir financiando los desequilibrios, ante la ausencia de una estrategia para corregir las políticas expansionistas que los originaron. La posposición de soluciones de fondo sólo incrementa la posibilidad de nuevos ataques especulativos.


Este artículo fue publicado originalmente en El Financiero (México) el 22 de agosto de 2018 y en Cato Institute.
 

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